03 agosto, 2021

Autobiografía XXIX / Travesía

 Por Juan Francisco

XXIX

Como he dicho antes, entré al turno mixto en un inicio. Duré en este turno un año. En el segundo año cursé asignaturas tanto en el turno mixto como en el vespertino. El ambiente en el turno vespertino era mucho mejor que en el mixto. Los estudiantes eran más amigables y unidos. En el mixto había bastantes conflictos entre los diversos subgrupos. Sin embargo, el turno vespertino tenía un detalle que complicó mi estancia en ese turno. La salida de ese turno era a las 9:30. Aunque en varias ocasiones salí a las 9:50 de la noche.

La salida era todo un caos. El pumabus, cuando pasaba frente a la ENTS, estaba atestado de contadores y administradores (y algunos colados), por lo que era imposible subirse en él. Por lo que tenía que caminar hasta la Facultad de Administración y Contaduría para tratar de subir al pumabus. En caso de que fuera bastante tarde, no tenía más alternativa que tomar un taxi y compartirlo con los simpáticos estudiantes de la facultad antes mencionada. Una vez que llegaba al metro CU, corría en dirección a los andenes. Subía y me sentaba (por suerte, a esa hora el metro iba relativamente vacío). Viajaba hasta Balderas, salía corriendo del vagón, subía a toda prisa para subir al siguiente, el que me llevaría a la estación Observatorio. Durante ese trayecto no dejaba de mirar mi reloj. El último camión salía de la terminal a las 11 en punto de la noche (ni un minuto más, ni uno menos). Era el último medio de transporte para poder llegar a casa.

Aproximadamente llegaba a Balderas de la línea rosa entre las 10:15 y las 10:30. Si todo marchaba bien, a las 10:50 estaba en Observatorio. Si por algún motivo el metro se retrasaba o hacía una pausa, comenzaba a estresarme. Tardaba entre 4 y 6 minutos en correr de la estación Observatorio a la terminal Poniente. Con frecuencia llegué a las 10:55 al camión. Claro: sudando, con el corazón exaltado y los pulmones desgastados a más no poder.

En dos ocasiones (durante un año),no alcancé el camión. Lo cual hacía que tomara el plan B. Regresaba al metro y me dirigía a Tacubaya. Ahí tomaba un camión (el último) que salía a las 10:30 de la noche. Ese camión me dejaba a medio camino.

Después tenía que tomar un taxi, (en ese entonces no existía nada que se pareciera a Uber o Didi). Tenía que negociar con el taxista para convencerlo de que me llevase a la avenida principal que está cerca de mi casa. La mayoría decía que no. Y los que decían que sí me cobraban entre 120 y 80 pesos (el costo promedio durante el día es de 40 pesos). Llegaba a mi casa entre las 11:15 y las 11:40 de la noche. Cenaba y me acostaba a la 1 de la madrugada. Por eso terminé por cambiarme al turno matutino durante el último año y medio de la carrera. Bueno, ese fue uno de los motivos, el otro fue para deshacerme de Brisa.

Autobiografía XI / Agua que sí bebí

 Por Ofelia

XI

El hecho de tener pareja sorprendió o tal vez alegró a la familia, pues para ellos era una solterona. Tenía solo 27 años y eso de matrimoniarme, no estaba en mis planes. ¡Y menos tener hijos! Pues según yo, no sabría cómo cuidarlos. (Tengo 2 bendiciones por la gracia de Dios y porque el último se me chispoteó. Pero son un amor.)

La mayoría de la familia se casó a los 21 o 22 años. Incluida mi hermana menor. (Dice el dicho: hermana saltada, hermana quedada). Ya era como una regla, o tal vez coincidencia. Sin embargo eso no me preocupaba, pues para ese entonces no era uno de mis objetivos. No imaginé decir sí al amor, ya que antes de vivir con mi pareja, yo buscaba la forma de evitarlo.

A él lo conocí en el mercado donde trabajaban mis papás. Fue en un tiempo que tomé vacaciones en el trabajo e iba ayudar a mis papás. No recuerdo haberlo visto aunque él dice que siempre me veía. Pues tal vez se escondía, ya que a la hora que pasamos a dejar los pedidos, nunca lo miré en alguno de los puestos. Hasta después ya se hizo el aparecido y cada que pasaba, molestaba con el clásico: "Oye". Yo volteaba y él se hacía el occiso. Me enfadaba que hiciera eso. Pasaron los días. Incluso cuando pasaba con mi papá también lo cotorreaba. Obviamente, mi papá le seguía la corriente. Después ya era serio el asunto. Al principio mi papá no le tomó importancia pues con el carácter que tengo, no duraría mucho tiempo. Pero con tan solo un año de conocernos decidimos casarnos. Tal vez fue muy apresurado, pero lo hicimos y pues la solterona de la familia había salido como en una rifa.