Por Juan Francisco
I
Atisbé el firmamento y contemplé las estrellas. Cada una de ellas simbolizaba mundos distantes, prácticamente inalcanzables. Me pregunté cómo sería llegar a una de ellas. Me percaté de que jamás lo sabría. Precisamente aquel día había alcanzado los veintinueve años. Siguiendo la creencia común, yo me situaba a la mitad de mi vida. Me restaban tres décadas más, quizás. Un abrir y cerrar de ojos, como el despuntar del alba. Así pasaron los primeros treinta años de mi vida. Sucedería lo mismo con los restantes.
En ese instante me dejé envolver por el cielo pincelado de luces. Contemplé mi vida en retrospectiva. Me adentré en todos los eventos que me habían colocado ahí, en ese lugar, bajo las estrellas de ese anochecer taciturno.
Entonces, los ojos, los míos, se incrustaron en la Luna. Aquella divinidad deslumbrante entre las tinieblas me empujó a recordar mi infancia. Una etapa que evadía con esmero; no obstante, aquella noche anhelaba rememorarla entre la bruma de la melancolía.
En el momento que cursaba el quinto año de primaria surgió una iniciativa en el colegio para redactar relatos sobre temas variados. Serían seleccionados los mejores relatos de los estudiantes de quinto grado para recopilarlos en un libro, cuya edición estaría a cargo de una organización civil.
La iniciativa me pareció atrayente porque me gustaba leer y escribir. Tenía la ilusión de redactar un texto por el simple deseo de hacerlo. No me atraía la idea de ganar ni de crear un relato superior al resto, para nada. Únicamente mantenía la ilusión de contemplar algo de mi autoría dentro de un libro. Desde esa temprana edad desarrollé una apesadumbrada evocación de trascendencia. Ese relato sería un modo de trascender mi efímera existencia.
Participé en ese concurso con un relato que versaba sobre un tren fantasmagórico que recorría vías desoladas a media noche. En el tren viajaban almas de personas que habían fallecido.
Ahora que lo pienso, la idea no era nada original considerando que los fantasmas son un tema frecuente en la literatura. Con ese relato pretendía representar un ambiente lúgubre donde quedaba de manifiesto la presencia de un mundo más allá del terrenal.
Mi relato presentaba un detalle más: un protagonista humano, mortal, entre ese puñado de seres que penaban y se hundían en sus penas y desgracias. El protagonista era una representación de mí mismo: un joven reservado y apático que se extraviaba en la noche. Deambulaba hasta encontrarse con aquel tren. Al subir y advertir la presencia de los fantasmas, sencillamente desdeñaba la situación. Ocupaba un asiento y apreciaba la noche por la ventana. El tren se desvanecía en la nebulosidad.
El relato no tiene final cerrado. La incógnita sobre a dónde se dirigía ese tren y qué sucedía con el chico fueron respuestas que no se expresaron en la narración. Ni yo sabía a ciencia cierta esos detalles.
El concurso fue un éxito: se eligieron muchos relatos, entre los cuales se encontraba el mío. A cada familia le entregaron –de manera gratuita–, un ejemplar del libro que recopila todos los relatos seleccionados.
Recuerdo que nos llevaron a un edificio a todos aquellos niños que lograron realizar un buen cuento y, por ende, ser parte de aquel libro. Los niños y niñas estuvieron acompañados por sus padres. Fue un evento muy ameno. La verdad es que me la pasé bien, viendo a mis amigos y compañeros con sus familias. El libro que nos dieron era blanco con una portada que ya he olvidado. A lo largo de todos estos años me he preguntado qué fue de aquel libro. Tengo un ligero recuerdo de qué pudo pasarle. Empero, solo es eso, una insostenible sospecha.
El poder ver mi relato publicado en un libro fue una experiencia que no olvidé y que me motivó para seguir escribiendo en los años subsecuentes. Con altibajos y muchos fracasos de por medio, aún sigo teniendo el deseo de volver a ver publicado uno de mis relatos en algún libro. Es un sueño que me impulsa a crecer como escritor.
Hasta el momento solo he recibido reconocimientos por participar en algunos concursos. Mi meta más grande es poder ganar un concurso literario. El día que lo logre me sentiré feliz. Sin embargo, ya me hace feliz el hecho de poder escribir un poco todos los días. Es un excelente remedio para aliviar mis frustraciones diarias y decepciones existenciales.