Por Estela
XVI
No recuerdo cómo lo conocí o en qué momento se integró a mi grupo de amigos. Fue su manera tan peculiar de contar las historias y chistes la que me hipnotizó; su cabello chino trepó por mis pies hasta llegar a mi cabeza. Me enredó como la mala hierba que crece en los cultivos y no la deja florecer. Así es él. Prefiero llamarle "Malinalli" y guardar su nombre en el anonimato.Fueron tantas largas pláticas, mezcladas con discusiones absurdas, las que obligaron a nuestras miradas a crear su propio lenguaje y comunicarse solas. Cuando estaba cerca de él, podía oír el palpitar de su corazón que se sincronizaba con el mío. En sus ojitos rasgados me estacioné esperando que diera el siguiente paso, que lo preguntara; que dejara de considerarme su amiga.
Un día lluvioso de marzo, su lengua con tropezones me confesó sus sentimientos hacia mí. Yo sellé el pacto con un beso sabor chocolate en sus labios gruesos. Las gotas de la lluvia se pusieron celosas e intentaron ser partícipes o espectadoras de primera fila. Sus brazos se convirtieron en cuna y refugio. Sus manos suaves -me pareció un insulto que se unieran a mis rasposas manos-, y nuestros pasos se emparejaron.
Memoricé su constelación de lunares plasmados en su piel suave, aterciopelada como el pétalo de una flor. Desprendía un olor único y fresco e irradiaba un calor acogedor, como el de una hoguera en invierno. Yo le entregué en pedazos todo mi ser: primero le di mi corazón y mi mente. Luego mi cuerpo sin indumentaria y mi libido.
Después de aquel acto, se hizo humo y salió por la ventana. Sus ojos ya no me miraban igual, incluso ni me volteaban a ver. Sus labios se sellaron. Los primeros días intenté que me diera una explicación de lo que había hecho mal. Quizás le ofendió mi cuerpo o mi inexperiencia. Al no tener contestación, entendí el mensaje. Para ese entonces mi pecho era un vidrio estrellado, pero lo que se avecinaba fue la pelota que lo rompió.