18 marzo, 2021

I / El concurso

Por Juan Francisco

Salí de casa sin cavilar a dónde me dirigía. Simplemente ansiaba estar lejos de todos y de todo. La noche era cálida –una extrañeza, considerando que aún no concluía el invierno–. Deambulé algunos metros tratando de desdeñar aquellos pensamientos que habían acabado por sofocarme. La evocación de extrañeza y desorientación habían sido incesantes desde mi infancia. Mitigaba ese malestar gracias a un ejercicio que venía realizando desde hacía tiempo. Labor que consistía en escribir, en plasmar a través de las palabras, algo de lo mucho que persistía dentro de mí. Escribir era una forma de viajar por la vida con la certeza de que esa era la senda apropiada: el sendero que yo, al final, decidí seguir. Una ruta que me llevaría a descubrirme en algún momento.

Atisbé el firmamento y contemplé las estrellas. Cada una de ellas simbolizaba mundos distantes, prácticamente inalcanzables. Me pregunté cómo sería llegar a una de ellas. Me percaté de que jamás lo sabría. Precisamente aquel día había alcanzado los veintinueve años. Siguiendo la creencia común, yo me situaba a la mitad de mi vida. Me restaban tres décadas más, quizás. Un abrir y cerrar de ojos, como el despuntar del alba. Así pasaron los primeros treinta años de mi vida. Sucedería lo mismo con los restantes.

En ese instante me dejé envolver por el cielo pincelado de luces. Contemplé mi vida en retrospectiva. Me adentré en todos los eventos que me habían colocado ahí, en ese lugar, bajo las estrellas de ese anochecer taciturno.

Entonces, los ojos, los míos, se incrustaron en la Luna. Aquella divinidad deslumbrante entre las tinieblas me empujó a recordar mi infancia. Una etapa que evadía con esmero; no obstante, aquella noche anhelaba rememorarla entre la bruma de la melancolía. 

En el momento que cursaba el quinto año de primaria surgió una iniciativa en el colegio para redactar relatos sobre temas variados. Serían seleccionados los mejores relatos de los estudiantes de quinto grado para recopilarlos en un libro, cuya edición estaría a cargo de una organización civil. 

La iniciativa me pareció atrayente porque me gustaba leer y escribir. Tenía la ilusión de redactar un texto por el simple deseo de hacerlo. No me atraía la idea de ganar ni de crear un relato superior al resto, para nada. Únicamente mantenía  la ilusión de contemplar algo de mi autoría dentro de un libro. Desde esa temprana edad desarrollé una apesadumbrada evocación de trascendencia. Ese relato sería un modo de trascender mi efímera existencia.

Participé en ese concurso con un relato que versaba sobre un tren fantasmagórico que recorría vías desoladas a media noche. En el tren viajaban almas de personas que habían fallecido. 

Ahora que lo pienso, la idea no era nada original considerando que los fantasmas son un tema frecuente en la literatura. Con ese relato pretendía representar un ambiente lúgubre donde quedaba de manifiesto la presencia de un mundo más allá del terrenal.

Mi relato presentaba un detalle más: un protagonista humano, mortal, entre ese puñado de seres que penaban y se hundían en sus penas y desgracias. El protagonista era una representación de mí mismo: un joven reservado y apático que se extraviaba en la noche. Deambulaba hasta encontrarse con aquel tren. Al subir y advertir la presencia de los fantasmas, sencillamente desdeñaba la situación. Ocupaba un asiento y apreciaba la noche por la ventana. El tren se desvanecía en la nebulosidad. 

El relato no tiene final cerrado. La incógnita sobre a dónde se dirigía ese tren y qué sucedía con el chico fueron respuestas que no se expresaron en la narración. Ni yo sabía a ciencia cierta esos detalles. 

El concurso fue un éxito: se eligieron muchos relatos, entre los cuales se encontraba el mío. A cada familia le entregaron –de manera gratuita–, un ejemplar del libro que recopila todos los relatos seleccionados.

Recuerdo que nos llevaron a un edificio a todos aquellos niños que lograron realizar un buen cuento y, por ende, ser parte de aquel libro. Los niños y niñas estuvieron acompañados por sus padres. Fue un evento muy ameno. La verdad es que me la pasé bien, viendo a mis amigos y compañeros con sus familias. El libro que nos dieron era blanco con una portada que ya he olvidado. A lo largo de todos estos años me he preguntado qué fue de aquel libro. Tengo un ligero recuerdo de qué pudo pasarle. Empero, solo es eso, una insostenible sospecha.

El poder ver mi relato publicado en un libro fue una experiencia que no olvidé y que me motivó para seguir escribiendo en los años subsecuentes. Con altibajos y muchos fracasos de por medio, aún sigo teniendo el deseo de volver a ver publicado uno de mis relatos en algún libro. Es un sueño que me impulsa a crecer como escritor.

Hasta el momento solo he recibido reconocimientos por participar en algunos concursos. Mi meta más grande es poder ganar un concurso literario. El día que lo logre me sentiré feliz. Sin embargo, ya me hace feliz el hecho de poder escribir un poco todos los días. Es un excelente remedio para aliviar mis frustraciones diarias y decepciones existenciales.


I / Mi nombre

 Por Montserrat


I

Es curioso como aún a pesar de todo, continuamos sin ver los pequeños detalles sólo porque son parte de la rutina… A lo que me refiero es a que todo los días voy por ese pasillo y no recordaba de qué color es el piso sin verlo. Es rojo. Tuve que asomarme a ver el color. No recuerdo la primera vez que miré el mundo, pero sí recuerdo cuando tomé consciencia de lo que me rodeaba. Pequeña y curiosa. Yo regresaba de la escuela, quizá, y en ese entonces ese pasillo era largo para mí. Los mosaicos del piso, rojos; las escaleras anteriores eran negras y de caracol. No recuerdo qué era lo que veía al entrar por aquella puerta de vidrio jamás cerrada, pero sí que el piso cambiaba de color: mosaicos del mismo patrón, en color azul. Después de cruzar el estante de libros inalcanzables entraba a la cocina, antes de la construcción de aquellas grandes casas, por la ventana se podía colar la luz del atardecer, y al lado derecho, la cama de la abuela. Sí, ella dormía en su cocinita. Siempre la miraba a ella al entrar; siempre ahí: sonriendo o durmiendo plácidamente. No hubo día en que no la viera ahí. Imágenes que de verdad se quedan incrustadas en el tiempo.  

¿Alguna vez escucharon que Sofía significa sabiduría? Pues ese era el nombre de la abuela. Un nombre muy acertado: sensatez y conocimiento, algo que obtuvo desde el día que dejó su querida Oaxaca.  Después, siendo muy joven, lo conoció: un hombre fuerte en todos los sentidos, así como su nombre, Julio. Ambos dejaron atrás su pasado para buscar un mejor futuro y al parecer encontraron más que eso: encontraron el inicio de una historia. Se encontraron entre ellos, un presente que definiría todo. Se volvieron raíces que dieron vidas: doce en total. Y  de ellas, la segunda fue mi madre, quien tuvo cuatro hijos. 


No sólo la abuela llevaba sabiduría en su nombre, también mi hermana mayor. Quizá su nombre es correcto porque eligió mi segundo nombre: Adriana, mi nombre favorito. Mi primer nombre lo sugirió mi segunda hermana. ¿Su nombre? Guadalupe, por la devoción de mi padre seguramente. Después de ella seguí yo: Montserrat Adriana. Es curioso que ambos nombres sean lugares y no tengan un significado en sí, tal vez es una señal para buscar mi sitio o algo así. 

Como escribí antes, no recuerdo el día de mi nacimiento, pero estoy segura que mamá no lo olvidará. Ella dijo en mi último cumpleaños: “¿Sólo a ti se te ocurre nacer un dos de noviembre, en plena madrugada”. Y no la culpo. Creo que siempre he sido así:  un poco imprudente. Ella con tantas ganas de ir a Toluca con mis abuelos y yo con mis ganas de conocer el mundo, que se lo impedí. Regularmente, al ser una fecha especial, las personas tienen reacciones respecto a mi fecha de nacimiento: alguna vez se rieron de mí; en otra ocasión, una niña me dijo que le hubiera gustado nacer ese día; una señora dijo que mi nombre debió ser Santa, que, ahora que lo pienso, no está tan mal. 

Compartimos nuestra fecha de cumpleaños con tantas personas, y aún así, para nosotros es especial. Aunque a veces, pasa todo lo contrario: es como esas personas que odian la navidad porque nadie recuerda sus cumpleaños. Justo así fue para mí: durante mucho tiempo odié mi cumpleaños, pero no odié el día de muertos. De hecho, creo que era mi celebración favorita.  Cada año la abuela me llamaba para ayudarla a colocar la típica ofrenda de muertos. No puedo contar el número de flores, pero sí de  velas: grandes, pequeñas, suficientes y hasta demasiadas, comparadas con las que mi madre coloca. Alguna vez le pregunté a la abuelita para quién era cada una: “para su madre, para su primer hija, para su nieta…” Cuatro generaciones ignoradas por el tiempo, por mi tiempo. Todos ellos se quedaron en diferentes lugares, entre ellos Toluca, el lugar de origen de mi abuelo Julio. 

Cada año regresamos a ese lugar: nuestras raíces. Un largo viaje matutino en autobús, paisajes que desaparecían en la carretera, aire limpio y clima frío siempre típico del estado. Parábamos en alguna villa para comprar  flores y una última parada para visitar las tumbas de personas que jamás conocí. Recorríamos un largo camino de césped, casas decoradas para la ocasión, con pétalos anaranjados indicando el camino. Y un olor diferente, nada que ver con la monótona ciudad. 

Supongo que por eso  odiaba mi fecha de cumpleaños: porque no estaba en casa y aparentemente se olvidaban de mí. O tal vez porque siempre al regreso sentía una extraña nostalgia. Creo que por alguna razón, la última vez que fuimos, fue la más especial ¿No es irónico que en un día así todos estén felices? Como también es irónico haber nacido un día así: mientras algunas personas festejan la muerte yo festejo la vida.  Y con el tiempo dejé de odiarlo, con el tiempo aprendí que no era el lugar, sino con quien estás. 


I/ El feliz y último domingo de cada mes

 Por Jimena Morales

I. El feliz y último domingo  de cada mes

En la colonia Luis Espinosa, municipio de Acapetahua, Chiapas, el día domingo se caracteriza porque en la  avenida principal unos van y otros vienen a visitar a la familia. Para mi hermana Mari y para mí,  era el día que esperábamos con más ansias. 

Yo esperaba a Mari en la orilla de la banqueta de la casa, a las seis y media de la mañana aproximadamente. Veía a lo lejos cuando salía de la casa de mis abuelos maternos, ya que yo vivía con mi mamá y su pareja y con la futura llegada de Liz  (que ya se sentía cómo se movía mucho en la panza de mi mamá).

Cuando Mari llegaba a la casa, le preguntaba  si me iba ayudar a barrer el patio o qué íbamos hacer. Mari siempre decía que tenía sueño, pero nos poníamos a barrer para acabar rápido. Cuando terminábamos, nos bañábamos y mi mamá nos daba permiso para ir a ver los partidos de fútbol.

Llegábamos a la entrada del campo de fútbol y  ya había mucha gente ahí, sin embargo, nuestra misión era esperar al tío Alejandro, más conocido como “Pecho fierro”. Cuando llegaba junto a nosotras,  nos decía: ¨ Chamaquitas, hoy les doy sus 20 pesos: diez para cada una si me dicen la tabla del 2 y la del 3¨. Y  ambas se la decíamos. 

Con veinte pesos éramos multimillonarias, pero mi hermana y yo deseábamos disfrutar, saborear una nieve de vainilla; así que teníamos que comprarla. No era una misión fácil, teníamos que pedir y pagar el favor, pero no tenía que ser cualquier persona, sino una que no dijera nada, que no le contara a mi mamá. 

Entonces buscábamos a Selene, que es nuestra prima para que nos comprara la nieve y también una para ella. Le dábamos dos pesos ya que cada nieve costaba un peso y cuando teníamos la nieve en nuestras manos, partíamos a nuestro escondite: el árbol de mango que se encontraba dentro del terreno de la escuela, donde también estaba el campo de fútbol. Corríamos hacia las raíces del gran árbol para poder escondernos y disfrutar la nieve, aunque primero debíamos pedirle a Dios que la nieve no le hiciera daño a Mari porque era asmática y ambas sabíamos que la nieve era algo que teníamos prohibida.

Después de un rezo, podíamos comernos esa nieve que no solo sabía a vainilla, olía y sabía a limón, melón, fresa, chocolate y un toque de vainilla. Ese momento se sentía y sabía a felicidad y complicidad. Así que yo esperaba con ansias mi rutina del último domingo del mes que era entre mi hermana y yo, acompañadas de escobas, rezo y el sabor de una nieve.

¡Excelente! Muy buen arranque. Es importante tener en mente, cuántas  anécdotas tendrás en la fase de infancia para que no se haga una historia interminable.  Es también importante revisar las opciones ortográficas que el documento de drive  te da. Eso nos ayuda a adelantar la corrección de los textos. En la semana mándame la escaleta completa y sigue con tus relatos. Como es un texto corto, léelo completo en clase por favor.