17 marzo, 2021

III / Carolina

 Por Julio César

III. CAROLINA


A los 4 años de vida, mi hermana a quién llamaremos Carolina, venía en camino. Ella nació a mediados del mes de

octubre. Yo no sabía sí sería niña o niño y mis papás me preguntaban qué quería que fuera.  Yo siempre respondía

que quería a un niño, para poder jugar con él a los carritos y fútbol. Sí era niña, que la devolvieran porque no quería

jugar a las muñecas, los vestidos, juegos de té y cosas de ese tipo. Yo ponía mi cara de enojado, hacía berrinche,

pataleaba para devolverla cuando naciera y me trajeran a un niño en su lugar. Lo que es la inocencia de un niño,

pero lo paradójico es,  que cuando nació Carolina y me la presentaron, mis papás me preguntaron: ¿la devolvemos

o la cambiamos por un niño? Yo, obviamente, ¡respondí que no! Que era la cosa más bonita que había visto y nos la

lleváramos a casa para poder jugar. La respuesta sorprendió a todos.

Mi papá no pudo estar presente en el momento del alumbramiento de Carolina por cuestiones de trabajo de la

empresa, pero le avisaron que mi mamá estaba en el IMSS de Zitácuaro. Por cierto, a mi mamá la llevó mi tío,

(hermano de mi mamá). No hubo tanto show, como cuando nació su servilleta. Carolina nació bien y sin

complicaciones a principios de los 90’s. El único detalle para resaltar es, cuando hay un alumbramiento, hay que

hacer unos procedimientos al bebé y se tienen que pasar unos días en observación en hospital. En la primera

noche, Carolina estuvo en la habitación con mi mamá y ella notó algo extraño en mi hermana: estaba cambiando

de color y no respiraba bien. No le habían sacado bien las flemas y para acabarla de amolar, las 2 estaban solas en

la habitación. Mi mamá se desesperó, gritó pidiendo ayuda, pero nadie apareció. Mi mamá desesperada se las

arregló como sea hasta que Carolina reaccionó. El personal médico apareció hasta las horas,  después con el

cambio de turno. Mi mamá les dijo lo que pasó y les reclamó por lo mismo. Entonces los médicos revisaron a la

bebé, pero dijeron que estaba bien. ¡Con ganas de jalarles las orejas a los médicos, por no estar vigilando a sus

pacientes! Después,  ¿por qué hay demandas y/o quejas hacia los médicos por estas situaciones o salen en las

noticias por maltrato o trato deficiente hacia el paciente? Varios años después, Carolina todavía sigue dando lata

y es toda una profesionista, ella es ingeniera. 

I / Nacimiento

Por Julio César

I. Nacimiento

¿Cómo escribir una historia? Esa es la pregunta del millón como dicen por ahí o esa es la gran pregunta. Para comenzar, esta historia parecerá un drama, telenovela o un capítulo de La Rosa de Guadalupe con giros inesperados llenos de aventuras de igual manera inesperadas, pero con un gran final feliz. Cabe mencionar que hay personas que se van por las ramas y se siguen de largo con esas ramas y no hay cómo pararlas. Esta historia contiene -nada más un poquito- de esas ramas, pero nada de qué preocuparse.

La gran historia comienza en la lejana década de los 80’s cuando el mundo era más joven y bello, era un sábado por la mañana como cualquier otro nada fuera de lo común del mes de enero, mi mamá se preparaba para ir al trabajo. Prácticamente era uno de sus últimos días de trabajo, el motivo era que esperaba tramitar su permiso de maternidad, ya que contaba con 8 meses de embarazo de su servilleta. Ella trabajaba para una empresa por acá en Zitácuaro, Michoacán a la que llamaremos “LOS TRITOMANES S.A. DE C.V.”, en el área administrativa en recursos humanos. Mi papá trabajaba en la misma empresa como jefe de departamento de calidad.

Él había salido de viaje en esa semana al D.F. (hoy conocido como CDMX) para realizar unas actividades de la empresa y regresaría el fin de semana, aprovechando esos días, realizaría los trámites correspondientes en un hospital para que su servilleta naciera por esos lugares, como lo habían planeado que se realizaría y de paso iría a visitar a varios familiares en el estado de Morelos, al fin que le quedaba de paso y le había comentado a mi mamá que pasaría. Cabe mencionar que para viajar de Zitácuaro a CDMX se hace un tiempo de 2 a 2:30 hrs. en carro propio, por la autopista.

Durante el transcurso de la casa al trabajo de mi mamá, no hubo problemas, pero durante la jornada laboral en la empresa, ella habló con jefe sobre el tema del permiso de la maternidad, pero su jefe se opuso entrando en una discusión por el tema del permiso de la maternidad porque no estaba de acuerdo por el pago de los gastos que esto conlleva y realizar algunos de cambios de personal que implicaría realizar. Por desgracia, simplemente tomó la decisión de correrla del trabajo (estas prácticas desleales hacia la mujer todavía se practican en algunos lugares de trabajo, y quisiera que eso cambiara). Mi mamá le dio coraje, ira, impotencia y otros sentimientos encontrados por la bajeza por la forma en que la trató su ahora ex jefe, sinceramente como para  darle unos buenos golpes al jefe por quererse ahorrar unos pesos. Mi mamá al tener todas estas emociones encontradas, se fueron al bebé, afectándola a ella, haciendo que presentara síntomas del parto. 

Una compañera de la oficina que por cierto no tenía mucho que había ingresado, le preguntó si se encontraba bien; mi mamá sólo se limitó a decir que sí y realizó 2 llamadas: una fue para hablarle a una amiga de suma confianza para que la recogiera. Pensó la amiga: “debió de haber pasado algo y quiere que la acompañe para algún trámite o la otra es ya viene el bebé, pero eso poco probable” y se apuró en ir. La segunda llamada fue para mi papá, para esos momentos ya debía estar en la casa con los familiares en Morelos, pero en la casa le respondieron que mi papá todavía no llegaba, todavía seguía en el DF. realizando los trámites del hospital, pero cuando llegara a la casa le comentarían sobre la situación y para que se regresara. Sin forma de comunicarse con mi papá, para esos años la telefonía móvil aquí en México era rara o no había. Retomando la historia, mi mamá recogió sus cosas y se fue de la oficina para trasladarse a la entrada de la empresa y esperar sola, le preocupaba que no pudiera llegar la amiga y diera luz ahí. El nudo en la garganta que tuvo que aguantar mi mamá. Por fin, después de 20 minutos llegó en el transporte público la amiga, toda apurada a la empresa, la recogió, se regresaron en el transporte público a la ciudad. Por cierto, no había contado que la empresa estaba en una zona fuera de la ciudad. Mi mamá le contó todo en el camino a su amiga, pero sin que escucharan los otros. Tomaron la decisión de ir a la casa para dejar las cosas que sacó mi mamá, recoger algo de dinero y algo de ropa, para poderse trasladar al hospital del IMSS. De distancia de la casa al IMSS, para los años 80’s era de extremo a extremo de la ciudad. Por cierto, fue todo un drama porque no encontraban un taxi y dispusieron de la técnica “corro que corro, pero corro que corro, pero ¡ya!” pero a velocidad en la que pudiera correr mi mamá para encontrar uno. Por ahí en el camino, a lo lejos pudieron alcanzar uno, le hicieron la parada, se subieron y a treparse antes que se lo ganen para poder llegar al hospital del IMSS, no le dijeron nada de la situación al chofer, sólo se limitaron a decir al lugar donde querían llegar. Al llegar al IMSS, encontraron solamente a la guardia de turno.

La guardia de turno la reviso, comentó sobre los principios del parto y como no había personal médico para poder atender el parto, quienes podían atenderla en la clínica más cercana, era en Tuxpan (un municipio colindante cercano a Zitácuaro, rumbo a Morelia como a 50 minutos de distancia). Mi mamá y su amiga les comentaron que las llevaran en la ambulancia por si algo pasaba y por mayor comodidad, pero la genial respuesta de la guardia de turno les dijo: “la ambulancia no tiene gasolina para poder realizar el traslado a la clínica y además no hay quién la maneje”. A esta respuesta hay que sumarle por lo que pasó mi mamá: estrés y desesperación por no poder ser atendida. Al salir del IMSS, fue todo un show conseguir un taxi del mismo modo que llegaron, pero ahora para poderse trasladar a la clínica de Tuxpan para ser atendidas.

Cuando consiguieron el taxi, en el transcurso del camino, el chofer notó muy raras a las pasajeras, como desesperadas, estresadas y preguntó amablemente cuál era el problema. Vaya sorpresa que se llevó el chofer cuando escuchó la respuesta: ¡mi mamá estaba en labor de parto!

El chofer se preocupó por los pasajeros y la bronca en la que se estaba metiendo. Una vez que llegaron a la clínica de Tuxpan, sólo estaba el personal de turno. Valoraron a mi mamá que estaba algo adelantada para dar a luz y que no había personal para atenderla y que la ambulancia no estaba en servicio, que el caso era ir de regreso a Zitácuaro o a Morelia. Imagínense el colmo, la desesperación e impotencia porque en esos años no había hospital privado o regional. Había un hospital privado en proceso de construcción en Zitácuaro y el Heroico Cuerpo de Bomberos voluntarios de Zitácuaro, todavía no había sido formado, hasta meses después se formaría, por una situación trágica que le pasaría al miembro fundador, “Don Miguel Ruiz”, que en paz descanse, pero esa es otra historia y el hospital regional se construiría años después a mediados de los 90’s. 

No quedó más opción que ir a Morelia para poder ser atendida como se debía. Mi mamá y su amiga en una misión titánica en la que debía cumplirse con éxito el parto, se trasladaron a la terminal de autobuses y se compraron 2 boletos para Morelia. Una vez en el transporte y en camino hacia Morelia, el chofer pervivió algo raro en las 2 mujeres y preguntó sobre lo que estaba pasando. Vaya sorpresa al enterarse de la situación “embarazosa” por la que estaban pasando y no se atrevió a reclamar, simplemente pensó: “con que no choque, llegue bien al destino y al chamaco no se le ocurra llegar en el camino, porque no sé cómo proceder. Los reclamos de los pasajeros hacia ellas o les hagan algo”. Para fortuna de todos, durante el viaje casi no subió mucho pasaje al autobús. El tiempo estimado para llegar a Morelia es de 3:30 hrs., pero ese tiempo pareció una eternidad. El chofer con su cara de desesperación le pisó a fondo el acelerador, pero sin poner en peligro a nadie, se la paso preguntando cada cierto tiempo sobre la situación y le respondieron que todo bien porque habían notado cómo se puso y no lo quisieron alterar más de lo que ya estaba. Por fin pudieron llegar a Morelia ante la preocupación y nervios de todos, pero, no pasó nada malo en el transcurso del camino, para tranquilidad de todos. ¡Bravo, arriba, arribotota sí se pudo llegar bien!

En la salida de la terminal tomaron un taxi para llegar al IMSS y una vez que llegaron a la clínica fueron atendidas por el personal médico, la revisaron y les comentaron estaba a tiempo para el realizar los procedimientos normales para estos casos, esto no pasó a mayores problemas: sólo que el bebé nació prematuro y podía cargarse perfectamente con una sola mano, porque cabía muy bien. 

Mi papá y unos primos que tiene, llegaron como pudieron hasta las horas al hospital. Mi papá les contó a las chicas del coro sobre el show por la que pasaron, empezando su la aventura: mi papá al llegar a Morelos, cansado por el viaje realizado, al ingresar a la casa y saludar a todos los que se encontraban: algunas mi abuelita, hermanas, cuñados, tías, primos y sobrinas. En este caso, las primas mayores que tengo, los familiares no dejaron mucho a mi papá descansar mucho porque le contaron el mitote de la señora y el chamaco que ya venía en camino. ¡Vaya noticia de impacto que se llevó! Mi papá se sorprendió y a su vez, se preocupó por todo. En primera, porque el cuñado andaba fuera por motivos de trabajo y en segunda, tampoco podía contar con la cuñada, porque estaba embarazada de 8 meses de su segundo bebé. ¡Qué coincidencia que estuviera embarazada y llevara el mismo tiempo de gestación! Por cierto, que mi prima nació bien y a tiempo, un mes después, por si se lo preguntaban. Regresando a la historia, mi papá les dijo a todos: ¡Este galán se les regresa! Unos primos de mi papá le dijeron que se irían con él para que no le pasara nada porque no tenía mucho de haber llegado y además tomarían turnos para conducir. Estando todos de acuerdo, aplicaron el plan patentado que todo mexicano conoce, desde el más pequeño hasta el más anciano, el cual se llama: “el plan fuga”.

Estando todos a bordo del coche, se quedaron varados en la carrera, en los límites de los estados de Morelos y el D.F por una simple razón: “Hubo un accidente”. Tuvieron que esperar horas (para ser exactos 3 hrs.), hasta que los bomberos lograron sacar a los heridos, las ambulancias aplicaban los primeros auxilios, las grúas pudieron mover los coches y los policías estaban tratando de organizar el asunto del tráfico para poder agilizar la movilidad. Mi papá, nervioso por no poder hacer nada y para ver a la señora, los primos al verlo nervioso lo calmaron al decirle que si llegarían.

Al final lograron avanzar, pero estando en el D.F. se llevaron otra sorpresa. ¡Lo que faltaba! Se atoraron por el tráfico porque se estaba realizando una manifestación de Antorcha Campesina, quienes partieron del Ángel de la Independencia al Centro histórico como es la tradición en los festejos importantes que amerite reunión multitudinaria, o para iniciar una manifestación, huelga o algún otro tipo de manifestación es punto estratégico. Retomando la historia, estuvieron cerca de 2 h. en el tráfico hasta que pudieron avanzar y salir del D.F. Del transcurso hacia Morelia no tuvieron contratiempos, pero en total se aventaron 9 hrs. de viaje, todos cansados y amolados, pero contentos al ver a la mamá y el chamaco estaban bien. Al final nada sorprendió, por todo el show el que se vivió y al final, se cuenta esta aventura, al parecer la más alocada de todas, como si fuera la historia de una película que se llama el “El gran pez”, por su similitud, porque cada vez que se cuenta se encuentra algo nuevo.

A los pocos días, la mamá y el bebé son dados de alta para que puedan regresar a Zitácuaro con mi papá y los primos. Con el paso de los meses, al pequeño se le detectó que tenía pie plano y que no apoyaba, como se debía, la planta de los pies sobre el piso, sino que lo hacía con las puntas de los pies. El pediatra simplemente recomendó que usara zapatitos ortopédicos para empezar a corregir el problema. Como era un pequeño frágil, le comentaron mucho a mi mamá que no le daban muchas esperanzas y que se fuera preparando para lo malo, pero treinta tantos años después, sigo dando lata y caminando bien.



I / El inicio

Por Carolina

I

Era la calurosa mañana de un sábado de marzo en 2020. Un viaje largo, casi dos horas por la avenida más larga de nuestra CDMX, pero como siempre, todo el tiempo y trayecto valen la pena si puedo  pasar una parte del día con ellas.

Llevaba entre mis cosas un estuche viejo, mal reparado por mí, pero aún funcional; el mismo que me había acompañado desde los últimos años de primaria hasta el término de la secundaria. Lleno ahora de colores, crayolas y otras cosas más. Algunas cosas viejas y otras nuevas, entre ellas historias para contar.

Había pequeños grupos de niñas dispersas en todo el patio. Algunas bailando, otras haciendo manualidades, armando rompecabezas y otras más, dibujando y pintando. Mis niñas eran de estas últimas, me pidieron acuarelas y pinceles. De algún lugar consiguieron una botella de refresco; luego de  llenarla de agua, estaban listas para comenzar con su arte. 

Ellas yacían cómodamente en el piso, con las hojas empapadas, saturadas de agua y color. Pinceladas que daban forma a corazones y mensajes de cariño que compartían entre ellas en su fraternidad. Yo las miraba, también desde el suelo, sentada junto a un pilar. Lo disfrutaban tremendamente, y yo también; había en su mirada cierta fascinación en contemplar la magia de disolver las pastillas y convertirlas en trazos de color, esos que la mano obedece ejecutar al escuchar su interioridad. 

Estaban en un completo estado de fluidez, inmersas totalmente en su creación, no había contacto con el exterior: solo ellas, papel y color.  En su rostro se revelaba satisfacción al terminar su obra. Yo me había mimetizado en su emoción. Estaba mirando las expresiones de su mundo interno, a la vez que estaba transmutando en ellas, en un retorno obligado al recuerdo de mi infancia, cuando mis dedos también bailaban con los pinceles. 

Era la hora de irnos, y comenzamos a recoger los materiales. Típico de cualquier visita, todo termina desparpajado, y hay que buscar por doquier. Hay un pequeño color rosa que se ha quedado fuera de la caja, al margen de una de las jardineras del lugar.  Era mío como desde los 12 años, lo miré con cierta nostalgia, pero decidí no llevarlo de regreso conmigo, porque algo me decía que estaría mejor en sus manos, porque así como conmigo había iluminado flores y sonrisas, ahora lo haría con ellas en nuevas historias.

El goce de la remembranza de aquella dulce estampa me motivó a ir en la búsqueda del estuche de acuarelas unos días después. Las había comprado hace tiempo, y aún estaban intactas en una esquina de mi librero. Pero ya no podían esperar más, era imperioso nuestro reencuentro. Era el momento exacto, porque semanas después, recrearme en el arte sería el único escape que encontraría como  consuelo en el tedio del encierro impuesto.  

Desde niña, siempre he sentido una gran fascinación por dibujar. Entre esos recuerdos,  aún vislumbro,  la imagen de mi padre llegando a casa con esas interminables hojas de papel cebolla. Una mañana, en el juego del intercambio del ratón de los dientes, lo vi aún entre dormida: entró con cautela a mi cuarto, y se llevó el diente dejándome una caja de crayolas a un costado de la cama. Por supuesto, ese día terminó la ilusión del ratón, pero aquel regalo era una alegría que lo compensaba todo.


II / Huacales

 Por Ofelia

II

En cierta ocasión,  recuerdo perfectamente: era un sábado en la noche, prácticamente la familia se

encontraba trabajando, por lo que no se dieron cuenta de que nos salimos a jugar al terreno baldío de

enfrente mis primos: Cristina, Carlos, Miguel y yo.


En el terreno había materiales para construir: tabiques, arena y grava.  A mi primo se le ocurrió hacer una

casa con los tabiques. Hicimos una cama, una mesa, sillas…  Recuerdo que hacía mucho frío,  por lo que

Miguel dijo:  -hagamos una fogata.


Entramos a la casa, subimos a la azotea donde almacenaban conos de huevo y comenzamos a aventarlos

para posteriormente,  acarrearlos al terreno baldío.  Pasamos a la cocina por los cerillos y bajamos

corriendo. Llegando al terreno comenzamos a acomodar los cartones en una zanja, los prendimos y 

comenzaron a quemarse. Como eran demasiados,  comenzó a hacerse enorme la fogata.  Le dieron aviso a

mi tío, quien salió corriendo con unos botes de agua y  apagó el fuego. Y a nosotros, nos metió a la casa de

las orejas. 

En otra ocasión, como todo niño viendo que travesura hacer, se nos ocurrió la grandiosa idea de hacer un

carro con huacales de madera que almacenaban en la azotea. Eran demasiados, por lo que nos quedó un

carro enorme, ¡altísimo! Recorrimos varios lugares: en nuestro último viaje íbamos llegando a Acapulco,

cuando de repente llegó un fuerte aire. Nuestro carro quedó destruido. Las cajas volaron a la casa del

vecino. ¡Santa regañiza nos dieron y el trabajo que nos costó acarrear los huacales y acomodarlos de nuevo!


I / Patitas de pollo

Por Ofelia

Esta historia comienza un 6 de agosto del año…. No recuerdo. En un pueblito de Toluca, cuando un ángel caído del cielo, (el primero de cuatro) llegó a un hogar muy humilde. Los primeros años de mi infancia los viví con mi abuela. ya que mis padres se trasladaban a la Ciudad de México a consultas de mi segunda hermana. Debido a la demanda de visitas médicas,  mis padres se quedaron en la Ciudad de México, por lo  que me quedé con mi abuela en el pueblo. Ahí hablan el idioma (mazahua) y por lo que me contaban mis tíos y primos, en el tiempo que viví con ella, no hablé español:  aprendí mazahua. Más adelante eso me traería problemas para comunicarme, pues no me entendían.

Mientras tanto, mi papá junto con su hermano, a su llegada a la Ciudad de México, se dedicaron a trabajar arduamente. Con el tiempo, mi tío  se hizo de su casa y  vivimos con él.  Tiempo  después, mi papá logró comprar su terreno. Logrado su objetivo, en una navidad llegué con mi abuela a la Ciudad de México y llegué para quedarme. Pues de haberlo sabido, no me hubiera dormido. ¡me quedé dormida y mis abuelos se regresaron al pueblo! Y así comenzaron mis patoaventuras en la ciudad de México. 

Recuerdo una tarde,  cuando aún vivíamos con mi tío, era la hora de la comida (por cierto, muy nutritiva, variada y equilibrada)  y nos sirvieron caldo de pollo con arroz, verdura, hígados y patitas de pollo, (muy buena fuente de calcio). Comida que no probamos mis primos y yo: como todo niño inteligente pensamos que  no se darían cuenta. Regresamos la comida 3 veces. Y salimos a jugar. Las mismas veces que nos regresaban y nos volvían a servir, lo volvíamos a regresar a la olla. Dice el dicho: “la tercera es la vencida”.  En la tercera, cuando nos vuelven a sentar y servir, nos amarraron a la silla.

- ¡No se levanten hasta que terminen!- nos dijeron.  A la fecha, como  dicen por ahí: “no  puedo ver ni en pintura”,  aquellas exquisitas, nutritivas y deliciosas patitas de pollo.


Autobiografía I / La niñez

Por Gabriela Ytabily

I. Primera parte

El día que vi la luz por primera vez ocurrió algo peculiar: dicen que los bebés recién nacidos no pueden sonreír, pero según mi papá, lo primero que hice al conocerlo fue sonreírle y su mundo se iluminó. Creo que el mío también pues al tenerlo de papá tuve muchas aventuras.

Y así fue como comenzó mi paso por este mundo lleno de muchas peculiaridades, junto a mis primeros dos superhéroes: mis papás. Muchos no lo saben, pero mi mamá es súper fuerte; súper rápida y súper lista. Mi papá... ¡Ay, mi papá! Pues mi papá tiene muchos poderes. Se puede resumir en ser ¡súper chingón!

Y como él, yo a corta edad desarrollé algunas habilidades como las de meterme donde no me llaman. Desde que tengo uso de razón, al sentarme en su silla “de poder”, en su despacho donde todo problema tiene solución, gracias a los poderes de mi papá, donde la justicia siempre prevalece y se hace valer.

A los tres años llegó a mi vida mi primer hermano, quien muchas veces me hizo enojar pero con el que siempre puedo contar: Ernesto. Y qué nombre tan emblemático. Hasta un libro hay con su nombre: La importancia de llamarse Ernesto. Pero bueno, cuando pienso en él, a veces pienso en otro Ernesto: el Che, ya que en algún tiempo fue igual de idealista.

Pero ahora que lo pienso, creo que eso del idealismo lo tenemos en la sangre. Me contaba mi papá que mi abuelo Ernesto era igual, pero no queda ahí. Creo que los Herrera somos así, pues mi bisabuelo fue revolucionario en su niñez. Mi bisabuelo es oriundo de Iztapalapa y según él, era de sangre azteca, tal vez por eso soy tan necia.

Y tan necia soy, que recuerdo muy bien cuando mi hermano y yo descargábamos el camión del sonido, me enojaba si los chalanes no nos dejaban descargar y los acusaba con mi papá, ya que nosotros también queríamos trabajar. 

Era muy divertido faltar a la escuela para ir con mi papá a las tocadas. Llegar y correr a explorar el lugar a donde llegábamos, y perdernos por ahí, buscando con quien jugar, o molestando a los chalanes, ¡Pobre Lalo y Pisto! No les fue fácil ser nuestros niñeros. Aún recuerdo a Lalo atrás de nosotros gritando a Gaby. ¿A dónde vas? ¡No se vayan, tu mamá se va a enojar! O diciendo: ¡Bájense de ahí! Pues ya estábamos trepados arriba de los bafles.

Cuando caía la noche la tocada empezaba y mi papá al micrófono diciendo: “ yo soy la rumba” y poniendo música para bailar mientras las luces de colores brillaban en la pista como en un sueño. Todo era mágico, y cuando teníamos sueño mi mamá nos llevaba al camión; conectaba su pequeña radio televisión y nos tendía una cama.

Ya cuando compraron la camioneta café nos quedábamos en ella. Estaba súper: el asiento de atrás se hacía cama. Y peleando por acomodarla, le arranqué la uña a Ernesto con el sillón. Y mientras él lloraba, fui con mi mamá para decirle que no sabía cómo, ¡pero a Ernesto se le cayó el dedo! Ahora me da risa, entonces no quería que me regañaran, lo bueno es que no fue grave. Mi mamá se molestó, curó a mi hermano y tiempo después le creció la uña.

I/ Funerales

 Por Rosario Díaz


I

Ya que la pandemia se ha hecho eterna y se siente un poco muy interminable, he comenzado a

recordar muchos episodios de mi vida, en particular la infancia. El recuerdo más lejano que tengo

de mi niñez es el funeral de mi mamá. No estoy segura del todo, pero creo que alguien me cargaba,

quizá era mi hermana mayor; otra persona hablaba con papá y le decía que me tenía que decir la

verdad. La imagen mental que tengo de ese día es de un tono muy oscuro, había muy poca luz, flores

blancas, las típicas de funerales, veladoras y muchos murmullos. Ese momento marcó en gran medida

mi vida entera, porque desde siempre he sabido que asistir a los funerales es importante, es algo a lo

que acudes no por gusto o alegría, sino por solidaridad, para ofrecer apoyo y consuelo a los dolientes.

Recordar eso, me hace pensar en mil cosas y en tantas formas en las que las cosas pudieron ocurrir de

una manera diferente, pues desde entonces las notas de melancolía y tristeza van conmigo todo el

tiempo, es que este recuerdo en particular ha sido constante a lo largo de mi vida, aparece con

frecuencia en los momentos grises y es que en medio de la pandemia, ¿cómo no sería otro episodio

gris?  

El siguiente flash que viene a mi mente, es el funeral de la mamá de un primo lejano y a él llorando

cuando le dijeron que su madre había muerto. Creo que mi mente lo tiene tan claro porque yo sabía el

impacto que tendría esa noticia en la vida de ese niño y a través de él podía contemplar mi propio

reflejo.  Al final los dos éramos unos niños que habían perdido a su madre y aunque no entendíamos

del todo la situación, sí sabíamos que la vida nos cambiaría por completo.