17 junio, 2021

Autobiografía XII/ Tercer año

Por Rosario

XII

Casi siempre suele pasar que cuando comienzas a acostumbrarte a las cosas, es cuando tienes que irte. Eso me pasó en el CCH: el último año fue la mejor parte de todo. Conocí al fin a muchos compañeros que vivían en la misma zona que yo. Por primera vez dejé de ser la foránea del salón e incluso a veces nos regresábamos juntos. En ese ciclo escolar elegí mi área de conocimiento, así que opté por humanidades. Estaba indecisa entre estudiar derecho, periodismo o ciencias políticas, pero las tres iban con mis gustos.

Gracias a una excursión a la Hacienda de Panoaya conocí mucho más a mis compañeros de grupo y fue así como al regreso del viaje, surgió la primera fiesta de muchas en el año. La excursión fue organizada por la maestra de biología, ni recuerdo cuál era el punto de ir, lo que sí fue memorable es que en el trayecto de regreso, uno de los compañeros ofreció su casa para hacer una fiesta. A mí me quedaba muy cerca, así que fui y de hecho, bastantes acudimos. Por fortuna mis amigas fueron y así pasamos un tarde muy divertida.

Como era de esperarse, gracias a la fiesta anterior, comenzaron a organizarse reuniones todos los viernes. Saliendo de clases nos íbamos a cualquier casa, bastaba con que los papás no nos corrieran y el resto era lo más fácil, solo había que poner el ambiente al lugar.

Fue precisamente en una de esas reuniones en la que conocí a un chico que no era guapo en sí, pero con el que me entendí muy bien porque le gustaba bailar muchísimo, igual que a mí. Además era listo. La verdad es que los dos nos gustamos desde el principio. El problema era que en ese momento yo tenía novio y era muy lindo. Al inicio y de acuerdo con las enseñanzas familiares, yo no quería ponerle el cuerno. Luego las cosas pasaron y terminé con el novio en turno para iniciar una relación en forma con el nuevo chico. Lástima. Lo que rápido llega, rápido se va y este nuevo chico me mandó a volar en poco tiempo…

Recuerdo muy bien observar a mis amigos y conocidos embriagándose en las fiestas. Algunos también comenzaron a fumar, incluso en ocasiones me presionaban para que lo hiciera. Pero eso no era atractivo para mí porque lo que me gustaba era bailar hasta cansarme. Esa era mi diversión y mi único vicio. Precisamente una de mis mejores amigas hoy, en ese tiempo me caía muy mal, era una de las más insistentes en que debía beber alcohol. Jamás le hice caso y la confronté varias veces por lo mismo.

En medio de toda esa diversión llegó algo inesperado y muy problemático: reprobé filosofía por no entrar a las clases. Era a las siete de la mañana y la tolerancia nunca era suficiente para llegar a tiempo. Tenía que pasarla inmediatamente, así que me inscribí el siguiente semestre a las clases sabatinas. Los domingos me tocaba trabajar, como era de esperarse, fue un semestre cansado y además tuve el descaro de reprobar estadística en el último semestre. Me sentí muy mal por eso. Tuve miedo y creí que no terminaría a tiempo para ejercer el pase reglamentado. En casa nadie se enteró de eso, fue un secreto muy duro para mí sola. Por fortuna y gracias a los programas de apoyo al egreso, logré salir en tiempo y forma.

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V
A continuación llegó la parte en la que esta etapa no fue tan mala, pues conocí lo que sería una de mis pasiones: el dibujo. Sólo así descubrí lo especial que soy; sólo así arranqué todas esas etiquetas de mí; sólo así descubrí de lo que era capaz y sólo así me dejé de sentir excluida, por lo menos por mí misma. 

Igualmente descubrí mi amor por la lectura. La maestra Norma de quinto año nos leyó El principito me identifiqué con el aviador de niño y amé en cada instante al Principito. Ella nos lo leía cada semana y yo no podía con la intriga, así que busqué en casa entre todos los libros El principito y lo encontré. Me dediqué a leerlo yo sola, a saber más sobre ese niño misterioso, su cordero y su amada rosa.

Entonces nos invitaron a una feria del libro, pero ninguno de mis compañeros fue. Yo fui con mi mamá: escuchamos a un cuentacuentos; vimos personas bailando… Yo estaba fascinada con las manualidades. Al final, mi mamá sacó de su abrigo un libro, mi primer libro: Medias rojas al rescate. Lo compró para mí: un libro rojo con brujas en la portada.

Fue de esas primeras veces en que mi mamá y yo por fin teníamos un tiempo juntas. Sin tías-madrastras, sin hermanos, sólo ella y yo. Lo que siguió después fueron viajes cortos buscando telas para mi vestido de salida de sexto: morado y negro (sigo creyendo que fue una terrible elección). Siempre caminamos por calles estrechas: “el callejón de comida” y las tiendas antiguas de telas. Mi mamá y yo, ¡era más que perfecto! Mientras se hacía el vestido, en la escuela ensayamos el típico vals. Mi pareja fue un niño con el que nunca me llevé muy bien: Brian, “El príncipe que no era tan príncipe”. Siempre me insultó por no ser lo suficientemente delgada,. Pero, ¿saben? Para haber tenido complejos, nunca me importó. Ahora que recuerdo, tuve un noviecito, ya saben, de esos que no cuentan porque sólo éramos niños, y porque sólo duró dos días. Jorge, un niño rudo, mal portado, pero de gran corazón. 

Siempre me defendió de todos, incluso de Brian. Para nuestros últimos días en la escuela, la pasamos juntos. Fuimos grandes amigos, escuchamos música juntos, me comprendía y era el único que hablaba sinceramente conmigo. Le guardo un gran cariño y agradecimiento, pero he de admitir que no habríamos sido una buena pareja.

Llegó el gran día y todo sucedió bien, excepto la comida. Fue en un salón y en mi mesa la única era yo. Y fue cuando por primera vez me sentí fuera de lugar. Quería huir, era invisible a pesar de mi bonito vestido y los zapatitos que mi mamá me compró con su dinero. Pero bueno, no fue distinto a como lo fue antes. Al día siguiente, con mis uñas postizas recibí mi diploma de primer lugar. Yo junto con mis compañeros y maestras dejamos de subestimarme, sabía que había hecho las cosas bien, era una ganadora.