30 marzo, 2021

IV / Los gemelos

 Por Julio César

IV

Cuando nacieron mis 2 hermanos los más chicos, fueron una gran bendición, porque nacieron 1 año y 2 meses después de Carolina, por partida doble, estaban de oferta en el cielo: Erick y Daniela. Un dato interesante es por parte de la familia de mi mamá, se tiene disposición genética para que nazcan gemelos y/o cuates, por lo general se saltan una generación. Es decir, si algún abuelo hubiera tenido un gemelo, algún nieto va a tener gemelos o cuates, se tiene bien documentado. Retomando la historia, mi mamá pensó que no le tocaría la oferta del 2x1, porque a una tía le había tocado, pero al parecer hubo una excepción. Erick y Daniela nacieron bien y sanos en el sanatorio al cual llamaremos “Las Rosas”, el cual, hoy en día es una casa hogar para viejitos sin fines de lucro que se encuentra ubicado en el local contiguo de una iglesia católica. La casa hogar la construyó una Asociación Civil con apoyo de la iglesia católica, la sociedad en general y el apoyo del gobierno municipal. La administra la asociación civil, pero eso es otra historia. 

Mi papá estuvo presente para poder llevar a mi mamá al sanatorio y traerlos de vuelta a casa. Mis 3 hermanos son muy  unidos por la corta diferencia de años  que se llevan entre sí.

II / La fiesta

 Por Julio César

II. LA FIESTA




Con el paso del tiempo, 4 años para ser exactos, cuando no se tenía mucha tecnología y se salía con los cuates de la cuadra para jugar al fútbol, canicas y a los carritos sin problemas, no había mucho que ver en tv; en una tarde-noche del mes de enero se me hizo una fiesta de cumpleaños en la que sólo se había invitado a la familia más cercana y a los compadres. Algo que no podía fallar y suele suceder casi siempre en las fiestas, son los “colados”. Uno de los vecinitos con los que me juntaba se enteró de la fiesta y les avisó a los demás niños de la cuadra y todos llegaron de improviso. ¡La sorpresa de todos al
ver tanto chamaco que llegó! Se compraron cosas extras como: refrescos, algunos dulces económicos, 
un pastel extra, platos y cucharas desechables; se improvisaron juegos para los colados, por cierto, no 
llevaron regalos. Una tía se la rifó porque se puso a jugar con 10 chamacos. los mantuvo entretenidos 
con: juegos de las canicas, las escondidillas, póngale la cola al burro, vendarle los ojos a alguien y 
lograr atrapar a los otros chamacos. Pero su sonrisa no cayó, por cierto, hay una foto del recuento de los 
hechos.

Fue un buen convivio: fue divertido y con sana diversión hasta donde se puede recordar. En estos tiempos de Covid-19 e inseguridad es muy complicado hacer un convivio y eso sin contar la música que ponen es algo desagradable, por ejemplo, los corridos o de género urbano, donde muchas veces las letras de las canciones, se encuentran subidas de tono para un niño.

Autobiografía II / Haciendo de jardines, cuentos de hadas

Por Montserrat

II


Con quién estás, pero también con quien no estás. Esto lo digo por el pequeño detalle de mi miedo a la soledad. Cuando niña, siempre estuve acompañada hasta que llegué a lo que algunos pequeños lo conocen como “prisión”. En mi mente hay un recuerdo nublado conmigo siendo dirigida hacia adelante de un gran número de personitas, todas ellas vestidas con un singular color amarillo, pero yo podría jurar que era gris -y tal vez sí lo era-. Recuerdo esa línea amarilla que jamás se debía cruzar. Después, un llanto incontrolable de mi parte y todos me miraban, incluso aquel pequeño grupo marchando al centro. Ahora se entiende lo de imprudente: pero por lo menos no crucé la línea amarilla. Fue algo que me inculcaron: “No hagas esto, es malo”. Creo que cuando se es niño, todo es malo y no hay suficientes explicaciones. La opresión se encontraba en casa. Sólo hasta que crecí hice exactamente lo que me prohibieron hacer. Y puedo decir que no comí un hot cake con mantequilla hasta que llegué a la casi adultez, o que no tuve un amigo hombre hasta la adolescencia. Ese par de cosas y más, estaban mal, o por lo menos, eso decían mis tías., El punto es que no crucé la línea, ni siquiera para alcanzarla. En ese momento yo la odié. Yo le gritaba que no se fuera, pero no me hacía caso. Ella, la “mujer del chongo” o mejor conocida como mi tía Mari o como yo la llamo: Mary. Ella en realidad no se fue, ella era quien mantenía el lugar limpio; pero incluso estando ahí, yo me encontré sola en alguna ocasión.

Conocí a mi primera maestra: Alejandra. Si he de confesar algo, es que yo la veía como la maestra Miel. Ya saben: esa linda señorita que comprendía a sus alumnos, la heroína. Pero así como había una maestra Miel, había una Tronchatoro. Sin llegar a la violencia, pero sí intimidante: con su voz grave y esa forma de vestir tan tétrica, nada que ver con su nombre: Alicia.

A veces me asustaba la idea de que estuviera observando desde un lugar secreto como ella misma dijo alguna vez. No sé cuánto tiempo pasó hasta acostumbrarme, para dejar de pensar que el lugar al que los mayores llaman “kinder” era un lugar horrible. Todavía puedo recordar mi felicidad al llegar al jardín todas las mañanas. Cada día era una aventura nueva, muy lejos de casa; bajar del transporte público y caminar por esa calle todavía empedrada, un tramo muy largo que en ocasiones se acortaba por un peculiar transporte: bicitaxi, le llamaban. ¿Lo conocen? Un transporte pequeño, pero que yo adoraba. No puedo explicar lo feliz que era viajando en ellos: cantaba, saltaba, miraba hacia afuera, esa era una de mis partes favoritas.

Lo siguiente era abrir la gran puerta del jardín, siempre fuimos las primeras en entrar y las últimas en salir. El aire era frío todo el tiempo, con diversos olores mezclándose en él. Frente a esa puerta, un puñado de llaves que Mary sacaba de su bolsa, quitaba el candado y las pesadas cadenas. Una rutina repetitiva, pero mi favorita: ella se preparaba con su uniforme (demasiado tierno, como yo la veía en ese entonces) y tomaba sus instrumentos de limpieza. Ahora soy un poco perezosa para ayudarle siquiera a levantar un lápiz, pero en ese entonces, yo con mi seguridad de niña, acomodaba cada salón, limpiaba las mesas y sillitas. La verdad, recordando esto, no puedo creer que yo tan pequeña fuera tan productiva. Pero no todo era aseo, recuerdo que al terminar, yo solía observar el agua caliente mezclarse con el café, buscar entre los frascos de crema para después agregarla y encontrar ese olor que tanto amaba cuando se unía al café, incluso ahora busco ese olor, pero ya no es igual, sólo tengo recuerdos muy dulces de ese tiempo.

Tuve amigas con las que teníamos esas pláticas que sólo niñas de esa edad tienen. Pero al final del día, ellas se iban y yo me quedaba. Ellas esperaban en el salón a sus padres con sus mochilas listas, mientras yo me escapaba sin nada cuando todos se iban. Tenía que buscar algo qué hacer, pero no era difícil, era el mundo que yo misma creé, haciendo cuentas.

Habían siete jardineras, una muy diferente a la otra. Lo confieso: comparé cada jardinera con cada maestra. La más colorida, era la maestra más simpática; la de pocos colores, pero muchas flores, era mi maestra Alejandra; la oscura y con espinas era la maestra Alicia… Algo curioso es que esas jardineras justo estaban frente a los salones de cada maestra, y cuando hablo del mundo que creé, me refiero a que hice de cada jardinera, una habitación. La del fondo era la recámara, porque era donde más caían los rayos del sol y donde había más llantas coloreadas (la llanta más grande, era la cama); la siguiente jardinera que era la más oscura, era la sala. ¿Por qué? La verdad no lo sé. Quizá porque no pasaba tiempo en ella. La siguiente era la cocina y la de a lado, muy pequeña, era el jardín.

Cada día al quedarse solo el lugar, yo iba a jugar a mi casita. Si me preguntan por mi cuarto favorito, siempre fue la recámara. Era mi mundito: yo sola, recorriendo cada espacio que notaba más al estar solitario, que ya no daba miedo por las leyendas inventadas por niños traviesos o por aquella Alicia que no veía el país de las maravillas. Nunca me cansé de ese lugar o extrañé a alguien. Incluso, creo que ni siquiera podían ver lo que yo. No sólo curiosa, también con mucha imaginación. Caminando por el estrecho pasillo de cemento, dirigiéndome hacia atrás de las aulas, donde visualmente ya no es tan bello, me detenía antes de que el césped se perdiera y mi rodilla derecha tocaba el piso, para que así mi mano izquierda tocara la roca más grande de mi jardín y la mano contraria tocara un delgado árbol. Imaginaba las mariposas detrás de mí, emprendiendo el vuelo, justo así lo recreaba. Recreaba esa escena de la película Pocahontas de Disney, al mismo tiempo que cantaba ese fragmento de la canción. ¿Han visto esa película? La protagonista le mostraba a John Smith lo que realmente es importante: cómo todo está vivo, y creo que inconscientemente yo ya lo entendía.

Dicen que cada día es una nueva aventura, para mí, a pesar de ser rutinario, así lo fue. Pero una aventurera, no siempre está sola. Alguna vez hubo un campamento. Y pude ver de noche mi casita, un panorama que no conocía. Recuerdo el fuego, los bombones y las salchichas asándose, el tazón de éstas últimas terminadas por mí; la búsqueda de tesoros enterrados, niños escarbando. Mi llanto al no encontrar nada, pero alguna cara desconocida me regaló parte de su tesoro. Era muy feliz, aunque de nuevo esas leyendas me atormentaron: brujas detrás de las puertas, gorilas tras los salones…

Otro día, una aventura marina, con varias tinas con agua. Me recuerdo corriendo de la mano de mi madrina Ana, o como le llamé alguna vez, mi hada madrina. No sólo era un hada, exacto, también era quien gobernaba. Globos llenos de agua y el sol contrastando con la temperatura del agua. Recuerdo esa sensación de flotar al entrar a una tina, mis sandalias haciendo ruido y al entrar al agua, convertirme en una sirena. Pero como todos los días, llegaba la vuelta a casa, no podía quedarme por siempre.

Un día de esos solitarios, dormí en uno de los salones sin uso. Cuando desperté, estaba sola, creo que eso fue la gran causa para un miedo futuro. Las princesas son abandonadas por madrastras malas, pero en mi caso, no era mi madrastra, es mi tía y mucho menos es mala. Incluso sabiendo eso, lloré porque me había dejado aprovechando mis sueño. Salí de lo que ahora veía como un calabozo, pero entonces la conocí: Belén, “la princesa heroína”. Casualmente ella estudiaba en la primaria de enfrente, pero su madre era la encargada de llevar alimentos a mis maestras, así que también pasaba sus tardes en el kinder. Es extraño que jamás noté su existencia hasta ese día, el día que me salvó. Ella sí lo recordaba, pero yo no.

Recuerdo, en cambio, lo que sucedió después: una imagen de dos niñas entrando al salón de la maestra Lulú para limpiarlo, con sus lindas figuras, carritos, casitas… Le mostré mi casita y pasábamos la tarde juntas. Ella sólo un lustro mayor que yo, pero no se tenían que llenar esos años, no era necesario, pues yo fui muy feliz, aun más que con las niñas de mi edad.

Un buen día llegó un acuerdo para ya no estar sola en la inmensidad de kinder: me despedí de mi casita y ahora cada tarde me iba con Belén a su casa mientras Mary terminaba su deber. Calles llenas de tierra, casas de diferentes estilos, una casita donde vivían los siete enanos. Belén me enseñó un árbol frente a su escuela, pequeño, pero inolvidable, ya que detrás de él habitaban catarinas, presagio de la buena suerte según otra cultura. Entonces me volví una exploradora buscando catarinas: rojas, azules... Quería llevarlas a casa, pero podrían perderse en el camino, sólo las tomaba sobre mi dedo para después dejarlas ir. Observaba las diversas especies de árboles. Mi favorito era uno a cinco casas de la suya, con flores rojas que dejaban ese pigmento en las manos, rodeado por abejas y una que otra mariposa, pero nunca catarinas. Escribiendo esto me doy cuenta que más que el destino, es el camino lo que aprecié, lo que observé, lo que me hacía infinitamente feliz. Cada detalle, cada color, cada olor impregnado en ese escenario, algo que justamente es la vida. Aunque también era maravilloso llegar.

Llegábamos a su casa y al traspasar el oscuro portal, llegaba un olor hogareño y la calidez de su hogar, una vista contrastante a la fachada, lugares de cristal a los que nunca entré, un pequeño castillo donde servían el más delicioso manjar, olor a crema de elote y chocolate con plátano. Las escaleras nos llevaron a la habitación rosa. Inevitable cruzar por la habitación desordenada, pero con una extraña organización: zapatos de época, un tocador y esa pintura que no olvidaré jamás: oscura, como toda la habitación, donde los reyes posaban elegantemente. La cortina blanca separaba la oscuridad de la luz que emanaba el cuarto de Belén: muñecas, joyas, la habitación de una princesa.

II / Fechas especiales, travesuras especiales

 Por Jimena Morales

II. Fechas especiales, travesuras especiales


La fortuna de tener y ser hermana de una niña asmática, era algo espectacularmente fuera de serie, ya que las cosas tan básicas que gozaban o les permitían hacer a las otras niñas o niños, para Mari y para mí, era una especie de fortunas conjugadas con castigos. Claro, cuando mi mamá, mi tía Emma o algún familiar nos agarraban en plena movida.

El día dos de noviembre, fecha en que se festeja a los Fieles Difuntos, para nosotras era una aventura y un plan que teníamos. El mismo que debía salir bien, para no caer en las trampas de los castigos, porqué ahí sí: no importaba si estábamos en lo privado o en lo público: no nos salvábamos de las miradas que ya se sentían como regaño. Mi mamá y mi tía, con una mirada nos controlaban y si llegaban a torcer la mejilla o a levantar una ceja, era señal de que nos esperaba castigo y chancliza segura.
El dos de noviembre, el único que no nos decía nada era el tío Pecho Fierro (ya les había contado de él). Él sabía que con el dinero que nos daba siempre comprábamos cosas, así que ese día sabíamos que él nos iba a llevar a los puestos que se instalaban afuera y a lo largo del panteón.

Mari pedía una cajeta y juegos de canicas y yo me esperaba a llegar al puesto de chucho secos que es un pan duro, cubierto de azúcar color rojo, que cuando lo mordías sentías que los dientes se te rompían, pero con un sabor muy rico. Yo pedía tres panes: uno me lo comía ahí y dos más, eran para sumergirlos en el café de la noche que me tomaría a lado del fogón.

Todo marchaba bien: Tío Pecho Fierro ya nos había comprado chucherías y nos había dado un vuelto a las dos y ya habíamos ubicado al señor de las nieves. Entonces la misión era comprarnos una nieve de fresa. Así, que nos alejamos de los ojos de mi mamá y de mi tía.

Volvimos a recorrer los puestos hasta encontrar al señor de las nieves y le compramos dos de sabor fresa, una para cada una. Cuando las tuvimos en nuestras manos, nos fuimos a sentar al descanso del panteón, ahí donde ponen a los muertitos. Mari y yo disfrutamos nuestras nieves de fresa y una vez terminadas, rezábamos para que a Mari no le hiciera daño por el asma.

Sin embargo, ese día el plan no salió como esperábamos: por la tarde cuando llegamos a la casa yo me sentí mal, me dio fiebre y tos; yo le dije a mi mamá que era por el chucho seco, pero no me creyó. Así que fue a casa de mi abuelita a preguntarle a Mari que si habíamos comido algo frío que no debíamos, Mari dijo que nada, pero mi mamá dijo que Dios nos castigaría por mentirosas.

Al día siguiente, yo seguía aún enferma. Por la mañana Mari llegó a la casa de la mano de mi abuelita y cómo me vio enferma le contó a mi mamá de la nieve. Mi mamá levantó la ceja, torció la boca, se puso la mano en la cintura, se pasó la otra mano en el cabello, se agachó y desde ahí, salió la chancla voladora hacia mi personita. Mari lloraba y yo corría por el patio para que mi mamá no me alcanzara.


Mi mamá me alcanzó porque la fiebre había causado mucha debilidad en mí. Recuerdo que me tocaron tres chanclazos y dos a Mari. Definitivamente, el plan no salió como pensábamos, pero lo que sí sabíamos, es que Dios nos había castigado por comprarle a otro señor de las nieves y no al de siempre y que las nieves estaban caducas y por eso me enfermé, ya que antes no nos habían hecho mal las nieves.