Por Juan Francisco
Una tarde de otoño, por un
sendero boscoso, viajaba un rico comerciante en su carro más suntuoso. Tirado
por un par de caballos de sangre pura (que una bolsa de oro le habían costado),
el comerciante se sentía plácido y orgulloso. Tal era su dicha, que no se
percató de que la puerta del carro estaba abierta.
Más adelante, el camino se volvió intransitable. Estaba repleto de rocas enormes enclavas en el suelo. El carro saltó cuando una gran roca golpeó la rueda. El brusco movimiento hizo que el comerciante saliera por la puerta entreabierta. No alcanzó a sufrir algún dolor intenso. Se partió el cuello a penas tocó el suelo y directo subió al cielo.
Ahí lo esperaba un ángel, con una túnica tan blanca como una nube. Sin darle tiempo a preguntar qué pasaba, el ángel de los cielos le dijo que su juicio comenzaba. El veredicto final determinaría si en el cielo se quedaba o al infierno se pasaba.
El comerciante sabía de antemano
que no había sido un buen cristiano. En su historial había abusos, sobornos y
actos deshonrosos. Sin pensarlo mucho, se decidió a salvar su alma.
–Ángel de los cielos, hermoso ser
celestial, ¿qué te parece si del juicio nos olvidamos? –dijo el comerciante mientras
se ponía de rodillas–. Tengo mucho oro, riquezas y mujeres a mi servicio, con
gusto te daría todo, solo por un insignificante favor.
El ángel se llevó la mano a la
cara. Cerró los ojos y le dijo al comerciante:
–Mejor nos olvidamos de tu
juicio.
Al comerciante se le iluminaron
los ojos y en su rostro se formó una mueca maliciosa.
–De una vez te mando con el
diablo –dijo el ángel.
El comerciante cayó sin más,
hasta los abismos donde moraba el señor de la tortura eterna.
Así fue como el rico comerciante
dejó en el olvido su lujoso carro y sus finos caballos que tanto oro le habían costado.

