30 noviembre, 2020

Carta jamás entregada

 

Por Juan Francisco

La noche era mi refugio. Era el sitio en el que me gustaba perderme entre la soledad de las calles y el frío del ambiente. Mi rostro, mis brazos, mis piernas, sentían como la ventisca nocturna quemaba sin piedad. Pero ese dolor, ese punzante dolor físico, no tenía comparación con el que tú generabas en mí. No me golpeabas. Ni quiera me pusiste un dedo encima. La violencia no es solo física ¿sabes? Y la violencia que ejercías contra mí, era mil veces peor. Un intenso suplicio que me destrozaba por dentro, que tomaba mi ser y lo estrujaba como una hoja garabateada que no tiene utilidad. No había día en el que no me hicieras sentir que no valía una mierda. No había momentos de apoyo, de comprensión entre los dos. Todo se trataba de reproches, de burlas, de humillaciones. Todavía me sigo preguntando: ¿Cómo carajos fue que terminé con alguien como tú? Peor aún, ¿Cómo alguien como yo, pudo soportar tanto tiempo a alguien como tú?

A veces, cuando me sentaba en una banca del parque donde te conocí, me imaginaba mandando todo al diablo; empezando por ti y terminando conmigo. Por desgracia eso fue una simple intención; un simple pensamiento pasajero que se esfumaba dejándome ahí: clavada en una existencia que no pude llegar a apreciar. El reflejo de mi ser estaba ausente. Sin embargo, eso no evitaba que me perdiera en la nada, en la inmundicia de una vida que no sabía cómo separar de ti. Aún hoy, mientras escribo esta carta de despedida, me pregunto si estoy siendo valiente o cobarde. 

Jamás tuve la fuerza necesaria para dejarte; para darme cuenta que yo era una mujer que merecía ser amada, querida, valorada. Fui una ciega y una necia que creyó que después de la oscuridad y la desolación viene el final de cuento de hadas. Que los príncipes azules son solo un poco rudos al inicio y que después se convierten en eso que se supone que son. La verdad es que tú fuiste el peor de todos los príncipes azules y yo la peor de las princesas. ¿Sabes por qué? Porque tú nunca te esforzaste por ser el príncipe azul que debía salvarme y yo siempre fui una princesa que soñaba todas las noches, entre un mar de lágrimas y dolor, que un jodido día cambiarías y me llevarías al paraíso; aquel lugar donde los amantes se aman y las parejas forman familias.

Te odio por haber hecho de mi vida un infierno del cual no supe cómo escapar. Pero me odio más a mí misma por justificar cada uno de tus insultos, cada una de tus groserías. Me odio porque entendí muy tarde que era una mujer que merecía ser amada. Yo era capaz de amar con el corazón en las manos. ¡No te amé, jodido imbécil! Yo no te amé: fue mi maldito corazón que se ilusionó contigo; se encaprichó con esa ilusión que despiertan los novelas románticas y las películas de amor. Hoy sé que no volveré a verte, que no volveré a escuchar tu voz lacerando el poco amor propio que me queda. ¿Sabes cómo lo sé? Porque esta carta será lo último que quede de mí. Será un recuerdo de que el amor exige valentía y la vida, amor por uno mismo.