Por Estela
XV
Después de 3 meses se había terminado de construir un cuarto de 5x5 metros que se sentía nuestro. Sus 3 paredes eran de bloques de concreto y la cuarta, era legado de la casa de mis abuelos que aún permanecía firme; era de piedras y lodo. El techo era de láminas de cartón que no soportaron la primera vez que llovió fuerte. La puerta era una tabla de madera; su suelo era de concreto, pero irregular y aunque tenía 2 ventanas, estaban cubiertas de costales para impedir que el viento y el frío de la noche entrara.
Mamá no dudó en decorar una pared con 5 cuadros significativos para ella: al centro colocó a una imagen de la virgen María; del lado derecho, la foto que capturó la boda de mis padres: de fondo la iglesia, mi madre con un vestido blanco, a su costado derecho mi abuela materna y de su lado izquierdo mi padre vestido de traje con mi abuelo paterno a su lado. Mi hermana, a sus 2 años, vestía de blanco y le sostenía la mano a mi padre porque según ella, era la "novia chiquita". Después de unos escasos centímetros estaba el cuadro de mi hermana que reflejaba sus primeros pasos.
Del lado izquierdo de la imagen religiosa se encontraba la imagen de los XV años de Ana. Su vestido color vino y blanco le arrebataba la atención a la iglesia del fondo de la foto, incluso a la pared gris. Por último, seguía el único cuadro donde yo aparecía: tenía quizá 1 año de nacida; mi madre me sostenía escondida detrás de una cortina blanca que se confundía con mi atuendo. En mi cara se dibujaba una sonrisa contagiosa que dejaba ver mis 2 primeros dientes. Quizás un cuadro más rompería con la perfecta sincronía de la pared.
Yo era la nieta más pequeña de mi abuelo paterno. Todas mis primas y mi hermana habían tenido su fiesta de XV años. Mientras más se acercaba septiembre, la presión aumentaba. Como espectadora de la fiesta de mi hermana, observé lo mucho que gastaron mis padres y mi primera respuesta fue: "No". Luego me encontré que el PRI organizaba XV años comunitarios (como las bodas, pero para quinceañeras). Me inscribí, pero solo asistí a 2 ensayos porque era muy feo bailar sola. Aunque mi chambelán pudo ser mi primo Jonathan que era de mi edad, pero él se negó. O algún amigo o Manuel, pero éste ya se había ido para puebla sin avisar a nadie y preocupando a mi madre por 3 días (según él, su travesía fue lograda pidiendo aventón y caminando). Pero no le dije a nadie y me resigné a no tener fiesta.
A mediados de agosto nos informaron que mi abuelo paterno, Porfirio había sido internado en un hospital del Distrito Federal y el 27 de agosto, el mismo día que sería su cumpleaños, había fallecido. Al siguiente día lo trasladaron a Atlacomulco, a la Casa de mi tía Lourdes. La caja donde estaba su cuerpo se encontraba a media sala y abierto. Se podía ver a mi abuelo tumbado, hasta parecía que estuviera dormido si no fuera porque él dormía con la boca semi abierta. Lo vi vestido de playera y pantalón, pero no traía su gorra tipo Chavo del 8. Entonces me pregunté si habían sacudido su ropa antes de ponérsela, como él lo hacía. O si habían soplado dentro de sus zapatos para asegurarse de que no hubiera bichos.
Se me hicieron pocas las tortas de huevo que me preparaba cuando llegaba de la primaria. Le agradezco que nos defendiera de los chongos restirados y los jalones de cabello que nos daba mi madre al peinarnos. No voy a decir que mi abuelo fue bueno, porque también tenía su lado oscuro. Como cuando le daba cartas a mi hermana de supuestos muchachos o cuando le robó los anillos de la boda a mi mamá y se inventó que los había comprado. Lo sepultaron el día de mi decimoquinto cumpleaños, así que los abrazos que recibí no fueron de felicidad.