09 diciembre, 2021

Autobiografía / Una nueva oportunidad

 Por Juan Francisco

XXVII

Aquella chica con la que comencé una relación una vez que terminé con Brisa, se llama Clara. Es mi pareja en la actualidad. Tenemos casi seis años juntos. Incluso vivimos en el mismo hogar.

Clara, a lo largo de nuestra relación y también antes de ella, me enseñó a valorarme a mí mismo. Gracias a ella me volví un ser ambicioso y obstinado en alcanzar mis metas. Ella me escucha y me apoya en los momentos más difíciles. El más bello recuerdo que tengo de ambos es una vivencia similar a la presentada en la película de Amelie.

Una mañana, cuando fui a verla a un deportivo cerca de su casa, me llevé una extraordinaria sorpresa. Ella no se había presentado a nuestra cita. En su lugar dejó un papel con un pequeño mensaje en él. La frase era una pista que me llevaría a otro lugar.

Esa pista me llevó a un árbol donde habíamos estado antes. Un lugar desde el cual admiramos más de una decena de atardeceres y la danza vespertina de las golondrinas.

La siguiente me llevó a un restaurante de comida china. En ese lugar habíamos pasado bellos momentos entre platos llenos de alimento y salsas exageradamente picantes. El dueño del restaurante me entregó la siguiente pista.

A continuación me dirigí a una dulcería donde me fue entregada la última sorpresa. Se trataba de Clara con un globo y unos chocolates de mis favoritos. La abracé y la besé. Le agradecí por ese cúmulo de bellos y tiernos detalles.

Esa aventura de pistas y misterio ha sido el regalo más valioso que me han dado en la vida. Clara me mostró que se puede ser amado y amar sin caer en el abismo de la dependencia y el sometimiento.

Amar es algo más que compartir tu vida con alguien. Amar a alguien es vivir tu vida, que la otra persona viva su vida, y a la par vivir una vida en conjunto.

Autobiografía / Separación

 Por Juan Francisco

XXXVI



El momento cumbre de mi etapa en la universidad fue el final de mi relación con Brisa. Una noche mientras descansaba sobre la hierba de las áreas verdes de los frontones de Ciudad Universitaria, me di cuenta de que no podía seguir así. Por lo que al llegar a casa tomé el teléfono y le marqué a Brisa.

Brisa se encontraba en esos momentos en Monterrey. Realizaba sus estudios allá gracias a un programa de movilidad estudiantil.

Terminar con ella de esa manera y esas circunstancias no era lo mejor (a los ojos de muchos), pero se trataba de algo sumamente necesario. No volvería a tener el valor necesario. Tenía que jugarme todas mis cartas para deshacerme de aquella relación dañina.

Hablé con ella por más de una hora. Ella lloró y yo también. A pesar de todo el mal, no dejaba de doler aquella separación. Era inevitable.

Cuando ella colgó yo me sentí agotado y triste. Empero, antes de dormir me di cuenta del gran paso que había dado. Esa noche dormí como un bebé. A la mañana siguiente me sentí como un ser libre y pleno. Era la primera vez en mi vida que me sentí de aquella manera. Todo me parecía maravilloso. Salí de casa con una sonrisa. Ya no cargaba con peso alguno. Me dejé llevar por el viento. El cielo era un paisaje alcanzable y la felicidad un regalo largamente esperado.

Por supuesto que Brisa me marcó y me buscó en muchas ocasiones. Sin embargo, tuve la fuerza y valor necesarios para no cambiar de opinión como en el pasado. No volvería con ella. Además, había conocido a otra chica. Quería darme una nueva oportunidad con esa chica de sonrisa contagiosa y de bellos hoyuelos.

Autobiografía / Pérdidas y duelos

 Por Juan Francisco

XXXV

Me gustan mucho casi todos los animales, con excepción de los guajolotes y pavos. Padezco de alektorofobia, es decir, fobia a las aves de corral. Con las gallinas y gallos no tengo ningún problema, incluso tuve un gallo blanco llamado Jonas. Pero no puedo soportar su presencia por mucho tiempo. En el caso de los guajolotes y pavos, no puedo verlos ni en pintura.

Los animales que más me gustan son los perros. He compartido mi vida con los perros desde que tenía diez años. Mis primeros perros fueron Terry y Tom. Tom murió de un infarto a los siete años. Terry vivió hasta los quince y tuvo una amplia descendencia. Adoptamos una perra en situación de calle cuando yo tenía diecisiete; la llamamos Loba. Tuvo tres camadas antes de morir a la edad de tres años. Terry se cruzó (la primera y última vez en su vida) con una hija de Loba, Salomé. De esa camada nos quedamos con dos hembras: Eva y Clarisa. Antes de ellas ya teníamos a Susana (hija de la segunda camada de Loba). Todo un entramado genealógico canino.

En total, desde el primer perro que tuve hasta el último, fallecieron más de veinte cachorros. La mayoría por parvovirus. Al final sólo nos quedó Terry, Susana, Salomé, Eva y Clarisa.

Años después adopté a medias a cuatro perros más, en situación de calle: Coyota, Huesos, Crema y Bocho. Les daba agua y también comida (primero bolillos y después croquetas). A Huesos, Crema y Bocho los cuidé desde que eran cachorros. No podía tenerlos dentro de casa porque ya tenía demasiados perros. Dormían en el jardín que está enfrente de casa pero me acompañaban a todos lados para bien o para mal.

Terry perdió la movilidad de sus patas traseras a los doce años. Sus últimos tres años de vida apenas caminaba. Murió una madrugada en su cama. Clarisa falleció por una infección en las vías urinarias. Logré reunir un poco de dinero para traer un veterinario. Le aplicó antibióticos y con una jeringa sacó líquido de su estómago. Yo tenía que darle su medicamento dos veces al día e inyectarle la jeringa en el estómago para reducir la acumulación de orina. El mismo día que la atendió el veterinario, por la noche, Clarisa tuvo un paro cardiorespiratorio. Grité y pedí ayuda en vano. Tenía la jeringa en mi mano, temblaba. Falleció en segundos. Su muerte me dolió muchísimo. La enterré mientras lloraba desconsoladamente.

Salomé tuvo un tumor en una de sus patas traseras. Vino un veterinario a extirparlo. Yo tuve que ayudar al veterinario cuando tuvo problemas para coser una de las venas de su pata. Mis manos y brazos terminaron manchados de abundante sangre. Meses después se recuperó y siguió siendo la misma. Un año después el tumor volvió a formarse. Asimismo, comenzó a manifestar los mismos padecimientos que Clarisa. Los antibióticos no funcionaron. A diferencia de Clarisa, Salome sufrió mucho. Tardó varios meses en morir. En ese momento yo no tenía dinero o forma de llevarla con un veterinario para que la pusiera a dormir para siempre. Vomitaba y defecaba sangre. No podía permanecer mucho tiempo en pie. No comía ni lograba dormir. Supliqué todas los días para que ella muriera lo más pronto posible, para que terminara aquel infierno. Pasó demasiado tiempo antes de que ella muriera. La encontramos una mañana tirada a unos metros de su casa. Lloré junto a su cadáver y la acaricié en silencio.

A Coyota, Huesos, Crema y Bocho los envenenaron. Sólo pude observar el cuerpo de Crema y Bocho a la distancia. Murieron en un terreno baldío al cual no podía acceder. Huesos, Crema y Coyota estaban esperando cachorros cuando las mataron. Lloré por todas ellas y por él. Pero también sentí una ligera dicha. La vida de un perro en situación de calle es un infierno, una constante sucesión de maltratos y vejaciones. No volvieron a sufrir de nuevo, nadie volvió a lastimarlos. Al fin están libres de esa maldita existencia. Una parte de mí murió aquel día. Ellos se llevaron lo más humano de ser. Yo me quedé con sus más bellos e inocentes recuerdos.

Espero volver a verlos al menos por un momento a todos ellos y ellas, mis fieles amigos y amigas, cuando mi existencia llegue a su final. Sé que de una forma u otra, ellos y ellas estarán ahí, observando, con sus colas en movimiento y sus ojos juguetones. Algún día volveremos a vernos y estaremos juntos por la eternidad. Por fin podremos correr por los verdes valles sin miedo a la gente ni al dolor.

Autobiografía / Cáncer

 Por Rosario

XXVII

Llevaba poco tiempo viviendo con Israel, tal vez tres o cuatro meses cuando a papá le diagnosticaron cáncer de próstata. Ya estaba tan avanzado y él era tan mayor, que no era recomendable realizar operación alguna para extirparlo.

Cuando recibí esa noticia me sentí devastada; parecía que me habían arrojado una cubetada de agua fría en la cara. Lo primero que sentí fue mucho temor ante la posibilidad de su muerte por el diagnóstico tan negro. No entendía muy bien lo que ocurría, pero las lágrimas corrieron por mis mejillas en aquella conversación telefónica y varias madrugadas más, también sucedió lo mismo. Era una mezcla de incertidumbre, dolor y mucho miedo.

Israel estuvo conmigo y me apoyó en aquellos momentos. Cuando dejé de vivir con mi papá me sentía un poco enojada con él una vez que rehizo su vida con Marce por todas las omisiones en que incurrió durante mi vida estudiantil, así que lo visitaba pocas veces y no por mucho tiempo.

Definitivamente no imaginaba que esos dolores y achaques que venía padeciendo hace tiempo se debieran al cáncer; pensaba que era un tema propio de su edad y la vida de trabajo duro que llevó por muchos años. El cáncer cambió todo. No sabíamos lo que seguía, si iba a necesitar quimioterapias y lo más importante: si sobreviviría a la enfermedad.

Papá, igual que toda la vida, con su sorprendente aplomo dijo que no quería morir todavía. Quería hacer muchas cosas aún, ver a su hijo crecer era una de ellas y un motivo más para luchar. También nos explicó que no deseaba darse por vencido ni cambiar su estilo de vida; él seguiría haciendo todo lo que fuera necesario para seguir vivo y nos calmó a todos.

Honestamente escuchar cáncer hace pensar que la muerte es inevitable y en efecto lo es, pero no siempre ocurre como consecuencia de la enfermedad y esa fue la lección de vida que papá nos dejó a todos.

El tratamiento que le dieron consistía en tomar unas pastillas todos los días y aplicarse una inyección mensual, además de hacerse exámenes con frecuencia para revisar si los niveles de cáncer crecían o bajaban y también para monitorear el estado de su salud en general.

Papá, como todo un guerrero, soportó todo con la frente en alto; siempre estoico y optimista, nos daba ánimo a todos los que estábamos a su alrededor y de no saber que tenía cáncer, jamás lo hubiera imaginado. Él se veía normal, lleno de vida y de ganas por resolver mil cosas; jamás paraba, ni dejaba de hacer planes. Amaba la vida como no he visto a nadie más hacerlo.

Imagino que darte cuenta de la fragilidad de tu propia existencia no debe ser fácil, pero él lo tomó de la mejor manera posible y decidió solucionar temas que tenía pendientes de años, tales como su divorcio, su testamento, hacer las paces con su única hermana de padre y madre; hablar con la familia de mi mamá sobre su enfermedad y acercarse a miembros de su familia con los que había estado lejos por distintas causas.

Nievat muy sabiamente me dijo que tal vez esta era la oportunidad de dedicarle más tiempo y de superar los viejos rencores; que el pasado ya no podía cambiarse, pero sí la manera en que vivía mi relación con él. Tal vez era la oportunidad de reconciliarnos y vivir buenos momentos juntos. Así lo hice: decidí cerrar el pasado y enfocarme en el presente, en lo que podía hacer para contribuir a su bienestar. Una de las principales actividades fue dedicarle más tiempo y de calidad, así que las llamadas semanales se convirtieron en nuestra bonita rutina, especialmente cuando él tenía ganas de hablar y no estaba Marce en casa. También empecé a visitarlo con mayor frecuencia los sábados y en ocasiones especiales, como cumpleaños y festividades varias.

Los años pasaron, afortunadamente el tumor del cáncer se encapsuló y papá dejó de necesitar la inyección, se quedó solo con las pastillas diarias. Aún así el tumor tocó una parte de su columna y padecía dolores frecuentes. Paulatinamente vimos reducida su movilidad, pero casi nunca se quejaba, ni nos contaba de todos los malestares que sentía; jamás me dijo de las caídas que empezó a tener. Marce era quien nos daba ese tipo de noticias, papá siempre decía que estaba bien y no se quejaba ni pedía nada en particular.

Otro tema que también me ocupó fue la pérdida en la audición de mi papá. Empecé a notar ese problema desde que estaba en la universidad, incluso hice el intento por comprar sus auxiliares. Cris me apoyaba, pero en ese momento no alcanzaba el dinero. Así que tuve que rendirme temporalmente y esperar unos años para hacerlo realidad. De esa manera, cuando ya trabajaba en ADO, gracias a la estabilidad económica que tenía pude plantear la meta realizable de comprar sus aparatos auditivos. Lo llevé al especialista, quien determinó que la pérdida era en ambos oídos, solo para saber si mis hermanos podían ayudar con la causa, les hice saber del asunto y puse a su disposición mi número de cuenta bancaria. Ninguno quiso apoyar la causa, me sentí dolida y decepcionada, pero al mismo tiempo decidí que no iba a rendirme esta vez, así que como pude compré los auxiliares para papá y él estaba feliz conmigo.

Autobiografía / Vida ADO

 Por Rosario

XXVI

En esa época ya no estaba tan feliz con mi trabajo, todo era muy bueno, pero entendí que no amaba la vida nómada que implica el litigio, ni las limitaciones económicas al ser recién egresada, así que estuve buscando trabajo en diferentes bolsas, actualicé mi currículum e hice lo que estaba a mi alcance para encontrar otro trabajo. Pasaron algunos meses y no hubo éxito, hasta que de la nada y sin esperarlo, como suele suceder con esas cosas de la vida, recibí una llamada al celular en la que me convocaron a una entrevista en Grupo ADO.

Varias veces había visto las vacantes que publicaban y siempre mandé mi CV, pero en ningún caso me llamaron, así que esta entrevista era todo un suceso para mí. No me dieron grandes detalles, ni me dijeron para qué posición era, así que lo único que se me ocurrió que podía hacer era estudiar para prepararme un poco y así lo hice.

El día de la entrevista llegué apenas a tiempo, las indicaciones que me dieron para encontrar la oficina eran un poco confusas pero lo logré. De inmediato me llevaron a la entrevista con la abogada que tenía en su área la vacante, pero en recursos humanos no me dieron más detalles.

La abogada que me entrevistó se llama Erika, me preguntó si sabía de qué se trataba el puesto y le dije que no. Entonces me explicó que era para la Gerencia Societaria, para actividades principalmente relacionadas con el otorgamiento y revocación de poderes, aunque también debía apoyar a diferentes actividades si se daba el caso. Justo me hizo preguntas del tema que estudié, me aclaró que si pasaba esta etapa, se comunicarían conmigo para la segunda entrevista y de ser el caso, habría una tercera.

La propuesta económica era muy buena para mí en ese momento, se trataba de incrementar casi al doble mis ingresos, incluyendo prestaciones de ley, algunas superiores y sobre todo crecimiento, de la mano de la estabilidad laboral. A los pocos días me llamaron para una segunda entrevista. Ésta fue con el jefe de Erika: el Licenciado Alejandro. Es un tipo sumamente humano, muy inteligente y con una personalidad agradable. Con él la plática no fue tan técnica, sino más enfocada en mi estilo de vida y la forma de gestionar mis relaciones interpersonales, así como los conflictos con compañeros.

A los pocos días me llamaron para confirmarme que era la candidata elegida, debía incorporarme a trabajar uno de los últimos días de noviembre de 2014. Apenas tuve unos días para avisarle a mi jefe del cambio, le agradecí de sobremanera por la oportunidad de haber laborado con él, por todo su apoyo y enseñanzas. También hice lo propio con mi jefa de la empresa. Ambos me dieron cartas de recomendación y recibieron de muy buena gana mi cambio.

El día acordado me presenté en la TAPO, me sentía muy nerviosa y emocionada a la vez por iniciar otra etapa. Israel, su familia y la mía estaban felices y me desearon el mejor de los éxitos.

El primer día, (mi ahora jefa) Erika me explicó lo que debía hacer, cuáles eran mis actividades, los horarios y mi lugar de trabajo con un equipo de cómputo bastante obsoleto, pero que cumplía su función y que me permitía hacer lo necesario. Ese día una compañera me invitó a comer con ella y su grupo de amigos. Lo agradecí mucho, pues ya tenía mucha hambre y no sabía cómo funcionaba el servicio de comedor, ni los checadores.

Casi desde el primer momento y con la mayoría de los compañeros me sentí muy cómoda, poco a poco fui entendiendo cómo organizaban las escrituras, el archivo, la relación con la notaría, las bases que manejaban. Lo mejor de todo eran los compañeros, casi todos eran de mi edad y muy amables, era fácil encontrar afinidades con todos, además estaban próximas las fiestas decembrinas (¡hacían bastantes!). Ese año me tocaron tres y en todas tuve la oportunidad de conocer más a los jefes y a los colegas, la integración en ese lugar era de lo mejor, en las fiestas todos olvidaban un poco sus poses y egos, nos divertíamos codo a codo. Eso lo amé desde el principio.

Ese primer año no me tocó el arcón navideño. Por fortuna los años siguientes sí lo recibí y son bastante buenos porque los preparan con meses de anticipación. Eso, más el aguinaldo, las fiestas y el ambiente en general me mantuvieron muy feliz en ese trabajo por un tiempo. Solo que como siempre, yo quería crecer, aprender más cosas, conocer otros temas y ganar más. Mi Gerencia era de reciente creación, mi jefa inmediata y la Gerente también habían adquirido sus puestos recientemente. Eso implicaba que allí no podría crecer, por lo que me ofrecieron la posibilidad de cambiarme a la Gerencia de Contratos, era con el mismo sueldo, pero yo veía la oportunidad de adquirir más conocimientos y experiencia.

El cambio fue algo complicado para mí, pues tenía que capacitar a la abogada que entró en mi lugar en societario y al mismo tiempo cumplir con mis entregas en contratos, pese a estar dedicada medio tiempo a esa tarea. De la mejor manera en que pude hacerlo, concluí la capacitación y realicé mis primeras entregas en contratos. Con relativa facilidad entendí de qué se trataba el nuevo trabajo; me adapté al equipo de trabajo, pese a que uno de los abogados tenía serias deficiencias y los demás pagábamos por ello. Aún así hice todo lo que estaba en mis manos por aprender rápido y ayudarlo.

Estaba por cumplir tres meses en el área de contratos cuando mi jefa inmediata, Diana, me explicó que tenía una propuesta de trabajo muy buena y que por ello dejaría el trabajo. Nadie esperaba eso, ella tenía poco tiempo con ese nuevo cargo, así que era todo un suceso. En lo que definían qué pasaría con ese puesto me designaron como abogada a cargo del área. Éramos solo el abogado de los problemas y yo.

Por aquellos años y debido a la presión que tenía en el trabajo, decidí tomar terapia para buscar una manera de lidiar con mis emociones y al mismo tiempo para mejorar mi gestión en lo laboral. Acudí con una terapeuta que me recomendó una amiga de Israel; me parece que logramos avances interesantes e importantes con la parte laboral, también con mi relación con mi papá y con mis hermanas; incluso sobre algunos aspectos de mi infancia.

Me esforcé lo más que pude por conseguir el puesto que ya ocupaba, incluso trabajé fines de semana y madrugadas en casa con la esperanza de lograrlo. Sin embargo, éramos tres candidatos, yo era la única mujer y decidieron que todo se determinaría a través de exámenes psicométricos, los resultados dijeron que no me favorecieron, lo cierto es que el abogado elegido no sabía nada del área, me encargaron capacitarlo y además le dieron la facilidad de despedir al chico problema.

Como era de esperarse me sentí mucho muy enojada y decepcionada con ese resultado, tenía ganas de mandar el trabajo al demonio, pero mis deudas y responsabilidades no me permitían darme ese lujo, así que tuve que resistir y esperar un mejor momento para hacerlo.

A partir de eso, comencé a buscar trabajo, envié currículums y actualicé los que tenía en las bolsas de trabajo. Estaba decidida a cambiar de empleo lo antes posible, solo que buscaba un mejor salario y posición, consideraba que ya no era recién egresada y un plus a mi favor era la experiencia con que contaba. No tardé mucho en conseguir una entrevista en una empresa de trenes, mi perfil era el adecuado, solo había que pasar los exámenes y concluir el proceso de selección. En efecto conseguí pasar los exámenes y las entrevistas, lo que me permitió cambiar de trabajo en enero de 2018, recién había cumplido treinta años y ese nuevo empleo me hacía sentir muy feliz.

Cuando le expliqué a mi jefe en ADO que renunciaba estuvo a punto de desmayarse, se puso mal y es que apenas estaba encaminándose en el trabajo, pero ese asunto ya no era mi problema y no me importó. Incluso la gerente del área me ofreció la posibilidad de subir mi sueldo, pero le pedí que no lo hiciera, porque mi deseo de irme a otro lugar era en serio y no lo iba a olvidar. Al despedirme del director que eligió a mi competidor como jefe del área me dijo que él seguía firme con la idea de no haberme promovido, argumentando que no me consideraba lista para el cargo. Le respondí que ese interinato había implicado más experiencia para mí y justo por esa experiencia podía irme ahora mismo a otra empresa.

Parecía que los astros se habían alineado y que el universo me había hecho justicia con ese rápido cambio de trabajo. Lo cierto es que los designios y el destino a veces son extraños y juegan con nosotros, justo eso fue lo que pasó…

Autobiografía / Tiempo de amar

 Por Rosario

XXV

Como ya he mencionado antes, creo que a veces el destino o la vida nos reúnen con las personas adecuadas en los momentos más precisos, justo creo que eso pasó cuando conocí a Israel. Él era un amigo ingeniero de Nallely Elizabeth. Se conocieron cuando trabajaban juntos en la empresa donde ella prestaba sus servicios como auxiliar jurídico y a la que gracias a su recomendación logré incorporarme fácilmente.

Desde que estábamos en la facultad ella me contó de su amigo Israel: que era buena onda, le gustaba la fiesta y el baile. De hecho lo invitó a varias de las fiestas de generación, pero por una u otra cosa, él jamás apareció. Tuvimos oportunidad de conocernos gracias a que él consiguió un número de teléfono para mí y a cambio quedé de invitarle una “chela”. En todo esto Nallely Elizabeth fue la intermediaria y por consiguiente, el día del pago ella también asistió.

No hay mucho qué decir de él, excepto que si bien no era el tipo más guapo, lo cierto es que su personalidad me gustó; era un chico muy agradable y listo, con humor negro, buena conversación y cultura general. No estaba segura del destino que las cosas tomarían, pero me había flechado. Así que hice lo que estuvo en mis manos para llamar su atención y darle las señales de mi interés. Por fortuna, él reaccionó favorablemente. En esos meses Nallely nos invitó a varias fiestas y salidas, yo siempre sugería que invitara a Israel para tener con quién bailar y él también pedía que me invitaran a mí (jajajaja). Así que un día ella nos dijo a los dos que nos dejáramos de cosas y le dijéramos al otro que nos gustaba.

Alguna vez, no recuerdo muy bien cómo pasó, pero fuimos al cine solos por primera vez sin chaperón. Vimos una película de comedia. Estuvo divertida a más no poder. De regreso pasamos a un museo y charlamos de un montón de cosas, en ese momento descubrí que teníamos afinidad e intereses mutuos.

El siguiente paso fue hacernos novios. Las cosas fluyeron con mucha normalidad y de una manera linda; empecé a conocer a sus amigos y con la mayoría pude integrarme muy bien. También él conoció a mis amigas. Pasé de compartir mis días y espacios libres con Cris, Irma y mis sobrinos, a estar con él en un montón de lugares.

Además, sin saber muy bien cómo hacerlo, con nervios y miedo de lo que pudiera ocurrir en el futuro, nos tocó trabajar juntos, porque recordemos que él trabajaba en la misma empresa que Nallely Elizabeth y eso me llevó a trabajar también con él. Fue la típica relación de trabajo y el peor secreto guardado, no faltó el compañero que nos vio o que nos encontramos en el transporte público. Aún así compartir amistades y reuniones de trabajo también era lindo.

En ese trabajo fui muy feliz: mi jefe era un amor. Para empezar, me prestó dinero sin conocerme y gracias a eso pude titularme de manera rápida. También fueron siempre pacientes (él y la abogada que llevaba la cartera de Ciudad de México), cuando tuve errores o bien cuando me enseñaban cosas. Además de todo eso, podía manejar a mi manera mis horarios y tiempos de trabajo. Realmente me pedían más que nada, resultados, no importaba el tiempo dedicado a los asuntos, sino que los objetivos se cumplieran en tiempo y forma.

Por otro lado, mi jefa en la empresa también era muy relajada, no tenía mucho tema con los horarios, me dejaba hacer tarea en el trabajo cuando tenía cosas que entregar en el diplomado de titulación. Los viernes que no iba a juzgados, podía llegar a las diez a la oficina. También me trató siempre muy bien: me dio algunos regalos de navidad, catorce de febrero y de cumpleaños. Era celosa con su trabajo, pero me explicaba las cosas con detalle, sólo que la paciencia no era su fuerte.

Volviendo a la relación con Israel, llevábamos como seis meses juntos, cuando vino por primera vez a mi mente la idea de vivir juntos, sentía ese anhelo por pasar cada vez más tiempo juntos, no me era suficiente las cenas después del trabajo o las salidas de fines de semana. Pero al mismo tiempo ese pensamiento me asustó mucho, vi de cerca cómo había sido salir de casa para mis hermanas y no me parecía nada sencillo hacerlo, además llevábamos muy poco tiempo juntos como para pensar en esas cosas, así que decidí olvidar la idea en cuanto pude.

El tiempo siguió su curso, decidimos que era momento de presentar a nuestras familias, así que poco a poco fui conociendo a su familia y él a la mía; en esa parte coincidíamos, porque ninguno había llevado a nadie más de manera formal con su familia. Primero conocí a su hermana Aracelí, ella se dedicaba a poner uñas y desde el primer día me puso unas muy lindas, se portó sumamente amable y siento que hubo buena relación entre nosotras desde el principio. Después conocí a su mamá, Israel organizó una comida en su casa para presentarnos, Ara fingió que no nos conocíamos y que esa era la primera vez que nos veíamos. Me tocó llevar el postre, estaba muy nerviosa, pero todo salió muy bien, su mamá siempre fue un amor conmigo, me adoptó desde el principio.

La última que conocí fue Edith, ella era la hermana mayor, estaba casada con Chucho y su hijo se llama Ikal. También se portó muy bien conmigo, bastante tranquila y contenta por ver feliz a su hermano.

Yo organicé una reunión en casa de Irma para presentarle a mis hermanas, también allí conoció a mis sobrinos. No recuerdo si hubo algún guiso o motivo específico. Lo que tengo muy presente es que Irma y Cris me estuvieron balconeando, contándole las cosas más bochornosas, como “no le gusta cocinar, casi nunca lo hace”, “le gusta mucho descansar, pero cuando se activa hace las cosas a detalle”.

Más tarde, con el pretexto de una boda cerca de mi entonces casa, Israel conoció a papá, Diego y Marce. Fue la ocasión ideal, porque me invitaron a la fiesta y como él vivía lejos, pedí permiso para que se quedara en casa. Como era de esperarse me mandaron a otra habitación, me tocó dormir con mi hermano y le cedí a él mi habitación.

Gracias a Israel pude introducirme en la vida Godínez con gran facilidad, él me mostró todo lo que debía conocer, cómo actuar en la hora de la comida, temas interesantes para fomentar la comunicación o desatar la discusión, de qué manera se organizaban las fiestas después de las celebraciones oficiales de fin de año, qué hacer en los pasteles de cumpleaños en la oficina, qué botanas son adecuadas para evitar dormirse en el trabajo, cuáles hacen menos ruido cuando las muerdes, etc. Sobra decir que disfruté un montón esa etapa.

El tiempo pasó muy rápido, la relación se sentía como pan con mantequilla, cómoda, confortable, un lugar seguro al que podía acudir siempre, llena de amor y de compañía. Así que poco antes de cumplir dos años de novios, decidimos irnos a vivir juntos. Previamente a llevarlo a cabo, platicamos con la señora Esther, la mamá de Israel y con mi papá del tema, ambos dieron su visto bueno y dijeron que estaban conformes con ello, esa platica fue solo para hacerles saber que lo estábamos pensando y que lo queríamos hacer, sin dar una fecha concreta.

La señora Esther casi de inmediato empezó a comprar cosas para nosotros, desde trapos y cubetas, hasta un comedor y el microondas. Mi papá lo tomó a la ligera, como algo que pasaría en un tiempo lejano, pero las cosas no fueron así, en unos meses ya habíamos encontrado un departamento y teníamos un préstamo para la compra de muebles y el pago de renta. Cuando le avisé que me iba de casa en una semana se quedó estupefacto, no entendía porque la premura, preguntó si ya tenía muebles y cosas, a lo que le dije que sí, porque en efecto ya habíamos comprado la mayoría de las cosas indispensables.

Papá creyó que estaba embarazada y por eso todo iba de prisa. El tiempo mostró la realidad de las cosas y creo que un poco a partir de los hechos ocurridos me gané el respeto de él. Fui muy feliz con ese cambio en mi vida, me tocó enfrentarme de primera mano a dejar de vivir en casa propia y lo que ello implicaba, tener que saludar a los vecinos y ser cordial con ellos, también aprender a negociar los usos y costumbres de casa, las actividades domésticas, los gastos y las deudas. Fue una etapa de aprendizaje y descubrimiento continuo, pero de mucha paz y amor también.