Por Yuriana
Francamente no sé que se siente desmayarse. En algún momento
estuve a punto de desvanecerme. Mi mirada se nubló por unos segundos, pero la
experiencia de haber perdido la conciencia aún no la he tenido. Quizá suene raro,
pero tenía la esperanza de saber que se siente perder el conocimiento, estos últimos
días han sido largos y lo único que he sentido es un extraño letargo y mucha hambre,
más no es la primera vez que me sucede.
Cada día que no dormimos perdemos el
25% de neuronas en nuestra cabeza. Quién diría que matar lentamente al cerebro despertaría
tanto el apetito. Son casi las tres de la mañana y mi refrigerador hace un
ruido infernal cuando lo abro, ahora que vivo sola no me preocupa despertar a
nadie cuando me escabullo por mi bocadillo nocturno, aunque a decir verdad
antes tampoco me importaba.
Recuerdo cuando era niña y mis noches de insomnio eran
interesantes, el hambre interrumpia mi rutina trasnochada y tenía que jugar
una ruleta rusa para poder saciarla. No sabía si estarían dentro de mi casa, si
sería una de esas noches. El problema no era que despertara ha alguien, más
bien que mi presencia alertara a las criaturas nocturnas que se encontraban
despiertas.
Recuerdo una noche en especial que bajé por las escaleras y no vi
nada, todo estaba oscuro y me dirigí a la cocina pensando que sólo estaba yo y nadie
más. Pero me había equivocado: ellos estaban ahí al fondo de la sala. Entré a
la cocina escuchando su respiración y sus pisadas. Seguí directo al refrigerador y
busqué algo para comer; aquellos seres nocturnos podían ser agresivos en algunas
ocasiones, así que sólo traté de ignorarlos.
Oí la voz grave y gutural de uno de ellos. Sentí miedo, pero
fingí que no lo había escuchado para no terminar pasmada y sin aliento con un
tomate en la mano. Recuerdo tragar un poco de saliva y seguir escogiendo los
ingredientes que pondría en mi plato. Podía sentirse su presencia en el lugar
con todos los ruidos que hacía, sus uñas largas rosando la mezclilla al tocarla,
el tintineo del metal por los objetos en su bolsillo, los murmullos
perfectamente audibles y hasta pude percibir el hedor que dejó al cruzar el pasillo
para salir por la puerta.
El ente que se esfumaba de mi casa era mucho más
corpulento que los que habían entrado antes. Una sensación de alivio me invadió
cuando no lo oí más, nunca me pasó nada, pero solía fantasear improvisando
armas con aquellos objetos que tuviera cerca por si debía defenderme. Momentos
antes, mi imaginación se debatía fervientemente por saber qué tan efectivo sería
un pepino como arma mortal. Supongo que todo es válido en caso de que estas criaturas
nocturnas hubiesen decidido ser hostiles.
Saqué todo lo que necesitaba del
refrigerador, cuando la bruja entro a la cocina.
- ¿Y dígame y dígame usted,
cuántas "criaturitas" se ha chupado ayer? -Recuerdo que le sonreí para evitar que
se enojara con mi comentario.
El pelo alborotado, sus ojos penetrantes y el olor a
almizcle. Esta mujer maldice a la gente tan sólo con la mirada. Sin embargo, su expresión
al verme fue diferente: era de sorpresa.
- ¿Qué haces despierta? - Todavía seguía
acomodando su ropa mientras me miraba.
- Un sándwich- Le dije con naturalidad mirándola a los ojos.
- ¿Cómo un sándwich Paulina? Son las tres de la mañana, te van a salir granos y
esas cosas feas en la cara.
Notó mi expresión despreocupada y sólo suspiró.
-A ver, te ayudo. Pero es la última vez…
Se puso a cortar los vegetales que yo había
sacado del refrigerador momentos antes.
Ahora, incluso con la edad que tengo, aunque hayan pasado los años, a veces al bajar
por la noche a mi cocina me parece verla ahí: junto al grasiento hornillo cortando
las rebanadas de pepino y tomate que puso en mi pan. Fue un momento familiar e íntimo
que sólo compartimos ella, yo y el refrigerador escandaloso con su incesante
ronroneo.
Quizá por eso cuando me mudé, el único aparato que conservé de los
dueños anteriores, fue el refrigerador. Me quedé con aquél aparato viejo y
gastado porque me recordaba a ella. Un bello momento quizá, pero siempre he estado
acostumbrada a romper los bellos momentos con mi impertinencia.
- ¿Y quién era?
- La bruja fingió no oírme, justo como yo fingí que no los había escuchado antes.
- Le voy a poner poco queso para que no se acabe mañana, para tu lunch. - Ella seguía
fingiendo y yo seguí de impertinente.
- ¿Que quién era? - Sin mirarme me contestó con otra
pregunta.
- ¿Quién era quién?
Parecía más preocupada por untarle mayonesa al
pan que por la pregunta
- ¿Cómo que quién? el hombre que se fue.
- Su sonrisa cálida
al verme, no se me olvida. Pudo enojarse conmigo tantas veces... Pero ese día no. Colocó la tapa final de pan, encima del emparedado; me dio el plato, me acomodo el pelo
de la frente y me dio un beso en la cabeza.
– Era… Un amigo. Ya vete a dormir.
- ¿Y el plato?
- Lo lavas mañana, vete.
Cuando pasé por la escalera pude
ver los estragos que había causado su aquelarre en mi sala: los sobrantes de su
pócima de amor, la del ente anterior y la de tantos otros que participaron en su pandemonio.
Como ése, tengo más recuerdos de ella. Pero había olvidado mis
propias noches de insomnio; lo mucho que me gustaba la noche, el extraño placer
con aquel cosquilleo que se genera bajo mis ojos cansados al despertar y cómo
me chupa la vida el pacto con mis demonios personales. Las brujas duermen de día
y se me había olvidado.
Han pasado 2 meses desde que partiste a tu propio elíseo, madre. Y 5 días de insomnio por el hueco de tu ausencia. Juro que pensé que me desmayaría
después de tantas noches. Pero en cambio recordé que era inmune al sueño. Después
de todo, también soy una bruja.
¿Debería prepararme un sándwich o chupar una “criaturita”?
El ronroneo cómplice de mi refrigerador me contesta y le sonrío.
- "Ninguna, ninguna lo
sé, yo ando en pretensiones de chuparme a usted".