03 julio, 2021

Autobiografía IX /


Por Carolina

IX

La mochila de la secundaria era un menoscabo para el bienestar de la columna. Entre libros de texto, cuadernos de ejercicios, libretas, diccionario, escuadras y demás, era admirable cómo lográbamos -aún así-, correr por la calle de Morelos para llegar con puntualidad al viejo portón de la escuela. Caminé por ahí apresuradamente todas las mañanas en compañía y cuidado de mi madre y todos los regresos entre risas y pláticas con mis amigos. El callejón del empedrado, Vivanco y el jardín Juana de Asbaje, eran parajes que nos pertenecían a la hora de la salida. El Centro de Tlalpan se convirtió pronto en uno de mis lugares favoritos: las construcciones de antaño, el quiosco, el mercado… Todas sus historias llenas de magia y nostalgia y su encantadora fiesta patronal en agosto, coincidente con el cumpleaños de Jorge, hacían que amara este lugar.

Mi grupo, el grupo “C”, distaba mucho de parecerse al de la primaria y a lo que era la banda de guerra. Aquí predominaba un ambiente de cordialidad entre la mayoría. Definitivamente, por lo menos para mí, el bullying se terminó en esta etapa. Aquí los sobrenombres eran con cierta gracia y hasta cariño. Y sin el sentir despectivo e hiriente que habría escuchado en otros tiempos. El “Churras”, que era mi homónimo en apellido, me decía “Godzi”, por mi estatura y el “Poli”, me decía “Soco”, por mi día de nacimiento. Aquí todos éramos llevados en buena forma. Para varios de nosotros, nuestros mejores lazos de amistad se cimentaron aquí.

Y bueno, como suele darse de entre esas interacciones cotidianas, no tardaron en aparecer los enamoramientos. La Pasita, nos había puesto el mote de “los tres García”, porque cuando pasaba lista, ahí estábamos los tres atropelladamente respondiendo al mismo tiempo. Pronto aprendimos quién era García 1, 2 y 3. Alán seguía después de mí en la lista de asistencia; nos sentaban juntos en los laboratorios y en algún punto de ese primer año mi atención comenzó a posarse en él. Era gentil y sonriente, con unos profundos ojos negros.

Me daba confianza, así que un día le pedí prestado su cuaderno de inglés para unos apuntes. En una de nuestras primeras lecciones hicimos un árbol genealógico con fotografías y el vocabulario básico de familia. Ahí estaba su foto: en mis manos. La miré como quien acaba de hallar un valiosísimo tesoro. Sonreí y suspiré. Y aunque esas no eran las notas que necesitaba, no dudé también en fotocopiar aquella hoja.

Estaba ahí de nuevo ese sentimiento, esas palpitaciones, ese indiscreto rubor que siempre me ha acompañado y que se manifiesta cada que puede para evidenciar mi vergüenza. Pero aunado al amor, Alan me despertó un sentir hasta entonces desconocido y desagradable: los celos. Lo miraba siempre en los recreos en compañía de un par de chicas con quienes reía mucho; e incluso se encontraban a la hora de la salida para tomar camino juntos. Me intrigaba su relación. Particularmente era cercano con una de ellas, quien yo creía que era su novia. Entonces mi corazón se atormentaba entre el querer, la duda y la tristeza de no pertenecer a su pequeño círculo.

Sólo lo contemplé de lejos hasta que aquella emoción paulatinamente se fue extinguiendo. Él fue mi amor platónico hasta mediados del segundo grado. Entonces se hizo novio de Quiroz, y supe que aquellas chicas eran sus primas. Pero para ese momento, aunque la noticia me dolió un poco, aquel cariño estaba ya expirando ante la evidente verdad -que anticipadamente-, vislumbraba de que no habría nada más que una ilusión de esas que fabrica el cerebro enamorado.

Autobiografía / Otro inicio

 Por Rosario

Todo pasó muy rápido desde que terminaron las clases en el CCH. Estuve trabajando en verano y ahorrando para el nuevo ciclo escolar. Con gran alegría y orgullo me enteré al salir de trabajo, cuando pasé a revisar los resultados a un cibercafé, que me había quedado en mi primera opción: la Facultad de Derecho de la UNAM y me tocó el turno matutino.

Lo malo es que esa emoción se apagó muy rápido. Mi primer día de clases fue bastante pesado. Primero porque tenía que despertar a las cuatro de la mañana para llegar a tiempo; luego el profesor de la primera hora marcó una tolerancia bastante limitada. Su pase de lista era al diez para las siete. Eso significaba que debía salir de casa antes de las cinco para estar a tiempo.

Me pasó lo que generalmente me sucede: tuve problemas para hacer nuevos amigos. No conocía a nadie y el salón era enorme. Había casi cien alumnos y en ese momento tenía la sensación de que todos sabían más que yo, de todo. Así que decidí limitarme a no hablar más de lo estrictamente necesario. Participaba muy poco. La mayor parte del tiempo me sentía perdida porque no entendía lo que decían los profesores; además las clases eran totalmente teóricas, había muchos temas de filosofía y en realidad no me sentía nada bien.

Ese semestre solo hice una amiga: Jannet. Ella era mayor que yo; vivía en Tláhuac y tenía un humor bastante negro. Con un carácter fuerte, ella sí hablaba con más personas además de mí. Eventualmente conocí a algunos otros compañeros, pero me limitaba solo a saludarlos y no tenía ningún interés en conocerlos más allá.

En casa me sentía sola, no sentía a nadie cercano con quien refugiarme. Estaba enojada con papá; lo veía de lejos ser feliz con su nueva familia, consentir hasta el cansancio a mi hermano, quien era su nueva razón de vivir. Irma pasaba momentos complicados. No había estabilidad económica ni emocional en su familia. Cris era mi espacio seguro, pasaba mucho tiempo con ella y con mi sobrino.

Ese primer año de universidad fue muy duro para mí. Dejé mi trabajo de fines de semana y vacaciones por los insultos continuos que nos decía el patrón cuando se enojaba. En lugar de eso, empecé a promocionar tarjetas de crédito departamentales y ganaba solo por comisiones. Tuve poco éxito con eso. En esa época estaba en construcción la línea doce del metro y el Distribuidor Vial La Concordia; las dos obras afectaban mi trayecto a la escuela. Mi camino era de casi dos horas y media en cada ida o regreso.

Del primer semestre solo acredité tres materias; eso era la mitad. En todos los casos fue por no entregar tareas o trabajos y por exceso de faltas, pues casi nunca llegaba a tiempo para la primera hora.

Evidentemente mi promedio fue muy bajo y las inscripciones al siguiente semestre se hacían por calificaciones: de la mejor a la peor, así que me inscribí casi al final. No sabía bien cómo funcionaba la seriación de materias, pero en ese momento pensé que lo mejor era aprobar de una vez las materias que debía.

Inició otro ciclo escolar en menos de lo esperado. Mis recuerdos de esa época son algo vagos, en ese momento no sabía bien lo que me ocurría, pero me sentía enojada con el mundo y a la vez sin ganas de seguir peleando por avanzar. Parecía que había hecho una elección errónea de carrera. Nada era como había imaginado: no tenía amigos, no me gustaba la escuela, económicamente estaba muy limitada -pues mis ventas en las tarjetas no eran las mejores-, y tampoco contaba con el apoyo de mi papá o de mis hermanas. Además había arruinado el promedio y ya no podía pedir una beca.

En medio de esa incertidumbre y desesperanza, decidí desertar de la escuela. Estaba muy segura de esa decisión, así que asumí el costo de no poder darme de baja temporal o algo por el estilo, pues ya estaba muy avanzado el semestre. Solo dejé de asistir a las clases y me dediqué a buscar empleo enseguida.

Tuve que decirle a papá la verdad, porque era obvio que ya no salía temprano, que dormía hasta tarde y que me pasaba el día en mi recámara. Con mucho gusto hubiera seguido así, pero él no me dejó hacerlo. Fue claro al decirme que si no estudiaba debía trabajar y sobre todo ocuparme en algo productivo. Estaba molesto por mi deserción y no perdió el tiempo en hacérmelo saber al señalar que justo eso era lo que me había pedido, no dejar las cosas a medias...

Autobiografía XIII / Una pausa

 Por Rosario

XIII

Hasta este momento de la historia todo parece indicar que siempre tuve muy claro lo que quería, que no cedí a distracciones o impulsos arbitrariamente. Pero la realidad es que no siempre fue así.

¿Recuerdas a aquel novio de secundaria? Resulta que hasta esta etapa de mi vida mantuve contacto cercano con él. En el último año de prepa terminamos porque en realidad ya no nos veíamos, ni teníamos intereses en común; además, peleábamos mucho y ya no era una relación bonita.

En ese intermedio, tuve un novio al que conocí en el trabajo de fines de semana. Él era lindo y amoroso a más no poder. Fuimos juntos al mirador de la Torre Latinoamericana, algunas veces al cine. En sus días de descanso iba por mí a la escuela sin importar lo lejos que estuviera de su casa. Después de eso íbamos a comer o a pasear, casi siempre me llevaba algún detalle como flores, chocolates o cartas y eso me encantaba. Era algo que muchas veces había soñado. Todo iba muy bien, hasta que en las fiestas de los viernes conocí a otro chico.

Sully, así le decían al individuo en cuestión por monstruo. Y es que en realidad no era nada guapo. Hubo un flechazo muy grande cuando nos conocimos: en el aspecto intelectual coincidimos mucho. Podíamos platicar casi de cualquier tema; los dos amábamos bailar hasta el cansancio y por si eso fuera poco, queríamos estudiar lo mismo. En ese momento pensaba que eso era amor real, ese de película: eterno, único y especial… Lo cierto es que el tipo era un ojo alegre. No sabía estar con una sola persona. Solo espero al último día de clases para terminar conmigo haciendo gala del clásico: “no eres tú, soy yo”. Lo peor del caso es que le creí. Y es que hasta ese momento no había conocido a nadie así y me deslumbró la luz, que pensé, él tenía.

Supongo que el karma hizo lo suyo porque después de haber dejado al novio del trabajo, a la que dejaron fue a mí… Me costó varios meses y no pocas lágrimas superarlo. El muy canijo no perdía el tiempo y lo vi ligando con varias chicas, pero lo peor es que cuando me hacía caso, yo estaba dispuesta a estar con él. Realmente nunca más fuimos novios, pero sí tuvimos varios episodios de romance, pues se me hacía muy listo y eso me encantaba. Sentía que había una conexión fuerte entre nosotros. Por fortuna, en algún punto del camino me di cuenta. Y con la poca dignidad que me quedaba, decidí alejarme por completo de él.

A estas alturas del partido ya había elegido la carrera. Tomé la decisión después de una plática con mi profesora de derecho: comencé preguntándole qué me recomendaba más estudiar, ¿Derecho o Ciencias políticas? Ella me contestó que los abogados siempre tenían trabajo; que aunque se trataba de un campo muy saturado, también había un montón de áreas y campos en los que se podían desempeñar. Que a su consideración, los politólogos no tenían un campo laboral tan amplio y variado. De esa manera y ya que no tenía muchas opciones para pedirle consejo a alguien, elegí la carrera de Derecho porque para mí era preferible optar por una licenciatura que sí pudiera ejercer.

Cabe mencionar que fui la primera en la familia en hacer lo necesario para ir a la Universidad. En esos momentos no tenía muy claro lo que quería hacer o cómo hacerlo. Pero lo que sí sabía, es que quería estudiar: amaba ser ñoña. Todavía no me había dado cuenta, pero así surgieron una serie de complicaciones mayores, pues incluso mi papá me dijo meses antes de terminar el CCH, que él no podía ayudarme con la escuela. De hecho le parecía mejor que me dedicara de una vez a trabajar, así no dejaba las cosas a medias.

Definitivamente esa respuesta no era lo que esperaba escuchar. Me dolió mucho no contar con su apoyo, sentí que me había cerrado la puerta en la cara y que de cierta manera había roto la relación conmigo. En efecto, la relación se fracturó bastante y es que la mayor parte de mi vida escolar tuve buenas notas, fui estudiante de alto rendimiento y siempre manifesté las ganas de estudiar.

En todo ese proceso, mis hermanas no participaron. Ellas ya eran harina de otro costal: ambas vivían la vida con sus respectivas familias; trataban de resolver lo propio y tal vez tampoco entendían mi necesidad de ir a la escuela.

Autobiografía XII / En Tecomatla, Puebla

 Por Jimena

XII

Para ir al concurso de las rondallas los gastos tenían que correr por mi cuenta. Esa fue la condición que me pusieron para poder ir. Así que le pedí a mi tía Emma que me llevara a lavar los trastes al restaurante en el que trabajaba para ganar dinero y poder ir al concurso. Tenía dos meses para poder juntar el dinero, aunque el profesor nos comentó que mínimo teníamos que llevar $600 pesos para comprar algo si queríamos, ya que la escuela nos daría el camión, el hospedaje y la comida.

El jefe de mi tía aceptó que fuera a trabajar. El horario era de 7 am a 4 pm, solo los sábados y los domingos. Me daban una comida, pero realmente no había problema pues mi tía era la cocinera y siempre andaba comiendo: que si las papas, que la fruta, que las malteadas o el pan. En fin, en ese tiempo creo que comía de más.

Mi sueldo era de $110.00, de los cuales $100.00 me quedaban libres porque gastaba $10 pesos de pasaje. Todo lo ahorraba en una alcancía en forma de cochinito color rojo. Estaba tan chiquita que doblaba los billetes y el proceso de doblarlos, era súper divertido.

Pasaron dos meses en los cuales yo trabajaba, iba a la escuela y a ensayos con la rondalla y al final de las clases veía a mi novio. Era interesante como me organizaba para lograr terminar también las labores de la casa. Al final de todo logré juntar el dinero y llegó el día del viaje en el cual descubrí muchas cosas buenas y malas.