22 julio, 2021

Autobiografía / El segundo aire

 Por Rosario

Ocurrieron tantas cosas por esos días, que olvidé haber sacado un libro de la biblioteca. El cual por cierto, después de varios meses, nunca leí. La cuestión es que al devolverlo me impusieron una multa bastante elevada para esos momentos de mi vida y el colmo era que sin ese pago no podía realizar mi inscripción al nuevo semestre. Por fortuna ese día me acompañó Irais a la escuela, para hacer el trámite y de buena gana aceptó prestarme esos pesos. Los cuales, al día de hoy, todavía le debo, pero me recuerdan que los ángeles existen y que a veces el destino es más grande que nosotros.

Después de haber realizado el pago de mi adeudo y el de la inscripción en las cajas de rectoría, ya tenía la posibilidad de inscribirme al “tercer semestre”. Conviene recordar que inicialmente debía tres materias del primer semestre, las cuales intenté recursar en segundo semestre, pero tampoco las pasé por obvias razones y ahora la única manera de acreditarlas era a través de exámenes extraordinarios. Además de eso, debía otras tres materias de ese último semestre, por fortuna no eran demasiadas seriaciones. En ese escenario, me pude inscribir casi al último momento, quedaban muy pocos grupos y no había gran posibilidad de elegir, por lo que este semestre tuve el turno intermedio.

No recuerdo bien qué más hice durante los días que siguieron, solo tengo muy presente que el primer día de clases desperté muy temprano, me alisté y me encontré con mi papá en la cocina antes de salir. Él, sarcásticamente me preguntó por qué me había caído de la cama y a dónde iba. Le respondí que era mi primer día de regreso a la facultad. Me contestó que esa era la mejor decisión que podía haber tomado.

En la universidad seguía siendo una hormiga más en el hormiguero. No conocía a nadie, tampoco me sentía como pez en el agua, pero daba gracias por regresar al territorio pacífico y conocido. Mi horario era complicado, pasaba prácticamente todo el día en la escuela, tenía poco tiempo para estar en casa y la verdad es que no tenía interés por hacerlo. De alguna manera que ya olvidé, hice algunos amigos en clases, cuyos nombres he olvidado, pero que me ayudaban a mantenerme animada y enfocada en lo que sí me gustaba hacer.

Las carencias económicas no tardaron en llegar. Sobre todo cuando un profesor nos pidió un libro en particular para su clase, el cual no podía comprar por falta de dinero. Había que resolverlo, así que convencí a un compañero (casi a la fuerza), de prestarme su libro para sacarle copias. Dadas las circunstancias, estuve buscando trabajo en todos los medios posibles, el horario de la universidad solo me dejaba libres los fines de semana y no aparecían opciones, así que Cris me patrocinó un tiempo los pasajes de la escuela.

Mantuve mi búsqueda hasta que un sábado por la mañana me llamaron a casa para preguntarme si podía llegar en una hora a Polanco, era un trabajo de volantera los sábados y domingos. Lamentablemente por la distancia, no podía llegar en una hora, pero sí en dos, así que se los hice saber. Enseguida me dieron las gracias y quedaron de llamarme nuevamente. Me sentí un poco triste por ese rechazo, pero en la noche me llamaron para citarme a trabajar el domingo. Me dieron la dirección en la que debía presentarme y el nombre de la persona que me recibiría. De alguna manera y gracias a la Guía Roji, llegué al lugar de la cita. Me dieron los bloques de volantes a repartir y me explicaron al público al que estaban dirigidos. También me dijeron las horas que debía trabajar y me llevaron al punto que me correspondía. En la tarde pasaron por mí, les regresé los volantes que no había terminado de entregar y me pagaron, con lo cual estaba feliz otra vez: ya tenía un trabajo y no pensaba soltarlo por el momento.

Autobiografía XXV / Tristeza, ¡ánimo!

 Por Julio

XXV

En 6º semestre hubo un poco de tristeza. Primero porque Bonita se durmió como en un día normal y jamás despertó. Supe la noticia cuando llegué de la escuela y vi su cuerpo tapado. Esta parte ya la había mencionado antes. En segundo lugar porque tenía considerada como una buena amistad o algo así a una chava llamada Emilia, de 4er semestre. Por cierto, es prima de mi amigo Kevin. Me alejé algo de ella, -creo yo- por malos entendidos entre nosotros. Siento que fue culpa de su servilleta. Pero, en fin. A su servilleta le pegó un poco esto. También me separé un poco de los cuates con los que me juntaba y me empecé juntar con otros chavos del salón; buena onda y centrados en la escuela. Al final regresé con el primer grupo con el que me juntaba, pero traté de no perder las nuevas amistades que había hecho.

Cuando me encuentro a Kevin en la actualidad, siempre hablamos de algo interesante. Un día le pregunté sobre su prima Emilia. Me comentó que ya se casó y es mamá. Le deseo lo mejor. En lo personal quisiera verla de nuevo para quedar en buenos términos. Por lo que pasó, baje un poquito de calificaciones. 2 puntos aproximadamente. Un maestro notó esto y le habló a su servilleta en privado. Me dijo: ¿qué es lo que te pasa? Me dije a mi mismo: “tengo que echarle ganas por mis papás y mis hermanos. No quiero ir a los extras”. Le respondí al maestro que le echaría ganas, así que respondí lo que pude y salí bien en el semestre sin reprobar nada. Con decirles que después terminé hasta la licenciatura.

Autobiografía XX / ¿Extraordinario?

 Por Julio

XXIV 

La escuela manejaba las materias del tronco común por separado como química, matemáticas, biología, inglés o ciencias sociales. Es decir, los exámenes se realizaban como si fuera un Ceneval, donde posteriormente publicaban los resultados con el número de control del estudiante como referencia. En el 4º semestre, cuando cursé la materia de matemáticas V (cálculo diferencial e integral), lo hice con el grupo de mecánica automotriz en la tarde.

Como calificación final de dicha materia (para mi tristeza), me faltó una millonésima para pasar con 6. Además, no me había percatado de que no la había acreditado hasta la primera semana del 6º semestre. Así que me pregunté cómo podría acreditar el examen, ¡si era mi primera vez en un extraordinario! En ese momento me acordé de un maestro que daba esa materia en el turno matutino. En un rato del receso, antes de que se terminara el receso, vi al maestro de esa materia. Le pregunté al maestro cómo le podía hacer para acreditarla y él me orientó. También pregunté si podía acreditarla con él y me respondió que me metiera a la clase en el turno de la tarde y pidiera los apuntes para estar al corriente y posteriormente hiciera el examen como un extraordinario en las fechas que diera la escuela, ya que él no aplicaría el examen.

Una cosa que supe después de haber hecho el examen ordinario y que me comentó el maestro, es que pude meterme al salón de la mañana donde se aplicó el examen, porque era el mismo que el extraordinario, pero en fin. ¿Qué más se le puede hacer? Al realizar el extraordinario un mes antes de terminar el semestre, me encontré a otros chavos que responderían el extraordinario de distintas materias: unos responderían 2 exámenes (uno de química y otro de matemáticas), otros uno de biología y otro de ciencias sociales; y otros, como su servilleta, un solo examen. Se me hizo muy sencillo cuando lo respondí. Lo acredité con 8, si mi memoria no falla.


Autobiografía XXVI / En el abismo

Por Juan Francisco

XXVI

Uno aprende a valorarse más cuando se rompe con una relación malsana y dañina. Desprenderse de esa persona que es más un mal, que un bien en tu vida, es una oportunidad de conocerte de nuevo. Si bien es cierto que se viven momentos de felicidad y dicha, lo cierto es que estos se pudren y marchitan con tantos problemas y discusiones. Al concluir con esa etapa uno ya no quiere recordar el pasado y mira el presente con un par de ojos llenos de esperanza.

Tardé cuatro años en reunir el valor necesario para terminar con una relación que en lo personal ya no me ofrecía nada. La mujer con la que enlace mi vida se convirtió en una cadena que me laceraba día con día. Yo era como una pequeña ave enjaulada que se había resignado a esa falsa existencia y que, por fin, había aceptado la inmundicia que merecía. Observaba el cielo, la libertad, tan lejos de mí... Era una dicha que se me había negado y a la que no aspiraría jamás.

Para mi bienestar, me equivoqué. Entendí que yo valía mucho como ser humano; que aspiraba a estar con alguien mejor, o bien, a vivir en paz y tranquilidad conmigo mismo. No necesitaba de ella para encontrar la felicidad.

Con ella viví decenas de momentos de alegría, pero en todos hubo algo que me hizo sentir mal, triste, molesto. Debí terminar con ella desde nuestro primer mes juntos. Sin embargo, no tuve el valor necesario. Terminé con ella más de una docena de veces, pero volvía con ella o ella a mí. Nos amenazamos mutuamente con morir al romper definitivamente. Llegué a creer que ninguna mujer me valoraría como lo hacía ella. Mi autoestima estaba por los suelos. No sé si ella se aprovechó de eso. Lo único que sé a ciencia cierta es que me faltó amor propio, valoración hacia mi persona y deseos de superarme.

Un buen día aproveché que ella quería cursar un semestre en otra entidad para convencerla de que se fuera. Lo único que anhelaba era estar lejos de ella. Me obsesionaba la idea de ser libre, de no tener que rendirle cuentas. Lo había intentado en el pasado, cuando cambié del turno mixto al vespertino y no funcionó. Ella se negó a terminar conmigo. Se empecinó en seguir mis pasos y reprocharme cada una de mis decisiones. Cambié una vez más de turno: pasé del vespertino al matutino con la esperanza de que se alejara de mí. Volví a fracasar. Era como una sombra de la que no sabía cómo deshacerme.

Hasta que me descubrí a mí mismo a través de las prácticas escolares. Fue cuando le puse un alto en muchos aspectos. Gracias a las prácticas comencé a valorar la profesión y mi capacidad como estudiante. En las prácticas yo existía, yo era alguien. Todos me saludaban, me hablaban, me reconocían. Yo era un líder en los grupos de práctica. Tenía un gran potencial que demostré en cada una de las prácticas en las que estuve. Y, sobre todo, me dieron la dicha de apartarme, al menos por algunos momentos, de Brisa.

Autobiografía IV/ La magia

Por Gabriela

IV

La infancia tiene algo mágico pues sin importar de qué se trate, todo es posible. Aquello que para los adultos no es visible, para todo niño está ahí enfrente. Y es que conforme crecemos perdemos la capacidad de ver eso extraordinario que nos rodea. Y a mi parecer, no hay nada más mágico como el día de reyes, esperar con ilusión un juguete.

Aún recuerdo ese año en que yo pedí unos carritos y unos patines en mi carta. También pedí que les trajeran algo a mis papás porque se habían portado bien. Ernesto, Diego y yo pusimos nuestros zapatos con nuestras cartas adentro y también pusimos los zapatos de mis papás. Nos fuimos a dormir, pues hay que dormir para que los Reyes Magos lleguen en la noche a dejarte tus juguetes, para verlos por la mañana. A la mañana siguiente desperté antes que todos para ir al baño y cuando abrí los ojos y vi por la ventana a través de la cortina se deslumbraban tres sombras pasar con una bolsa cada quien y entonces mi asombro y alegría fueron tales que guardé silencio y me cubrí con las cobijas, pues los Reyes Magos estaban en mi casa dejando mis juguetes y los de mis hermanos. No podrían ser otras personas pues mis papás estaban durmiendo, ya que cuando desperté, los vi en su cama durmiendo. Esperé un rato para que se fueran, despertar a todos y decirles que vi a los Reyes Magos.

Las cosas mágicas o extrañas siempre pasan en mi vida. Desde duendes de casa que te esconden las cosas, hasta fantasmas y brujas en la carretera.

Cada vez que visitamos a mis tíos en Tlaxcala, siempre pasa algo interesante en el camino de ida o de regreso. Así el Carmen, es un pueblo que es atravesado por la carretera, donde hay una fábrica si no mal recuerdo donde elaboran cerveza o algo así, pues recuerdo muy bien los grandes tanques. En ese punto a veces parábamos para ponerle agua al carro. Una vez, vimos un par de hombres abrazados entre las penumbras, que se tambalean al caminar. Se veían desaparecer y aparecer más cerca, hasta desaparecer por completo al llegar a la carretera. Era curioso porque no aparecían del otro lado. Creemos que eran dos borrachos que los atropellaron al cruzar. ¿Sabes? Cuando las almas no se dan cuenta que han muerto, se quedan estacionadas en la tierra y es por eso que son fantasmas, porque no saben que ya han muerto.

Con respecto a las brujas, es común verlas volar en la noche como bolas de fuego arriba de los cerros en Hidalgo. Aquí en la ciudad no he visto ninguna, pero eso no quiere decir que aquí no haya. Al contrario, es común que se roben a los bebés que viven por las minas en Iztapalapa y en Tláhuac también. Dicen que los últimos niños que se comieron eran unas gemelas que no habían bautizado y después de 3 días las encontraron en una milpa (en las chinampas); de pie, todas pálidas y con un hoyo en la cabeza pues por ahí te chupan la sangre. Mi bisabuelo contaba que las brujas les sacaban la sangre a los niños para tener qué comer y la cocinaban poniéndola en cajetitos, esas cajitas de madera en las que luego venden cajeta. Mi mamá siempre nos puso las tijeras en forma de cruz bajo la almohada donde dormíamos para que la bruja no nos llevara.