Por Monserrat
IV
Por Monserrat
IV
Por Monserrat
III
Hay algunos recuerdos llenos de viajes: salidas fuera del estado, excursiones escolares (algunos cerca, otros lejos), pero sólo un par de lugares significativos. Podría considerar Toluca, pero con el tiempo se volvió habitual. La recuerdo con gallinas, y detrás de ellas pequeños pollos de un color tenue. También recuerdo caracoles incrustados en el suelo terroso; un cuartito de madera al que jamás logré entrar; casitas que en esos tiempos no parecían tan pequeñas.
Acapulco. Fue la primera vez que vi el mar. Puedo describirlo como una bella sensación en mis pies, arena y espuma; paseos en lancha, lugares famosos. Un sencillo hotel que lo sentí como un verdadero laberinto, con juegos diferentes en cada piso. Sólo tres días, los suficientes para enamorarme de ese lugar, pero no. Sólo fue mi lugar favorito hasta que conocí Oaxaca.
Fue dolorosa la primera vez que visité este estado. Supongo que así era la regla: “Sólo conoces tus raíces cuando algo triste ocurre” En fin. Los siguientes años, sabía que era mi lugar favorito. Conocimos aquellos lugares famosos: Monte Albán, El Tule, iglesias antiguas y a la vez hermosas. ¿Mi favorita? La iglesia de la Soledad y de soledad real. La virgen llorando por su hijo muerto; oscura, pero hermosa.
También conocí lugares no explorados por el alma. Como la casa donde siempre dormí. Es difícil describirla: techos de cemento, lámina, lonas, era perfecta. El mercado con olores mezclados: comida, fruta... tan grande y con gente extraordinaria; el lugar donde vendían los panes más exquisitos. Íbamos cada año buscando el pasado de la abuela, yendo por caminos de tierra, de pasto, mototaxis y un sendero completamente verde; el cielo se cubría con los mismos árboles y la bolsa de mi chamarra de princesas, se llenó de flores y plantas que encontraba por el camino. Deambulamos buscando respuestas, caras desconocidas que nos ayudaron cuando nos creíamos perdidas.
“La casa de los animalitos”, como ya le decíamos, fue uno de esos lugares que la abuela reconocía a pesar de los años. Vimos vacas ser ordeñadas, un cerdo en el matadero; pero también vimos llover sólo de un lado. Una vez, sin un lugar fijo a donde ir, apareció una mujer. Si no mal recuerdo, ella dijo que esa mujer había caído del cielo, pues nos indicó el camino correcto. Y es que así fue: llegó de la nada, así como “la mujer de las empanadas”, quien llegó con su gran canasta en la cabeza. ¡Cómo amamos las empanadas! Pero no son las que regularmente se venden en la ciudad. A las que me refiero, son más sencillas: una tortilla doblada con mole verde o amarillo con pollo y en esa ocasión también huevo cosido.
No puedo contar las veces que fui, ya que se me podrían cruzar las historias. Pero sí sé que no fueron conmigo las mismas personas, como Lupita o mi prima Angélica (sólo dos meses mayor que yo). Aunque sí habían dos personas constantes en los viajes: mi abuela Sofía, volviendo a su tierra querida y mi tía Rosario, o como yo la llamo: “Chayo”, “Chayito” o “la enfermera”, mi tía favorita en la infancia. Sin importar el lugar, siempre fuimos nosotras tres. De tres diferentes generaciones, pero no quitaba que la pasáramos muy bien. Aunque debo confesar que mi aliada siempre fue la abuela: se sentaba a platicarme sobre su vida en aquel lugar; nos reíamos de las ocurrencias de Chayo; mirábamos juntas aquellos paisajes que se quedaron marcados en la eternidad y comíamos en algún lugar peculiar. Es cierto entonces que, las raíces te llaman, como si supieras que es el lugar exacto.
Francamente no recuerdo el orden cronológico de algunos sucesos, pero sí recuerdo al niño que llegó once meses después de mi nacimiento. El niño tan buscado llegó, aunque con la idea de que también sería niña. Dice mi mamá que me enojé. ¿Cómo no hacerlo? Si desde ese día mis tías se hicieron cargo de mí. Entendí lo que sintió mi hermana. A pesar de todo, él se hizo mi compañero de aventuras, pues, crecimos juntos, realizamos travesuras; inclusive le mostré mi entusiasmo por los insectos y adoptamos una hormiga más grande de lo habitual. Le pusimos Nepsy. Pero... bueno. No duró mucho tiempo. Desde ese momento, ese tipo de hormigas dejaron de llamarse así, para volverse "Nepsys". Ahora creo que debí haber estudiado entomología, pero eso es otra historia.
Miguel es el nombre de mi hermano menor. Tan diferente a nosotras físicamente y heredando el encanto de la familia de mi madre. Por algún tiempo yo me levantaba muy de mañana, subía a su habitación con café y pan con frijoles para él y para mí, pan con crema. Mirábamos las caricaturas que en esos años estaban de moda, riéndonos de chistes que ahora ya son tontos.
Al crecer con él, corté con la ideología de ser “femenina”: de seguir los pasos de mis hermanas usando vestidos y peinados incómodos, todo por verme “bonita”. Me divertía mucho jugando con Miguelito, viendo programas hechos para niños; teniendo gustos un poco más rudos (que en ese entonces no debía ser así). Inclusive encontré a mi superhéroe favorito: Batman (y lo sigue siendo).
Pero mi tía Rita, a quien también nombré como Tronchatoro, con todas sus letras (y no sólo fui yo, también mis hermanas le decían así). A ella le molestaba que mi hermano y yo nos lleváramos bien, por el simple hecho de ser “diferentes”. Quizá tenía razón, pero no era tiempo de pensar en eso. Pasaron años para que dejáramos de ser tan cercanos. Lo que no significa que hasta el día de hoy no siga siendo mi cómplice; me respalda jugando videojuegos, me hace segunda cuando algo de verdad merece una risa.
Por Monserrat
II
Con quién estás, pero también con quien no estás. Esto lo digo por el pequeño detalle de mi miedo a la soledad. Cuando niña, siempre estuve acompañada hasta que llegué a lo que algunos pequeños lo conocen como “prisión”. En mi mente hay un recuerdo nublado conmigo siendo dirigida hacia adelante de un gran número de personitas, todas ellas vestidas con un singular color amarillo, pero yo podría jurar que era gris -y tal vez sí lo era-. Recuerdo esa línea amarilla que jamás se debía cruzar. Después, un llanto incontrolable de mi parte y todos mirándome, incluso aquel pequeño grupo marchando al centro. Ahora se entiende lo de imprudente: pero por lo menos no crucé la línea amarilla, ni siquiera para alcanzarla. En ese momento yo la odié. Yo le gritaba que no se fuera, pero no me hacía caso. Ella, la “mujer del chongo” o mejor conocida como mi tía Mari o como yo la llamo: Mary. Ella en realidad no se fue, ella era quien mantenía el lugar limpio; pero incluso estando ahí, yo me encontré sola en alguna ocasión.Por Monserrat
I