21 septiembre, 2021

Autobiografía XXV / Yara

 Por Estela

XXV

La primera mascota que recuerdo haber tenido, fue a los 5 años: una perrita llamada Panther debido a que así se llamaba el equipo de fútbol de mi papá, pero se escapó de la casa del rancho Bardahl. Cuando nos mudamos con el señor Víctor, había una pastor alemán llamada Yara y un doberman de nombre Skipper. Eran obedientes y muy nobles. 

A mis 9 años llegó Lashla, una perrita de pelo chino y blanca. Cuando llegó, tenía 1 año aproximadamente; muy obediente y muy tierna. Cuando nos mudamos de casa, sufrió mucho y mi papá pensó que era buena idea llevarla al estado de México, pero a mi tía Lourdes no le gustaba y un día que no estábamos la soltó y se perdió la perrita. Un año después llegó Princess. No llegué a estrechar lazos con ella porque aún estaba fresca la herida de Lashla, pero cuando tuvo a sus perritos me encariñé con uno: Scissor, que murió porque lo envenenaron para meterse a la casa pero yo no estaba ahí. A Princess la adoptó una vecina y la dejamos en sus manos. La señora Sara tenía una perrita viejita y nunca le demostraron cariño. 

Ese año que no estuvimos con mi papá, una vecina de mi tía nos comentó que su perrita había parido a 4 cachorros, pero que a dos ya los habían regalado. Nos ofreció una. Ana y yo convencimos a mi mamá, que finalmente accedió. El día de navidad llevó a las dos bolas peludas y negras, seleccioné a una y a las pocas horas la dejé en el suelo y cuando nos fuimos del lugar agarré una cachorrita (nunca vamos a saber si fue la primera que elegí porque eran idénticas). Le pusimos Yara en honor de esa pastor alemán que era obediente y que nunca fue mamá por una lesión en su cadera. Desde chiquita fue muy mimada y consentida. Al mes nos dio un susto por haberse escapado, pero al gritar como desesperada la descubrí: se habían ido con los vecinos a comer Cheetos. Fue y es un destello de alegría en todos esos momentos tan duros.

Autobiografía XXIV / Primer trabajo

 Por Estela

XXIV



Santo Tomás Ajusco había cambiado mucho. Ahora ya habían supermercados, uno a unas cuadras de la casa de la señora Sara. En su entrada había un letrero donde solicitaban personal. Me acerqué con el encargado, le dejé mi solicitud, esperé unas semanas y no me llamaron. También solicité trabajo en una panadería, pero no me convenció por el calor que se sentía adentro. 
Un día, al acompañar a mi prima por sus compras, entramos a otro supermercado, la competencia de aquél en el que había dejado mi solicitud. Me percaté que estaban solicitando personal. Al día siguiente dejé mi solicitud y papeles. En esa semana me llamaron e inicié mi proceso de reclutamiento junto con 2 muchachas. Nos quedamos con el trabajo las tres, en el puesto de asociadas de ventas. La capacitación duró 2 semanas pero fue solo teoría por parte de la empresa, nunca hubo algo de práctica; después ya nos presentamos en nuestra tienda. 

La primera semana me tocó en el turno de la tarde, con un encargado muy enérgico y nada paciente. Yo quería renunciar al tercer día, pero en mi cabeza rondaba el pensamiento de querer demostrarme que yo podía, cuando realmente era un manojo de llanto. Así continúe, con bajas y altas. Los horarios de 8 horas y de turnos rolados me alejaban de pasar tiempo con mi familia. 


Un domingo, después de terminar mi turno por la tarde, llegué a mi casa y me encontré a mi mamá cabizbaja y con llanto. Cuando pudo me contó que una señora había venido a la casa a gritarle una supuesta relación que mantenía con mi padre. Él en lugar de quedarse con mi mamá y hablar con ella, se había marchado con esa señora. 

Después de aquel día mi familia se desbordó. Yo sentía culpa por no proteger más a mi madre, quería taparle sus oídos para que no escuchara lo que las personas le decían: que era frecuente verlos a los dos juntos. Sentía coraje de ver qué mi papá no hacía nada por arreglar o solucionar el corazón roto de mi madre. Y cuando regresó a la casa después de días, lo corrí. Pasamos navidad y año nuevo sin papá. Aunque él estaba presente, se sentía su ausencia. 

Autobiografía XXIII / Casa de la señora Sara

 Por Estela

XXIII

El último año de la preparatoria era el momento de decidir la licenciatura. Aunque esta pregunta era muy frecuente en la escuela, con mis padres y demás familiares, siempre daba una respuesta distinta a la anterior, aún no tenía claro en qué era buena. La maestra de orientación nos aplicó un test vocacional y el resultado obtenido fue ciencias sociales y humanidades. En ese momento despertó mi interés la psicología. Cuando se lo platiqué me dijo con voz de desagrado: 

–No Estela, psicología no es para ti. Con tus calificaciones podrías buscar una ingeniería… No sé, en petroquímica y meterte en la refinería-. Sus palabras me confundieron aún más.

Salí de la preparatoria sin saber bien cuál era mi vocación. No tuvimos ceremonia como los grupos "normales", solo unas palabras que el director nos dedicó a la minoría del grupo. Creo que ese discurso donde el mensaje principal era que todas las personas somos vendedores de un servicio o de nuestro conocimiento, creo que iba dirigido a mí porque está situación de ser vendedora y estudiar en una escuela privada era muy llamativa para las burlas de mis compañeros.

En diciembre empaqué todo y me fui al Ajusco, aunque tuve que regresar a Tula solo a recoger mi certificado y demás papeles. Mi mamá, mi hermana y mi papá vivían en una casa que, alguna vez de pequeñas, habitamos en la casa de la señora Sara. 

Cuando llegué a aquel lugar, era diferente al que recordaba. Desde la entrada había cambiado: era una puerta de madera, no la de lámina de hace 10 años; ahora habitaban en un cuarto diferente al que vivimos. Era el último de los 3 cuartos, estrecho en la zona de la puerta y amplio en la zona de las dos camas; el techo de láminas, un solo baño, el mismo de hace años. 

Ana y yo nos inscribimos y asistimos a los exámenes de admisión a las universidades en la UNAM y la UAM; ella en la licenciatura de arquitectura y yo en psicología. En el recorrido que nos dieron en la UAM-Xochimilco me enamoré de manera platónica de sus edificios y su metodología. Me ilusionaba asistir ahí, pero esta burbuja estalló el día que publicaron los resultados y Ana fue admitida, pero yo no. Decidí buscar un trabajo en lo que organizaba mis ideas, porque creí que quizás era un mensaje de que psicología no era para mí.