21 noviembre, 2020

Con la cola entre las patas

Por Mariela




Me encontraba en un bosque oscuro y siniestro. Era media noche y no sabía dónde estaba exactamente, pues hace tiempo que la lámpara se había quedado sin pila. En la profundidad del bosque sólo podía escuchar el aullido de los lobos hambrientos.

De pronto, la oscuridad cedió ante la luz de la luna. Frente a mí vi aparecer una terrible criatura: mitad hombre, mitad lobo. En cuanto cruzó su mirada con la mía aulló con más fuerza. Se acercó ferozmente y cuando estaba por rasgar mi rostro con sus afiladas garras, el movimiento brusco que realizó provocó que quedara al descubierto sobre su cabeza, una enorme calva. Nervioso, recogió su peluquín, se lo acomodó presuroso y tomó la postura amenazadora que tenía al principio. Pero después de ver, que yo no podía contener la risa, salió huyendo despavorido con la cola entre las patas.




Colores


Por Mariela


Al entrar a la habitación se percibía un cambio total de ambiente, las paredes estaban pintadas con colores brillantes, todas tapizadas con repisas sobre las cuales se distinguían objetos extraños, dignos de aparecer en la lista de las cosas más pintorescas, maravillosas y escalofriantes del mundo. Había caras de maniquíes con pelucas de distinto color  y frascos con sustancias que por su apariencia bien podrían ser pociones mágicas...


Era el lugar más asombroso en el que había estado, pero lo más curioso de la habitación era el ser que lo habitaba, con un aspecto sosegado que contrastaba totalmente con la estancia: Rubí, parecía ser -en medio de ella-, un agujero negro que tragaba toda la luz de alrededor.  Sin embargo, cuando tomaba sus herramientas, sus manos flacas y escuálidas hacían de nuestros rostros un lienzo en el que ella reflejaba la luz de maga que guardaba dentro.  


Ojo de cabra


Mi familia y yo vivíamos en un rancho solitario, sólo llegabas a avistar otra casa después de media hora de viaje. Teníamos muchos animales. Yo me encargaba de alimentarlos y cuidarlos,  pero de entre ellos siempre me dio miedo una cabra. No era como las otras: su mirada me interrogaba, en ella podía ver el asomo de la inteligencia. Muchas veces se acercaba a mí y me miraba como si quisiera hablarme; yo la ahuyentaba, pero solo conseguía que su mirada se hiciera más brillante. A veces aparecían en mis sueños sus ojos de cabra, siempre fijos en mí, interpelándome. 


Con el paso del tiempo el temor que le tenía creció tanto que inventaba cualquier excusa para evitar hacer mis obligaciones. En una ocasión, me fue imposible inventar un nuevo pretexto, así que tuve que ir y darles de comer. La cabra estaba en el centro, con la mirada fija en mi dirección, cuando mis ojos se cruzaron con los suyos pude sentir como la sangre se iba de mi cara. Mareado vi como se transformaba en una especie de hombre, pero con cabeza aún de cabra. Se acercó a una velocidad inhumana, se detuvo frente a mí, mirando mis ojos fijamente. Permanecimos de esta manera por un tiempo que yo sentí interminable, yo sin poder gritar, con las piernas  enterradas a la tierra, cada vez más enloquecido. Cuando estaba por perder la conciencia escuché que alguien gritaba mi nombre, era mi padre acercándose, me volví hacia él y me desmayé.