11 septiembre, 2021

Autobiografía / Capítulo XVII

Por Carolina

XVII

De nuevo estaba ese aire de nostalgia y estrés en la atmósfera; ese que prepara para un nuevo comienzo y para poder decir adiós gentilmente a esos apegos y confort que había en el ciclo que se cerraba. Compré una pequeña libreta azul para atesorar en sus páginas el recuerdo de esos tres maravillosos años: el cuaderno de dedicatorias. Creo que todos teníamos uno que íbamos preparando mientras lo rolábamos entre los mesabancos y salones para que se fueran llenando del puño y letra de nuestros mejores amigos y compañeros.

En las páginas iniciales del mío, había una pequeña nota de agradecimiento que quería compartir con todos aquellos que habían sido parte de esta etapa, que me habían ayudado a crecer y fortalecerme a través de su cariño y apoyo. También les dediqué el poema a la amistad, porque para mí era un refrendo de que nuestros vínculos trascenderían y serían algo más que una promesa: que estarían efectivamente ahí. Pronto se llenó de frases, dibujos, teléfonos, direcciones y fotografías. Y por supuesto, había un espacio reservado para Adriana. Ella no sólo me dejó buenos deseos, sino que me hacía una invitación a reconocer y valorar las virtudes que ella veía en mí. Pero sobre todo, destacaba el que fuera feliz, muy feliz.

Yo lo fui y mucho en las aulas de aquel viejo edificio. A pesar de que muchas veces llegué abrumada entre los nubarrones de dolor que cargaba por las terribles escenas de violencia que mi hermano generaba en casa. Sólo Jorge sabía veladamente sobre esas historias, porque nunca se las confíe a nadie por la crudeza y brutalidad que había en ellas; pero sobre todo, por el miedo. Empero, siempre supe sonreír y mantener la ecuanimidad ante todo lo adverso. Dios y mi madre me ayudaban a hacerle frente a eso y a consolarme en los días en que mi cuerpo temblaba aterrorizado. Ser feliz, había sido también una de las últimas peticiones que mi padre había dejado para mi hermano y para mí en una última carta fechada en un septiembre de 1998, aunque eso lo supe muchos años después cuando la hallé en el que había sido su librero.

Los amigos y compañeros de la secundaria se prolongaron en los años siguientes. Seguimos la misma línea académica; incluso, muchos lo hicimos hasta la universidad. No tengo duda, aquí se forjaron para varios nuestras mejores amistades y nuestros mayores confidentes. Como Jorge y yo, que a la fecha sumamos 18 años de crecer juntos.

La secundaria del centro de Tlalpan me dejaba con grandes satisfacciones, había encontrado en sus laboratorios el amor a la ciencia, el gusto por la música; me había enseñado lo qué podía hacer confrontando cada reto. Y lo más importante:me dio amigos verdaderamente valiosos.

Llegó la ansiada mañana del 28 de julio, cuando busqué presurosa mi folio en el periódico. Los nervios me consumían. ¡Tenía tanto miedo de pensar que no pudiese haber aprobado! Pero lo logré: con prácticamente todos los aciertos en el examen, fui aceptada en el CCH sur. Inevitablemente la memoria trajo a flote las palabras sarcásticas de Jaime, pero esta vez ya no había pesadumbre en el recuerdo. Y para mi sorpresa, aquel puntaje era incluso mucho mayor al del examen de prueba. Estaba preparada para lo que venía, emocionada por una nueva aventura que sería aún mayor en alegrías. El CCH sería mi siguiente hogar y nuevo gran amor.

Autobiografía / Capítulo XVI

 Por Carolina

XVI

La 29 tenía sus personajes memorables: profesores y prefectos que debajo de la coraza de estrictez y seriedad eran verdaderos camaradas, aliados y demás. “Profes chidos”, alivianados y cercanos al alumnado; “humanos”, imperfectos y sensibles, con valor personal y profesional. Como Gil, el maestro de educación física que lloró delante de la clase cuando nos reveló lo que le dolía su reciente divorcio y a quién el 3° C, acogió con palabras de ánimo para confortarlo. Pero definitivamente, Eva, la maestra de taller, no pertenecía a ese grupo y lo comprobé con la última sucia jugada que quiso aplicar.

Con el gesto terriblemente descompuesto, y con los ojos enrojecidos haciendo un intento de contener las lágrimas en sus pequeños ojos rasgados, Jessi, estaba enmudecida un día de los últimos recreos. Aquello no encajaba con su forma de ser habitualmente. Ella era una chica sonriente y ecuánime.

-¿Estás bien?- Pregunté. Entonces se abrió para compartir su malestar. Con tan sólo un par de semanas para culminar esta etapa, y de la manera más perversa, Eva supo aprovecharse de la presión que aquél último jalón exigía a los alumnos. El promedio, las calificaciones, eran determinantes para lo que seguía. De esto se valió para extorsionar a mi amiga: la amenazó con reprobarla y retener el trámite de su certificado si no le daba cierta cantidad de dinero.

La angustia la desbordaba. ¿Cómo obtendría ese dinero?, ¿Qué les diría en su casa? Ella se cuestionaba y nos insistía con la misma pregunta. En ese instante tuve que sobreponer lo correcto al miedo. Cuando le sugerí lo que podía hacer, el corazón me saltaba. Yo estaba asustada, demasiado -tal vez-. Yo misma podría tener represalias e incluso tener la misma consecuencia con que la había coaccionado a ella. Le dije que necesitábamos ayuda, que habláramos con Adriana, quizá ella podría hacer algo. Fue difícil convencerla, no quería hablar, la de taller se lo había prohibido. Sin embargo, tenía confianza en la profesora de español y sabía que no me defraudaría. Entonces, nos encontramos una vez más en el pasillo frío y sombrío que llevaba a la dirección, donde hablé primero por Jessi. Adriana nos escuchó con atención. La sorpresa, la preocupación y el gesto de desaprobación convivían en su entrecejo.

-Espérame aquí, tantito-, le dijo a Jessi en un tono desconocido. Era un una voz baja que jamás antes le había escuchado. Volvió después de unos minutos. Serenamente y con una mirada esperanzadora, se dirigió a Jessi:

-No te preocupes, ella ya puso tu calificación en el acta y ya no puede hacer nada. No le creas.

El alma le volvió al cuerpo, la tranquilidad era palpable y sé que en mis adentros también me había llenado de ella, que había regocijo porque en automático Jessi tenía de nuevo su sonrisa, enmarcada en sus cachetes todavía humedecidos por el discreto llanto que corrió sobre ellas.