03 junio, 2021

Autobiografía XVII / La rendición

 Por Juan Francisco

XVII

Una mañana abrí mis pesados ojos y me di cuenta de que ya no estabas conmigo. Habían pasado cuatro meses desde que terminó nuestra relación. Tú diste el primer e inseguro paso; yo el segundo y funesto paso decisivo.

Aquel día iría al servicio social (había entrado a la misma área de aquellos tiempos con Moe). Solo que no sabía si al salir iría al billar, a tomar o a la Marquesa. Quizás la última opción, que al final era lo mismo que tomar.

La pandilla había crecido. Ahora no solo eran los Arenas Boys, también estaban los Chingones, La Hermandad y Los Fresas. En todos esos círculos me moví sin ser parte de ellos totalmente. Con los Chingones visité los Dinamos. La Hermandad me llevó a los kioscos. Los Fresas me invitaron a varias fiestas. En todas esas situaciones terminaba de la misma manera: embriagado e inconsciente.

Comencé a beber alcohol todos los días de la semana. No asistía a clases. Jugaba al billar hasta tres veces a lo largo del día. Gastaba lo que me quedaba en cigarros. Yo era asmático y todavía lo soy. Deseaba morir lo más pronto posible. Mi vida me importaba un carajo desde que te mandé esos últimos mensajes de rendición. Para mí, la guerra terminó el día de la celebración de los quince años de tu prima. Aquel día que me presentaste a toda tu familia, ese momento en que todos me miraron y juzgaron tan severamente. Esa noche en que lloré a medias bajo una luna que me dio la espalda.

La guerra concluyó antes de que te rindieras. Éramos tú y yo contra ellos y contra todos. Sin embargo, dejaste caer las armas y te entregaste al enemigo. El armisticio conllevaba el hecho de terminar conmigo. No querías hacerlo, al menos no esa noche. Solo atinaste a decir: no eres tú, soy yo. Maga, realmente eras tú y también yo. Éramos los dos. Me dijiste que no me querías como yo te quería. Maga, yo no te quería tanto como pensabas. Aún así, con todas aquellas heridas de mil batallas, no me rendí de inmediato. Me dije que aún quedaba un poco de esperanza. Ellos habían ganado la guerra pero no me habían derrotado por completo.

Hasta que tú me dijiste que pronto harías lo que no querías pero que era necesario, no lo había entendido del todo. Te mentiste Maga y me hiciste creer que ibas a luchar. Maga, ¿por qué no me dijiste desde un inicio que ya no querías estar conmigo? ¿Por qué dejaste que fuera yo el que le diera gusto al enemigo? No solo me rendí, también les demostré que la guerra me había quitado todo, hasta el cariño que sentía por ti.

Autobiografía XVI / Tom

Por Juan Francisco

XVI

Aquel día, Maga, te alejaste corriendo de mí. Te hice daño con el fruto podrido de mis dudas. Te alcancé antes de que salieras de la vocacional, pero era tarde. No querías saber nada de mí. Llorabas con intensidad y descontrol. Me hiciste a un lado y te fuiste. Me quedé atrás, viendo como tu corazón se iba quedando atrás como pequeños trozos de vidrio.

Toda la tarde te marqué sin éxito. Me sentí tan mal que en el taller de soldadura me ofrecí como voluntario para sostener una barra de metal que uniríamos a otra. La actividad fue peligrosa porque la soldadura estaba a unos cuantos centímetros de mi rostro. Me puse la careta sin quererlo, casi como si deseara sentir un dolor tan intenso como el que te causé. Sostuve con una mano sin fuerzas la careta y con la otra la barra de metal. Sentí el paso de la corriente eléctrica a través de ella a pesar de traer puestos los guantes. El destello de la soldadura me cegó por un instante. Algunas de las chispas quemaron mis muñecas y cuello. No sentí dolor alguno. Mi mente estaba centrada en ti.

Cuando llegó la noche por fin me dejaste hablar unos segundos contigo. Aceptaste verme al siguiente día. Colgaste antes de que pudiera despedirme.

No pude dormir esa noche. Tenía que ganarme tu perdón.

Al siguiente día fui a una tienda comercial. Deseaba darte un regalo, un detalle especial. Busqué durante más de dos horas sin éxito.

Cuando estaba a punto de rendirme, lo vi. Ahí estaba el regalo idóneo. Se trataba de un oso de peluche que no llegaba a los treinta centímetros de altura. Tenía un gorrito color morado tipo navideño. También usaba una bufanda color roja. La imagen del oso era bastante tierna. No tuve duda alguna: era el regalo perfecto.

Esperé tu llegada en la entrada de la vocacional. Para serte sincero, no creí que llegarías. No obstante, te presentaste. Por supuesto que no me recibiste con los brazos abiertos. Al contrario, evadiste mi mirada desde el inicio.

En ese momento saqué el osito navideño de mi mochila. Te lo enseñé y lo acerqué lo más posible a ti. Tus ojos lo miraron con atención y sorpresa. Ese par de canicas avellanadas se iluminaron y volvieron a buscar mis ojos. Tu mano sostuvo al pequeño afelpado y lo abrazaste fuerte. Después me abrazaste a mí. El osito quedó entre ambos. Parecía sonreír.

Jugaste con el oso navideño bastante tiempo antes de preguntar cómo lo llamaríamos. No pude responder de inmediato porque no tenía pensado darle un nombre. Pero tú querías darle uno. Dijiste que él sería como nuestro hijo. Sí, sería nuestro pequeño. Tú serías la mamá y yo el papá, y él con sus curiosos accesorios sería Tom. Nuestro hijo, Tom el navideño.

Lo abrazaste de nuevo y entendí que realmente era afortunado por estar contigo.

No entré a las primeras clases para poder acompañarte a tu casa. En el trayecto guardaste a Tom en tu mochila. Comimos una nieve de limón en el camión. Terminaste por dormirte sobre mi muslo. Te quería Maga, de verdad te quería. Para mí eras hermosa y transparente como el agua de un manantial. No dejé de mirarte el resto del trayecto. Maga ¿imaginaste que aquello acabaría algún día? Yo sí.

Autobiografía XV / La respuesta

 Por Juan Francisco

XV



Te conocí durante un mes. Nos acercamos durante otro mes. Para ese entonces otoño había comenzado su labor en las copas de los árboles. Al tercer mes, justo cuando los caminos estaban cubiertos por hojas secas, me dijiste:

-¿No tienes algo que preguntarme?

La verdad es que no quería hacerlo. Para ese entonces me había acostumbrado a ti. Cargaba con tantos lindos recuerdos de ambos que no quería que aquello se perdiese. No deseaba que fuéramos algo más que aquello. Pero aquello no tenía una denominación. No éramos conocidos ni amigos. No éramos pareja, novios ni amantes. Éramos un par de almas que habían disfrutado de amenas charlas vespertinas. No había compromisos de por medio. Nada de vínculos formales. Solo tú y yo. Nadie más que nosotros.

Maga, ¿te acuerdas de aquel viaje a Coyoacán? Nos perdimos en las calles empedradas. Yo no quería preguntar y tú no querías encontrarte. Caminamos por Alemania, Francia e Inglaterra en diez minutos. Por aquí y por allá tratamos de hallar una salida. Te acompañé a una obra de teatro cuya temática he olvidado. Fuimos a curiosear en los puestos de alhajas. Compraste un par de ellas para tu familia. Pasamos por helados y nos sentamos a admirar a las robustas palomas que deambulaban por el kiosco. Miramos el paisaje y meditamos por estar ahí, aquel día, en aquel primer y único instante.

¿Recuerdas aquellos helados? Esos que compramos en la plaza comercial. Yo los conocí gracias a ti. Tú pediste de kiwi con mango, yo pedí lo mismo que tú. Esa tarde tocaste por primera vez mi mano. Me hablaste con el corazón. Sentiste pena, lástima y tristeza por mi ser. Aquella tarde también lanzaste una prueba que no pasé. Te diste cuenta que era demasiado inseguro y dependiente. Aún así me llevaste a tu casa. Platicamos afuera hasta que la noche nos sorprendió. Nos dijimos adiós y nos volvimos a ver una docena de veces más.

Te hice más cartas. Incluso un cartel con exageradas decoraciones. Salimos a varios lugares. Me salté más de diez veces mis clases sólo para estar contigo. Me presentaste a tus amigos más cercanos. También conocí a tus amigas, a las pocas que tenías. Y para bien o para mal, me presentaste informalmente a tus padres. Conocí a tu hermana, el lucero de tus ojos.

Hasta que aquel día llegó. Me preguntaste si no quería saber algo. Era el momento, por fin, de dar ese paso que tú esperabas. Por fin te conocía y deseabas darme la oportunidad que te pedí en la primera carta. Maga, yo ya te quería, pero no como pensé. Te quería como una amiga a la que deseaba besar sin tener que romper el pacto de libertad. Maga, contigo yo me sentía libre. Te quería Maga, te quería como no había querido a nadie más. Sin embargo, quería que la libertad entre ambos continuará. Eso no tiene sentido, lo sé. Por eso me negué a hacer esa pregunta. Por eso no la formulé nunca. La respuesta te la diste tú misma. Yo era demasiado medroso y no deseaba dar el siguiente paso.

-¿No tienes algo que preguntarme?

-Si, pero no sé cómo hacerlo.

-Así. Hazlo. Es sencillo.

-No puedo.

-Vamos…

-Quieres ser mi… De verdad no puedo.

-Está bien, lo haré por ti.

-Perdóname.

-Si quiero ser tu novia.

Maga, yo me perdí aquel día. La felicidad se escapó de nuestras manos porque me di cuenta de que yo no quería ser tu novio. No un novio formal. Quería más de aquello que nos dimos al inicio. La semilla de la inseguridad germinó día tras día sin que te dieras cuenta. Dos semanas después, tan solo unos días después de nuestro primer beso, te dije que era mejor que buscaras a otro; yo era muy poca cosa y merecías mucho más.