24 julio, 2021

Autobiografía XVI / Strike three

 Por Estela

XVI

No recuerdo cómo lo conocí o en qué momento se integró a mi grupo de amigos. Fue su manera tan peculiar de contar las historias y chistes la que me hipnotizó; su cabello chino trepó por mis pies hasta llegar a mi cabeza. Me enredó como la mala hierba que crece en los cultivos y no la deja florecer. Así es él. Prefiero llamarle "Malinalli" y guardar su nombre en el anonimato.

Fueron tantas largas pláticas, mezcladas con discusiones absurdas, las que obligaron a nuestras miradas a crear su propio lenguaje y comunicarse solas. Cuando estaba cerca de él, podía oír el palpitar de su corazón que se sincronizaba con el mío. En sus ojitos rasgados me estacioné esperando que diera el siguiente paso, que lo preguntara; que dejara de considerarme su amiga.

Un día lluvioso de marzo, su lengua con tropezones me confesó sus sentimientos hacia mí. Yo sellé el pacto con un beso sabor chocolate en sus labios gruesos. Las gotas de la lluvia se pusieron celosas e intentaron ser partícipes o espectadoras de primera fila. Sus brazos se convirtieron en cuna y refugio. Sus manos suaves -me pareció un insulto que se unieran a mis rasposas manos-, y nuestros pasos se emparejaron.

Memoricé su constelación de lunares plasmados en su piel suave, aterciopelada como el pétalo de una flor. Desprendía un olor único y fresco e irradiaba un calor acogedor, como el de una hoguera en invierno. Yo le entregué en pedazos todo mi ser: primero le di mi corazón y mi mente. Luego mi cuerpo sin indumentaria y mi libido.

Después de aquel acto, se hizo humo y salió por la ventana. Sus ojos ya no me miraban igual, incluso ni me volteaban a ver. Sus labios se sellaron. Los primeros días intenté que me diera una explicación de lo que había hecho mal. Quizás le ofendió mi cuerpo o mi inexperiencia. Al no tener contestación, entendí el mensaje. Para ese entonces mi pecho era un vidrio estrellado, pero lo que se avecinaba fue la pelota que lo rompió.

Autobiografía XXVI / El otro yo

 Por Juan Francisco

XXVI

Ahí estaba yo, el verdadero, sentado en la mesa con ellos, mis compañeros y compañeras. Discutían, peleaban y no llegaban a un acuerdo. Más de lo mismo. Por eso tomé la palabra.

El grupo de práctica comunitaria estaba dividido en dos sectores: los que apoyaban el radicalismo y las malas formas de Daniel, y las que apoyaban ciegamente a Mariana. Éramos quince en total: ocho estaban del lado de Daniel, seis eran del clan de Mariana. Y yo era el comodín para ellos, al menos eso pensaron al principio.

Les dije a todos que lo importante no era cómo se llevaban entre ellos, sino la labor y el compromiso que teníamos con las personas que vivían en esa comunidad. Nuestra labor era dar lo mejor de nosotros para el beneficio de ellos. Si no queríamos hablar entre nosotros estaba bien, pero afuera, en la comunidad, debíamos trabajar como un equipo. Ellos nos habían brindado la oportunidad de entrar en su comunidad y ahora nos correspondía demostrar lo que se podía lograr con esfuerzo, dedicación y trabajo en conjunto.

Realicé mi práctica comunitaria en una Unidad Habitacional en la colonia Buenavista trabajando con bastantes niños y adolescentes durante ese tiempo. Fue un año maravilloso para mí. Encontré mi vocación y la población con la que deseaba trabajar por el resto de mi vida. También participé en actividades con vecinos, pero la experiencia no fue la misma. Los niños y adolescentes tienen tanto potencial y energía en ellos, que terminan por contagiarte. Son los únicos seres, junto con los animales, que realmente valoran tu presencia y el esfuerzo que les dedicas.

Todos callaron por un par de minutos. Mi voz y mis palabras habían terminado por adquirir bastante respeto en el grupo. Yo era el punto de equilibrio entre ambos bandos. Muy a pesar de Daniel, quien llegó a considerar que yo era un traidor por hablarle al grupo de Mariana, todos me hablaban muy bien. Podía moverme por ambos grupos con la única intención de sacar adelante el trabajo que estábamos realizando.

Durante ese año realizamos con los niños y adolescentes un par de rallys, un torneo de fútbol y uno de basquetbol; se creó un huerto urbano que funcionaba a través de un proceso hidropónico; se pintaron los juegos y áreas comunes de la Unidad Habitacional, se montó una ofrenda en la que decenas de personas participaron, se llevó a cabo una obra de teatro para sensibilizar sobre la violencia en el noviazgo (lo que en nuestra profesión llamamos sociodrama), se dieron pláticas sobre la prevención y atención de la violencia intrafamiliar; se proyectaron películas de terror en el patio comunitario y organizamos una posada entre varios de los vecinos. Y, claro, los niños y adolescentes participaron y se llevaron una buena dotación de dulces y frutas.

Uno a uno fueron apoyando mi discurso unificador. Ambos bandos reconocieron que lo importante era sacar adelante la práctica para beneficio de los habitantes de la comunidad. El profesor apoyó mi punto de vista. En ese momento sentí que realmente era importante para ellos, para ese grupo. Tenía un potencial oculto que comenzaba a florecer lejos de las dudas y el miedo.




Autobiografía / Capítulo XIII

 Por Carolina

XIII
En algún momento del tercer grado se abrió el registro para las planillas, que no eran otra cosa más que un grupo de alumnos que representaban la voz de los estudiantes ante la junta de padres de familia. Ahora no sé con claridad cuál fue la razón que me llevó a querer emprender en aquello, en esos momentos, pero recuerdo que me entusiasmaba bastante. Tal vez tenía conciencia y veía una serie de necesidades reales que había que atender, pero de las cuales, la mayoría de los niños de esta escuela no tomaban con seriedad ni les causaban algún interés.

Sin embargo, estaba ahí con todos los ánimos. Convencí a mis amigas de que hiciéramos la planilla; diseñamos carteles, los stickers y hasta teníamos un lema: “Si quieres un cambio de verdad, por la roja debes votar.” Tuvimos una semana para hacer propaganda durante el recreo y en los salones durante algunas horas de clase. En el traspatio, los de primer grado se encontraban con la novedad de las planillas acercándose a todos los grupos para pedirles las etiquetas distintivas de colores que pegaban al frente de sus suéteres, parecía que sólo las coleccionaban más que portarlas para identificarse con alguna propuesta.

De entre nuestros planes de mejoras, sugerimos cosas como condiciones más dignas para los baños, mientras que nuestra contraparte llevaban promesas de sacarlos a excursiones una vez al mes y tardes de cine en el auditorio; les regalaban dulces y aplicaban una serie de politiquerías baratas para ganar seguidores. Lesly, Jessi y Lupita, mis amigas y cómplices en esta peripecia me seguía la corriente, pero a la hora de hablar ante los grupos la voz se les achicaba y me quedaba entonces al frente exponiendo sola. En uno de esos días estábamos en el 2° D, no había profesor y entramos a promocionarnos. Sólo nos dieron unos pocos minutos de su atención mientras que del bullicioso fondo del salón salió proyectada hacia mí, una jerga.

Me sentí irritada a la vez que vislumbré con tristeza, la inevitable y próxima derrota: no teníamos el carisma de las chicas de coletas con listones que regalaban dulces, ni una propuesta que causara impacto. Estaban deslumbrados en promesas claramente irrealizables pero fantásticas. En el conteo de votos fueron pocos los que la roja se llevó. Obviamente, ganó el placer sobre la necesidad. Entendí cómo funcionaban las cosas: vi con pesadumbre como tomaban decisiones desde la emocionalidad y no desde la razón. Las semanas y los meses pasaron. Nada se cumplió y nada se sabía de los supuestos representantes. Tal vez no había perdido ninguna gran oportunidad. Y aunque aquello no se había dado, después de la decepción aún me sentía bien porque era algo que había querido hacer, donde había puesto mis ideas y empeño, algo que yo veía como bueno y de lo que estaba convencida.