Por Rosario
Ocurrieron tantas cosas por esos días, que olvidé haber sacado un libro de la biblioteca. El cual por cierto, después de varios meses, nunca leí. La cuestión es que al devolverlo me impusieron una multa bastante elevada para esos momentos de mi vida y el colmo era que sin ese pago no podía realizar mi inscripción al nuevo semestre. Por fortuna ese día me acompañó Irais a la escuela, para hacer el trámite y de buena gana aceptó prestarme esos pesos. Los cuales, al día de hoy, todavía le debo, pero me recuerdan que los ángeles existen y que a veces el destino es más grande que nosotros.
Después de haber realizado el pago de mi adeudo y el de la inscripción en las cajas de rectoría, ya tenía la posibilidad de inscribirme al “tercer semestre”. Conviene recordar que inicialmente debía tres materias del primer semestre, las cuales intenté recursar en segundo semestre, pero tampoco las pasé por obvias razones y ahora la única manera de acreditarlas era a través de exámenes extraordinarios. Además de eso, debía otras tres materias de ese último semestre, por fortuna no eran demasiadas seriaciones. En ese escenario, me pude inscribir casi al último momento, quedaban muy pocos grupos y no había gran posibilidad de elegir, por lo que este semestre tuve el turno intermedio.
No recuerdo bien qué más hice durante los días que siguieron, solo tengo muy presente que el primer día de clases desperté muy temprano, me alisté y me encontré con mi papá en la cocina antes de salir. Él, sarcásticamente me preguntó por qué me había caído de la cama y a dónde iba. Le respondí que era mi primer día de regreso a la facultad. Me contestó que esa era la mejor decisión que podía haber tomado.
En la universidad seguía siendo una hormiga más en el hormiguero. No conocía a nadie, tampoco me sentía como pez en el agua, pero daba gracias por regresar al territorio pacífico y conocido. Mi horario era complicado, pasaba prácticamente todo el día en la escuela, tenía poco tiempo para estar en casa y la verdad es que no tenía interés por hacerlo. De alguna manera que ya olvidé, hice algunos amigos en clases, cuyos nombres he olvidado, pero que me ayudaban a mantenerme animada y enfocada en lo que sí me gustaba hacer.
Las carencias económicas no tardaron en llegar. Sobre todo cuando un profesor nos pidió un libro en particular para su clase, el cual no podía comprar por falta de dinero. Había que resolverlo, así que convencí a un compañero (casi a la fuerza), de prestarme su libro para sacarle copias. Dadas las circunstancias, estuve buscando trabajo en todos los medios posibles, el horario de la universidad solo me dejaba libres los fines de semana y no aparecían opciones, así que Cris me patrocinó un tiempo los pasajes de la escuela.
Mantuve mi búsqueda hasta que un sábado por la mañana me llamaron a casa para preguntarme si podía llegar en una hora a Polanco, era un trabajo de volantera los sábados y domingos. Lamentablemente por la distancia, no podía llegar en una hora, pero sí en dos, así que se los hice saber. Enseguida me dieron las gracias y quedaron de llamarme nuevamente. Me sentí un poco triste por ese rechazo, pero en la noche me llamaron para citarme a trabajar el domingo. Me dieron la dirección en la que debía presentarme y el nombre de la persona que me recibiría. De alguna manera y gracias a la Guía Roji, llegué al lugar de la cita. Me dieron los bloques de volantes a repartir y me explicaron al público al que estaban dirigidos. También me dijeron las horas que debía trabajar y me llevaron al punto que me correspondía. En la tarde pasaron por mí, les regresé los volantes que no había terminado de entregar y me pagaron, con lo cual estaba feliz otra vez: ya tenía un trabajo y no pensaba soltarlo por el momento.