19 agosto, 2021

Autobiografía XXXI / Segundo semestre

 Por Julio

XXXI

En el 2º semestre cursé pocas materias porque había reprobado algunas materias en el semestre anterior. Un maestro de programación que nos daba clases invitó al grupo (éramos poquitos, alrededor de 6 alumnos), a participar en el concurso de creatividad. Fue algo pesado el concurso, pero fue interesante porque te hacen pensar mucho y defender tu trabajo ante un jurado neutral. Pero no nos pareció a nosotros porque según ellos no cumplimos con los estándares del evento. Una maestra que nos daba clases nos apoyó porque tampoco estaba de acuerdo con los resultados y nos dio unos puntos extras por un buen trabajo. Pero el área de informática en el que estábamos nosotros, se quedó desierto. Eso fue lo más triste del asunto.


REUNIONES

Durante el 2º semestre también, se conocieron a nuevos chavos que tomarían algunas materias con los del grupo. Como dato interesante, casi todos nos reuníamos (incluidos los nuevos) en la fondita que estaba afuera de la institución, cruzando la calle. Ahí pasábamos lista para desayunar o almorzar antes de entrar o en la salida de alguna clase, con un horario establecido entre 9:00 y 11:00 am dependiendo de los horarios que tuviéramos, estas reuniones duraron mientras se pudo, porque semestres más adelante fue un poco más difícil por los horarios que cada uno empezó a tener. ¡Interesante! ¿No?


VERANO

En la universidad se cuenta con clases de verano presenciales y virtuales, en las cuales se puede regularizar o adelantar alguna materia o materias según sea el caso. En el grupo en el que estaba no que mencionaron que metieron solicitud para algunas materias para regularizarse. Su servilleta no sé entero de las materias hasta después, cuando inició el siguiente semestre. Pero en este caso su servilleta metió solicitud para otras materias, como física y administración y de las cuales me dieron una materia. Y esa fue la de Administración (materia del 3er semestre), la cual acredité. Para los siguientes veranos no solicité materias con el grupo en el que estuve para regularizarme o adelantar, sino que las solicitudes las realicé con otros grupos.

Autobiografía XIV / El perico

 Por Ofelia

XIV

No habíamos planeado tener un bebé, pero no hicimos bien las cuentas y quedé embarazada. Me aterraba la idea, pues no me sentía preparada, aún seguía aferrada a la idea de que no sabría cómo cuidarlo... Pero era bienvenido. Aunque fue un embarazo complicado: primero, amenaza de aborto. Padecí de náuseas. Más tardaba en comer que en sacarlo. Y a las 20 semanas (en ese entonces se promovía el aborto en este periodo de gestación si el bebé venía con algún síndrome), por alguna extraña razón mi cuerpo se llenó de manchas rojas como si tuviera sarampión. Me mandaron hacer unas pruebas especiales y en una cita médica me dijo la doctora que tenía que abortar y estaba en el límite de tiempo. Que para qué quería tener un niño enfermo.

Efectivamente: me salió muy enfermizo. Tuvo reflujo: expulsaba la leche como fuente; era muy llorón. Después resulta que era alérgico al pasto, a los perros, a la manzana, etc. Tardó en hablar. Casi por un pelo de rana calva, necesitó terapia. Más bien le prescribieron medicamento para estimular el habla. Pero platicando con una compañera, me dijo que no se lo diera y así lo hice. Que hablaría cuando él quisiera y así fue. A la fecha parece perico. El hecho de que tardara en hablar, lo asociaban a creencias. Mito o realidad, que si le cortas el cabello a un bebé antes del año, no hablaría. Yo lo hice: se lo corté a los 11 meses. Cuando nació estaba muy greñudo y tenía el cabello largo. Para ese entonces ya estaba muy melenudo. Tanto, que antes de cortarlo le hicieron 4 trencitas que aún conservo. 

Al final, era echar un volado y decidir si interrumpir el embarazo o arriesgarse a que no salieran bien. Lo dejé en manos de Dios. No le hice caso a la doctora; incluso ya no regresé a consulta. Afortunadamente todo salió bien.

Autobiografía XIII / Sin luna de miel

 Por Ofelia

XIII 

No planeamos luna de miel, pues el presupuesto se había terminado. Sólo tomé unos días que tenía a cuenta de vacaciones y fueron para poner en orden la casa. El tan “anhelado momento” -que afortunadamente salió bien-, sobre todo porque algunas cosas se montaron en el momento. ¡Y la sorpresa que nos dieron! 

Mi tío había pagado un número extra que no incluía el paquete y que nos habían sugerido no incluirlo pues no alcanzaría el tiempo para las actividades que ya se tenían contempladas. De repente salió una persona bien mona pintada toda de plateado que bailaba música electrónica cuando estaban sirviendo los alimentos. La gente quedó fascinada y al final del evento cerramos con broche de oro con el baile del mandilón, otro número que organizó uno de mis primos que se había casado meses antes. Aunque como tal, él no lo realizó al cien por ciento, ya que el día de su boda falleció su abuelita.

A mi pareja le colgaron un mandil y le amarraron un muñeco con un rebozo en la espalda, e iba bailando con su escoba y yo siguiéndolo con un cinturón y bañando a todo mundo con cerveza. La gente trataba de evadirnos o esconderse a la hora que pasábamos para que no los mojáramos. Sólo recuerdo las palabras de mi tío: "Sonríe y disfruta el momento, que va a pasar muy rápido”, pues esas cosas no eran mucho de mi agrado. Y efectivamente así fue: dieron las dos de la mañana y “aquí se rompió una taza y cada quien se fue para su casa”.


Autobiografía XXXIV / La muerte de una flor

Por Juan Francisco

XX

Un día como cualquier otro Elizabeth se acercó a mí y me pidió que habláramos un momento. Cursábamos el último semestre de la carrera. Elizabeth y yo de nuevo estábamos en la misma práctica institucional. La convencí de que entráramos a una práctica en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco.

Nos sentamos en una banca afuera de un salón. Me invitó a una comida con sus compañeros del servicio social. Me dijo que irían varias compañeras de nuestra práctica. Al principio pensé en dar una excusa, pero después pensé que sería una buena idea. Una comida con mis compañeras era una actividad agradable y amena. Acepté. Ella se alegró. Nos despedimos, al menos por ese momento.

Días más tarde nos encontramos en el metro Juárez. Lo primero que me dijo Elizabeth es que las demás compañeras dijeron que no podrían asistir por razones diversas. Eso me desanimó un poco. Ella me dijo que de todas formas lo íbamos a pasar bien. Me dijo que pasaría por sus amigas del servicio social y después iríamos a comer.

Pasó con sus compañeras a la PGJ (lugar donde hacía su servicio social). Me dijo que sólo seríamos nosotros cuatro. Sin embargo, otro de sus compañeros se nos unió de imprevisto.

Tomamos el metro y nos dirigimos a la estación Allende. Salimos y caminamos hasta que entramos a un bar. Eso no era una buena señal para mí. Pensé por un instante en dar marcha atrás. El alcohol y yo éramos enemigos desde mi etapa post vocacional. Sin embargo era demasiado tarde. Cuando quise correr ya me encontraba sentado con una cerveza en la mano.

Al principio fue amena la convivencia. Básicamente me dediqué a charlar con Elizabeth y a ignorar a sus compañeras y a su compañero. Llegamos a un punto en el que competimos para saber quien se tomaba más rápido una cerveza. El resultado era obvio: ambos, después de tres cervezas, estábamos ebrios, reíamos de todo y por todo, y estábamos demasiado cerca el uno del otro.

Entonces fue cuando todo pasó muy rápido. A Elizabeth se le cayó parte de la cerveza por haberle echado demasiada sal. Traté de limpiar su mano pero su compañero me atajó y de inmediato se encargó de esa tarea. Después le llamó la atención a Elizabeth por tomar tan rápido. Mala señal. A continuación se acercó a ella, ella a él, y ambos se besaron. Sentencia total.

Dentro de mí algo se rompió. Una ilusión, una esperanza. Desvié la mirada de ellos y me tomé otra cerveza de un golpe. Realmente estaba ebrio, demasiado. Tomé otra y otra y todo comenzó a dar vueltas.

Una de sus compañeras, visiblemente aburrida, propuso una competencia para saber quién aguantaba más besándose: Elizabeth y su novio, o yo con alguna de ellas o ambas.

Elizabeth saltó de su lugar y gritó:

-¡No lo toquen! ¡A él no lo toquen!

Yo estaba demasiado ebrio para prestarle mayor atención a su reacción. Simplemente me desconcertó. Con el rostro enrojecido y tartamudeando un poco, les explicó que yo tenía novia, que ese era el motivo por el cual reaccionó así.

Quizás tenía presente lo que le dije tiempo antes, aquello sobre que yo respetaría la relación que tenía, incluso contra mi propio deseo. Quizás fue algo más. La verdad no lo sé. Hoy en día eso carece de importancia para mí. En ese instante sólo quería alejarme de todos; salir corriendo y perderme entre aquellos seres sin nombre.

Elizabeth tuvo que hablar con su novio. Estaba molesto por mi presencia y por lo acontecido. Se alejaron para platicar. Minutos después llegó su novio y me preguntó si era verdad que yo tenía novia. Le dije que sí, que tenía una relación de más de cuatro años. Le pregunté cuánto tiempo llevaba con Elizabeth. Me respondió que cuatro meses. Me levanté y le dije que era afortunado, que ella era una gran chica, que la valorara mucho.

Tomé una cerveza más y dejé doscientos pesos en la mesa. Me despedí de sus compañeras de servicio social. Aproveché que su novio estaba en el baño y ella no estaba cerca. Me dirigí a la salida y traté de escapar. Elizabeth estaba en la entrada atendiendo una llamada en su celular. Me vio y no me dejó salir. Me dijo que me acompañaría al metro. Le dije que no era necesario. Pero ella era más necia que yo y terminé por aceptar.

Su novio llegó y le pidió que la acompañara para dejarme en el metro. Ambos me escoltaron mientras yo trastabillaba sobre las banquetas. Llegamos a la estación Allende justo cuando estaban por cerrar una de sus entradas. Había una manifestación a unas calles de distancia. Corrí y logré entrar por debajo de la cortina de acero. Lo último que hice fue gritarle a Elizabeth y su novio:

-¡Sean felices! ¡Ámense mucho!

La cortina se cerró. Caminé torpemente hasta el andén. Subí al metro y cerré los ojos. El olor a cerveza había terminado por mezclarse con el aroma de la decepción y el desamor.

Autobiografía XXIII / Elizabeth o la flor alcanzable II

 Por Juan Francisco

XXIII

Los caminantes entraban y salían bajo un sol que calentaba ligeramente. Elizabeth y yo habíamos terminado de comer. Al final le dije que me gustaba y que sentía algo muy bonito por ella. No obstante, yo tenía pareja y estaba obligado a respetar aquella relación. Le pedí que me disculpara por fijarme en ella de una manera que no correspondía con la relación que manteníamos hasta ese momento. También le dije que me atraía su forma de ser. Antes esto sonrió con incredulidad. Le agradecí por darme la oportunidad de hablar con ella. Y le pedí que no rompiéramos con nuestro compañerismo y amistad.

Ella no dijo nada por unos minutos. Me dio las gracias por haber sido sincero con ella. También me aseguró que no pasaba nada, que todo estaba bien. Seguiríamos siendo amigos y buenos compañeros.

Caminamos en dirección al metro. Esa vez no la acompañé a Indios Verdes. Tenía que ir a CU a ver a Brisa. Nos despedimos. Antes de marcharme le pedí un favor: que me permitiera darle un abrazo. Ella aceptó. La abracé. Con ese acto se selló un pacto de silencio entre ambos. Yo estaba libre de aquel sentimiento. Seguimos siendo buenos amigos hasta el final de la carrera.

Autobiografía XIX / Despegando

 Por Rosario

XIX

A la par de mis cambios laborales fueron pasando un semestre tras otro. En ese camino me encontré con una chica que conocí en primer semestre, una que era de lo más sociable y muy alegre. Me hablaba cada vez que me veía y yo sentía que lo hacía con muchas ganas. Intercambiamos números, eventualmente nos mensajeamos y cada vez nos hicimos más cercanas, hasta el momento en que compartimos clases juntas y grupos de amigos. Ella sigue siendo hasta el día de hoy una de mis mejores amigas, una gran compañera de vida y una hermana por elección, Nievat es su nombre.

Durante mi estancia en la Universidad tuve diferentes trabajos. Después de la notaría pasé un tiempo sin empleo, así que decidí hacer el servicio social. Buscaba un lugar en donde pudiera aprender, así que una compañera de clases me recomendó el bufete jurídico de la escuela. Me explicó que allí podías aprender desde cero; era litigio en materia familiar, pero no había paga. Así que hice todos los trámites necesarios y en poco tiempo entré. Me gustaba mucho, aprendí bastante, pero necesitaba empleo. Fue así que llegué a Bariloche. Era un restaurante con servicio los fines de semana en un bazar de comida en la colonia Roma; la mayoría del personal éramos estudiantes, unos meseros, otros cocineros y los más nuevos, ayudantes. Teníamos horario de entrada, pero no de salida; los ayudantes y cocineros tenían un sueldo, pero los meseros no. Ellos solo ganaban propinas, que no eran malas, pero había que dividirlas entre cocineros y ayudantes.

En ese lugar entendí que no era la única con sueños difíciles de lograr, que en el mundo existía mucha gente como yo: con ganas de hacer todo para salir adelante o con problemas todavía más grandes que los míos. Al mismo tiempo y sin saberlo, descubrí otros significados de la amistad, el compañerismo y el trabajo en equipo. Allí conocí grandes amigos y personas de toda clase, con muchos conocimientos y habilidades en todas las áreas.

Llegó un momento en el que la combinación de la escuela, el trabajo entre semana y el de los fines de semana, más las fiestas, me agotaron. Comencé a tener problemas en todas partes, así que dejé Bariloche una vez concluido el servicio social y ya con otro trabajo, ahora como pasante.

No recuerdo con claridad los siguientes empleos, pero hubo variedad: litigio en materia civil, familiar, administrativo y otros más. Sin darme cuenta, los siguientes semestres pasaron rápidamente. Me acercaba cada vez más a la meta y definitivamente renunciar, ya no era una opción




Autobiografía XVIII/ Mi primer trabajo formal

 Por Rosario

XVIII

La notaría estaba en Polanco, en la calle de Arquímedes. Me entrevistó una abogada que en realidad me preguntó más que otra cosa, si quería trabajar con ellos. Me comentó el horario de trabajo, el sueldo y quedamos de vernos allí mismo, el lunes siguiente.

En la facultad varios de mis compañeros ya estaban trabajando, así que unirme a esas filas me hacía sentir importante y sobre todo, parte de los iluminados. En realidad, no era del todo ni lo uno, no lo otro. Se trataba de mi primer trabajo como abogada, uno en el que como se dice en nuestro argot: me “pasanteaban gacho”. Porque a los pasantes que contrataban, era sobre todo para realizar gestorías y trámites, no para labores de escritorio y razonamiento jurídico. Aún así era trabajo, experiencia y también la oportunidad de conocer el mundo de mi profesión.

A diario nos asignaban tareas diferentes y también organizaban una ruta que debíamos concluir ese mismo día, para regresar antes de las dos de la tarde y así poder llegar a tiempo a las clases a la facultad. La notaría nos daba los boletos de metro que fueran necesarios y veinte pesos para el pasaje, así que debíamos administrar muy bien el tiempo y el dinero para cumplir con la misión. De esa manera aprendí a viajar por la ciudad con poco dinero y con casi nada de tiempo para hacerlo.

En ese lugar conocí a varios compañeros de la facultad: unos eran de mi generación, otros mayores y algunos, más pequeños. También aprendí a leer rápido en el metro y desarrollé la habilidad de despertar en el transporte público justo antes de llegar a mi destino. Pocas veces me quedé dormida durante mis múltiples traslados. Eran días pesados, pues mi horario de trabajo era de ocho de la mañana a dos de la tarde; las clases en la facultad eran de tres de la tarde a nueve de la noche. Apenas me daba tiempo de comer algo muy rápido entre una actividad y otra (generalmente eran tacos de canasta, por rápidos y baratos). Igualmente conocí la forma de trabajar de diferentes abogados titulares de cuentas en la notaría: algunos muy cuadrados, otros muy flexibles; todos muy estudiosos y la mayoría dedicados.

En ese lugar tuve uno de los primeros golpes de realidad, ya que no me llevaba bien con mi jefa directa y ella hizo uso de todo lo que estuvo a su alcance para hacerme la vida imposible. Y es que además de todo, en algunos momentos yo le di los elementos por no controlar mi temperamento, ni manejar de una mejor manera el conflicto entre nosotras. En mi defensa diré, que ella tenía problemas personales con una abogada en particular, con quien yo me llevaba muy bien y quien me protegía siempre que podía hacerlo. Entonces una parte de la molestia era mi amistad con ella y la otra, mis llegadas tarde constantemente. Al final pienso que nadie ganó. Al menos yo no: terminé renunciando al trabajo casi al año de haber entrado.

Entonces comenzó la aventura por conseguir otro empleo, esta vez ya no era mi primer trabajo y tampoco sentía tener grandes conocimientos académicos sobre nada en particular…

Autobiografía XXII / La bicicleta azul

 Por Estela

XXII

Desde ese año, me cree la superstición de que según me pille las 00:00 horas del año en curso,  haciendo o pensando algo, está acción se apodera de la mayoría del resto del año. (En mi cabeza tiene sentido). Y ese año lo comprobé.

Enero del 2014 empezó con una foto del regalo que mi mamá le había hecho a mi hermana, una bicicleta azul de cambios, está vez no reclamé porque sabía que le hacía ilusión recordar los momentos que de pequeñas paseábamos en la ciclopista en nuestros patines y luego en la bici rosa que nos regaló el Señor Víctor. El tercer domingo de enero le llamé a mi madre (seguramente porque mi saldo estaba por acabarse), pero no me contestó y lo intenté con mi padre, pero con una voz muy acelerada me comentó que Ana había sufrido un accidente y que la llevaron al hospital. Hablé con mi tía, que con pocos ánimos aceptó prestarme dinero para el transporte. Tomé el autobús que iba directo y era más caro, por supuesto. En mi mente pasaban muchas cosas: debí de escribirle más a mi familia y menos a un sujeto que solo esperaba que yo estuviera disponible para él; no debí de separarme de mi familia. El camino en el autobús y del metro de la estación la Raza a Balbuena se me hizo eterno, además de sentir que mis piernas ya no reaccionaban.

Al llegar al hospital estaba mi madre entre la muchedumbre. En su rostro había angustia, lágrimas y no había espacio para el asombro que le causó mi llegada. Hasta ese momento solo sabíamos que Ana había entrado al quirófano pero no si ya había salido. Fue hasta el cambio de turno de los enfermeros y doctores, nos dijeron que Ana estaba estable y la operación de su cráneo había sido un éxito pero tenía que quedarse en reposo para ver cómo evolucionaba la parte de la memoria, que fue la más golpeada. Además de resolver la parte de la rodilla y el codo que se habían raspado con la pared. Nos angustiaba que pudiera perder la memoria, y mi mamá se culpaba por darle ese regalo que fue el causante del accidente.

Pasamos la noche en la banqueta porque la sala de emergencias estaba llena de personas que se quejaban de sus malestares; algunos visibles y otros no. Por suerte, había tramitado mi IFE meses antes y pude ser de apoyo a mi madre esa semana, antes de entrar a la escuela, para que descansará de las guardias que cubriría por un mes más.

Estaba decidida a dejar una relación donde solo yo era la interesada. Me enteré que sostenía una relación paralela a la nuestra, entonces, me enojé con él, con mis amigos que lo sabían y callaron, pero sobre todo con ella, por entrometerse en una relación. Mi falta de estabilidad emocional me hizo decir y actuar de mala manera con ella. Él intervino y le puso punto final a nuestra relación. Los primeros años me sentí aliviada pero el golpe de su abandono aún me duele y aún no existe quien cubra el hueco.

Autobiografía XXI / Patrones

 Por Estela

XXI

Nuestra relación estaba llena de círculos viciosos. Su interés por mí moría desde marzo -antes de nuestro aniversario-, hasta septiembre, días posteriores de mi cumpleaños. Si le recordaba que había pasado esta fecha, sus disculpas eran acompañadas con un detalle. Los primeros meses nos veíamos cada fin de semana, hablamos por unas horas, después había meses que no nos veíamos. El segundo año su ausencia me creó una adicción a él, a su aroma y una obsesión por comprobar que pensaba en mí. ¿Con qué frecuencia lo hacía? Él lo mencionó en un par de ocasiones: "Solo yo entendía su manera bizarra de amar".

Me olvidé de mí, solo vivía para él. Su crítica sobre mi forma de vestir, de arreglar, de caminar, de hablar, era motivo para que lo dejara de hacer. No importaba si el espejo decía: "qué bonita eres". Mis oídos no lo escuchaban. La posesión de un teléfono debería asegurar una comunicación directa con mis padres o mi hermana, pero no en esta fase de locura. Mi saldo se terminaba con mensajes insistiendo en tener una conversación con él o planeando dónde pasaríamos las navidades.

Las fiestas decembrinas las intercalaba entre mis padres y mis tíos que terminaban estando con él y su familia: en navidad tomando ponche, cenando, rompiendo piñatas y el año nuevo que pasamos juntos, fuimos a una fiesta con 4 de sus amigos. Uno de sus amigos intentó propasarse conmigo. Yo esperaba que él me defendiera, pero no me creyó; me dijo que ellos no se fijaría en alguien como yo y que era mi culpa por provocarlo con mi sonrisa. Esa noche no dormí y busqué en mis actos cuál fue el que lo provocó. Así me recibió el 2014. ¿Un mal augurio?... quizás.