Por Rosario
XXI
Fueron días difíciles. Me sentía en la penumbra. La vida que hasta ese momento conocía había dejado de tener sentido para mí: la escuela, mi refugio y mi lugar seguro ya no existían.
Lo más pronto que pude, comencé mi búsqueda de empleo. No tenía muy claro a qué pensaba dedicarme, pero sí sabía que no quería hacer trabajos manuales; quería explotar las habilidades que había adquirido en la escuela y pensaba que con la educación media superior concluida tenía grandes oportunidades de lograrlo. Lo cierto es que por la edad y la falta de experiencia, mis ofertas laborales eran pocas y la mayoría en cosas que no me gustaba hacer, como: ventas, fabricas, limpieza, restaurantes.
En esa búsqueda fueron pasando los días hasta que un vecino me invitó a trabajar con él. Era en una AFORE. No sabía exactamente lo que tenía que hacer, luego me di cuenta de que era otra versión más del área de ventas. Lo que no me agradaba del todo, pero me permitía ganar dinero de momento y al mismo tiempo era el pretexto ideal para estar fuera de casa sin tener que dar grandes explicaciones.
Los siguientes meses cambié de AFORE a todos los conocidos que me lo permitieron. Me uní a mi amigo y a otro chico de la colonia para trabajar en equipo; hacíamos visitas a fábricas y empresas que nos permitían instalar el stand de ventas en sus locales de trabajo. Así repartimos las comisiones y la carga de trabajo entre los tres. Esos meses fueron divertidos, me la pasaba bien con ellos dos y me gustaba la libertad de no tener que explicar a ciencia cierta a dónde iba, porque mi trabajo no tenía un lugar u horario en particular.
Al mismo tiempo seguía frecuentando a mis amigos del CCH. Varios de ellos no terminaron a tiempo y seguían en el Colegio. Otros ya estaban en la Universidad. Lo común de todos, es que ninguno estaba contento del todo, ni se habían adaptado a la nueva situación que a cada uno le tocó vivir.