05 mayo, 2021

XII / La Maga

 Por Juan Francisco

XII

La “Maga” es el mismo apodo que usa Julio Cortázar para nombrar a uno de los personajes que están presentes en su obra Rayuela. Es una coincidencia que me gusté la obra de Cortázar y también que la “Maga” jugará un papel importante en la novela de mi vida.

Conocí a la Maga a los dieciséis años. Me enamoré de ella a primera vista, (hoy en día sé que eso no es posible). Me fijé en ella porque su belleza era radiante y misteriosa. Pero la única verdad en todo esto, es que terminé en una relación con ella porque me sentía solo. Más aún, sentía la necesidad de estar con alguien para sentir que yo existía. Por eso comencé un ritual de enamoramiento que resultó exitoso para ambos: la convencí de mi amor y ella se convenció de que debía darme una oportunidad.

Ella comenzó a platicar con “Moe” sobre cuestiones que me eran ajenas. Lo primero que me atrajo de ella fue esa libertad y rebeldía para hablar. Las palabras salían de sus labios con cierta tonalidad que me resultaba melodiosa. Aquellos labios eran delgados y delicados. Su boca pequeña y de color violeta. Las facciones de su rostro eran finas: la nariz respingada y pequeña, ojos de color café oscuro y el cabello largo y lacio; de color negro con rayas moradas.

Estaba sentada en las escaleras que daban al cuartel general de los orientadores. Usaba una sudadera de color verde agua con capucha. Tenía puesta la capucha, lo cual le daba un aire más tierno. Habló con “Moe” por varios minutos. Después “Moe” le explicó qué hacíamos ahí y me presentó. En ese momento pude acercarme un poco más a ella. Su aroma era dulce, ¡tan embriagante! Sus ojos se cruzaron directamente con los míos. Estaba nervioso y no lo podía ocultar. Dejó de verme y centró su atención en “Moe”. La seguí mirando sin que ella se diera cuenta. Al menos eso creí. Charlaron un poco más y después nos despedimos.

Caminé con “Moe” en dirección al puesto de tortas que había a una cuadra. Era nuestra hora de salida del servicio social; tendríamos el tiempo suficiente para descansar y comer. Aproveché el camino para preguntarle a “Moe” porqué le decía “Huevo”. Me contó que la “Maga” realizó una fiesta en su casa. Invitó a todos sus compañeros de la secundaria. “Moe” bebió tanto que vomitó en su sala. El resultado fue una plasta de botanas y alcohol que tenían el color y aroma de un huevo podrido. Desde ese momento, ella lo apodó “Huevo”. Una anécdota simple que escuché con mucha atención. Deseaba conocer más sobre la Maga.

Mientras degustamos cada uno su propia torta, una idea, mejor dicho, una sensación iba tomando fuerza en mi interior. Esa sensación pronto se transformó en un sentimiento que me arrebató la poca tranquilidad que tenía en esa etapa de mi vida.

Volvimos a ver a la Maga un par de veces en los pasillos de la vocacional. Estudiaba en la misma área que nosotros: procesos industriales. Era bastante popular en el turno matutino y pertenecía al grupo musical de la vocacional. Le gustaba cantar y tocar la guitarra. En ambas actividades era muy buena.

La tercera vez que nos encontramos fue en los laboratorios. “Moe” no estaba conmigo. Platicamos un buen rato hasta que ella entró a su clase. Fue la primera vez que pude hablar con ella a solas. Su risa, al igual que la primera vez que la conocí, me robó el aliento. Me gustaba demasiado. Por eso decidí dar un paso atrás. Tenía que tomar una decisión. Continuar y soportar ese fuego que crecía día con día, o expresarle mi sentir hacia su persona y huir. Al cabo de un par de semanas tomé la peor decisión, la número tres: huir y dejar tras de mí una carta que yo no le entregaría nunca.

Pero esa carta se entregó y ella encontró la forma de sacarme de mi escondite.

VII / Insomnio

 Por Estela

VII

Mi hermana cada vez dejaba de jugar más conmigo y prefería grabar en un cassette las canciones que pasaban en la radio; ya no le llamaban la atención las muñecas. Fue en ese periodo que sufrí de insomnio por primera vez. Desde bebé (según cuenta mi madre), se me ha dificultado conciliar el sueño. Recuerdo estar recostada en mi cama. Las luces de la casa recién se habían apagado, igual que el ruido. Me invadió una sensación de soledad y le pedí a mi mamá que me leyera un cuento. Ella se negó. Volví a insistir y quien me contestó fue mi padre con una voz molesta: -¡Ya duérmete! Seguida de una sugerencia de mi mamá: -¡Cuenta borreguitos, si no puedes dormir!

Entendí que no vendrían a leerme o contarme un cuento. Me asomé a la cama de mi hermana; ya dormía desde hace mucho tiempo antes. Clavé la mirada al techo. Empecé contando los borregos que saltaban una cerca imaginaria, pero se me olvidaba la continuación y volvía a empezar; sentí como caía en un hoyo que bien pudo ser un túnel vertical. En el transcurso de mi caída se escuchaba una voz diciendo mi nombre: -”Estela, Estela, Estela”. Tenía un timbre dulce y melodioso. Cuando llegaba al fondo, podía ver una silueta en la parte superior viéndome, esa silueta era yo viéndome recostada en mi cama. Me asusté y me tapé con las cobijas y esperé a dormirme.

Nunca se lo conté a mi familia. Pero toda una semana fue lo mismo. Mi mamá me prohibió hacer siestas en la tarde, ver el programa de Carlos Trejo, y me puso un horario para dormir antes de las 21;00 hrs.

VI/ Cambios

 Por Estela

VI

A los 7 años entré a la primaria. Una diferente a la que asistía mi hermana y en el horario de la mañana. Mi mamá trató de mover a Ana a la primaria Francisco I Madero, pero como respuesta solo obtuvo un cambio de turno en la misma primaria Leyes de Reforma. Así que la rutina cambió: todos desayunábamos juntos. Al principio apretados en la barra de la cocina; después en un escritorio viejo que usábamos de mesa. Recuerdo que era una carrera silenciosa para ganar el único hueco donde podías estirar tus piernas. A las 7:00a.m salíamos de la casa, caminábamos justo por aproximadamente 8 cuadras; después nos separabamos. Mamá llevaba a Ana a la primaria y mi papá a mí, porque le quedaba de paso para ir a su trabajo. Los primeros 3 años se aseguraba de que entrara a la escuela, después me dejaba 1 cuadra antes, luego 2 y así cada vez más alejado de la escuela. Creo que tenía ganas de que creciera rápido.

Mis amigos del Kinder ya no estaban. Los primeros meses estaba sola en el recreo, hasta que en una excursión a la Ciudad de los niños conocí a Karla. Se suponía que iría con mis primas, pero después del segundo juego me perdí. Me senté en los bancos donde estaba una niña de pelo lacio. Esperaba ver si las encontraba y así entrar a la pizzería. Un niño grande, -de la edad de mi prima- dijo : -Oye, ¿eres la hermana de Gaby? Te está buscando. Mientras me hablaba sostenía de la mano a su hermano, que identifique como compañero mío. -“Espérala aquí, voy a decirle”. Y me dejó con su hermanito.

-Me llamo Víctor, ¿y tú? No me acuerdo que contesté, si Estela o María Estela o fui yo la causante que hasta la fecha se siga refiriendo a mí como Blanca Estela.

-¿Y tú? Le preguntó a la otra niña.

- Karla.- Contestó ella. Ese intercambio de palabras nos dio la confianza para seguir entrando a los juegos los 3 juntos. Y también fue un pacto para que Karla y yo fuéramos amigas toda la primaria.

Mamá comenzó a trabajar. El primer año me iba con Gaby y Lau a su casa; ahí llegaba Ana minutos después. Y por la noche pasaba mi mamá por nosotras. En el segundo año de la primaria, mis papás creyeron que Ana era lo bastante grande para tener las llaves de la casa. Entonces caminaba con Víctor y su hermano para encontrar a Ana en el camino, ya que ellos vivían a unas cuadras de nosotras. De camino a casa, 2 niños que eran vecinos de Víctor y compañeros de mi hermana, nos molestaban aventando piedras, empujándonos. Creo que para llamar la atención de mi hermana. Aunque mi amigo y su hermano trataban de defendernos, no se salvaban de patadas, empujones y bufas. Hasta que un día, mi mamá no fue a trabajar, por lo que fue por nosotras. Primero pasó por mí y esperamos a Ana. En cuanto vimos a esos 2 niños, todos nosotros le hicimos saber a mi mamá que nos molestaban en múltiples ocasiones. Recuerdo muy bien ese momento: no vi la cara de mi mamá, pero quizás tenía el ceño fruncido y sus ojos amenazantes. Se dirigió a ellos diciendo: -¿Ustedes están molestando a mis hijas y a sus amigos? El más cobarde huyó y el otro tartamudeando decía que no. -Si mis hijas me vuelven a decir que las siguen molestando, voy a hablar con sus mamás. Desde ese día podíamos caminar en paz.

V / Cuarteto G.A.E.L.

 Por Estela

V

De todos mis primos, las más cercanas fueron Gabriela y Laura. Nos juntamos porque compartíamos edades. La mayor era Gaby; seguía mi hermana Ana, luego yo y Lau por 4 meses de diferencia, era la más chica. A veces jugábamos a las muñecas, cada una tenía 1 o 2 muñecas y solo había 1 muñeco Ken para todas las Barbies. Ellas ponían un set de pizzería y un carro rosa y nosotras 1 cama y un comedor, ambos de madera; también les confeccionábamos ropas con calcetines rotos o trozos de tela.

Otras ocasiones hacíamos casas de campaña con sillas, cobijas y cojines. Otros días veíamos películas rentadas o compradas; también, planeábamos nuestras propias celebraciones sociales. Como la vez que bautizamos a un conejo; mis primas eran las mamás y Ana y yo éramos las madrinas, el acto fue mojar un poco la cabeza al conejo, luego celebramos con agua de sabor y palomitas.

Juntas no le teníamos miedo a nada; creo que por eso, hacer travesuras era muy fácil. La mayor travesura, fue un día que de camino a la tienda nos encontramos con una casa rodante abierta. Por nuestro sentido de investigadoras y curiosas nos adentramos al lugar, lo poco que recuerdo es que por todos lados había jeringas abiertas y ligas que se colocan en el brazo para sacar sangre, el lugar estaba desordenado. En ese entonces y por nuestra inocencia llegamos a la conclusión que era una clínica-casa rodante. Con el tiempo nos dimos cuenta de que corrimos con suerte de que no hubiera alguien. Si no, la historia sería diferente. La casa rodante era habitada por personas drogadictas.