13 agosto, 2020

DE BRUCES EN LA COCINA


"... después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina". 

Gabriel García Márquez


Por Frida Zamora

Ese día soñó con él. En su sueño decía exactamente lo que había dicho la noche anterior: "Está hecho, lo maté".  

Dentro de sí, imaginó por un momento que efectivamente todo era un sueño. Pero al verle parado frente a la cama sin poder dormir, vino a su mente todo de nuevo: el trato, la reunión, el ardiente deseo de vengarse y el dolor por la pérdida.

Decidió entonces que no era momento de seguir durmiendo y que debía levantarse a calmar la angustia de su hermano, lo abrazó fuertemente pero éste no se movió: su cuerpo temblaba. Pero no sólo por fuera, también por dentro, sus emociones también estaban atormentándole.

Ese es el resultado de convertirse en un asesino: la mente no puede asegurar qué es lo que pasó. Así que decidió dejarle ahí, solo e ir directamente a donde habían dejado el cuerpo inerte. Tomó por el brazo aquel cuerpo obeso que un día había sido su jefe y tirando fuertemente de él, lo metió en el pozo.

Sabía que ni la desaparición de aquel hombre, ni su venganza lograrían hacer que el dolor de haber perdido a su padre se esfumara, pues éste había sido asesinado en manos de aquel sujeto mórbido, por no querer participar en un sucio trato. Eso pasaba por su mente cuando escuchó un disparo dentro de la casa, después entró por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina.

AUNQUE PAREZCA MENTIRA

👀 Aunque parezca mentira 👀

Por Frida Zamora Rodriguez

Cuando me mudé al campo encontré un pueblo entero que vivía en una cueva. Lo hacían porque el aire en esa zona era muy extraño: tenía la capacidad de rasgar la piel como si fuese un gato.

La cueva se sumergía 70 kilómetros bajo tierra, aun así tenían sus propios cultivos y hasta una granja. Viví ahí dos semanas y cuando me fui, la cueva sufrió un derrumbe destruyendo por completo el pueblo que nadie más volvió a descubrir.

DE BRUCES EN LA COCINA


Por Yuriana

El dolor no lo dejaba pensar bien, aturdido por las pulsaciones eléctricas en su mano, ésta había dejado de moverse desde hace 10 minutos. La ciudad completa estaba inmiscuida en un silencio inquietante y desolador. El bullicio anterior había desaparecido y en su lugar sólo se encontraban las siluetas inertes de la gente que había estado a su lado. El camino de regreso fue desgastante, por fin habían conseguido aquello por lo que tanto habían peleado estos últimos 15 años, pero el sabor de la victoria era amargo.

Sara aún mantenía su mirada de incertidumbre, la misma mirada con la que lo observó apretando el botón; esa mirada que tanto amó todas las mañanas cuando llegaba al taller para seguir trabajando en la maquina y era la mirada que ahora estaba congelada sin movimiento junto a otras de cientos de personas más.

Tuvo que dejar a Sara kilómetros atrás, en la misma posición con la que se mantienen inertes las esculturas en los templos. Juró en silencio regresar por ella sin importar cuanto tiempo tardara en ello, si es que aún existía el tiempo.

Por fin pudieron concebir su sueño: fabricaron el artefacto con el que pudieron congelar el mundo a su alrededor, un mundo carente de épocas y estaciones, pudieron detener el tiempo. Pero algo salió mal, el dolor en su mano y la opresión en su corazón era una prueba de ello. Ahora, lo que tanto había buscado era lo que en este momento quería revertir. El artefacto lastimó su palma al accionarlo; la pequeña explosión lo lanzó al suelo, el entumecimiento en su mano le provocó dolor... Pero fue más el dolor de percibir el silencio de su amada y el resto de la gente.

La máquina estaba rota y él se encontraba solo en el mundo. Tomó como pudo los pedazos de su obra y volvió a su hogar. Caminó con dificultad, tenía que llegar a su taller, pero su visión borrosa y el dolor en su cuerpo lo estaban aletargando. 

Con trabajo llegó al jardín, pero su mente ya no le estaba respondiendo correctamente, sólo podía ver la mirada de Sara en su cabeza mientras caminaba. Sara… es lo único que se escuchó por encima del silencio lúgubre que absorbió la ciudad.

Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina.