22 octubre, 2020

El mundo que no existe

Por Juan Francisco


En un mundo sin dinero, no hay guerras

Ya no son necesarias.

La gente arregla sus asuntos a palabras

Que ya no necesitan ser contrarias.

 

En un mundo sin dinero no hay desempleo

La gente trabaja por gusto,

No son más esclavos del dinero,

Son más bien amantes de lo justo.

 

En un mundo sin dinero no hay clases sociales,

Todos son lo bastante iguales.

Amigos unos de otros, todos cuates y carnales,

Incluso los queridos animales.

 

En un mundo sin dinero las personas son felices.

No es necesario usar máscara

Ni cantar canciones tristes

En un mundo así,  la vida ya no es cara.

 

En un mundo sin dinero, ojala pueda vivir

Así podría saber de verdad, que es sentir

La libertad de elegir a donde ir

Y escuchar por una vez a mi corazón latir.




Ensoñación


Por Juan Francisco

Un niño, allá en lo alto de los montes del sur, paseaba un rebaño de ovejas. Iba con unas sandalias de cuero que le había hecho su padre y con un sombrero de paja que le había regalado su madre.

Llevaba un buen rato caminando junto con el rebaño. Le gustaba ver a las ovejas pastar por los montes. Sobre todo, le gustaba el ruido que hacían cuando se encontraban unas con otras.

El niño se tiró sobre la hierba y miró el cielo. Estaba azul, con algunas nubes como ovejas. Se imaginó paseando a esas ovejas de los cielos. Allá arriba la tierra era azul e inmensa. Sería maravilloso, pensó.

Sus ojos se le fueron cerrando poco a poco. Estaba cansando. La melodía de las ovejas lo fue arrullando poco a poco hasta que se quedó profundamente dormido. Lo último que alcanzó a ver fue a una inquieta nube que saltaba en lo alto.

Abrió sus ojos y se desarrugó el traje. Había soñado con su infancia, con esos momentos de paz, de tranquilidad en el campo.

Se levantó y se dirigió al balcón. Miró hacía arriba y sus ojos se encontraron de nuevo con esas nubes con formas que ovejas que paseaban por aquellas tierras azuladas.

Una puerta se abrió a sus espaldas.

–Señor presidente, Juárez –dijo un funcionario que entró a su despacho–, lo esperan en la sala de reuniones.

Benito le dio las gracias y el funcionario se marchó. Se giró y miró de nuevo al cielo. Cerró los ojos. Aquella melodía de las ovejas y el aroma de la hierba aún permanecían en su memoria.




Un millón inesperado

 

Por Juan Francisco

Un buen día, cuando se habían cumplido tres meses desde que perdí mi trabajo, la suerte llegó a mi puerta de la manera en que menos lo esperaba.

Mis ahorros se habían evaporado y me encontraba sin un centavo. Por lo que me había enfocado al máximo en buscar algún empleo que sanara mis finanzas. Por desgracia, mis esfuerzos fueron en vano. Hasta que llegó aquel día y aquella herencia. Una herencia inesperada y trágica.

Un tipo tocó a la puerta de mi casa. Le abrí con cierto recelo. Me dijo que era el licenciado Ramírez. Tenía la intención de informarme de dos hechos de suma importancia. Por un lado, me informó que yo era el beneficiario de una herencia por un millón de pesos. Cantidad que pasaría a mis manos, después de los trámites necesarios. Pero, el origen de ese dinero provenía de la muerte de mi madre.

Tenía al menos cinco años que no sabía nada de ella. Un día discutimos y dejamos de hablarnos. No supe más de ella; menos cuando me fui a vivir a otra entidad. La primera noticia que tenía de mi madre en años, era la que menos esperaba.

La noticia me partió el corazón. No pude evitar llorar frente al licenciado Ramírez. Éste se disculpó por darme tan mala noticia; me entregó su tarjeta para contactarlo y se marchó.

Entré a mi casa tratando de creer que aquello era una pesadilla. Pero al sentarme en la sala no pude hacer otra cosa que resignarme y dar por cierta, la muerte de mi madre. Para mí el dinero ya no significaba nada: ni siquiera un millón. Lo que había perdido valía más que todo el dinero del mundo.