15 diciembre, 2020

El retorno de lo inesperado

 

Por Juan Francisco

Están tocando el timbre de la puerta de mi casa. Es mi día de descanso. No quiero visitas de nadie. Además, nadie me ha visitado en años. Estoy un poco molesto por la interrupción, pero al mismo tiempo siento curiosidad. Camino hasta la puerta y la abro. Cuando la puerta termina de abrirse, mi corazón se detiene.

–Hola.

No logró articular ninguna respuesta. A quien veo parada frente a mí, es a una mujer de unos cuarenta años. Sigue siendo tan bella. Su mirada continúa reflejando esa vitalidad y rebeldía que recordaba. Después de veinte años de no vernos, aún tengo clavado su nombre en mi memoria.

–Perdón por molestarte, quizás no me recuerdas después de tantos años. Soy…

–Fernanda –le respondo mientras mi corazón vuelve a latir a marchas forzadas. Es como una locomotora que comienza un largo viaje hacía el pasado.

–Sí, soy yo –me dice y sonríe–. Sé que es confuso que esté aquí, pero tenía que verte. ¿Sabes? Después de veinte años aún sigo soñando contigo. Es absurdo, lo sé. Pero aún siento algo muy fuerte por ti. Me he casado dos veces y todavía sigues siendo el hombre con el que deseo estar. Sé que nos separamos en los peores términos. Éramos demasiado jóvenes en aquel entonces. Sin embargo, sigo atada a ese amor de juventud. Quiero que lo intentemos de nuevo, Sergio, por favor. ¿Me sigues amando tanto como yo a ti?

–Fernanda, yo…

El cuerpo lo siento como una roca inerte. A pesar de que mi corazón late con desenfreno algo en mi interior se mantiene en total oscuridad. Un sentimiento que no logro identificar. Un sentir helado como la nieve surge de lo más hondo y brota por mis labios en formas de palabras ajenas al amor que aún despierta Fernanda en mí.   

–Lo siento, yo ya te he olvidado.

Cierro la puerta sin poder mirar a Fernanda a los ojos. Cuando la puerta se cierra dejo caer mi cabeza sobre ella. Escucho como se aleja caminado. Aquella chica sigue siendo mi más grande amor; aquel que no pude olvidar, después de veinte años. Esperé esa oportunidad por tanto tiempo, que una parte de mí, la parte que quería entregarse en sus brazos, murió. Tras mi puerta sólo quedan escombros de un desamor. 



 


Lo que se pierde no vuelve

 

Hoy es el día de mi boda. Por fin, Sofía aceptó casarse conmigo. Después de quince años de noviazgo. No fue sencillo que aceptara casarse conmigo. La principal razón, según Sofía, era que yo era una persona muy descuidada. Yo tendía a extraviar todo lo que me llegaba a mis manos. Entre las cosas que llegué a perder se encontraban: las llaves de nuestro departamento, las llaves de nuestro auto, sus regalos de aniversario, un par de perros chihuahua, un gato siamés, su bolso favorito y otras cosas que la verdad no recuerdo qué eran.

Sofía temía que si aceptaba casarse conmigo yo terminaría extraviando nuestros anillos. Después de muchos años logré convencerla de que eso no pasaría. La solución: le pediría a mi mejor amigo que guardara los anillos y me los diera en el momento preciso durante la celebración de la boda. Ella finalmente aceptó esa solución porque confiaba mucho en mi amigo.

En fin, los preparativos se realizaron. Vino mucha gente, mucha familia. El sacerdote estaba muy alegre. Más todavía, cuando le ofrecí una copita de vino. Todo marchaba de maravilla hasta que pasó una hora, dos horas, tres horas y Sofía no aparecía. La busqué por todas partes sin éxito. Las murmuraciones comenzaron a dominarlo todo. Lo más extraño era que mi amigo tampoco estaba ahí. Eso me hizo pensar en muchas cosas. Todas mis sospechas se confirmaron cuando recibí una llamada de Sofía.

Con un tono despreocupado, me dijo que se había fugado con mi mejor amigo. Se amaban desde hacía dos años y había decidido fugarse. Sin decir más, colgó. Ni siquiera se disculpó conmigo.

Uno a uno los asistentes se fueron marchando. Algunos me miraron con lástima y otros me ofrecieron palabras de consuelo. Al final, cuando todos se habían marchado, me senté en una de las mesas vacías y sonreí. Lo que había desaparecido ésta vez de mi vida, al final me había dejado algo bueno. Pero sentía un poco de tristeza por aquellos anillos, me habían constado una fortuna.




Silencio

Por Alexis

Un doctor inicia su día con la rutina normal. Llega al hospital, saluda a todos:  doctores, enfermeras y pacientes como es de costumbre. Al detenerse por un momento a conversar con un colega, observa que detrás de éste, pasan siluetas que no les toma importancia, pero ve por un segundo, una silueta que le llama la atención, pero no sabe el porqué.

Ya en su consultorio, pensando sobre aquello que le ocurrió, él piensa que fue un paciente que ya conocía, cuando se convence de que fue eso, tocan la puerta; sabe que es su primer paciente del día. Cuando abre la puerta, le queda claro el porqué le llamaba la atención la silueta que observó hace un rato.

Por un segundo se sorprende. Cuando intenta decir algo, sólo da un saludo formal: "Bueno días",  y la invita a pasar. Ella le regresa el saludo, sólo agregando la palabra "doctor". Mientras él se dirige a su escritorio,  su mente es un caos y no sabe qué decir, ni qué hacer. Su cuerpo se mueve solo. Inician una conversación normal paciente-doctor, pero ambos desean decir más, pero no saben cómo. Él se concentra en escribir las respuestas que ella proporciona, él levanta su mirada tratando de observar el rostro que dejó de ver por un largo tiempo y trato de olvidar. 

La mira y su mente estalla con recuerdos felices, tristes, amargos y cada uno de esos recuerdos los aprecia con tanto cariño y él se pregunta: ¿Le está yendo bien en su vida?, ¿Por qué no puedo decir más que estas preguntas de rutina?, ¿Por qué tengo miedo de preguntar sobre qué fue de ella? Mientras él seguía haciendo esas preguntas, una y otra vez, no le despegaba la mirada. Pero ella miraba a través de una de las ventanas del consultorio, cuando harta de regresar su mirada al papel, observa que ella tiene las manos haciendo ese gesto que realiza cuando está nerviosa. Le da gracia que siga haciendo ese gesto después de tanto tiempo.

Esa felicidad es momentánea ya que recuerda que había escuchado que se había casado hace algunos años. Ahora recuerda por qué tenia miedo de preguntar sobre su vida. Sabe que ella es feliz. Una parte de él se entristece, pero otra se alegra que ella sea feliz. Con el pensamiento, dice: "Me alegro por ella". Regresa su mirada al papel que tiene enfrente suyo.

Ella sigue nerviosa y no se atreve a mirarlo, cuando logra tener un poco de valor y dirige su mirada a hacia él, nota que él esta concentrado escribiendo, ella sonríe levemente sabiendo que no ha cambiando en estos años. Escuchó que él también se había casado. Se pregunta: ¿Por qué  no me dijo?, ¿Por qué no digo nada? Mientras sigue pensando en eso, llega a la conclusión de que no tiene derecho a saber de él, ya que ella tampoco le dijo nada sobre su vida y se alejo de la misma manera.

Finalmente, termina la cita. Sólo se despiden con un simple: "Adiós". Mientras ella se dirige a la puerta, él sigue pensando  que debe de decir algo, pero no le salen las palabras. Cuando ve que ella abre la puerta, su mente le grita desesperadamente que diga algo , sabe que no quiere que termine así esta situación y finalmente dice: "Me alegró verte de nuevo". Ella al escuchar esas palabras voltea y le regresa esa frase a su modo, con una sonrisa que refleja lo mismo y finalmente se cierra esa puerta. 


Algo

Por Alexis

Estaba listo para salir, pero recordé que tenía que llevar "algo". Algo importante. Eso importante lo había puesto sobre el mueble que se encuentra cerca de la entrada, pero ahora no se encontraba ahí. Me pregunto a mí mismo, si eso que busco, es importante. Ya que existe la posibilidad que yo lo haya movido de ese mueble. ¿Por qué ya no tiene importancia? ¿O fue alguien de mi familia que lo cambió de lugar y sólo lo regresó al lugar al que pertenece? No lo sé.

Trato de recordar qué busco, pero es inútil. Sólo  me vienen a la mente, recuerdos de mi madre diciendo: "Cuando lo dejes de buscar, aparecerá eso que buscas" y "Pásame eso, eso que está ahí!" Y sigo sin saber que le tendría que haber pasado.