02 diciembre, 2021

Ahora resulta...

 Anécdota no. 5

Hace un “titi”, trabajé por la colonia Del Valle. En aquel entonces, era una muchacha delgada, y linda. En la empresa en la que trabajaba conocí a un tipo que se mostraba amigable y serio conmigo. A decir verdad, no recuerdo bien a bien de qué manera yo me hice su novia, o de qué “malévolas” estrategias se valió para que yo le hiciera caso, en realidad, no lo recuerdo.

No transcurrió mucho tiempo, para que me diera cuenta de la clase de “bicho” que era. Sin embargo, yo continúe con él, quizás pensando en que su actitud era por las circunstancias del trabajo.

Así pasó el tiempo, y en una ocasión algunos compañeros hicieron la invitación general a que los acompañáramos a un encuentro de futbol que concertaron con el equipo de otra empresa. De éste modo, fue como el chavo que era mi “novio”, me pidió que fuera con él.  

Entonces un mal día (porque fue un mal día para mí), acudimos al encuentro de futbol -que tampoco recuerdo dónde se efectuó-, pero al cual acudieron varias compañeras y compañeros. Y, cuando finalizó el partido, este chavo estaba furioso pues, además de que el equipo conformado por él y los demás compañeros, perdió, él había tenido muchos “choques y encontronazos” con otro compañero al que no podía ver “ni en pintura”.

De ese modo, mi mal día se iba perfilando rumbo al caos, ya que en cuanto salió de la cancha, me dijo con enojo que me apresurara y que nos íbamos pronto.

Casi inmediatamente,  subimos a un camión y para mi desgracia detrás de nosotros subió el otro compañera con el cual tenía rencillas. 

Ambos se enfrascaron en una discusión, en la cual yo perdí mi amado llavero que tenía un pequeño oso gris.

Y, por si fuera poco, resultó que sufrí una andanada de insultos de toda índole por parte de estos “sujetos”, ya que este iba acompañado de su gran amigo, y mi supuesto novio nunca intervino para defenderme.

Lamentablemente, yo, todavía dejé pasar más tiempo antes de alejarme de este tipo tan egoísta, individualista, indolente, y agresivo que no me dejó nada bueno, ni algo  que valiera la pena el recordarlo ni por un segundo.

 

 Lucina.

 

El túnel del terror

 Anécdota no. 4

Hace un par de semanas, fui de visita al Centro Cultural de los Pinos, ya que se presentó un festival  que celebró a  la cultura de la Huasteca y donde participaron algunos grupos musicales que interpretaron canciones en idioma náhuatl y tocaron música de  son huasteco.  Además, hubo  módulos en los cuales se mostraban los trabajos textiles,  joyería y editoriales con libros escritos también en idioma náhuatl. Este festival lo organizó el maestro Mardonio Carballo.

En realidad lo que quiero comentar, es lo que me aconteció previamente y antes de que me enfilara a la entrada del Centro Cultral. Y,  es que resulta que, al salir del metro, me percaté de que salí por el “otro lado”; no quise caminar hasta la esquina y regresé al metro para preguntar al policía cómo podía pasar a la acera de enfrente. Me dijo que a un costado de la salida había un paso a desnivel. Inmediatamente fui en busca de dicho paso, el cual estaba muy escondido y sus alrededores muy  solitarios. Me dispuse a bajar la escalera y vi la entrada que me causó cierto temor al acercarme. Al momento de penetrar al túnel me invadió la incertidumbre, comenzando con el efecto de luz, pues afuera estaba muy soleado y obviamente al interior estaba la total oscuridad.

De pronto, me asaltó el pánico y volteé pensando que alguien podía venir detrás de mí. Por otro lado, ese lugar apestaba horrores, y peor aún, el panorama que vi fue alucinante, ya que, era utilizado como letrina pública, algo aterrador.  Al ver todo eso, empecé a acelerar el paso y pronto comencé a correr hasta alcanzar la salida. Cuando vi la escalera y la luz del sol, me sentí aliviada de haber llegado a la libertad.

Lucina

 

La desmemoriada

 Anécdota no. 3.

 Recuerdo que, cuando trabajaba hace mucho tiempo, en la Colonia del Valle, una compañera y yo nos pusimos de acuerdo para acudir al teatro que, acá entre nos,  a mí nunca me ha gustado en realidad.  Sin embargo, como decía, esa compañera y yo decidimos visitar el teatro de Legaria. y justo cuando salíamos de la función, casi en la puerta, me encontré de frente con una compañera de la Universidad.

Ella también iba acompañada de otra persona. Como quedamos frente a frente, lo que seguía a continuación era la presentación respectiva y mutua de nuestras acompañantes, y, cuando yo quise tomar la palabra me detuve “en seco”, pues no recordé el nombre de esta muchacha, y enmudecí por unos segundos, los cuales me parecieron siglos. 

Después de semejante “laguna” y bochorno, esta chica tomó la palabra y mencionó su nombre. Yo con gran pena y el rostro rojo de rubor dije su nombre titubeando y tartamudeando, y de ese modo presenté a mi compañera y ella hizo lo propio con su acompañante.

Después de eso, casi salí corriendo del teatro junto con Pilar, y como dice el clásico, quería que me tragara la tierra. No recuerdo que me dijo Pilar, pero expresó algo con respecto a mi olvido; tampoco recuerdo que le respondí.

Lo peor del caso, es que a pesar de todo lo ocurrido, el nombre de esta condiscípula lo olvidé completamente.

El literato discriminador

 Anécdota no.  2

 Yo soy fanática de escuchar la radio, sin embargo, nunca he participado o nunca participé de algún concurso en algún programa que promovía tales. Pero, en alguna ocasión decidí hacerlo. No se trataba de concursos precisamente, más bien era un programa dirigido por un novelista quien solicitaba a los radioescuchas enviar algún pequeño párrafo sobre un tema de su elección. Así que, me animé a enviar mi párrafo al programa.

En ese entonces, la  internet, la masificación del móvil, la tableta, etc. no eran tan comunes, es por esto, que envié mi “trabajo” en una carta tradicional, escrita en un papel dentro de un sobre; y, esperé a que el locutor, es decir, este novelista, lo leyera a más tardar la siguiente semana.

Estuve muy al pendiente del programa, para escuchar cuándo sería mi turno para oír mi trabajo.  Ese día, en que calculé que lo leería el locutor, sucedió algo que me hizo sospechar que él tenía en sus manos mi escrito, pero, la sorpresa fue que guardó silencio por varios minutos, después de los cuales no dijo “ni pío”, y, a los pocos minutos concluyó el programa.

Y me pregunté: qué es lo que habría ocurrido, y obviamente, me quedé eternamente con la duda, si en esa “laguna” que dejó el locutor evitó leer mi escrito. Si así ocurrió, resultó ser una verdadera decepción la que me creó esa persona, y me pareció un lástima el que fuese alguien informal, y hasta pensé que se trataba de un discriminador.

En un pueblo perdido en los cerros

 

Anécdota no. 1

Hace un “millón” de años, mi hermano y yo visitamos por un breve tiempo un lugar llamado Cerritos ubicado en un estado de la zona centro del país. No recuerdo después de cuánto tiempo ocurrió lo que a continuación narro.

Resulta que, como no teníamos ningún tipo de transporte que fuese más eficiente como un auto, siempre nos trasladábamos a nuestro lugar de trabajo en el único vehículo que estaba a nuestro alcance: una bicicleta.

Obviamente, quien conducía era mi hermano, -pues yo ni siquiera alcanzaba a subir a una bicicleta tan alta como lo era esa-, así que yo tenía que viajar en la parte de atrás con lo pies sobre los “diablos” y de pie.  ¡Qué pesado, qué incómodo! Y ahora que lo pienso, qué peligroso era viajar de ese modo. Sobre todo para mí, pues además, de todo esto, el camino que recorríamos era pedregoso -dentro de las calles del pueblo-, y de terracería el resto del camino.

Un día, al salir rumbo al trabajo, íbamos un tanto presurosos para llegar a tiempo, cuando de pronto un pequeño grupo de chamacos nos empezó a lanzar piedras. Afortunadamente, ninguna piedra nos tocó. Pero tanto mi hermano como yo, nos sorprendimos de que algo así nos hubiese ocurrido, puesto que, nosotros éramos nuevos en ese lugar y no conocíamos a nadie como para tener problemas de alguna índole con alguien de ahí.

Mi hermano dijo:  "Aquí no quieren a los que vienen de México". Es decir,  a quienes vienen del D.F. (Antes, a la ciudad se le designaba de esta manera).

Fue un susto en ese momento, pero no pasó a mayores.