Por Estela
XIX
Aunque parecía que Atlacomulco quedaba atrás, aún había un adeudo económico con una institución que había financiado la casita y mi ilusión de esa vida junto a Malinalli que nos ataba a aquel lugar. Así que cada fin de semana nos turnábamos mi hermana y yo para viajar desde el Ajusco a Atlacomulco.
Cuando el autobús arribó a la central de autobuses, me recordó aquel día que llegamos y cambiaría mi vida. Esperaba ver a Malinalli sentado en las butacas pero era ya costumbre su impuntualidad o que llegase en los momentos más inoportunos y justos para hacerse ideas en su mente. No le importaba si solo me encontraba orientando a un joven despistado, ante sus ojos, estaba coqueteando. Todo el día mantenía el mismo gesto y cuestionaba con las preguntas más absurdas sobre el mismo tema. Nos dirigimos a mi casa y allí estuvimos hasta que se oscureció. Lo acompañé a tomar su transporte y de regreso, me encontré a mi tía y me quedé a dormir en su casa.
Por la mañana fui a mi casa, pero la puerta estaba abierta, la luz encendida y el dinero no estaba donde lo dejé. Al contarle lo que había pasado a mi madre, pensó que lo que escuchaba en su auricular era una excusa que yo estaba inventando. Si alguien me hubiese creído o escuchado, se hubiera evitado el intento de violación que sufrió mi hermana el siguiente fin de semana.
Después de aquel acontecimiento, nos olvidamos de Atlacomulco, de la casa, de los cuadros en su pared, de los momentos duros que vivimos, todo lo construido se desvaneció. Yo aún continuaba enamorada de Malinalli. Creía ciegamente que él cambiaría. Mantuvimos una relación a distancia y a finales de aquel año me convenció para irme a estudiar la prepa a Tula, Hidalgo con mis tíos. Pues según él, sería más fácil vernos, por lo menos los fines de semana.