Por Juan Francisco
XII
La “Maga” es el mismo apodo que usa Julio Cortázar para nombrar a uno de los personajes que están presentes en su obra Rayuela. Es una coincidencia que me gusté la obra de Cortázar y también que la “Maga” jugará un papel importante en la novela de mi vida.
Conocí a la Maga a los dieciséis años. Me enamoré de ella a primera vista, (hoy en día sé que eso no es posible). Me fijé en ella porque su belleza era radiante y misteriosa. Pero la única verdad en todo esto, es que terminé en una relación con ella porque me sentía solo. Más aún, sentía la necesidad de estar con alguien para sentir que yo existía. Por eso comencé un ritual de enamoramiento que resultó exitoso para ambos: la convencí de mi amor y ella se convenció de que debía darme una oportunidad.
Ella comenzó a platicar con “Moe” sobre cuestiones que me eran ajenas. Lo primero que me atrajo de ella fue esa libertad y rebeldía para hablar. Las palabras salían de sus labios con cierta tonalidad que me resultaba melodiosa. Aquellos labios eran delgados y delicados. Su boca pequeña y de color violeta. Las facciones de su rostro eran finas: la nariz respingada y pequeña, ojos de color café oscuro y el cabello largo y lacio; de color negro con rayas moradas.
Estaba sentada en las escaleras que daban al cuartel general de los orientadores. Usaba una sudadera de color verde agua con capucha. Tenía puesta la capucha, lo cual le daba un aire más tierno. Habló con “Moe” por varios minutos. Después “Moe” le explicó qué hacíamos ahí y me presentó. En ese momento pude acercarme un poco más a ella. Su aroma era dulce, ¡tan embriagante! Sus ojos se cruzaron directamente con los míos. Estaba nervioso y no lo podía ocultar. Dejó de verme y centró su atención en “Moe”. La seguí mirando sin que ella se diera cuenta. Al menos eso creí. Charlaron un poco más y después nos despedimos.
Caminé con “Moe” en dirección al puesto de tortas que había a una cuadra. Era nuestra hora de salida del servicio social; tendríamos el tiempo suficiente para descansar y comer. Aproveché el camino para preguntarle a “Moe” porqué le decía “Huevo”. Me contó que la “Maga” realizó una fiesta en su casa. Invitó a todos sus compañeros de la secundaria. “Moe” bebió tanto que vomitó en su sala. El resultado fue una plasta de botanas y alcohol que tenían el color y aroma de un huevo podrido. Desde ese momento, ella lo apodó “Huevo”. Una anécdota simple que escuché con mucha atención. Deseaba conocer más sobre la Maga.
Mientras degustamos cada uno su propia torta, una idea, mejor dicho, una sensación iba tomando fuerza en mi interior. Esa sensación pronto se transformó en un sentimiento que me arrebató la poca tranquilidad que tenía en esa etapa de mi vida.
Volvimos a ver a la Maga un par de veces en los pasillos de la vocacional. Estudiaba en la misma área que nosotros: procesos industriales. Era bastante popular en el turno matutino y pertenecía al grupo musical de la vocacional. Le gustaba cantar y tocar la guitarra. En ambas actividades era muy buena.
La tercera vez que nos encontramos fue en los laboratorios. “Moe” no estaba conmigo. Platicamos un buen rato hasta que ella entró a su clase. Fue la primera vez que pude hablar con ella a solas. Su risa, al igual que la primera vez que la conocí, me robó el aliento. Me gustaba demasiado. Por eso decidí dar un paso atrás. Tenía que tomar una decisión. Continuar y soportar ese fuego que crecía día con día, o expresarle mi sentir hacia su persona y huir. Al cabo de un par de semanas tomé la peor decisión, la número tres: huir y dejar tras de mí una carta que yo no le entregaría nunca.
Pero esa carta se entregó y ella encontró la forma de sacarme de mi escondite.