Por Juan Francisco
Estoy
sentado en el viejo sillón de la sala. Me hundo en él. El paso del tiempo lo ha
destrozado tanto como a mí. Me es imposible dejar de pensar en ti; en el
recuerdo de tu inesperada muerte. Aquel sentimiento me atormenta todas las
noches. Las pesadillas hacen imposible que pueda dormir. Me arranco el cabello
y me muerdo las uñas por no poder descansar, sin sentir un profundo y doloroso estremecimiento.
Ayer
al tratar de dormir te vi parada frente a mí. Estabas mirándome desde los pies
de la cama. Llevabas aquel vestido que odiaba tanto. Lo odiaba porque te hacia
ver sensual; tu belleza quedaba a la vista de otros hombres. Sabes que odiaba
verte así. Ningún hombre podía verte, sólo yo. Sólo yo podía poseerte. Pero esa
noche sabía bien que no eras tú. Tu rostro estaba inmaculado. No tenías las cicatrices
de todos los golpes que te propine durante años. Ni siquiera tenías las marcas
de aquella noche. Esa noche, en la que la bestia que habita en mí te hizo
pedazos. Rompí cada parte de tu cuerpo como si fuese un cristal. No sólo te
destruí físicamente, también te arranqué la vida.
Pienso
que debí detenerme cuando me lo pediste. No era mi intención hacerte tanto
daño. Jamás entendí por qué llegué a ese extremo. Sólo quería protegerte.
Amarte era mi más sincera intención. Tenerte a mi lado era una realidad que
destrocé como lo hace el paso del tiempo con las hojas de los árboles.
El
demonio y la irracionalidad tomaron el control de mi cuerpo. La ira y el
desprecio arrancaron el timón de mis acciones. El desprecio a mí mismo y el
miedo a perderte fueron quienes me instaron a disparar. Estabas ahí, a mis
pies, inconsciente. Mis golpes te habían arrancado tus maltrechas alas. Un
cuerpo casi muerto me suplicaba piedad. No tuve piedad contigo… Perdóname… Por
favor, perdóname.
Esa
vez fue diferente. No sólo fueron golpes y humillaciones. Por desgracia, esa
noche tenía el arma entre mis temblorosas manos. La maldita arma fue un regalo
de mi padre antes de que muriera. Un regalo que era capaz de apuntar en dos
direcciones, pero que mataba lentamente sólo por una de ellas.
Aún
puedo verte tirada a mis pies, sobre un charco de sangre color escarlata. Ya no
me mirabas con miedo. En tus ojos había una paz celestial que sabía que era inalcanzable para mí.
Aún
hoy, no puedo quitarme de la boca ese asqueroso sabor a alcohol barato. No puedo
desprenderme de ese aliento olor a sangre. No me deja en paz tu recuerdo
nocturno, tus visitas reclamando mi pútrido cuerpo.
Te
odiaba… Te amaba… Te quería a mi lado… Te deseaba lejos de mí.
¡Maldita
sea! Me odio a mí mismo ¡No puedo dispararme! ¡Soy un cobarde! Tengo miedo de
arrebatarme la vida. Soy un maldito que teme morir, pero que no dudó en
matarte. Contradicción total que demuestra mi insignificancia y tu
magnificencia. Aún muerta sigues demostrándome que no valía nada como hombre.
Estoy
cansado cariño… He decidido que no podré acabar conmigo de la manera como lo
hice contigo. En estos momentos ya no tengo nada ni a nadie. Lo último que me
quedaba lo perdí; se marchó contigo, con tu recuerdo.
Las
perillas están abiertas. El gas comienza a salir. Desde hacía diez años que no
fumaba. Es un momento excelente para comenzar de nuevo. Tú odiabas que fumara
en casa. Creías que eso me mataría algún día. Creo que tenías razón…
La
pequeña luz en la punta del cigarro está encendida, pudo sentir su calor entre
mis dedos. Cierro los ojos. Puedo sentir cómo se aproxima con paso seguro la redención.
Cariño
mío, desde el infierno esperaré que algún día puedas perdonarme.