19 mayo, 2021

Autobiografía XV / Anécdotas de secundaria

 Por Julio César

XV

PRESELECCIÓN

Para noviembre del 3er año, tomé la decisión de entrar a la preselección de básquetbol de la escuela a petición del maestro de educación física, quien comentaba que tenía algo de talento. Se fijó en su servilleta porque yo iba a la unidad por la mañana, nada más para hacer algo de ejercicio. Empezaba con aerobics con las personas donde mi mamá iba ciertos días y otros días iba con mi papá a las cáscaras de básquet. Me agradaba ir a los entrenamientos de baloncesto, pero un día me lastimé. Tuve un desgarre. Aunque fue algo leve, nada de gravedad, pero ya no seguí. Pero, aún así, les eché porras cuando fue el torneo estatal de secundarias. Por cierto, nos tocó ser la sede local. No pasaron de la primera fase, pero igual les eché porras y ya no recuerdo quién quedó como campeón, pero en fin.

PARTICIPACIONES

Durante mi estancia en la secundaria, participé en los eventos de creatividad de los talleres. En los eventos participaban ambos turnos y se seleccionaban a los participantes que irían contra otras secundarias técnicas, ya fuera en el regional o estatal, dependiendo el taller. En el que estaba su servilleta, tocaba ir al estatal con pase directo. Por cierto, los eventos estaban divididos por año. El 1er año me tocó con un compañero de equipo, pero no ganamos. Fue algo triste porque su servidor iba motivado, pero en fin.

Para el 2º año participé con otro compañero de equipo, pero tampoco ganamos. Y para el último año me tocó ir solo, En ese último año, por cierto, conocí a Fidel de Jesús de 1er año del mismo taller. Él iba a participar por primera vez y al final, ganó. ¡Y fue al estatal! Desconozco si ganó ahí, pero me alegró que fuera. Su servilleta empató con el participante de la mañana. Resultó que fue una chava llamada María Ariadne. No me importó que fuera una chava, pero el maestro del taller le comentó a su servilleta que la chava iría por motivos de caballerosidad de mi parte, porque el maestro me conocía en ese sentido. Pero en fin, quién sabe cómo le habrá ido, espero que le haya ido bien.

Por cierto, cabe resaltar, que mi mejor amigo Kevin participó en estos eventos. Cuando estábamos en 3er año, se fue hasta el estatal, donde obtuvo el 2º lugar. Dicho premio lo obtuvo porque de acuerdo a un juez, él no cumplía con los estándares del evento. Kevin lo que hizo fue arrojar el objeto con lo que estaba participando al piso enfrente de todo el público y les dijo otras cosas, por consiguiente, pensó que lo descalificarían. Pero no, hubo premio y nos reímos por la manera en que lo contaba. En definitiva, hagan berrinche por defender sus ideas para obtener un buen lugar en los eventos en que concursen. Lástima que eso no se me da, pero espero que se me dé algún día y, además, espero ganar en algún evento, aunque sea en una rifa. Ya de menos.

PEQUEÑA SORPRESA

Un día del tercer año, por el mes de febrero, al terminar las clases, su servilleta iba con los compañeritos. Ese día salimos temprano. Vimos a una compañerita del salón llamada Mónica y me dijeron que le dijera algo y nos dejaron solos. Le pedí con todo y temblorina incluida que fuera mi galana o sea, que fuéramos novios. Pero me bateó, rechazó o como le guste usted poner. Pero no sentí nada malo, sólo sentí alivio, no sé porqué. Ella estaba saliendo con alguien, según lo que me comentó. Por consiguiente, si después ya no seguía con el que andaba, entonces hablaríamos de nuevo. Para mi sorpresa, su galán era un compañero del salón. Yo supuse que me reclamaría o me golpearía, pero no pasó nada. Todo siguió como si nada. A Mónica la encontré un día en la calle por el lejano año 2019, con una bebita. Me comentó que formó una familia. Del compañero que había sido su novio, no he tenido contacto con él desde hace varios años, pero espero que ande bien.

Autobiografía / VII

 Por Jimena

VII

Era el mes de mayo, lo que significaba que por fin se terminaba la Secundaria. Por cierto no me ilusionó la idea de la fiesta de graduación y por lo cual le solicité a mi tía que no me obligaran a participar a tan apreciado y elegante evento. Ella respondió que le llevara la lista de precios y dependiendo de cuánto costara, decidirían si íbamos o no. Entonces mi parte creativa pronto salió a relucir.

Cuando me entregaron los folletos con los precios de los paquetes para la fiesta de graduación, enseguida realicé un resumen en una tabla de Excel en la cual los precios se incrementaron de forma no muy cara, pero que sabía que no era accesible para que fuéramos al evento. No es que no quisiera convivir con los compañeros, solo no quería encontrarme, una vez más, en una fiesta con un vestido pegado a mi cuerpo que me obligaba a no comer mucho para que no se me notara la panza; con tacones que me causaran dolor en los pies y que me hacían sentir como si caminara sobre los alfileres que usaba mi tía cuando costuraba.

Recuerdo que en un miércoles hice entrega a mi tía de tan bonita tabla de Excel y solo dijo: “Es mucho dinero si vamos todos”. Y enseguida contesté: -A mí no me ilusiona, pero como ustedes digan. Y así pasó una semana. Cuando preguntaron en el salón quiénes irían y cuántas personas, yo simplemente no levanté la mano para anotarme. Así se dio un fabuloso cierre de la etapa en la secundaria. Acudí el último día de clases y mi tía asistió a recoger los papeles. Ahí estaba Mariana, la increíble jefa de grupo, diciéndole a mi tía que era una lástima que no fuera a la fiesta de graduación. A lo cual mi tía respondió que no era posible. Y la increíble Mariana le dijo que aún estábamos a tiempo para anotarnos en su muy bien organizada lista y le entregó los folletos de los paquetes. La mirada de mi tía era de duda, pero no me comentó nada mientras estuvimos en la escuela y ni en el camino hacia la casa.

Cuando llegamos, yo me metí a mi cuarto a quitarme por última vez ese suéter de color verde, la playera blanca y esa falda de cuadritos, mientras daba gracias a Dios porque no me volví loca, resistí y aguanté los dos años de secundaria en un lugar donde no pertenecía de ninguna manera. De repente escuché un grito que decía: “Jimena ven acá”. La que gritaba era mi tía y mi papá que habían descubierto mi mentira. Solo me preguntaron si realmente no quería ir a la fiesta. Yo respondí que no y volvieron a preguntar porqué. Yo solo respondí: ¿Para qué?

Recuerdo que durante la cena, mi cabeza se imaginaba la fiesta de graduación y no me imaginaba feliz. Es que no eran las personas ni el lugar con quienes yo hubiera querido cerrar un ciclo de mi vida. No es que hubieran sido crueles los compañeros, simplemente no me ilusionaba la fiesta de graduación.

Autobiografía / Capítulo 7

 Por Carolina

VII

Los arcos y las columnas en los patios gemelos eran la remembranza obligada de la belleza arquitectónica del antiguo Colegio de San Ildefonso. La escalinata al centro, que se percibía como interminable cuando se le miraba desde los primeros peldaños, se dividía en dos al llegar a un busto de bronce con una placa de agradecimiento al empresario Santiago Galas. Y de frente, un impresionante mural esbozaba los vestigios del México prehispánico. Durante tres años seguidos no me cansé jamás de admirarlo.

El recinto que albergaba mi nueva escuela guardaba un sinfín de sucesos históricos: desde ser la primera Casa de moneda, el cuartel de las tropas juaristas y zapatistas; la casa de descanso de los Habsburgo y hasta una cárcel. Incluso, ostentaba un par de mitos que me hubiera gustado comprobar, como el de los túneles debajo del auditorio que, se decía, desembocaban en los callejones de San Fernando, pero cuya existencia siempre fue negada por los profesores. Tal vez para no incitar a los curiosos a meterse en algo que no debían.

Cada rincón de aquel viejo edificio me fascinaba, me intrigaba y emitía una magia peculiar que me hacía sentir en el lugar más hermoso de la Tierra. O por lo menos, de lo que conocía hasta ese entonces, con 12 años. Me enamoré de la música, de las notas que emitía la vieja pianola que se decía, había sido de Carlota. Y aunque la maestra Isabel me imponía por su carácter, me encantaba con las notas. El salón de música estaba al fondo, en uno de los lugares más alejados de toda la escuela. Su puerta era enorme y pesada y, al cerrarse, era capaz de aislar la música que emitían 40 flautas.

Pero a toda la historia contenida en sus paredes se le sumó un trágico suceso que marcó a nuestra generación a las primeras semanas de haber llegado ahí. De mis ex compañeros de primaria, sólo una comapañera había coincidido conmigo en la secundaria y en el mismo salón. Habíamos sido sólo compañeras en la escolta y fuera de reconocernos las caras, no había ningún vínculo entre nosotras. Repentinamente, con tan solo unas semanas de haber iniciado las clases, ella se ausentó misteriosamente.

Pronto inició una tremenda movilización e investigación entre las aulas, los profesores y particularmente, con nosotras las mujeres. Nos entrevistaron en pequeños grupos y nos hicieron preguntas sobre ciertos profesores, e insistente y reiteradamente sobre algunos temas. Pronto las murmuraciones y las señalizaciones hacia un profesor de música coincidían entre las alumnas de nuevo ingreso y las que ya llevaban más tiempo ahí. Cierto era que se trataba de un tipo peculiar: aparentemente gentil, regordete, de cabello cano y una sonrisa torcida que le enmarcaba en un gesto raro. Nuestras primeras clases fueron con él.

Con los primeros exámenes del bimestre, una niña de rostro descompuesto, mirada caída, temerosa, rígida, ensimismada y muda, tomó asiento al fondo del salón. Nos pidieron que abriéramos las ventanas para ella. Su madre estaba esperándola afuera del aula. ¡Había vuelto! Creo que todos la miramos con sorpresa y curiosidad. Ya no era la misma, le faltaba alegría y le sobraban miedos. Después de aquella vez, no volvimos a verla en la escuela. Poco tiempo después lo supimos: aquel hombre había abusado de ella.

Sin embargo, durante el desarrollo de las investigaciones se trataron de mantener las apariencias de normalidad, pues un “incidente” como aquel, era un golpe fuerte para una de las instituciones educativas que en aquel momento, presumía de ser una de las de más alto nivel en el D.F. Y aún así, a sabiendas de lo acontecido y poco antes de que esto saliera a la luz, a este sujeto, de repente, todavía se le encontraba por los pasillos de la escuela. Ya no en su rol de profesor, pero sí con esa mirada cínica, ese andar despreocupado y sin conciencia de las acusaciones.

Fue un sábado por la mañana, cuando ahí estaban los consejos de mi madre alertándome; en mis oídos repitiendo cómo debía cuidarme desde que era niña. Nunca lo tuve tan presente como aquel día que fui a la secundaria para practicar con la banda de guerra y lo miré salir de aquel sombrío pasillo cercano a la dirección. Me sonrió. Nunca un gesto de esa naturaleza me había dado tanto miedo. Lo saludé y me fui apresuradamente a donde estaban mis demás compañeros. Tenía una agitación en el pecho y una marcada sensación de desconfianza. Fue la última vez que lo vi en aquel lugar.

Autobiografía/ Capítulo 6

 Por Carolina

VI

Lo vi meter sus manos en un charco que habían dejado las primeras lluvias que anunciaban la próxima llegada del verano. Sentí horror de aquellas manos húmedas y terrosas que se aproximaban a tomar las mías. - ¡No me toques! – sé que lo dije en el volumen más fuerte de mi voz, y que lo impacté, al grado de generarle un sobresalto que le hizo dar un paso atrás y poner cara de confundido. La verdad no recuerdo haber tenido algún otro diálogo con él. Era callado, se limitaba a tratar de seguir los pasos de aquella coreografía montada con una canción que en ese entonces sonaba y que me parecía bastante triste por la tonada, de la autoría de los Backstreet Boys. Era nuestro vals de salida de sexto y lo ensayamos hasta el hastío en aquel enorme patio.

Era, entonces, mi cabeza un manojo de emociones diversas; principalmente hundida en la incertidumbre y la nostalgia. Ciertamente la primaria me había regalado un sinfín de experiencias alegres pero muchas más, dolorosas. Me tocó ser la que no tenía papá, la ñoña segregada y a la que se le cargaron en abundancia, apodos en virtud de su apariencia de aquellos años: que si los lentes, la trenza, etc. Se estaba consumando esa etapa. Cerrar ese ciclo era ser libre de aquel bullying.

Sin embargo, dejar aquel escenario tan bien conocido y dominado por 6 años no era fácil, pues me ataba a él, aún sobre el dolor, un profundo cariño por mi escuela, sus salones y algunos profesores. Un sentimiento de tristeza se pronunciaba al pensar en el abandono de aquel lugar y el malestar de mis pensamientos se agudizaba ante la duda de lo que veía después. Pensar en la secundaria me inquietaba bastante. En esos últimos meses, los días se iban entre estudiar para el examen de ingreso, ensayar el cambio de escolta y practicar los bailables para nuestra despedida. ¡Cómo me entristecía esa palabra!

Empezaron los intercambios de cartitas hechas de las últimas hojas arrancadas de los cuadernos que ya no servirían más. Las caritas, los colores y la tradicional e incumplida promesa hecha por la mayoría del: “Nunca te olvidaré”, era la estructura común de todas las dedicatorias. Yo las recibí de Natalia, “la topo”, Julieta, “la enana”, Blanca, “Ariel” y otros pocos más que me dejaron sus notas que aún atesoro en una pequeña caja de madera sobre mi librero. No me olvidé de mis amigos de ese entonces, ni siquiera de sus apodos, pero después de la primaria las circunstancias hicieron que nos separarnos hasta perdernos el rastro y sólo muy pocos de nosotros volvimos a reencontrarnos muchos años después.

Llegó el día. Todas uniformadas con vestidos lila, peinados vistosos y algunas ya, hasta con zapatillas. Nos encontramos para una pequeña ceremonia de acción de gracias; después una fiesta, donde mi introversión no me ayudó a disfrutar de aquel último momento con mis compañeros. Ese día recibí, tal vez, una de mis mayores sorpresas que impactó a mi corazón con un chispazo de alegría inesperada que vino a sanear un poco de aquellas heridas que las burlas me habían sembrado.



Miguel me había invitado a bailar. Se murmuraba, desde hacía un tiempo atrás, que estaba enamorado de mí. Pero no lo creí hasta esa tarde, en que, con timidez, a través de uno de sus amigos me invitó a la pista. Esa efímera ilusión, me devolvió un poco de esa autoestima que me habían mermado las burlas. Sin embargo, la timidez y la vergüenza me cohibieron y no pude aceptar. Sólo se encontraron nuestras miradas desde cada extremo del salón, recuerdo su cara redonda aderezada por esos ojos claros y esos chinos que le colgaban de cada lado. Pero ese baile no quedó pendiente, sino sólo postergado para unos años después…