27 marzo, 2021

IV / Tíos

 Por Ofelia

IV


Nazario y Miguel nos dejaron un gran ejemplo desde que tengo uso de razón: trabajar y estudiar, era el
objetivo. "Ser alguien en la vida". Palabras de mi tío (papá), pues ser la mayor implica muchas responsabilidades. 

Recuerdo que al nacer mi hermano menor y el último hijo de mis padres ( fue un sábado, por cierto), mi
mamá se quedó sola. Le hablaron a la partera y yo  me fui a trabajar con mi papá. Con tan sólo nueve
años, le cuidaba su puesto, increíble pues en aquel entonces tenía un don y una facilidad para hacer las
cuentas, ¡parecía calculadora humana! Mis papás vendían abarrotes: sopas, gelatinas, jabón, papel,
servilletas, etc. Las clientas podían llevar  su despensa y en lo que el cliente embolsaba su mandado, yo 
iba haciendo la cuenta. Claro, había clientas que desconfiaban y la pedían anotada en el papel,  porque
se sorprendían de mi habilidad. También está claro que cuando no ocupas una cosa, se va atrofiando.
Tal es mi caso y con esto de las tecnologías, para hacer cuentas sencillas, ahora necesito papel y pluma,
que en aquel momento  eran prescindibles. Fui creciendo y con esto,  las responsabilidades también crecieron. Aunque siempre nos dijeron: "estudien o si no van a tener que trabajar". ¿Quién ha dicho que el trabajo sea fácil?   Siendo honesta no me gustaba, pues era pesado, pero lo teníamos que hacer. 

En mi familia, trabajaban los siete días de la semana. Y era levantarse a las cuatro o cinco  de la mañana, dependiendo del lugar al que tocaba ir y egresar  a las nueve  o casi diez de la noche. En periodo escolar, sábado y domingo, era de ley ir a trabajar. Nos daban un día para lavar nuestra ropa, y aunque fuera temporada escolar, era la misma rutina. Muy claro tenían su objetivo, a pesar  de no haber estudiado, ellos siempre nos lo recordaban: “Todos tuvimos la oportunidad de estudiar, pero no a todos se nos dio el estudio”. Algo que también decían era. “Si no estudian, se tendrán que superar en el trabajo”. Y así fue: todos mis primos tienen su negocio y claro, también tiene su chiste. Decía mi tío: tienen que tener carácter en ambas áreas. A mí siempre me decía: "Póngase chingona".  Tal vez lo defraudé, pues me falta carácter y mi mal genio no me ayuda. 


III / Calaveritas

 Por Ofelia

III

Noviembre llegó y como a todo niño, nos emocionaba la idea de salir a pedir calaverita. De la cocina

tomamos 2 calabazas pequeñas que habían comprado para coser y ponerlas en la ofrenda. Nosotros les

hicimos sus ojos y una boca un poco chuecos y les metimos una vela. En ese entonces lo divertido era

hacer calabazas o con las cajas de zapatos, la calaverita, así como ahora lo son  los disfraces. Nos salimos

sin pedir permiso, lo que nos costó unos cuantos cinturonazos. Mientras como dicen por ahí:  “Lo

bailado, ¿quién te lo quita?”.  Nos decían: ¡No tienen necesidad!  Ya que en aquel entonces te daban

dinero y no dulces. Tal vez no era eso, sino de  ser un niño normal, pues en estas cosas lo veíamos bien.

Ahora con mis peques, cuando se puede, salimos a pedir calaverita. Sin necesidad de hacer gasto, se las

ingenian para hacer su disfraz. 



A pesar de crecer sin mis padres, pues siempre trabajaron y no los veíamos, tuve una infancia llena de

recuerdos que no me ponen triste. Fui muy afortunada y estoy  agradecida con la vida. Tuve la dicha de

tener otros dos papás: Nazario y Miguel, dos tíos que guiaron mi vida. Ambos hermanos  salieron de su

pueblo y el 23 de mayo de 2020, sus manos trabajadoras descansaron, cosas del destino. Ahora son  dos

ángeles,  que así como llegaron juntos, se marcharon el mismo día, dejando un gran vacío en mi corazón. 


IV/ Fabiola

 Por Juan Francisco

IV

Regreso a mi presente y me doy cuenta que las estrellas han cambiado de posición. En la antigüedad se creía que las estrellas representaban las almas de las personas que habían fallecido. Era un recordatorio nocturno que nos invitaba a considerar que aquellos seres no se habían ido del todo, que permanecían vigilándonos desde la inmensidad de la noche.

A mi memoria viene una estrella que aún rememoro, no sin cierta dificultad. Es el rostro de una chica de la misma edad que yo. Durante muchos años olvidé lo que ella significó en mi vida porque la consideraba una conquista, más que una persona que motivó en mí,  el primer síntoma de amor.

Me encontraba en mi último año de primaria. La verdad es que cuando uno es niño todo se centra en los juegos y la diversión. En menor medida existe una preocupación por el futuro en la secundaria. Eso precisamente me pasó a mí. Me aboqué a disfrutar mis últimos instantes de niñez con mis amigos y compañeros. El deporte, en ese sentido, fue para mí una excelente oportunidad para extender el periodo de gracia infantil.

Recibí la admiración de mis compañeros y compañeras al ser un excelente portero, a pesar de que los abandoné durante el primero y único torneo que se celebró en la escuela. No me sentía seguro de tanta responsabilidad sobre mis hombros. Por ello, pese a sus súplicas, decliné participar. Puede que no me hayan perdonado por eso, pero no cargué sobre mi conciencia con la derrota que les propinaron los del grupo D.

En el basquetbol también destaqué. En ese entonces era un niño alto, considerando la estatura promedio de mis compañeros. Por lo cual no tenía muchos problemas para ganar los saques o interrumpir los pases. Eso, considero, fue lo que a ella le llamó la atención de mí. Además de mi voluntad y entrega para jugar.

Una mañana que jugábamos en el patio me di cuenta que comenzaba a dejar atrás mi infancia para convertirme en un adolescente. Jugaba con algunos de mis compañeros y compañeras. En aquella ocasión –la última que tuve antes de salir de la primaria–,  me esforcé al máximo y jugué como nunca. Ganamos y yo me divertí demasiado. No digo que fuese la estrella de aquella partida de basquetbol, pero lo hice bastante bien.

Mientras jugaba crucé la mirada con una de mis compañeras. Su nombre era Fabiola. No era una chica de las que llamarían –las personas superficiales– bonitas. Empero, era una chica alta, delgada, de tez morena y con el cabello largo. Era una de las más inteligentes –si consideramos como un parámetro de medida, el promedio– no solo del salón, sino de toda la escuela. Recuerdo que era la segunda con mejor promedio: 9.9. Era responsable, atenta y bondadosa. En síntesis: una chica maravillosa. Por desgracia, no era de mi interés. Ninguna lo era. En esa etapa de mi vida no me interesaba por el sexo contrario, ni por noviazgos de unos días. Mi mente estaba centrada en los juegos y en la diversión.

En aquella ocasión, cuando cruzamos nuestras miradas, sentí algo extraño en sus ojos. Me miraban de una manera extraña. No me había mirado antes de esa manera. Eso me
desconcertó mucho. Pensé que quizás tenía algo en la cara. Ella se dio cuenta y apartó la
mirada de inmediato. Se puso colorada y siguió jugando. Le resté importancia a lo acontecido  me dediqué a jugar. Una vez que terminó el partido me dirigí al baño para refrescarme con

un poco de agua. El agua fue una excelente oportunidad para refrescar todo mi rostro. Me devolvía un poco la energía que había perdido jugando. No cabe duda que un baño es la mejor forma de recuperar la vitalidad. Regresé al salón y mis compañeros y compañeras me veían extasiados, casi de una forma burlona. En un rincón estaba Fabiola con la cabeza agachada y las manos entrelazadas en su regazo. Estaba sonrojada de nuevo. Me senté en mi lugar y me rodearon de inmediato. No me dejaron respirar ni un segundo. Comenzaron a preguntarme por el nombre de la chica que me gustaba. Querían saber si yo tenía alguna otra intención con alguna de mis compañeras. Eso me hizo sentir molesto. No sabía de qué me hablaban ni porque querían saber eso. Para colmo se reían, no paraban de mostrar esas sonrisas burlonas y provocadoras.

Me sentí tan intimidado por ellos que solo pude bajar mi cabeza y clavar la vista en la mesa de mi pupitre. Quería que me dejaran en paz. Los colores se me subieron al rostro, síntoma de una rabia que comenzaba a acumularse en mi persona. Me sudaban las manos, peor que cuando se tiene un examen. Insistieron una y otra vez. Incluso comenzaron a decir que la chica que me gustaba era Fabiola. Que Fabiola y yo éramos novios, que nos daríamos besos, que lo teníamos bien guardadito. Tonterías y más estupideces que me hicieron explotar. Todavía con la cabeza agachada les grité que no me gustaba nadie del salón, que yo no tenía novia ni me interesa tener una en ese momento. Santo remedio. Me dejaron en paz. Se marcharon como una masa que ve concluido el espectáculo. Cada uno se fue a su lugar murmurando cosas que no pude entender. Sin querer volteé al lugar donde se encontraba Fabiola. Me miró y pude ver las lágrimas saliendo de sus ojos. Se levantó de su lugar y salió del salón.

No volvió a hablarme en las semanas que siguieron. Me evitaba y yo a ella. No hablamos sobre el asunto, ni siquiera el día de la ceremonia de egreso de la primaria. Ella recibió un reconocimiento como una de las mejores estudiantes de la generación. Yo la miré a la distancia entre un mar de cabezas de niños y niñas que decían adiós a esa etapa de sus vidas. A veces me pregunto qué fue de ella. Sin duda, era inteligente y muy buena en todos los sentidos. Lo más probable es que haya triunfado en la vida. Solo una vez me pregunté qué hubiera pasado si yo hubiera correspondido a su interés. Esa suposición se perdió con el paso del tiempo como el recuerdo de su nombre y el de su rostro. Ella es una estrella que coloqué en el cielo que admiro todas las noches, un lucero inalcanzable en el presente y  el futuro, empero, que alumbra las sombras del pasado.


III / La pelea

 Por Juan Francisco

III

Cuando escribimos algo tenemos miedo a mostrárselo a otros. Tememos al juicio que destruya nuestras esperanzas y sueños por ser escritores. Ese miedo irrisorio que no entienden aquellos que no escriben, es el principal obstáculo para creer en nosotros mismos. Es como si la opinión de otros fuese un golpe fulminante que arrasa con el cuerpo de nuestras letras. Quienes han peleado en su vida –quienes realmente lo han hecho– saben que no puedes irte con las manos limpias. Si deseas defender lo que aprecias y quieres, debes hacerlo con el corazón, con todas tus fuerzas, con todo tu ser. Sangrar simbólicamente hablando–, es parte de la labor del escritor. Solo el dolor de las decepciones, de los fracasos, de las derrotas, nos lleva al camino correcto para ser mejores escritores y no solo eso, ser mejores personas.

Tuve una vivencia que me recuerda lo que he expresado antes. Se trata de una pelea: una confrontación con otro compañero que me dejó problemas visuales en un ojo y el tabique desviado. Empero, me mostró que soy fuerte para soportar el dolor. Aunque también me hizo darme cuenta que debo ser más valiente para enfrentarme a aquellos que atentan contra lo que soy y lo que quiero.

Aquel día uno de mis compañeros me exigió que le diera la plastilina que yo había llevado para hacer una actividad. Me negué y eso hizo que se enfureciera. Ya había tenido problemas con aquel compañero, pero al final le restaba importancia. En su arranque de ira me golpeó con los puños una y otra vez en la cara. Realmente tenía mucha frustración encima. Sentí cada golpe con una fuerza destructiva. Empero, algo –sigo sin saber qué fue– me detuvo en mi intento por defenderme. Recuerdo haberle lanzado dos patadas, pero nada más. No metí las manos para protegerme ni hice el mínimo movimiento para lanzarme contra él. Me quedé ahí, inmóvil, y recibí más de una docena de puñetazos sin piedad.

Cuando el compañero se cansó solo se limitó a decirme: defiéndete marica. Sin duda esperaba algo que yo no le pude dar: una respuesta. Simplemente se alejó sin decir más y yo me senté en mi lugar. Continúe con mi actividad hasta que me percaté que sangraba de la nariz. Manché mi pupitre con aquel líquido escarlata. Me levanté y fui al baño. Un compañero me siguió de inmediato. No recuerdo qué me dijo. La verdad solo pensaba que quería lavarme las manos y quitarme esa sangre de encima.

Llegué al lavado y comencé a lavarme la cara. La nariz me dolía mucho. La tenía hinchada y me punzaba a intervalos. La sangre escurría de ella y se perdía en el desagüe junto con el agua que salía del grifo. Solo en ese instante pude llorar. Lloré por algo que no entendía. No lloraba por el dolor ni porque aquel desgraciado me hubiera golpeado. Lloraba por mi incapacidad de reacción; por aquella pasividad y cobardía para golpearlo como él lo hizo conmigo.

Con el paso de los años, me he dado cuenta que aquel momento sigue representando mi vida: soy un mortal que no sabe defenderse de los golpes de la dinámica diaria; pero que sabe resistir cada uno de ellos con fuerza, valentía y orgullo ciego. 


II / La muerte

Por  Juan Francisco

II

Stephen King escribió en su libro Mientras escribo una reflexión que aún tengo presente en mi memoria. El autor relata como un accidente, que casi le provoca la muerte, fue el detonante para valorar de nueva cuenta su vida. Se trata de un evento que le demuestra su mortalidad y le devuelve esos deseos ardientes por vivir y continuar con su labor como escritor.

Esta reflexión de King me hizo recapitular tres eventos de mi infancia en donde, quizás con mucho pesimismo, pude haber muerto. Los accidentes que tuve fueron a una edad temprana y sin duda me hicieron reflexionar bastante sobre mi existencia. Una reflexión mezclada con miedo y deseos exasperantes de trascendencia. Dicotomía que me llevó a encontrar a Heidegger y otros autores existencialistas. Pero retomaré eso más adelante. Lo que deseo en estos momentos es recordar aquellos eventos que, al igual que a King, me demostraron que la vida es demasiado corta y la existencia algo complejo de entender.

Cuando tenía diez años sufrí un accidente mientras se realizaban trabajos de construcción en el que en la actualidad sigue siendo mi hogar. Caí de una altura de más de tres metros. Antes de estrellarme contra el suelo logré meter una de mis manos para amortiguar el golpe. El daño no fue mayor gracias a ese acto felino. Solo tuve una abertura en la piel de diez centímetros a la altura del lóbulo izquierdo. Además, me disloque la muñeca izquierda. Al parecer –según recuerdo– todos los huesos de mi muñeca se movieron de lugar. No se trataba de una fractura, por suerte.

Aquel día me llevaron de inmediato al hospital. Apenas ingresé me trasladaron a urgencias donde me inmovilizaron el brazo con yeso y me cosieron la herida de la cabeza. Me tomaron radiografías que demostraron la ausencia de un daño en el cráneo. Asimismo, los estudios revelaron que no sería necesario el uso de clavos para arreglar mi muñeca.

La labor sólo sería el reacomodo de cada uno de los huesos. Para ello, me llevaron a otro hospital. Una vez ahí, me anestesiaron con una aguja enorme: no he podido olvidarla, por más que lo he intentado.

Comenzaron a acomodar cada uno de los huesos de mi muñeca. El dolor fue intenso. Al parecer, los médicos midieron de forma incorrecta la dosis de anestesia. Podía sentir cada jalón, apretón y movimiento que hacían para arreglar mi doliente muñeca. Ese dolor, esa experiencia, aún me sigue atormentando en sueños (no tan frecuentes).

Después de ese martirio, me volvieron a anestesiar; pude escuchar a uno de los médicos cuando se lo solicitó a una enfermera. Pasaron algunos segundos antes de que me sumiera en un profundo sueño del que no desperté por un buen tiempo.

Al abrir los ojos me encontraba en una sala con varias camas. El único paciente que estaba ahí era yo. El brazo lo tenía a un costado de mí con yeso. Me punzaba y me daba bastante comezón.

Mi padre llegó tiempo después con un cartón de jugo de mango y un flan de vainilla. Eso me dio un gran consuelo. Pensé –en ese momento– que, al final, no había sido tan malo. Es más, sigo consumiendo esos jugos de mango y ese tipo de flanes. 

Esta evocación me hace pensar en la labor del escritor todos los días. Un escritor cae todos los días en su intento por crear una obra, llámese cuento, novela, relato, poema. Es una lucha constante contra sí mismo; contra esos demonios de la duda y la incertidumbre. El escritor se enfrenta a ellos con una convicción plena en que logrará vencerlos. Aunque con frecuencia esa convicción carece de la voluntad necesaria para creer en sí mismo. Si no crees en ti mismo, nadie lo hará. Y si no crees en ti, y nadie cree en ti, esos demonios no te dejarán crecer como escritor; así aquel cuento, novela, relato o poema, jamás podrá ser escrito.

Por ello es importante recordar que si caes en ese intento por darle vida a una obra, no es el final ni mucho menos. Es el principio de un largo esfuerzo por levantarte de nuevo y enfrentarte a tus demonios con más valentía y voluntad. Así como yo caí y me volví a levantar –maltrecho y con cicatrices que el tiempo no ha borrado—así deben levantarse todas aquellas personas que desean ser escritores.

Claro que no solo caes en la vida. También se presentan situaciones en las que esa caída es tan inesperada que te quedas sin fuerzas para seguir. Yo llamaría a eso una falta de vitalidad.

Yo experimenté la falta de vitalidad por unos cuantos segundos: se trata de un accidente que tuve mientras jugaba fútbol con mis compañeros. En aquella ocasión pisé el balón por accidente y caí de espaldas. Lo que sucedió a continuación es que también me pegué en la nuca. En ese momento dejé de respirar. Me ahogaba y no podía respirar ni por la nariz ni por la boca. Era como un estado de shock del que no lograba recuperarme. Solo veía rostros de niños asustados a mi alrededor. Me esforzaba por respirar y el resultado era el mismo: me ahogaba poco a poco. El intendente apareció justo a tiempo. De inmediato comenzó a hablarme. Trataba de tranquilizarme. Aflojó un poco mi pants, a la altura de la cintura para que pudiera inhalar y exhalar sin problemas.

Después de unos minutos que me parecieron horas, pude tragar una bocanada de aire. Comencé a respirar con dificultades. Los pulmones me dolían de una manera endemoniada. Me quedé acostado, en aquel patio de juegos, unos minutos más. Poco a poco me ayudaron a levantarme. Me llevaron a la dirección y llamaron a mi madre. Ella llegó completamente agitada y nos fuimos a casa.

Esa fue la segunda experiencia en la que, por un breve momento, sentí que iba a morir. La muerte es un evento tan repentino que es casi imposible disfrutarla y, mucho menos, temerle.

Esa situación, como dije antes, se trata de un ejemplo de falta de vitalidad. Una carencia de fuerzas por vivir. Puede presentarse de diversas maneras y formas, empero, en mi caso fue involuntaria. Si yo hubiese dejado de respirar o si me hubiese desmayado, sin duda, no estaría escribiendo nada de esto en este momento. Si yo me hubiera rendido en ese momento, no habría tenido la oportunidad de reflexionar, de nueva cuenta, sobre mi vida, la existencia y el sentido de ambas.