Por Juan Francisco
XX
Un día como cualquier otro Elizabeth se acercó a mí y me pidió que habláramos un momento. Cursábamos el último semestre de la carrera. Elizabeth y yo de nuevo estábamos en la misma práctica institucional. La convencí de que entráramos a una práctica en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco.
Nos sentamos en una banca afuera de un salón. Me invitó a una comida con sus compañeros del servicio social. Me dijo que irían varias compañeras de nuestra práctica. Al principio pensé en dar una excusa, pero después pensé que sería una buena idea. Una comida con mis compañeras era una actividad agradable y amena. Acepté. Ella se alegró. Nos despedimos, al menos por ese momento.
Días más tarde nos encontramos en el metro Juárez. Lo primero que me dijo Elizabeth es que las demás compañeras dijeron que no podrían asistir por razones diversas. Eso me desanimó un poco. Ella me dijo que de todas formas lo íbamos a pasar bien. Me dijo que pasaría por sus amigas del servicio social y después iríamos a comer.
Pasó con sus compañeras a la PGJ (lugar donde hacía su servicio social). Me dijo que sólo seríamos nosotros cuatro. Sin embargo, otro de sus compañeros se nos unió de imprevisto.
Tomamos el metro y nos dirigimos a la estación Allende. Salimos y caminamos hasta que entramos a un bar. Eso no era una buena señal para mí. Pensé por un instante en dar marcha atrás. El alcohol y yo éramos enemigos desde mi etapa post vocacional. Sin embargo era demasiado tarde. Cuando quise correr ya me encontraba sentado con una cerveza en la mano.
Al principio fue amena la convivencia. Básicamente me dediqué a charlar con Elizabeth y a ignorar a sus compañeras y a su compañero. Llegamos a un punto en el que competimos para saber quien se tomaba más rápido una cerveza. El resultado era obvio: ambos, después de tres cervezas, estábamos ebrios, reíamos de todo y por todo, y estábamos demasiado cerca el uno del otro.
Entonces fue cuando todo pasó muy rápido. A Elizabeth se le cayó parte de la cerveza por haberle echado demasiada sal. Traté de limpiar su mano pero su compañero me atajó y de inmediato se encargó de esa tarea. Después le llamó la atención a Elizabeth por tomar tan rápido. Mala señal. A continuación se acercó a ella, ella a él, y ambos se besaron. Sentencia total.
Dentro de mí algo se rompió. Una ilusión, una esperanza. Desvié la mirada de ellos y me tomé otra cerveza de un golpe. Realmente estaba ebrio, demasiado. Tomé otra y otra y todo comenzó a dar vueltas.
Una de sus compañeras, visiblemente aburrida, propuso una competencia para saber quién aguantaba más besándose: Elizabeth y su novio, o yo con alguna de ellas o ambas.
Elizabeth saltó de su lugar y gritó:
-¡No lo toquen! ¡A él no lo toquen!
Yo estaba demasiado ebrio para prestarle mayor atención a su reacción. Simplemente me desconcertó. Con el rostro enrojecido y tartamudeando un poco, les explicó que yo tenía novia, que ese era el motivo por el cual reaccionó así.
Quizás tenía presente lo que le dije tiempo antes, aquello sobre que yo respetaría la relación que tenía, incluso contra mi propio deseo. Quizás fue algo más. La verdad no lo sé. Hoy en día eso carece de importancia para mí. En ese instante sólo quería alejarme de todos; salir corriendo y perderme entre aquellos seres sin nombre.
Elizabeth tuvo que hablar con su novio. Estaba molesto por mi presencia y por lo acontecido. Se alejaron para platicar. Minutos después llegó su novio y me preguntó si era verdad que yo tenía novia. Le dije que sí, que tenía una relación de más de cuatro años. Le pregunté cuánto tiempo llevaba con Elizabeth. Me respondió que cuatro meses. Me levanté y le dije que era afortunado, que ella era una gran chica, que la valorara mucho.
Tomé una cerveza más y dejé doscientos pesos en la mesa. Me despedí de sus compañeras de servicio social. Aproveché que su novio estaba en el baño y ella no estaba cerca. Me dirigí a la salida y traté de escapar. Elizabeth estaba en la entrada atendiendo una llamada en su celular. Me vio y no me dejó salir. Me dijo que me acompañaría al metro. Le dije que no era necesario. Pero ella era más necia que yo y terminé por aceptar.
Su novio llegó y le pidió que la acompañara para dejarme en el metro. Ambos me escoltaron mientras yo trastabillaba sobre las banquetas. Llegamos a la estación Allende justo cuando estaban por cerrar una de sus entradas. Había una manifestación a unas calles de distancia. Corrí y logré entrar por debajo de la cortina de acero. Lo último que hice fue gritarle a Elizabeth y su novio:
-¡Sean felices! ¡Ámense mucho!
La cortina se cerró. Caminé torpemente hasta el andén. Subí al metro y cerré los ojos. El olor a cerveza había terminado por mezclarse con el aroma de la decepción y el desamor.