Por Rosario
IX
Me sentí muy feliz cuando descubrí, gracias a la gaceta de papel que compré aquel día, que me había quedado en el “CCH” (Colegio de Ciencias y Humanidades). Me invadió una gran emoción y también un poco de miedo porque quedarme era una cosa, pero salir bien librada de eso, era otra cosa.
Al igual que muchas otras cosas en mi vida, la elección de esa escuela la hice yo misma. Y también por mi cuenta descubrí cómo llegar. En ese proceso mi papá y mis hermanas fueron solo espectadores, pues yo sola decidí la manera en que haría todo.
De una manera muy extraña, ahora que lo pienso, para este momento todavía seguía con el novio de la secundaria. Irma ya era mamá y Cris estaba por concluir la preparatoria. Mi papá estaba feliz con su hijo menor y con su esposa. Y yo solo sabía que me gustaba la escuela y que quería seguir estudiando.
Los primeros semestres del ceceache no fueron fáciles, había que levantarse muy temprano para llegar a tiempo. Los primeros días me perdía en la escuela con solo ir al baño. Además el nivel académico de varios compañeros era muy sobresaliente y eso me abrumaba, pues en ese momento tenía la idea de que todo era una competencia y yo quería ganar. Para colmo en las clases de física y matemáticas no entendía casi nada, así que solo trataba de asistir, hacer tareas y preguntarle a los que sí sabían del tema.
Otro punto delicado es que sentía que no encajaba con nadie, como siempre. Había distintos grupos: los deportistas, los guapos y fresas, los listos y matados, los fiesteros y vale madres… Yo solo me la pasaba observando a mi alrededor en silencio, rogando al cielo para que esto acabara pronto.
Justo al terminar la secundaria, durante las vacaciones conseguí mi primer trabajo: iba a limpiar la casa de una familia bastante cochina, pero me pagaban y eso era lo importante. Por eso cuando entré a la escuela no quise dejar el trabajo, así que iba los días que salía temprano de clases y los sábados, cuando era posible.