11 enero, 2022

Autobiografía XLI/ Revalorando la profesión

 Por Juan Francisco

XLI

Al egresar de la carrera, albergaba demasiadas dudas e inseguridades sobre mi papel en el mundo laboral. El pesimismo era un tatuaje que se había marcado en mi piel desde mis primeros semestres. Tuve que experimentar en el CIJ para despertar de aquel letargo. La parsimonia que se adhirió a mi vida después de mis éxitos y fracasos en el CIJ me ayudó a valorar la profesión. Una revaloración producto del agradecimiento de los pacientes, de los niños, adolescentes y jóvenes que conocí.

Como trabajador social me es imposible ser indiferente ante las desigualdades y desgracias que invaden al mundo. Aunque también como trabajador social estoy consciente de las limitantes para lograr un cambio profundo y verdadero.

A los de arriba les importa un comino lo que pasé con los de abajo. A los de abajo les da lo mismo lo que pasé con los demás. Y los que están en medio hacen hasta lo imposible para evitar a los de abajo; desean codearse con los de arriba. Lo que no entienden los de en medio es que a los de arriba les molesta ese patético sentimiento de superación producto de un moldeamiento inteligible.

Crecemos con esa idea -esa creencia-, sobre la existencia de niveles (de clases, de estatus) que terminamos por adaptarnos (o no), para encajar y convertirnos en eso que no somos de verdad. Somos sólo una fantasía, una ficción, que se proyecta sobre una vida finita y angustiante.

Al final soy un trabajador social comprometido con su profesión; con su labor última, que no renunciará al sueño de un mundo más justo, amable y feliz para todos los seres que habitan el planeta. Un sueño inalcanzable, irrealizable e inadaptable, pero que nadie me arrancará en nombre de una vida normal y socialmente correcta.



Autobiografía XL / Encontrando mi camino

 Por Juan Francisco

XL

Como no me decidía a buscar un trabajo formal, me vi obligado a hacer algo para adquirir experiencia laboral. Por lo que ingresé a un Centro de Integración Juvenil.

Entré sin una idea precisa sobre las actividades que se realizaban en dicha institución. Sólo sabía que trabajaban con población infantil y juvenil. Lo que desconocía, es que el objetivo del CIJ es la prevención y tratamiento de adicciones.

Estuve en aquel lugar ocho meses cuando en un principio me había propuesto estar medio año.

Trabajé como Promotor Especialista, lo que resulta ser lo mismo que voluntario. No percibí ningún tipo de sueldo a cambio de mis labores. Todo lo hice por gusto, por cariño a la profesión y compromiso hacia la población atendida.

Mientras pasaban las semanas se me fueron delegando más funciones y actividades. Comencé a realizar estudios sociales a los pacientes para establecer las cuotas de recuperación. Empecé a dar talleres sobre el manejo de emociones y el desarrollo de competencias en jóvenes. Participé en talleres de prevención de adicciones. También fui parte del equipo de trabajo que desarrolló jornadas de prevención y salud en el Tecnológico de Monterrey, Conalep, IMSS y varias primarias y secundarias de la zona. Impartí, coordiné y participé en cursos de verano para niños.

Fui parte del equipo de fútbol representativo del CIJ de la alcaldía donde vivo. Me invitaron a un curso de fundamentos y prácticas sobre fútbol que organizó el gobierno del Estado de México. Viajé, junto con decenas de voluntarios y prestadores de servicio social, a Cuernavaca para el Encuentro Anual de Voluntarios. Acudí a un concierto organizado por Fundación Azteca donde participó su orquesta juvenil. Fueron tantas las actividades que realicé que es complicado recordarlas todas.

En síntesis: Disfruté tanto esa etapa de mi vida que me hubiera gustado quedarme ahí por más tiempo. A pesar de todas los problemas y discusiones que se presentaron a lo largo de esos ocho meses, la experiencia lo valió hasta la última gota.

Autobiografía XXXIX

 Por Juan Francisco

XXXIX

Después de dos intentos fallidos para titularme, la tercera fue la vencida. El primer intento fue en la modalidad de Profundización de Conocimientos. Tenía que cursar un semestre en la Facultad de Psicología. Lo único que tenía que hacer era obtener 9 en las cinco asignaturas que cursaba. La experiencia fue un fracaso.

Para el segundo intento opté por la tesis. De nueva cuenta las cosas no resultaron bien y terminé desistiendo de esa opción. Finalmente, intenté por medio del Examen General de Conocimientos. Pasé el examen y así logré la obtención de mi título profesional.

Saber que lo había logrado no fue algo que despertara en mí una emoción de alegría o felicidad. Ese título, aquel grado, no representaba nada para mí. No tenía nada que presumir, nada por lo cual sentirme orgulloso. Se trataba de un simple documento que me permitiría acceder a otras ofertas laborales, pero no representaba ni un poco todo el esfuerzo que realicé por esos más de cuatro años. Una profesión es el cúmulo de experiencias, triunfos, éxitos, fracasos y frustraciones; es una vida en sí misma que surge del pasado y se mantiene en el presente como parte de uno mismo hasta el final de los nuestros días. No es un papel, no un conjunto de palabras en letra manuscrita; menos aún una foto de vestimenta formal. Tampoco es un licenciado, maestro o doctor. La profesión es un compromiso de cambio con el entorno y las personas que son parte de nuestra vida cotidiana.

Así las cosas, terminé convirtiéndome en un licenciado cuando en la práctica ya lo era. El mundo laboral y la incertidumbre aguardaban mi llegada.

Autobiografía XXXVIII / Ausencias

 Por Juan Francisco

XXXVIIII

Este capítulo de mi vida es el reflejo más cercano de las convicciones que decidí seguir en una etapa compleja.

Me escapé de la ENTS el día que se llevó a cabo la sesión de fotografías para el anuario. Por lo tanto, no aparezco en ese fantástico álbum digital.

Antes del anuario, me obligaron a posar para la foto generacional en Rectoría. Brisa me obligó -como de costumbre-, con amenazas. No pagué por la dichosa foto gigante que se cuelga en las paredes a modo de presunción. Y si terminé usando la toga fue gracias a Brisa. Su capricho me costó trescientos pesos y eso que sólo usé ese disfraz por menos de una hora. En la foto de la generación aparezco con una sonrisa tan falsa como la honestidad de cualquier político.

Observé a varios de mis compañeros y compañeras ataviados con sus mejores vestiduras, pero eso no me importó. Por suerte, Conan y Amaury estuvieron conmigo ese día. Ellos hicieron de aquel día algo divertido.

Además, no fui al viaje de graduación con ninguno de los turnos. Me perdí de ese maravilloso y fantástico viaje plagado de alcohol, drogas, comida y orgías. Aunque me hubiera gustado conocer Puerto Vallarta. Quizás algún día visite ese lugar.

La fresa del pastel fue mi ausencia en la fiesta de graduación. Por desgracia había pagado tres lugares (de nueva cuenta obligado por Brisa). La cuenta ascendía a más de tres mil pesos. Pese a las quejas de mis padres y el murmullo de mis compañeros y compañeras, no me presenté ni vendí los lugares. Para ese entonces ya había terminado con Brisa. Lo que menos deseaba era verla de nuevo y menos a su pesada familia.

Aquella noche, mientras decenas de egresados bailaban, presumían trajes y vestidos y se embriagaban hasta el cansancio, yo estaba acostado en mi cama comiendo galletas acompañado por un buen libro. Esa noche dormí temprano con un grato sabor en el alma.