19 noviembre, 2020

Más salado que un bacalao

 

Román subió por el ascensor hasta el helipuerto. Como todos los miércoles, iría al club de golf Magnates Gold. Cuando se encontraba en la pista esperando, se acercó uno de sus asistentes corriendo a toda prisa. Sin aire en los pulmones le informó que el helicóptero había sufrido una avería en el motor de la hélice, así que no podría llevarlo a su destino. A Román se le subieron los colores al rostro. Lanzó un insulto al asistente y lo despidió sin misericordia alguna. De inmediato sacó su IPhone último modelo y llamó a su secretaría.

–Quiero mi limusina aquí, de inmediato. - Sin decir más, colgó y se dirigió al elevador.

Una vez que salió del lujoso edificio –del que también era dueño–, se encaminó hasta la avenida. Empero, no había señal alguna de su limusina. Otra vez sacó el IPhone y marcó el número de su secretaría. Al otro lado de la línea se escuchó un silencioso: Hola…

¿Dónde carajos está mi…

–Disculpe señor Román, la limosina presentó un problema con los frenos y la tuvieron que llevar a la agencia para una revisión.

A Román se le salían los ojos de sus cuencas. Estaba dominado por la furia.

–Eres una inútil, todos son uno puñado de inútiles. Estás despedida. - Colgó.

El todopoderoso, Román se llevó las manos a las sienes. -Esto es un fastidio- , se dijo para sus adentros.

No tenía más opción. Tendría que pedir un Uber. Odiaba solicitar un servicio que no correspondía con sus estatus. No importaba que Uber tuviera servicio plus, ni autos aparentemente de lujo. Él era uno de los hombres más ricos. Viajar de esa manera era una humillación.

Justo cuando se disponía a solicitar el servicio, su abogado lo llamó.

–Señor Román, si tenía planes para salir hoy será mejor que se abstenga.

–No puede ser… Tú también… ¡Carajo! Que no pueden dejarme en paz.

–La Fiscalía solicitó su arrestó por lavado de dinero y delincuencia organizada. Van por usted en estos momentos. Estoy tratando de lograr un amparo, pero el juez está pidiendo demasiado dinero. Trataré de negociar con él. Mientras tanto, enciérrese y no se mueva de su penthouse.

Román no dijo nada más. Corrió de nuevo hacía el edificio. Con desesperación presionó el botón del ascensor. Le parecía que la puerta se cerraba demasiado lenta. Lanzó un golpe hacía una de las paredes del ascensor. Estaba hecho una furia.

Entró a su penthouse a toda prisa. Cerró con llave y puso todos los seguros. Se sentó en su sillón estilo francés recién comprado. Las manos le temblaban. Se levantó y buscó una botella de vino. Sin embargo, todas estaban vacías. Buscó sin descanso, con los nervios en punta. Encontró una botella de vodka. No había nada más. Tendría que conformarse con eso. Comenzó a moverse de nuevo hacía el sillón cuando el timbre de su puerta sonó. El corazón se le detuvo y dejó caer la botella. Ésta se hizo añicos al chocar contra el suelo. El vodka mojó su par de tenis Nike de cuatro mil pesos. Ni siquiera gruñó por el destino de sus Nike de lujo. Su vista estaba clavada en la puerta. Otra vez el timbre. Una vez más. Ahora golpes, más golpes.

– ¡Papá, papá! Las voces de un par de niños sonaron tras la puerta.

Román reconoció sus voces de inmediato.

– ¡Papá! ¡Abre! No tuvimos clases y mamá nos dijo que podíamos venir a verte. Queremos que nos lleves al cine y a Six Flags ¡papá!

Román se dejó caer en el sillón sin fuerzas. Su celular comenzó a sonar de nuevo. Miró la pantalla, era su abogado. Aceptó la llamada.

–El maldito juez quería medio millón por el amparo, lo siento. Por el momento tendrás que pasar un tiempo en la cárcel en lo que encuentro la manera de…

Román aventó su IPhone hacía la puerta. Sus hijos seguían golpeando y gritando con desesperación. La furia había desaparecido dejando en su lugar una sensación que Román no había sentido en años; una emoción que él creía erradicada de su vida. La tristeza se sentó a su lado y le susurró al oído: estás más salado que un bacalao.




El colgado


Por Juan Francisco

Mis ojos se cerraron de cansancio. Mientras el mundo de la realidad quedaba en el olvido temporal, un nuevo mundo comenzaba a surgir en las aguas de los sueños inconscientes. Ese sueño me llevó a un paraje agreste donde podían admirarse veredas verdes y árboles inmensos. Entre ese follaje boscoso pude observar una figura bastante extraña. Me encaminé en dirección a la figura que iba haciéndose más visible. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude observar cada detalle en su magnificencia. Se trataba de un hombre con mallas de color rojizo y un traje de seda azul celeste con un cinturón de piel negro en la cintura. 

Lo que daba más fuerza a la imagen de aquel hombre, era que se encontraba colgado de un pie. Su cabeza apuntaba al suelo mientras sus manos estaban escondidas tras su espalda. Una de sus piernas estaba cruzada y descansaba a la altura del muslo derecho. Usaba unas zapatillas de piel color mostaza. El hombre que colgaba, como lo dije antes, de uno de sus pies –el izquierdo para ser más preciso–, tenía un rostro impasible. No mostraba reacción alguna ni rictus de dolor o molestia. La cuerda que estaba atada a su pie estaba amarrada a una rama de un árbol aún más extraño. Era un árbol con la forma de una T. Sin duda se trataba de una afrenta contra todo lo conocido en la naturaleza. A los costados de cada rama horizontal surgían follajes parecidos a los que nacen de las zarzas.

Por un momento pensé que podría ayudar a aquel hombre a bajar, sin embargo, renuncié a tal iniciativa al notar que aquel ser no parpadeaba. Además, en su cabeza comenzaba a resplandecer una aurora tan brillante como la luz de sol. La imagen casi me parecía celestial, aunque la posición del hombre me recordaba más a la crucifixión de San Pedro. Fue en ese instante en el que entendí, o creí entender, quien era aquel ser y la razón por la que se encontraba así. De inmediato corrí en la primera dirección que enfocaron mis ojos. Corrí lo más rápido que pude sin detenerme a mirar por detrás del hombro. Los árboles comenzaron a secarse y el verde de los valles se volvió un pastizal marchito. El cielo se volvió rojo. Y el hombre, sin que tuviera que mirarlo a los ojos, sin verlo frente a mí, parpadeó. Pude ver su parpadeo no con mis ojos sino con mi alma. En aquel momento de frenesí por fin la oscuridad cedió ante la conciencia. Desperté. 




Lo que sirve para quitar la mala suerte

 Por Ofelia


"No hay mala suerte"

Decía mi abuelita.

Toma té de ruda

Y estarás fuerte.

Aunque no es muy agradable.

Prefiero mi listón rojo,

con ojo de venado

Y estar muy vacunado…

Para mi buena suerte,

me encontré el trébol de cuatro hojas,

Que siempre traigo para no estar salado

Y ser muy amado, con un verso colorado

Por estar enamorado, encuentras un frijol colorado.


Más salado que el bacalao

Por Ofelia

Eran vacaciones que acostumbraba a tomar cada año. Aunque para mi mala suerte era un viernes 13, decidí no interrumpir mis planes y continuar el viaje. Ya estaba planeado y algo salió mal, sin embargo, no quería tomar en serio lo de viernes 13, pues me decía: "son meras supersticiones".

Antes de salir de casa pasó un gato negro, me asustó, ya que no dejaba de mirarme. Corrí apresuradamente, ya era la hora de subir al bus, no lo podía creer. Al bajar del taxi: del cielo me cayó la bendición de una paloma; ya era demasiado y quería aferrarme a que no hay días malos.

Por lo apresurada que iba, tropecé y mi maleta se abrió, tardé en levantar mis cosas y ya no alcancé a abordar el bus; tuve que esperar la segunda corrida, en eso me senté a esperar... ¡Lo que me faltaba! Me distraje por un instante y mi maleta desapareció, enojada, decidí regresar a casa y no salir cuando sea viernes 13.


Tributo a Sor Juana

Por Ofelia


Siento un anhelo tirano,

Por la ocasión a que aspiro,

Por estar muy sano

A quien yo admiro.