13 junio, 2021

Autobiografía XVIII / Aunque no sea conmigo

Por Juan Francisco

XVIII

Rehuía de todo lugar que me llevara a la Chispa. Sabía bien que se quedaba después de clases para ensayar con la banda de la escuela. Por eso nos vimos muchas veces, demasiadas. Yo solo decía Hola si estaba de buen humor. Si estaba enojado o recordaba lo pasado, la ignoraba. Porque al recordarlo todo, ella aparecía de nuevo frente a mí. pero no aquella chica que me conquistó sin quererlo, sino la otra: la que me quiso y me odió en un abrir y cerrar de ojos. 

Si me forzaba en olvidar, al final quedaba la otra: la Chispa. Aquella que en un tiempo lejano fue la Maga. La otra, la chica que quise tanto. La mujer con la que presencié un espectáculo de aviones a escala; la mujer a la que llevé en brazos por unas escaleras de piedra volcánica que tocaban el cielo; la belleza que me invitó a patinar sobre hielo solo para cambiar de opinión y regalarme una tarde nostálgica; la joven que me besó con los ojos cerrados; la que primera a la que besé; la que me regaló el primer contacto de unos labios que se buscaban en la oscuridad. Aquella chica que se recostaba en mi muslo y me miraba con ternura dejó de existir en mi mundo. Su imagen, su voz, su sonrisa y aroma frutal se secaron como una rosa marchita. Una flor que arranqué sin pensar en el dolor y la agonía que provoqué en ambos.

La pandilla, la mayoría de ellos, se burlaron de mí. Yo no hice nada por ponerles un alto. Solo me dejé llevar por sus insultos, bromas y risas socarronas. Ya nada me importaba. Quería terminar la vocacional y no volver a saber nada de ellos. Estaba harto de esa escuela, de aquellos jóvenes inmaduros, de esos profesores corruptos y de ese pasado hiriente. Los odiaba a ellos, a todo y a mí mismo.

Una tarde mientras caminaba por los pasillos del tercer piso escuché la canción definitiva. Se trataba de Aunque no sea conmigo de Enrique Bunbury. Una simbólica canción que casi cerró mi ciclo en la vocacional.

A placer puedes tomarte el tiempo necesario.

Eso hice. Me tomó seis meses ignorar una y otra vez a la Chispa. Me llevó tan solo una hora redactar aquel mensaje que le envíe donde le decía que me arrepentía de haber sido su novio. Ese mensaje donde le confesé que estábamos mejor como amigos. Además, para cerrar con broche de oro, le aseguré que podía verme como un hermano al cual podía presentarle a sus nuevos pretendientes.

Que por mi parte yo estaré esperando.

La esperé durante una semana. Pero ella solo me dedicó una canción donde me dio a entender que estaba confundida. Después entendí que fui yo el que terminó por enterrar el gran cariño que ella sentía por mí. Me dolía demasiado lo que había pasado aquella noche, Era un dolor que me hacía llorar todas noches. Lloraba hasta que me quedaba sin fuerzas para luchar contra los recuerdos de ambos; esos momentos que atesoraba y guardaba celosamente con la esperanza de que algún día ella volvería a mí y yo volvería a su lado.

El día en que te decidas a volver.

Jamás volvió. Aunque me esperó muchas veces afuera de los salones, sentada en las escaleras, a la espera de una oportunidad para hablar. Una oportunidad que le negué y de la que me prive por escuchar a mi orgullo.

Y ser feliz como antes fuimos.

¿Realmente ella fue feliz a mi lado? La respuesta la conocí cuatro años después, cuando la caprichosa vida nos unió de nuevo.

Sé muy bien que como yo estarás sufriendo a diario la soledad de dos amantes que al dejarse están luchando, cada quien, por no encontrarse.

Ambos sufrimos. Ella por mí y yo por ella. Pero luchamos hasta que nos quedamos sin fuerzas. Luchamos tanto que logramos separarnos definitivamente.

Y no es por eso que haya dejado de quererte un solo día. Estoy contigo aunque estés lejos de mi vida; por tu felicidad, a costa de la mía.

La quise por dos años más. Luego ella logró encontrar la felicidad con una persona, ocho años mayor, que supo amarla como yo no lo hice. Que logró que ella lo amara y se casara con él.

Pero si ahora tienes tan solo la mitad del gran amor que aun te tengo, puedes jurar que al que te tiene lo bendigo…

El último beso que le di a la Chispa fue en la frente. La acompañé en el camión de regreso a su casa. Habían pasado tres meses desde que terminé con ella. Quería besarla en los labios en un intento desesperado por sentirme bien; por revivir una flor marchita y abandonada. Pero ella se dio cuenta desde un inicio, por eso sacó una paleta de caramelo y se la metió en la boca. Era la señal, la muestra definitiva de que aquella flor debía morir.

Me acerqué a ella. Giró la cabeza y miró por la ventana a su derecha. Tomé el recuerdo más lindo que tenía guardado en mi memoria, el más bello de ambos, y me levanté del asiento. Con un suave movimiento me agaché y la besé en la frente. De inmediato toqué el timbre del camión y bajé de un salto. Sin pensarlo demasiado comencé a correr por la calle. Corrí en dirección a la vocacional. Recorrí una gran distancia, casi cinco kilómetros, a toda velocidad. Lloraba mientras mis piernas se dejaban llevar por la tristeza. Aquellas lágrimas salieron de lo más profundo de mi ser y se perdieron con el viento de una nublada tarde.

Cuando me faltaban unos metros para llegar a la vocacional, las piernas dejaron de responderme. Comencé a sentir fuertes calambres en ellas. No podía dar un paso sin sentir un profundo dolor. Casi a rastras llegué a la vocacional. El cuerpo lo sentía desecho, las piernas destrozadas y los pulmones a punto de estallar.

Al final, Chispa, siempre quise que fueras feliz, aunque no fuera conmigo.

Autobiografía XI / Segundo año

 Por Rosario

XI

Sin darme cuenta, llegó muy rápido el segundo año en el CCH. Cambié de grupo para mi alivio, pero con todas esas cosas sucediendo en casa, me volví un poco más seria y callada en general, sobre todo en clase. Hablaba poco y por lo general no tenía tiempo ni dinero para andar de fiesta. Mis pensamientos estaban enfocados en no dejar de estudiar, cooperar con todo lo que me fuera posible en la familia y también en encontrar nuevas maneras de ahorrar.

En ese año cursé la opción técnica, que era nada más y nada menos que la posibilidad que nos daba el Colegio para concluir el nivel medio superior con un diploma técnico. En mi caso opté por contabilidad con computación. Al principio no entendía gran cosa. Además era necesario interactuar con más desconocidos; fue allí que conocí a Angela Galván y a Lupita Mejía. Ellas dos se volvieron grandes amigas y cómplices en ese año. Las clases de contabilidad eran después de las materias obligatorias, por lo que debía quedarme hasta tarde para tomarlas, y en muchas ocasiones, también me quedaba con ellas haciendo las prácticas que nos dejaban. Esa fue la primera vez que en esa escuela me sentí realmente en confianza con alguien.

Como hacíamos muchos trabajos en equipo y la maestra era joven, las clases de “Conta” se volvieron cada vez más emocionantes y divertidas. Ya formaba parte de un grupo en verdad y además entendía de lo que se trataba. Lo malo es que en el resto de las clases, en particular las de ciencias exactas, se me hacían cada vez más complicadas y bueno, nunca acabé de adaptarme al grupo fijo que tenía en ese grado. Pero por fortuna, en las clases de lectura y redacción me sentía como pez en el agua, el profesor era joven, gracioso y muy paciente, además disfrutaba de las lecturas y sobre todo de la redacción en sí.

Autobiografía X / Primer año

 Por Rosario

Al paso de los días o tal vez las semanas y, gracias a los trabajos en equipo, por fin pude integrarme con un par de chicas. En realidad no es que me cayeran de lo mejor, pero era mucha ganancia hablar con alguien y dejar la soledad de hongo para al menos tener con quien caminar por los pasillos; con quien “juntarme” en las horas libres; con quien ir a la parada de la micro o del trolebús y algunas veces a la biblioteca.

Recuerdo mucho que en esa época era un problema calmar mi mente, pues las cosas en casa habían comenzado a ponerse un poco extrañas. Y es que a pesar de todo, ahora que Irma había dejado de vivir con nosotros, yo la echaba de menos con mucha frecuencia. Así que procuraba hablar con ella cada vez que podía y trataba de visitarla con frecuencia. Justo en esa etapa Cris concluyó la prepa. Estábamos muy felices por eso, solo que como había pasado antes, no había dinero en casa para que ella siguiera estudiando sin preocuparse por trabajar. Me molestaba enormemente no poder hacer gran cosa al respecto y papá por lo visto, no tenía ganas de mezclarse en eso.

Además de todo, en ese año mi papá enfermó y requirió una cirugía. La cual en sí no era tan grave, pero por no haber guardado el reposo adecuado, tuvo una recaída muy fuerte y entonces todo se complicó: tuvieron que operarlo nuevamente en menos de tres meses. Recuerdo que todo comenzó un lunes. Ese día alguien tocó el timbre como loco. Salimos muy enojadas a ver quién era. Entonces vimos a mi papá pálido de dolor y sosteniéndose de la pared, al tiempo que pidió sus papeles del seguro y nos dijo que estaba mal.

No hubo mucho tiempo de nada, salí corriendo a conseguir un taxi y Cris lo llevó al hospital. Más tarde nos avisaron que tuvieron que cargarlo para entrar, porque él ya no podía caminar solo, su dolor era tan intenso que le inyectaron morfina y luego de horas en espera lo pasaron a quirófano, en donde estuvo varias horas y finalmente cortaron dos partes de su intestino. Esa operación, según lo que nos explicaron, era muy grave porque había llegado muy mal al hospital, así que la recuperación sería delicada. Pasó varios días internado. Yo no podía visitarlo ni quedarme a cuidarlo por ser menor de edad, pero mis hermanas y Marce se turnaban. Creímos que iba mejorando, pero no fue así, la madrugada del viernes llamaron del hospital diciendo que habían tenido que operarlo otra vez por complicaciones con su sistema digestivo.

En efecto, la recuperación fue mucho más delicada y compleja porque tenía las heridas abiertas. Regresó a casa feliz, pero muy débil. Como era de esperarse, por un largo tiempo mi papá no pudo trabajar y a todas en casa, nos tocó hacer frente a nuestras necesidades: Cris decidió dejar la escuela de lado y se dedicó a trabajar al cien por ciento; Marce se dedicó a cuidarlo de tiempo completo. Yo no quise dejar la escuela pero como eran vacaciones, encontré trabajo. Primero lavando platos en una fonda y después vendiendo casettes en un puesto ambulante. Con lo que ahorré, pude pagar mis útiles y me alcanzaba para los pasajes de la escuela.

Autobiografía XII / La casa de la tía Chana

 Por Estela

XII

La tía Chana era hermana de mi abuela materna. En su casa vivían solo ella y su marido: el tío Juan. Cuando salimos de la casa de mi tía Lourdes, ellos nos ofrecieron un cuarto que era un gallinero. Amplio, pero no tenía luz eléctrica. Mi mamá dejó de trabajar en la tienda para trabajar en una guardería como cocinera y mi papá consiguió un trabajo en Michoacán, por lo que se ausentaba entre semana. La mayor parte del dinero se iba en los pasajes de Ana; Manuel y yo caminábamos por 30 min hasta la primaria y secundaria, respectivamente.

Cuando de plano no teníamos para comer, acudíamos con la Señora Telvina, amiga de mis papás. Vivía en una casita de madera y cartón. Y aunque no tenía mucho nos ofrecía lo poco que tenía. En la modernidad se podría decir que su estilo de vida era eco friendly: el agua con la que se bañaban y lavaban los trastes, era la que recolectaban de la lluvia. Se las ingeniaba para darnos de comer a sus 3 hijos, 2 nietos, 1 yerno; a su marido y a nosotros 5. Comíamos por igual un día quelites que juntábamos, otro nopales, huitlacoche, o una gallina que se hubiera muerto.

El pueblo donde se ubica la casa de la tía Chana, es San Bartolo lanzados. Los fines de semana es un pueblo fantasma porque la gente se va a vender globos, pero entre semana había mucha gente en las calles. En ese entonces, yo era muy hábil para entablar una conversación con la persona que fuera. Así que me hice amiga de María, una muchacha de mi edad que se dedicaba a cuidar borregos. De repente me percaté que yo atraía las miradas e interés de los amigos de María y de unos muchachos que se juntaban en la cancha de fútbol cerca de la casa, en especial de uno: Miguel. No sé si era mi actitud amigable o los cambios notorios de mi cuerpo. En mi inocencia, yo los consideraba mis amigos a todos.