Por Alan Emmanuel
Hay reencuentros que simplemente no deberían suceder. Hoy fue uno de ellos: caminando por alguna calle de cualquier ciudad, en cualquier momento, entre el bullicio y frenesí de la gente, la volví a ver. Fue un instante. Inevitablemente, el paso de los años se notaban en los surcos de nuestros rostros. Quedamos frente a frente y con un saludo forzado, siguió una charla trivial: "¿Cómo estás?" El clima. "¿Cómo te va?".
Hasta que sin poder contener las dudas, me preguntó: -¿Por qué te alejaste así?, ¿por qué cortar esa conexión que nos unió durante años?
Yo respondí que deseaba vivir, tener plenitud; no cargar con temores y viejos fantasmas. Ya te había agradecido por los aprendizajes y atenciones. El silencio de veinte años se hizo presente y mientras brotaban sus lágrimas, nos alejamos sin decir palabras, con la seguridad de que jamás nos volveríamos a ver.