13 julio, 2021

Autobiografía XV / Strike two

 Por Estela

XV

Después de 3 meses se había terminado de construir un cuarto de 5x5 metros que se sentía nuestro. Sus 3 paredes eran de bloques de concreto y la cuarta, era legado de la casa de mis abuelos que aún permanecía firme; era de piedras y lodo. El techo era de láminas de cartón que no soportaron la primera vez que llovió fuerte. La puerta era una tabla de madera; su suelo era de concreto, pero irregular y aunque tenía 2 ventanas, estaban cubiertas de costales para impedir que el viento y el frío de la noche entrara.

Mamá no dudó en decorar una pared con 5 cuadros significativos para ella: al centro colocó a una imagen de la virgen María; del lado derecho, la foto que capturó la boda de mis padres: de fondo la iglesia, mi madre con un vestido blanco, a su costado derecho mi abuela materna y de su lado izquierdo mi padre vestido de traje con mi abuelo paterno a su lado. Mi hermana, a sus 2 años, vestía de blanco y le sostenía la mano a mi padre porque según ella, era la "novia chiquita". Después de unos escasos centímetros estaba el cuadro de mi hermana que reflejaba sus primeros pasos.

Del lado izquierdo de la imagen religiosa se encontraba la imagen de los XV años de Ana. Su vestido color vino y blanco le arrebataba la atención a la iglesia del fondo de la foto, incluso a la pared gris. Por último, seguía el único cuadro donde yo aparecía: tenía quizá 1 año de nacida; mi madre me sostenía escondida detrás de una cortina blanca que se confundía con mi atuendo. En mi cara se dibujaba una sonrisa contagiosa que dejaba ver mis 2 primeros dientes. Quizás un cuadro más rompería con la perfecta sincronía de la pared.

Yo era la nieta más pequeña de mi abuelo paterno. Todas mis primas y mi hermana habían tenido su fiesta de XV años. Mientras más se acercaba septiembre, la presión aumentaba. Como espectadora de la fiesta de mi hermana, observé lo mucho que gastaron mis padres y mi primera respuesta fue: "No". Luego me encontré que el PRI organizaba XV años comunitarios (como las bodas, pero para quinceañeras). Me inscribí, pero solo asistí a 2 ensayos porque era muy feo bailar sola. Aunque mi chambelán pudo ser mi primo Jonathan que era de mi edad, pero él se negó. O algún amigo o Manuel, pero éste ya se había ido para puebla sin avisar a nadie y preocupando a mi madre por 3 días (según él, su travesía fue lograda pidiendo aventón y caminando). Pero no le dije a nadie y me resigné a no tener fiesta.

A mediados de agosto nos informaron que mi abuelo paterno, Porfirio había sido internado en un hospital del Distrito Federal y el 27 de agosto, el mismo día que sería su cumpleaños, había fallecido. Al siguiente día lo trasladaron a Atlacomulco, a la Casa de mi tía Lourdes. La caja donde estaba su cuerpo se encontraba a media sala y abierto. Se podía ver a mi abuelo tumbado, hasta parecía que estuviera dormido si no fuera porque él dormía con la boca semi abierta. Lo vi vestido de playera y pantalón, pero no traía su gorra tipo Chavo del 8. Entonces me pregunté si habían sacudido su ropa antes de ponérsela, como él lo hacía. O si habían soplado dentro de sus zapatos para asegurarse de que no hubiera bichos.

Se me hicieron pocas las tortas de huevo que me preparaba cuando llegaba de la primaria. Le agradezco que nos defendiera de los chongos restirados y los jalones de cabello que nos daba mi madre al peinarnos. No voy a decir que mi abuelo fue bueno, porque también tenía su lado oscuro. Como cuando le daba cartas a mi hermana de supuestos muchachos o cuando le robó los anillos de la boda a mi mamá y se inventó que los había comprado. Lo sepultaron el día de mi decimoquinto cumpleaños, así que los abrazos que recibí no fueron de felicidad.

Autobiografía XIV/ Strike one

 Por Estela

XIV 

En menos de 2 años nos habíamos cambiado tanto de casa que ya parecía tan normal, que esta vez no desempaqué. Por un tiempo vivimos en la casa de mi tío Martín, (hermano de mi papá) en lo que se construía un cuarto en el terreno contiguo, donde aún permanecía una pared de la casa de mis abuelos paternos.

Aún nos seguía la peste de ser unos arrimados. No importaba cuánto intentaba ayudar en las tareas de la casa, siempre parecía que las hacía mal. Estar fuera de ahí era el mejor escape. Si no era con María, era con Diana, Miguel o con los chicos de la cancha de fútbol; o bien, alguien que me encontrara en la calle. Mis continuos escapes aparentaban que sostenía relaciones afectivas con todos los chicos con los que conversaba. Fui juzgada y boletinada en una pared cerca de mi casa con la leyenda: "Esthela eres una puta". No sé si me ofendió más la palabra puta o que escribieron mi nombre con una "h" haciéndolo lucir más estético, opacando al escrito en mi acta de nacimiento.

Los cambios en mi cuerpo continuaban siendo más notorios: los sentí al abrocharme la camisa de la escuela y lo confirmé cuando, cambiándome enfrente de mi madre, ella gritó al ver mis pechos con estrías. Me regañó. Pienso que se creyó lo de la pared y se imaginó que eran chupetones, hasta que un médico le confirmó que eran estrías. Ese año fue muy complicado y atrajo muchos más problemas. Algunos tienen nombre y apellido; otro, fue un huracán que arrasó con todo lo que yo era. Aún sigo lamiendo las heridas que dejó y me cuesta pronunciar su nombre.

Autobiografía XIII/ ¿Jugamos?

 Por Estela

XIII

A la mitad del primer año de la secundaria me hice amiga de Jenny. Vivía en el mismo pueblo que yo, así que no me tenía que regresar sola. Durante el primer año, el taller para las mujeres era bordado o mecanografía y, para los hombres, computación. Para el segundo año incluyeron a los hombres en mecanografía y a nosotras en computación. En todas las clases nos sentaban o formaban equipos por número de lista. Siempre estuve cerca de Diana Moreno y Oscar Narsizo, por ende terminaron siendo mis amigos. Diana no era tan superficial como pensé: le gustaba el fútbol; incluso la mayoría de las niñas de mi salón tenían un equipo de fútbol.

El taller de mecanografía me parecía muy rutinario y un poco desesperante porque mi máquina era la más estropeada: si no le faltaba tinta, las letras que se marcaban en las hojas no regresaban a su lugar o se movían los márgenes. Harta de la situación, le hice saber a Diana que entrar o no a la clase tendría el mismo resultado: yo sin un ejercicio que entregar. Ella me comentó que tenían el partido de fútbol de los cuartos de final de la liga local, media hora después de que las clases terminaran. Llegar hasta el lugar les tomaría 40 min caminando y en los taxis colectivos, quizás 20 minutos. Pero solo eran de 4 plazas y cobraban $6 pesos. Entonces se nos ocurrió "irnos de pinta" antes de la última clase que era el taller de mecanografía.

Detrás del salón estaban los baños y una malla de acero que cerraba el terreno de la escuela. Solo había que brincar la cerca, cruzar un caño y ¡listo! Estaríamos fuera. Nos fuimos caminando. Alguien pasó por unas cervezas y cigarros. No era mi primera vez tomando o fumando. De hecho, fue mi padre quien me dio mis primeras bebidas alcohólicas y quién me enseñó a fumar junto con algo que él pensó que eran consejos: "Para que no te engañen; sepas que se siente y si lo vas hacer, que sea donde yo te pueda ver". Ese día yo no había desayunado, mucho menos comido. Me sentí mareada con la cuarta o quinta cerveza. Cuando terminó el partido me fui a mi casa. No recuerdo si me despedí de alguien o no. Al llegar a mi casa, lo primero que hice fue tumbarme un rato en la cama. Cuando sentí asco con arcadas, me tomé un vaso de leche para tranquilizarme, ya que por la tarde-noche acompañaría a María a otro partido de los cuartos de final de la misma liga que el de la mañana. Cuando me sentí mejor, estaba lista para ir con María pero esta vez me prometí no tomar. Fue un alivio que el equipo de María, no clasificara porque me aterraba el sentirme dividida como quien tiene 2 parejas.

Autobiografía / XII

 Por Carolina

XII

Recuerdo el día en que los profesores de las opciones técnicas se presentaron con nosotros: me sentí encantada con las muestras de los productos de los talleres. Quería aprender de todo aquello, me entusiasmaba de verdad. Así, llegué al taller de bordados y tejidos con una alta expectativa, que pronto fue defraudada ante la incompetencia y la hostilidad de una maestra carente de valores.

Detestaba las tres últimas horas de los martes, en donde por tres años nos mezclamos la mitad de los grupos en el edificio del traspatio. El cual contrastaba por su modernidad con el estilo de los patios gemelos del frente, llenos de arcos. Presumía la historia de la escuela que ahí era donde se habían hecho los fusilamientos de las tropas zapatistas. Bueno, aun en aquellos días, por lo menos para mí aún se llevaban a cabo ciertos acribillamientos psicológicos con el alumnado.

Nuestra maestra tenía un marcado favoritismo por Montse. Y ella bien ganado se lo tenía: se le daba con tanta perfección todo, que fue ella, junto con Jessi, parte de mi tabla de salvación en aquel infierno donde su demonio, irónicamente llamada Eva, no se satisfacía con nada que yo pudiese generar aún con toda la dedicación y entrega que ponía a aquello. Al parecer había un tema más personal que de talento en mi relación con ella.

La clase era de todo un poco y de nada: de cosas propias y ajenas a la materia; improvisada, de proyectos inconclusos y de una sacadera de dinero para materiales. Las exhibiciones de final de cada año, eran un falso montaje de viejas cosas a medio desempolvar elaboradas en otros tiempos para justificar ante los padres las horas dedicadas a aquel improductivo taller.

Los bordados y los tejidos me parecían algo artístico, me encantaban las texturas de los estambres y el entrelazado de los coloridos y brillantes hilos. Aprendí a hacer todo aquello, a dominarlo y a aborrecerlo al mismo tiempo bajo el desagradable método de exhibición y humillación que Eva aplicó conmigo. Con el bordado de punto de cruz fue cuando lo hizo por primera vez. Yo misma había hecho el diseño: una casa en un bosque. Era perfecta por el frente, pero por detrás una pequeña maraña entre los puntos desató la saña de la maestra. Tomó mi tela del bastidor y con rabia comenzó a jalar todos los puntos, mientras me regañaba desde su escritorio. Así, en un santiamén y de un tirón, ella acabó con mis horas de esfuerzo.

Pero verdaderamente uno de los días que más me dolió, fue cuando criticó mi dibujo. Ese era mi fuerte y pese al mordaz juicio que hizo, yo sabía que mi trabajo era bueno. Una delgada bailarina de tules azules que hacía con delicadeza una reverencia a su público, era mi boceto. Ella la destrozó en su composición, su postura y finalmente la desapareció al trozar el papel. Lloré en casa mientras se lo contaba a mi madre.

Tuve que hacer un nuevo dibujo. Debía hacerlo mejor esta vez, pero no por esa mujer. Lo hacía por mi misma, para demostrarme de lo que era capaz, porque siempre he tenido ese gozo en superarme. Lo plasmé en el lienzo, lo llené de color con los oleos y era ante mis ojos, lindo. Me satisfacía, me consolaba ante el desaire que le habían hecho a mi bailarina. Se trataba de un pequeño faisán. Entonces apareció junto con él, un nuevo disfrute ahora en la pintura.



Autobiografía / Capítulo XI

 Por Carolina

XI

Una tarde que me encontraba sola en casa, -apenas hacía un par de años atrás-, estaba en la recámara de mi madre curioseando, como siempre, aquél portalápiz cúbico que tenía en su interior un aceitoso líquido azul en el que ondeaban dos pequeños veleros. Era un recuerdo de mi abuela de un viaje hecho a Acapulco. Me divertía sacudiéndolo fuertemente pretendiendo que en algún momento se mezclara completamente el agua bicolor y regocijándome a la vez, en ver cómo se disociaban rápidamente.

Fue entonces cuando encontré debajo de este objeto una pequeña nota. Era un papel maltratado, escrito con un color verde, donde había una despedida en pocas líneas para mi madre. Era un aviso de un acto suicida que había dejado mi hermano. Yo tenía alrededor de 9 años y estaba sola. Lo primero que pasó por mi cabeza fue ir en búsqueda de alguien; pero no había teléfono ya y la noche me paralizó con el miedo de salir a las calles obscuras, sin saber exactamente a dónde ir.

Fue una -de muchas veces más-, en que experimenté el miedo y la ansiedad más desesperantes de mi vida. Estaba ofuscada y a la vez aferrada en encontrar una razón que me pudiera explicar aquello. El mensaje no tenía fecha; podía ser algo escrito en otro tiempo ya bastante pasado. Me decía esto en el afán de infundirme la calma que necesitaba en aquel momento mientras, a la par, rogaba angustiosamente por el regreso de mi madre del trabajo…

Esa tarde de mayo, a los 12 años, aquel doloroso pasaje remontó con vehemencia en mi memoria y en mi cuerpo. Ahora no era una nota, era un grito en el cuarto de al lado que me ponía en alerta. Estaba temblando, literalmente mis piernas se tambaleaban y estaba ese vuelco en el estómago, que siempre era la señal inequívoca de que algo malo estaba sucediendo; y mi corazón, con su afanoso palpitar me hacía temer de su capacidad para aguantar aquello.

Nos había precedido esa mañana una de tantas escenas de violencia brutal que desde el día en que mi padre murió, se volvieron una constante de su parte: destruir cosas, maldecir... No había respeto por nosotras, mucho menos amor. Nos lo hizo saber tantas veces y de las peores formas. No era una etapa de rebeldía de su adolescencia, era un repudio manifiesto hacia su propia familia.

Aquella vociferación, cargada de dolor y desesperación fue un detonante para correr con todo y mis miedos hasta la cocina donde se encontraba mi madre. Subimos velozmente hasta su recámara. La puerta no abría y él no nos respondía. Mi madre se consumía en la angustia y el llanto. Pronto fue a buscar a mi tío a su taller para que abriera esa puerta… lo logró. No tuve el valor de mirar la escena completa, solo de reojo recuerdo las cortinas cerradas y el pedazo de cable reventado colgando de la protección de la ventana. Lo había intentado, pero gracias a Dios, no lo había logrado.