Por Gabriela Ytabily
II. Segunda parte
Ernesto no es mi único hermano. Poco tiempo después nació mi hermano Diego. Ese día fue muy caótico. Mi mamá dijo que mi otro hermano iba a nacer. Todos nos subimos al carro, y mi papá conducía hacia el hospital muy rápido. Mi mamá y yo le decíamos que se fijara porque íbamos brincando mucho dentro del carro, pues él solo quería llegar. Afortunadamente, Diego no se salió de la panza. Y bueno, así ese día dejé de tener un hermano para tener dos.
Desde que lo conocí, lo quise mucho. En ese entonces era un bebé muy grande y cachetón al que apenas podía cargar. A veces él también iba a la escuela con nosotros, pero no siempre, porque era un bebé. También por eso dejamos de ir a las tocadas por un rato en lo que él creía un poco. Pero solo un poco porque ya después, andábamos todos juntos de pata de perro y eso siempre fue muy especial.
Ya que regresamos a las andadas, en una de esas ocasiones fuimos a tocar a Acapulco. De camino paramos en una caseta llegando a Guerrero. Ya era de noche y al ver al cielo vimos unas cosas negras muy grandes volando y haciendo un chillido. Yo no sabía qué eran pero mi papá nos dijo a mí y a mis hermanos que eran murciélagos que en la noche salían a comer. Fue muy impresionante, eran muy grandes, había muchos y se posaban de cabeza en los faros que alumbraban el lugar.
De nuevo subimos al camión y nos pusimos rumbo a Acapulco. Llegamos ahí en la madrugada. Íbamos a tocar arriba de un acuario que está enfrente de la playa y el mar. Desde ese lugar se veían los peces que pasaban nadando; el agua era cristalina y se veía todo. El acuario estaba unido a la playa por un puente y, debajo de él, se veían muchísimos peces, en especial los peces globo. Esos que se inflan si los espantas y nadan en grupos. Son muy bonitos.
Uno de los muchachos sacó una estrella de mar y un erizo para que los viéramos. Los erizos de mar caminan moviendo todas sus puntas como si fueran piecitos. Eso lo sé porque lo pusimos en las rocas para verlo. Caminó solito y cayó de nuevo al mar. Ese fue uno de los mejores viajes porque nadamos mucho. Los muchachos, como siempre, detrás de nosotros como niñeros. Todos espantados porque no nos fuéramos a ahogar.
A partir de ahí, mi papá nos compró una pecera y tuvimos muchos peces. En especial uno que tenía tendencias suicidas, pues siempre brincaba hacia fuera de la pecera y muchas veces estuvimos a punto de aplastarlo. Pero los peces no sobrevivieron muchos años, pues un día trajimos caracoles de río que recogimos en Tamazunchale, San Luis Potosí porque fuimos a tocar allá.
Nos llevaron al río. Recuerdo que era muy bonito, pero peligroso ya que el río era traicionero: la corriente forma remolinos y te puede llevar. En esa ocasión mi papá casi se ahoga, pues la corriente del río lo jaló. Pero afortunadamente lo ayudaron a salir. Por eso ya no nos dejaron meternos más allá de la orilla. Y de ahí recogimos muchos caracoles pequeños con su concha en forma de cono en espiral, de color café. Muy bonitos.
Ahí también aprendí de dónde sale el estropajo o zacate para bañarse. Lo sacan de una planta que parece calabaza, de esas largas pero mucho más grande; dejan que se seque un poco, lo abren y de ahí sale. Lo sacan y lo dejan secar bien para poder usarlo. Cómo es la naturaleza que hasta zacate hace para bañarnos.