Por Juan Francisco
XVIII
Rehuía de todo lugar que me llevara a la Chispa. Sabía bien que se quedaba después de clases para ensayar con la banda de la escuela. Por eso nos vimos muchas veces, demasiadas. Yo solo decía Hola si estaba de buen humor. Si estaba enojado o recordaba lo pasado, la ignoraba. Porque al recordarlo todo, ella aparecía de nuevo frente a mí. pero no aquella chica que me conquistó sin quererlo, sino la otra: la que me quiso y me odió en un abrir y cerrar de ojos.
Si me forzaba en olvidar, al final quedaba la otra: la Chispa. Aquella que en un tiempo lejano fue la Maga. La otra, la chica que quise tanto. La mujer con la que presencié un espectáculo de aviones a escala; la mujer a la que llevé en brazos por unas escaleras de piedra volcánica que tocaban el cielo; la belleza que me invitó a patinar sobre hielo solo para cambiar de opinión y regalarme una tarde nostálgica; la joven que me besó con los ojos cerrados; la que primera a la que besé; la que me regaló el primer contacto de unos labios que se buscaban en la oscuridad. Aquella chica que se recostaba en mi muslo y me miraba con ternura dejó de existir en mi mundo. Su imagen, su voz, su sonrisa y aroma frutal se secaron como una rosa marchita. Una flor que arranqué sin pensar en el dolor y la agonía que provoqué en ambos.
La pandilla, la mayoría de ellos, se burlaron de mí. Yo no hice nada por ponerles un alto. Solo me dejé llevar por sus insultos, bromas y risas socarronas. Ya nada me importaba. Quería terminar la vocacional y no volver a saber nada de ellos. Estaba harto de esa escuela, de aquellos jóvenes inmaduros, de esos profesores corruptos y de ese pasado hiriente. Los odiaba a ellos, a todo y a mí mismo.
Una tarde mientras caminaba por los pasillos del tercer piso escuché la canción definitiva. Se trataba de Aunque no sea conmigo de Enrique Bunbury. Una simbólica canción que casi cerró mi ciclo en la vocacional.
A placer puedes tomarte el tiempo necesario.
Eso hice. Me tomó seis meses ignorar una y otra vez a la Chispa. Me llevó tan solo una hora redactar aquel mensaje que le envíe donde le decía que me arrepentía de haber sido su novio. Ese mensaje donde le confesé que estábamos mejor como amigos. Además, para cerrar con broche de oro, le aseguré que podía verme como un hermano al cual podía presentarle a sus nuevos pretendientes.
Que por mi parte yo estaré esperando.
La esperé durante una semana. Pero ella solo me dedicó una canción donde me dio a entender que estaba confundida. Después entendí que fui yo el que terminó por enterrar el gran cariño que ella sentía por mí. Me dolía demasiado lo que había pasado aquella noche, Era un dolor que me hacía llorar todas noches. Lloraba hasta que me quedaba sin fuerzas para luchar contra los recuerdos de ambos; esos momentos que atesoraba y guardaba celosamente con la esperanza de que algún día ella volvería a mí y yo volvería a su lado.
El día en que te decidas a volver.
Jamás volvió. Aunque me esperó muchas veces afuera de los salones, sentada en las escaleras, a la espera de una oportunidad para hablar. Una oportunidad que le negué y de la que me prive por escuchar a mi orgullo.
Y ser feliz como antes fuimos.
¿Realmente ella fue feliz a mi lado? La respuesta la conocí cuatro años después, cuando la caprichosa vida nos unió de nuevo.
Sé muy bien que como yo estarás sufriendo a diario la soledad de dos amantes que al dejarse están luchando, cada quien, por no encontrarse.
Ambos sufrimos. Ella por mí y yo por ella. Pero luchamos hasta que nos quedamos sin fuerzas. Luchamos tanto que logramos separarnos definitivamente.
Y no es por eso que haya dejado de quererte un solo día. Estoy contigo aunque estés lejos de mi vida; por tu felicidad, a costa de la mía.
La quise por dos años más. Luego ella logró encontrar la felicidad con una persona, ocho años mayor, que supo amarla como yo no lo hice. Que logró que ella lo amara y se casara con él.
Pero si ahora tienes tan solo la mitad del gran amor que aun te tengo, puedes jurar que al que te tiene lo bendigo…
El último beso que le di a la Chispa fue en la frente. La acompañé en el camión de regreso a su casa. Habían pasado tres meses desde que terminé con ella. Quería besarla en los labios en un intento desesperado por sentirme bien; por revivir una flor marchita y abandonada. Pero ella se dio cuenta desde un inicio, por eso sacó una paleta de caramelo y se la metió en la boca. Era la señal, la muestra definitiva de que aquella flor debía morir.
Me acerqué a ella. Giró la cabeza y miró por la ventana a su derecha. Tomé el recuerdo más lindo que tenía guardado en mi memoria, el más bello de ambos, y me levanté del asiento. Con un suave movimiento me agaché y la besé en la frente. De inmediato toqué el timbre del camión y bajé de un salto. Sin pensarlo demasiado comencé a correr por la calle. Corrí en dirección a la vocacional. Recorrí una gran distancia, casi cinco kilómetros, a toda velocidad. Lloraba mientras mis piernas se dejaban llevar por la tristeza. Aquellas lágrimas salieron de lo más profundo de mi ser y se perdieron con el viento de una nublada tarde.
Cuando me faltaban unos metros para llegar a la vocacional, las piernas dejaron de responderme. Comencé a sentir fuertes calambres en ellas. No podía dar un paso sin sentir un profundo dolor. Casi a rastras llegué a la vocacional. El cuerpo lo sentía desecho, las piernas destrozadas y los pulmones a punto de estallar.
Al final, Chispa, siempre quise que fueras feliz, aunque no fuera conmigo.