04 agosto, 2021

Autobiografía XIX / Despedida

 Por Estela

XIX

Aunque parecía que Atlacomulco quedaba atrás, aún había un adeudo económico con una institución que había financiado la casita y mi ilusión de esa vida junto a Malinalli que nos ataba a aquel lugar. Así que cada fin de semana nos turnábamos mi hermana y yo para viajar desde el Ajusco a Atlacomulco.

Cuando el autobús arribó a la central de autobuses, me recordó aquel día que llegamos y cambiaría mi vida. Esperaba ver a Malinalli sentado en las butacas pero era ya costumbre su impuntualidad o que llegase en los momentos más inoportunos y justos para hacerse ideas en su mente. No le importaba si solo me encontraba orientando a un joven despistado, ante sus ojos, estaba coqueteando. Todo el día mantenía el mismo gesto y cuestionaba con las preguntas más absurdas sobre el mismo tema. Nos dirigimos a mi casa y allí estuvimos hasta que se oscureció. Lo acompañé a tomar su transporte y de regreso, me encontré a mi tía y me quedé a dormir en su casa. 
Por la mañana fui a mi casa, pero la puerta estaba abierta, la luz encendida y el dinero no estaba donde lo dejé. Al contarle lo que había pasado a mi madre, pensó que lo que escuchaba en su auricular era una excusa que yo estaba inventando. Si alguien me hubiese creído o escuchado, se hubiera evitado el intento de violación que sufrió mi hermana el siguiente fin de semana.

Después de aquel acontecimiento, nos olvidamos de Atlacomulco, de la casa, de los cuadros en su pared, de los momentos duros que vivimos, todo lo construido se desvaneció. Yo aún continuaba enamorada de Malinalli. Creía ciegamente que él cambiaría. Mantuvimos una relación a distancia y a finales de aquel año me convenció para irme a estudiar la prepa a Tula, Hidalgo con mis tíos. Pues según él, sería más fácil vernos, por lo menos los fines de semana.

Autobiografía XVII / Casualidades de la vida

Por Rosario

XVII 

En ese momento no lo sabía, pero rápidamente, como pasa con las cosas que deben suceder cuando el universo hace lo suyo, en el trabajo de fines de semana conocí a un entrañable amigo. Él era mi jefe. Al principio nos tratamos muy poco, hasta que un día sin querer tuvimos la oportunidad de platicar y entonces descubrimos las grandes afinidades entre nosotros. Por algún comentario que no recuerdo, le dije que a mí no me gustaba ese trabajo, pero que lo realmente importante era que me permitía hacer las cosas que sí me gustaba hacer, o sea ir a la escuela. Esa conversación trajo consigo muchas pláticas profundas más, así fue como conocí a Alejandro, hace años que no sé nada de él, pero confío en que estará en donde él sea feliz.

Al poco tiempo ascendí y me convertí en supervisora, me dedicaba a inspeccionar que el resto de mis compañeros entregaran los volantes de conformidad con el perfil de clientes que la empresa buscaba, además debían mantenerse activos en sus puntos de reparto y finalmente, tenía que preparar reportes de actividades de cada uno de ellos.

Para realizar la supervisión, mi jefe me llevaba de un punto a otro y eso implicaba pasar los fines de semana juntos, entonces platicábamos de todo e íbamos a un montón de lugares desconocidos para mí. En ese tiempo yo no conocía mucho la Ciudad, menos en auto, pues solía viajar solo en metro. Otra cosa que también me gustaba mucho era comer cosas diferentes cada fin de semana, pues Alejandro me llevaba a lugares siempre distintos. 
Debo reconocer que el gran mérito de esa amistad es que me ayudó a superar de alguna manera la inseguridad que sentía en el aspecto profesional y así me atreví a buscar trabajo como pasante en diferentes lugares, hasta que ingresé a una notaría.