12 octubre, 2020

Un juicio justo

 

Por Juan Francisco

Una tarde de otoño, por un sendero boscoso, viajaba un rico comerciante en su carro más suntuoso. Tirado por un par de caballos de sangre pura (que una bolsa de oro le habían costado), el comerciante se sentía plácido y orgulloso. Tal era su dicha, que no se percató de que la puerta del carro estaba abierta.

Más adelante, el camino se volvió intransitable. Estaba repleto de rocas enormes enclavas en el suelo. El carro saltó cuando una gran roca golpeó la rueda. El brusco movimiento hizo que el comerciante saliera por la puerta entreabierta. No alcanzó a sufrir algún dolor intenso. Se partió el cuello a penas tocó el suelo y directo subió al cielo. 

Ahí lo esperaba un ángel, con una túnica tan blanca como una nube. Sin darle tiempo a preguntar qué pasaba, el ángel de los cielos le dijo que su juicio comenzaba. El veredicto final determinaría si en el cielo se quedaba o al infierno se pasaba.

El comerciante sabía de antemano que no había sido un buen cristiano. En su historial había abusos, sobornos y actos deshonrosos. Sin pensarlo mucho, se decidió a salvar su alma.

–Ángel de los cielos, hermoso ser celestial, ¿qué te parece si del juicio nos olvidamos? –dijo el comerciante mientras se ponía de rodillas–. Tengo mucho oro, riquezas y mujeres a mi servicio, con gusto te daría todo, solo por un insignificante favor.

El ángel se llevó la mano a la cara. Cerró los ojos y le dijo al comerciante:

–Mejor nos olvidamos de tu juicio.

Al comerciante se le iluminaron los ojos y en su rostro se formó una mueca maliciosa.

–De una vez te mando con el diablo –dijo el ángel.

El comerciante cayó sin más, hasta los abismos donde moraba el señor de la tortura eterna.

Así fue como el rico comerciante dejó en el olvido su lujoso carro y sus finos caballos que tanto oro le habían costado.




El orgullo primero

 

Por Juan Francisco


En lo alto de una torre, en un muy remoto tiempo

se enfrentaron un rey siniestro

y un caballero ambicioso y diestro.

Tal era el orgullo y ceguera de ambos

 que no se percataron de la llegada

 de una gran tormenta por el norte. 

Los preparativos se hicieron y se presentó toda la corte. 

Decenas de asistentes se presentaron

 y los grandes competidores no faltaron. 

El rey –fiel a su ego–, uso una espada de plata con empuñadura de oro y diamantes. 

En cambio el caballero desenvainó una espada de duro hierro con marcas de mil batallas triunfantes. 

A los pocos minutos de haber comenzado la pelea, se soltó el aguacero.

 Al rey le dio lo mismo y al caballero también, por lo que no se detuvieron. 

Tan sólo un minuto después, un rayo partió el cielo. 

Estalló en medio del rey y del caballero, 

haciéndolos caer al duro y mojado suelo. 


Tras un breve desconcierto,

éstos se levantaron con miedo

pero no se rindieron. 

El orgullo los impulsó

de nuevo al duelo.

Otra vez chocaron sus espadas

sin hacerle caso al embravecido cielo. 

Segundos después,

de las grises nubes

un par de rayos descendieron. 

Tal fue el impacto de aquellos rayos, 

que el rey y el caballero de lo alto de la torre cayeron. 

Lo último que pudieron ver, 

fue la torre ardiendo 

y a los presentes, 

a la pelea gritando entre el fuego. 

El rey y el caballero

creyeron que eran gritos de aliento.