23 abril, 2021

Autobiografía IV / Cuando los castillos caen

 Por Monserrat

IV

Dicen que desde la infancia surgen varios traumas que se proyectan en el futuro. Creo que no caemos en cuenta de ello hasta que los vemos en retrospectiva. Específicamente me refiero a Rita o la tía Tronchatoro. Ella fue quien me crió, junto con mis otras tías. Pero ella fue la peor. Digamos que por ella tengo algunos traumas. Y es que fue ella quien me inculcó aquello de: “No hagas esto, es malo”. Creo que cuando se es niño, todo es malo y no hay suficientes explicaciones del porqué. O bueno, eso decía Rita. Todos le teníamos miedo. Además de no dejarme jugar con mi hermano, también me prohibió jugar con mis primas, con mis vecinas ( y ahora estas últimas me odian); me llenó de prohibiciones argumentando que todo era malo: los hombres, el té antes de dormir, y hasta ponerle mantequilla a los hot cakes.

No es lanzarle piedras a RIta, es sólo que así era. Cambió con el tiempo, pero no puedo decir que lo superé. Los golpes físicos no eran lo doloroso, sino los daños psicológicos: todas las veces que me prohibió “molestar” a Chayo; que me gritaba en casa y en público; decía que yo estaba loca y que era una neurótica. Algunas veces me escapé con mis otras tías, mis hermanas y mi madre, pero siempre tuve ese terrible miedo de que Rita llegara y me gritara enfrente de todos. Justo así, como en la película de Barbie, “Un cuento de Navidad”. Donde Eden se escapa con su mejor amiga, su tía se entera y va por ella gritándole a ella y a todo el mundo. Y justo así, como esa película, mi tía Rita me moldeó a su imagen y semejanza.

Yo tenía todo lo que quería por parte de mis tías, incluso de Rita. Pero a veces todo es nada. Era vivir como aquellas princesas de la vida real viviendo en una jaula de oro. Con todo y nada a la vez. Me sentía encerrada en mi propia casa. Crecieron muros alrededor de la casa que ocultaron lo único que llamé libertad en esos días: la puesta de sol que cada tarde sin falta, miré por el espacio del lavadero; poniéndome de puntitas para alcanzar a ver, aunque fuera un poco, de una hermosa vista que ya no pude retratar en mi lienzo.

Si hay algo que aún me asusta recordar son mis trastornos de sueño (si así se les puede llamar). Tenía un miedo incontrolable que me hacía llorar todas las tardes. Cuando mi familia se enteró, fue la abuela quien intentó reconfortarme. Me dijo que no pensara en eso. Finalmente superé ese miedo, pero después llegaron problemas para dormir y mi miedo a que llegara la noche. Ahora no recuerdo cómo lo superé, pero admito que estoy orgullosa de esa niña valiente.

Recuerdo los colores morados y verdes con una imagen de Tom y Jerry, de mi mochila nueva. Era hora de iniciar una etapa nueva: la primaria. Entré semanas después por una extraña enfermedad en mí. En comparación al kinder, yo estaba muy emocionada de entrar a la Primaria, Cada tarde mi madre llegaba con los ejercicios hechos ese día: colorear todo lo que fuera rojo, después azul... Imaginaba cómo sería iniciar la nueva escuela. Pero no todo es como lo imaginamos. Llegué a aquel nuevo lugar más grande y aburrido, pero que de hecho, yo ya había visto antes en un sueño. Entré y todas esas caras nuevas tenían una expresión de extrañeza. Una rutina nueva y personas nuevas. Se repartió el desayuno, algo nuevo para mí. Recuerdo ese primer pan y esa cajita de leche. Yo estaba feliz con el desayuno mientras que los demás jugaban con él. Los guardaban o tristemente los tiraban.

Mi primer contacto “humano” fue con el niño a mi lado de nombre raro. Intenté hablarle, pero no fue muy amable que digamos. Ese fue mi siguiente trauma: no hablar a menos que fuera absolutamente necesario.

Me volví mucho más tímida, además de mi ignorancia sobre la vida. Lo que fue una oportunidad que los niños aprovecharon: se reían de mí, me acusaban de cualquier cosa, me excluían. Un niño cortó las colitas de mi muñeca colgando de mi mochila, que era un regalo de mi tío Juan. Para esos momentos la profesora Graciela ya tenía problemas conmigo, pero nunca supo que jamás fui yo. Tuve una amiguita: Cecilia, pero jamás fue amigable.

Mi hermano llegó a la escuela, pero él ya quería seguir su camino, conocer nuevos niños, ser independiente, algo que yo hasta mis veintiún años no he podido lograr. Estuve sola casi todos esos seis años. Tuve unas cuantas amigas, pero la historia se repetía: sólo querían hablar de ciertas cosas y si no era de mi agrado, se volvían mis enemigas, muy malas por cierto.

Fue difícil, pero para mí era normal, nunca conocí más allá de las murallas de la casa. Había una niña que, aparentemente tenía todo, no sólo era presunción, ella era reconocida, inteligente y bonita. Karime, “la niña perfecta”. Siempre quise pertenecer a su círculo de amigas, otras tres niñas iguales a ella. Con excepción de Alexia, ella era diferente a las otras tres. Todos creían que estaba obsesionada con Karime. Y sí. Pero no piensen mal: yo sólo quería ser como ella, pues hasta ese momento creí que todo su alrededor era perfecto, pero esa perfección fue derrumbada por su horrible personalidad.

Cada año era lo mismo, yo siempre fui la niña excluida, la callada. Tenía ideas ingeniosas, tomaba la iniciativa, compartía trucos nuevos, pero el crédito siempre me era robado y a mis ideas las llamaban patéticas. Me sentí como Bella de “La bella y la bestia”, adelantada a su época y sin encajar de verdad en un pueblo donde le temían a lo diferente. No todo eran cuentos de hadas, no siempre los castillos se mantienen en pie. Crecí sola y jamás me di cuenta de eso hasta ahora que estoy escribiendo estas líneas.

Autobiografía III/ Cómplices consanguíneos

Por Monserrat

III

Hay algunos recuerdos llenos de viajes: salidas fuera del estado, excursiones escolares (algunos cerca, otros lejos), pero sólo un par de lugares significativos. Podría considerar Toluca, pero con el tiempo se volvió habitual. La recuerdo con gallinas, y detrás de ellas pequeños pollos de un color tenue. También recuerdo caracoles incrustados en el suelo terroso; un cuartito de madera al que jamás logré entrar; casitas que en esos tiempos no parecían tan pequeñas.

 Acapulco. Fue la primera vez que vi el mar. Puedo describirlo como una bella sensación en mis pies, arena y espuma; paseos en lancha, lugares famosos. Un sencillo hotel que lo sentí como un verdadero laberinto, con juegos diferentes en cada piso. Sólo tres días, los suficientes para enamorarme de ese lugar, pero no. Sólo fue mi lugar favorito hasta que conocí Oaxaca.

Fue dolorosa la primera vez que visité este estado. Supongo que así era la regla: “Sólo conoces tus raíces cuando algo triste ocurre” En fin. Los siguientes años, sabía que era mi lugar favorito. Conocimos aquellos lugares famosos: Monte Albán, El Tule, iglesias antiguas y a la vez hermosas. ¿Mi favorita? La iglesia de la Soledad y de soledad real. La virgen llorando por su hijo muerto; oscura, pero hermosa.

También conocí lugares no explorados por el alma. Como la casa donde siempre dormí. Es difícil describirla: techos de cemento, lámina, lonas, era perfecta. El mercado con olores mezclados: comida, fruta... tan grande y con gente extraordinaria; el lugar donde vendían los panes más exquisitos. Íbamos cada año buscando el pasado de la abuela, yendo por caminos de tierra, de pasto, mototaxis y un sendero completamente verde; el cielo se cubría con los mismos árboles y la bolsa de mi chamarra de princesas, se llenó de flores y plantas que encontraba por el camino. Deambulamos buscando respuestas, caras desconocidas que nos ayudaron cuando nos creíamos perdidas.

“La casa de los animalitos”, como ya le decíamos, fue uno de esos lugares que la abuela reconocía a pesar de los años. Vimos vacas ser ordeñadas, un cerdo en el matadero; pero también vimos llover sólo de un lado. Una vez, sin un lugar fijo a donde ir, apareció una mujer. Si no mal recuerdo, ella dijo que esa mujer había caído del cielo, pues nos indicó el camino correcto. Y es que así fue: llegó de la nada, así como “la mujer de las empanadas”, quien llegó con su gran canasta en la cabeza. ¡Cómo amamos las empanadas! Pero no son las que regularmente se venden en la ciudad. A las que me refiero, son más sencillas: una tortilla doblada con mole verde o amarillo con pollo y en esa ocasión también huevo cosido.

No puedo contar las veces que fui, ya que se me podrían cruzar las historias. Pero sí sé que no fueron conmigo las mismas personas, como Lupita o  mi prima Angélica (sólo dos meses mayor que yo). Aunque sí habían dos personas constantes en los viajes: mi abuela Sofía, volviendo a su tierra querida y mi tía Rosario, o como  yo la llamo: “Chayo”, “Chayito” o “la enfermera”, mi tía favorita en la infancia. Sin importar el lugar, siempre fuimos nosotras tres. De tres diferentes generaciones, pero no quitaba que la pasáramos muy bien. Aunque debo confesar que mi aliada siempre fue la abuela: se sentaba a platicarme sobre su vida en aquel lugar; nos reíamos de las ocurrencias de Chayo; mirábamos juntas aquellos paisajes que se quedaron marcados en la eternidad y  comíamos en algún lugar peculiar. Es cierto entonces que, las raíces te llaman, como si supieras que es el lugar exacto. 

Francamente no recuerdo el orden cronológico de algunos sucesos, pero sí recuerdo al niño que llegó once meses después de mi nacimiento. El niño tan buscado llegó, aunque con la idea de que también sería niña. Dice mi mamá que me enojé. ¿Cómo no hacerlo? Si desde ese día mis tías se hicieron cargo de mí. Entendí lo que sintió mi hermana. A pesar de todo, él se hizo mi compañero de aventuras, pues, crecimos juntos, realizamos travesuras; inclusive le mostré mi entusiasmo por los insectos y adoptamos una hormiga más grande de lo habitual. Le pusimos Nepsy. Pero... bueno. No duró mucho tiempo. Desde ese momento, ese tipo de hormigas dejaron de llamarse así, para volverse "Nepsys". Ahora creo que debí haber estudiado entomología, pero eso es otra historia. 

Miguel es el nombre de mi hermano menor. Tan diferente a nosotras físicamente y heredando el encanto de la familia de mi madre. Por algún tiempo yo me levantaba muy de mañana, subía a su habitación con café  y pan con frijoles para él y para mí, pan con crema. Mirábamos las caricaturas que en esos años estaban de moda, riéndonos de chistes que ahora ya son tontos. 

Al crecer con él, corté con la ideología de ser “femenina”: de seguir los pasos de mis hermanas usando vestidos y peinados incómodos, todo por verme “bonita”. Me divertía mucho jugando con Miguelito, viendo programas hechos para niños; teniendo gustos un poco más rudos (que en ese entonces no debía ser así). Inclusive encontré a mi superhéroe favorito: Batman (y lo sigue siendo).

Pero mi tía Rita, a quien también nombré como Tronchatoro, con todas sus letras (y no sólo fui yo, también mis hermanas le decían así). A ella le molestaba que mi hermano y yo nos lleváramos bien, por el simple hecho de ser “diferentes”. Quizá tenía razón, pero no era tiempo de pensar en eso. Pasaron años para que dejáramos de ser tan cercanos. Lo que no significa que hasta el día de hoy no siga siendo mi cómplice; me respalda jugando videojuegos, me hace segunda cuando algo de verdad merece una risa. 


Autobiografía II/ Haciendo de jardines, cuentos de hadas

 Por Monserrat

II

Con quién estás, pero también con quien no estás. Esto lo digo por el pequeño detalle de mi miedo a la soledad. Cuando niña, siempre estuve acompañada hasta que llegué a lo que algunos pequeños lo conocen como “prisión”. En mi mente hay un recuerdo nublado conmigo siendo dirigida hacia adelante de un gran número de personitas, todas ellas vestidas con un singular color amarillo, pero yo podría jurar que era gris -y tal vez sí lo era-. Recuerdo esa línea amarilla que jamás se debía cruzar. Después, un llanto incontrolable de mi parte y todos mirándome, incluso aquel pequeño grupo marchando al centro. Ahora se entiende lo de imprudente: pero por lo menos no crucé la línea amarilla, ni siquiera para alcanzarla. En ese momento yo la odié. Yo le gritaba que no se fuera, pero no me hacía caso. Ella, la “mujer del chongo” o mejor conocida como mi tía Mari o como yo la llamo: Mary. Ella en realidad no se fue, ella era quien mantenía el lugar limpio; pero incluso estando ahí, yo me encontré sola en alguna ocasión.

Conocí a mi primera maestra: Alejandra. Si he de confesar algo, es que yo la veía como la maestra Miel. Ya saben: esa linda señorita que comprendía a sus alumnos, la heroína. Pero así como había una maestra Miel, había una Tronchatoro. Sin llegar a la violencia, pero sí intimidante: con su voz grave y esa forma de vestir tan tétrica, nada que ver con su nombre: Alicia.

A veces me asustaba la idea de que estuviera observando desde un lugar secreto como ella misma dijo alguna vez. No sé cuánto tiempo pasó hasta acostumbrarme, para dejar de pensar que el lugar al que los mayores llaman “kinder” era un lugar horrible. Todavía puedo recordar mi felicidad al llegar al jardín todas las mañanas. Cada día era una aventura nueva, muy lejos de casa; bajar del transporte público, tantas cosas que ver por la ventana, en un día de invierno, tengo la imagen tan clara en mi mente de haber visto en el trayecto a “La mujer dormida”, nieve blanca y brillante, rayos de sol chocando en ella dándole una vista hermosa, la perfecta silueta de mujer, tan cerca y tan lejos, pero hermosa.

Al bajar del transporte, caminar por esa calle todavía empedrada, un tramo muy largo que en ocasiones se acortaba por un peculiar transporte: bicitaxi, le llamaban. ¿Lo conocen? Un transporte pequeño, pero que yo adoraba. No puedo explicar lo feliz que era viajando en ellos: cantaba, saltaba, miraba hacia afuera, esa era una de mis partes favoritas.

Lo siguiente era abrir la gran puerta del jardín, siempre fuimos las primeras en entrar y las últimas en salir. El aire era frío todo el tiempo, con diversos olores mezclándose en él. Frente a esa puerta, un puñado de llaves que Mary sacaba de su bolsa, quitaba el candado y las pesadas cadenas. Una rutina repetitiva, pero mi favorita: ella se preparaba con su uniforme (demasiado tierno, como yo la veía en ese entonces) y tomaba sus instrumentos de limpieza. Ahora soy un poco perezosa para ayudarle siquiera a levantar un lápiz, pero en ese entonces, yo con mi seguridad de niña, acomodaba cada salón, limpiaba las mesas y sillitas. La verdad, recordando esto, no puedo creer que yo tan pequeña fuera tan productiva. Pero no todo era aseo, recuerdo que al terminar, yo solía observar el agua caliente mezclarse con el café, buscar entre los frascos de crema para después agregarla y encontrar ese olor que tanto amaba cuando se unía al café, incluso ahora busco ese olor, pero ya no es igual, sólo tengo recuerdos muy dulces de ese tiempo. .

Tuve amigas con las que teníamos esas pláticas que sólo niñas de esa edad tienen. Pero al final del día, ellas se iban y yo me quedaba. Ellas esperaban en el salón a sus padres con sus mochilas listas, mientras yo me escapaba sin nada cuando todos se iban. Tenía que buscar algo qué hacer, pero no era difícil, era el mundo que yo misma creé, haciendo cuentas.

Habían siete jardineras, una muy diferente a la otra. Lo confieso: comparé cada jardinera con cada maestra. La más colorida, era la maestra más simpática; la de pocos colores, pero muchas flores, era mi maestra Alejandra; la oscura y con espinas era la maestra Alicia… Algo curioso es que esas jardineras justo estaban frente a los salones de cada maestra, y cuando hablo del mundo que creé, me refiero a que hice de cada jardinera, una habitación. La del fondo era la recámara, porque era donde más caían los rayos del sol y donde había más llantas coloreadas (la llanta más grande, era la cama); la siguiente jardinera que era la más oscura, era la sala. ¿Por qué? La verdad no lo sé. Quizá porque no pasaba tiempo en ella. La siguiente era la cocina y la de a lado, muy pequeña, era el jardín.

Cada día al quedarse solo el lugar, yo iba a jugar a mi casita. Si me preguntan por mi cuarto favorito, siempre fue la recámara. Era mi mundito: yo sola, recorriendo cada espacio que notaba más al estar solitario, que ya no daba miedo por las leyendas inventadas por niños traviesos o por aquella Alicia que no veía el país de las maravillas. Nunca me cansé de ese lugar o extrañé a alguien. Incluso, creo que ni siquiera podían ver lo que yo. No sólo curiosa, también con mucha imaginación. 
Caminando por el estrecho pasillo de cemento, dirigiéndome hacia atrás de las aulas, donde visualmente ya no es tan bello, me detenía antes de que el césped se perdiera y mi rodilla derecha tocaba el piso, para que así mi mano izquierda tocara la roca más grande de mi jardín y la mano contraria tocara un delgado árbol. Imaginaba las mariposas detrás de mí, emprendiendo el vuelo, justo así lo recreaba. Recreaba esa escena de la película Pocahontas de Disney, al mismo tiempo que cantaba ese fragmento de la canción. ¿Han visto esa película? La protagonista le mostraba a John Smith, lo que realmente es importante: cómo todo está vivo, y creo que inconscientemente yo ya lo entendía.

Dicen que cada día es una nueva aventura. Para mí, a pesar de ser rutinario, así lo fue. Pero una aventurera, no siempre está sola. Alguna vez hubo un campamento. Y pude ver de noche mi casita, un panorama que no conocía. Recuerdo el fuego, los bombones y las salchichas asándose, el tazón de éstas últimas terminadas por mí; la búsqueda de tesoros enterrados, niños escarbando. Mi llanto al no encontrar nada, pero alguna cara desconocida me regaló parte de su tesoro. Era muy feliz, aunque de nuevo esas leyendas me atormentaron: brujas detrás de las puertas, gorilas tras los salones…

Otro día, una aventura marina, con varias tinas con agua. Me recuerdo corriendo de la mano de mi madrina Ana, o como le llamé alguna vez: mi hada madrina. No sólo era un hada. ¡Exacto! También era quien gobernaba. Globos llenos de agua y el sol contrastando con la temperatura del agua. Recuerdo esa sensación de flotar al entrar a una tina, mis sandalias haciendo ruido y al entrar al agua, convertirme en una sirena. Pero como todos los días, llegaba la vuelta a casa, no podía quedarme por siempre.

Hubo muchos eventos también. En algunos fui una estrella, un número... Pero igualmente fui espectadora de una obra. Trataba de una niña con su cabello ocre y un lindo vestido rojo, ella despertaba en plena madrugada y por alguna razón comenzaba a volar por el cielo nocturno, tocaba las nubes. Incluso dijo la sensación: algodón. Ahora no creo que sea así, pero en ese momento quería ser como ella: volar y ser libre. Encontrar a la mujer de hermoso vestido azul y larga cabellera, tocar esas nubes, verlas llorar de cerca... Al terminar la obra, a diferencia de mis compañeros me quedé más tiempo y la vi por segunda vez. Como ya saben, yo tenía que quedarme hasta que todo estuviera en orden.

Un día de esos solitarios, dormí en uno de los salones sin uso. Cuando desperté, estaba sola, creo que eso fue la gran causa para un miedo futuro. Las princesas son abandonadas por madrastras malas, pero en mi caso, no era mi madrastra, era mi tía y mucho menos es mala. Incluso sabiendo eso, lloré porque me había dejado aprovechando mis sueño. Salí de lo que ahora veía como un calabozo. Pero entonces la conocí: Belén, “la princesa heroína”. Casualmente ella estudiaba en la primaria de enfrente, pero su madre era la encargada de llevar alimentos a mis maestras, así que también pasaba sus tardes en el kinder. Es extraño que jamás noté su existencia hasta ese día, el día que me salvó. Ella sí lo recordaba, pero yo no.

Recuerdo, en cambio, lo que sucedió después: una imagen de dos niñas entrando al salón de la maestra Lulú para limpiarlo, con sus lindas figuras, carritos, casitas… Le mostré mi casita y pasábamos la tarde juntas. Ella sólo un lustro mayor que yo, pero no se tenían que llenar esos años, no era necesario, pues yo fui muy feliz, aun más que con las niñas de mi edad.

Un buen día llegó un acuerdo para ya no estar sola en la inmensidad de kinder: me despedí de mi casita y ahora cada tarde me iba con Belén a su casa mientras Mary terminaba su deber. Calles llenas de tierra, casas de diferentes estilos, una casita donde vivían los siete enanos. Belén me enseñó un árbol frente a su escuela, pequeño, pero inolvidable, ya que detrás de él habitaban catarinas, presagio de la buena suerte según otra cultura. Entonces me volví una exploradora buscando catarinas: rojas, azules... Quería llevarlas a casa, pero podrían perderse en el camino, sólo las tomaba sobre mi dedo para después dejarlas ir. 

Observaba las diversas especies de árboles. Mi favorito era uno a cinco casas de la suya, con flores rojas que dejaban ese pigmento en las manos, rodeado por abejas y una que otra mariposa, pero nunca catarinas. Escribiendo esto me doy cuenta que más que el destino, fue el camino lo que aprecié; lo que observé, lo que me hacía infinitamente feliz. Cada detalle, cada color, cada olor impregnado en ese escenario, algo que justamente es la vida. Aunque también era maravilloso llegar.

Llegábamos a su casa y al traspasar el oscuro portal, llegaba un olor hogareño y la calidez de su hogar, una vista contrastante a la fachada, lugares de cristal a los que nunca entré, un pequeño castillo donde servían el más delicioso manjar, olor a crema de elote y chocolate con plátano. Las escaleras nos llevaron a la habitación rosa. Inevitable cruzar por la habitación desordenada, pero con una extraña organización: zapatos de época, un tocador y esa pintura que no olvidaré jamás: oscura, como toda la habitación, donde los reyes posaban elegantemente. La cortina blanca separaba la oscuridad de la luz que emanaba el cuarto de Belén: muñecas, joyas, la habitación de una princesa. 

Pasábamos todas las tardes jugando con muñecas tan bellas y heroínas de su propia historia, buscando respuestas a la bruja que decía que vivía debajo de su cama, viendo películas que ni siquiera yo tenía en mi colección. Algo que siempre llamó mi atención fue esa pequeña casa en forma de cubo, que se abría desde atrás mostrando el vacío en su interior, el cual se llenaba con los pequeñísimos objetos y personajes, su temática era una escuela de música. Sólo hasta años después tuve la mía  con tema de veterinaria. Ahora, sigo buscando una casa parecida.

Cada tarde creamos y recreamos historias, pero en algún momento tenía que terminar. Mis dos años en el kinder terminaron y me fui. En cuanto a ella, se quedó a terminar su primaria, iniciando así para ella la edad temida: la adolescencia.

Quizá se pregunten qué fácil sería verla, pero no fue así. Incluso hoy sigo pensando que la distancia entre mi casa y el kinder es demasiado grande. La distancia y el curso de la vida nos separaron. Nos vimos un par de veces, pero no fue hasta muchos años después que nos dirigirnos la palabra de nuevo. Aún así, siempre la vi como una princesa de verdad. Lamento no haber ido a su fiesta de quince años y sobre todo, lamento no haber estado cuando el rey pereció.

Autobiografía I/ Flores anaranjadas, santos inicios

Por Monserrat

I

Es curioso como aún a pesar de todo, continuamos sin ver los pequeños detalles sólo porque son parte de la rutina. A lo que me refiero es a que todo los días voy por ese pasillo y no recordaba de qué color es el piso sin verlo. Es rojo. Tuve que asomarme a ver el color. No recuerdo la primera vez que miré el mundo, pero sí recuerdo cuando tomé consciencia de lo que me rodeaba. Pequeña y curiosa. Yo regresaba de la escuela, quizá, y en ese entonces ese pasillo era largo para mí. Los mosaicos del piso, rojos; las escaleras anteriores eran negras y de caracol. No recuerdo qué era lo que veía al entrar por aquella puerta de vidrio jamás cerrada, pero sí que el piso cambiaba de color: mosaicos del mismo patrón, en color azul. Después de cruzar el estante de libros inalcanzables entraba a la cocina, antes de la construcción de aquellas grandes casas. Por la ventana se podía colar la luz del atardecer, y al lado derecho, la cama de la abuela. Sí, ella dormía en su cocinita. Siempre la miraba a ella al entrar; siempre ahí: sonriendo o durmiendo plácidamente. No hubo día en que no la viera ahí. Imágenes que de verdad se quedan incrustadas en el tiempo.

¿Alguna vez escucharon que Sofía significa sabiduría? Pues ese era el nombre de la abuela. Un nombre muy acertado: sensatez y conocimiento, algo que obtuvo desde el día que dejó su querida Oaxaca. Después, siendo muy joven, lo conoció: un hombre fuerte en todos los sentidos, así como su nombre, Julio. Ambos dejaron atrás su pasado para buscar un mejor futuro y al parecer encontraron más que eso: encontraron el inicio de una historia. Se encontraron entre ellos, un presente que definiría todo. Se volvieron raíces que dieron vidas: doce en total. Y de ellas, la segunda fue mi madre, quien tuvo cuatro hijos.

No sólo la abuela llevaba sabiduría en su nombre, también mi hermana mayor. Quizá su nombre es correcto porque eligió mi segundo nombre: Adriana, mi nombre favorito. Mi primer nombre lo sugirió mi segunda hermana. ¿Su nombre? Guadalupe, por la devoción de mi padre seguramente. Después de ella seguí yo: Montserrat Adriana. Es curioso que ambos nombres sean lugares y no tengan un significado en sí, tal vez es una señal para buscar mi sitio o algo así.

La tercera niña, la esperanza de un niño, la que “arruinó” el título de: hermana menor, que ocupó por casi diez años Guadalupe, o Lupita, o “La mediana” como la llamo ahora. Yo una niña rojiza, arañas en la cabeza y mejillas regordetas, esto en palabras de “La mediana”, pero con cierto parecido a Sofía mi hermana. No recuerdo el día de mi nacimiento, pero estoy segura que mamá no lo olvidará. Ella dijo en mi último cumpleaños: “¿Sólo a ti se te ocurre nacer un dos de noviembre, en plena madrugada”.

Y no la culpo. Creo que siempre he sido así: un poco imprudente. Ella con tantas ganas de ir a Toluca con mis abuelos y yo con mis ganas de conocer el mundo, que se lo impedí. Ella dice que sufrió un poco más conmigo (en todos los sentidos) pero también hizo cosas dignas de admirarse mientras me tenía en su vientre y también en sus brazos.

Regularmente, el 2 de Noviembre al ser una fecha especial, las personas tienen reacciones respecto a mi fecha de nacimiento: alguna vez se rieron de mí; en otra ocasión, una niña me dijo que le hubiera gustado nacer ese día; una señora dijo que mi nombre debió ser Santa, que, ahora que lo pienso, no estaba tan mal.

Compartimos nuestra fecha de cumpleaños con tantas personas, y aún así, para nosotros es especial. Aunque a veces, pasa todo lo contrario: es como esas personas que odian la navidad porque nadie recuerda sus cumpleaños. Justo así fue para mí: durante mucho tiempo odié mi cumpleaños, pero no odié el día de muertos. De hecho, creo que era mi celebración favorita. Cada año la abuela me llamaba para ayudarla a colocar la típica ofrenda de muertos. No puedo contar el número de flores, pero sí de velas: grandes, pequeñas, suficientes y hasta demasiadas, comparadas con las que mi madre coloca. Alguna vez le pregunté a la abuelita para quién era cada una: “para su madre, para su primer hija, para su nieta…” Cuatro generaciones ignoradas por el tiempo, por mi tiempo. Todos ellos se quedaron en diferentes lugares, entre ellos Toluca, el lugar de origen de mi abuelo Julio.

Cada año regresamos a ese lugar: nuestras raíces. Un largo viaje matutino en autobús, paisajes que desaparecían en la carretera, aire limpio y clima frío siempre típico del estado. Parábamos en alguna villa para comprar flores y una última parada para visitar las tumbas de personas que jamás conocí. Recorríamos un largo camino de césped, casas decoradas para la ocasión, con pétalos anaranjados indicando el camino. Y un olor diferente, nada que ver con la monótona ciudad.

Supongo que por eso odiaba mi fecha de cumpleaños: porque no estaba en casa y aparentemente se olvidaban de mí. O tal vez porque siempre al regreso sentía una extraña nostalgia. Creo que por alguna razón, la última vez que fuimos, fue la más especial ¿No es irónico que en un día así todos estén felices? Como también es irónico haber nacido un día así: mientras algunas personas festejan la muerte yo festejo la vida. Y con el tiempo dejé de odiarlo, con el tiempo aprendí que no era el lugar, sino con quien estás.