06 septiembre, 2021

Autobiografía / Capítulo XV

 Por Carolina

XV

Para el último año de secundaria era una Carolina diferente a la que había llegado ahí en el 2003, pero en su momento tenía poca conciencia de aquello. Había dejado de ser la niña que en sus primeros días allí comía sola en los recesos. Y aunque aún predominaba en mí la introversión, era más desenvuelta, tenía un buen número de amigos y conocidos dentro de mi grupo y fuera de él. Tenía el aprecio y la confianza de mis amigas. Y tal vez y sin saber, me había expuesto ahí en el principio de lo que sería mi vocación.

Me convertí en la “ma” de Melina y en la “mami” de Aris. Los nuevos apodos tenían una connotación cálida en su significado; basados quizá en una cualidad y no en una apariencia, me gustaban. Habíamos pasado días entre clases, platicando de mil cosas, escuchándonos con paciencia y con un burdo esfuerzo por aconsejarnos en lo que nuestra corta experiencia nos permitía. Me dejaron su gratitud en palabras de cariño en sus cartas y dedicatorias casi al final de aquel ciclo, aunque nuestra fraternidad se extendió más allá de aquella etapa. Esta amistad nos había nutrido recíprocamente y en lo que a mí me toca decir, ellas habían influido positivamente en mí. En nuestro círculo me sentía cobijada, en confianza; podía ser yo, divertida y alegre. No como había sido en otros tiempos.

En las últimas semanas nos preparábamos afanosamente para el ingreso a la preparatoria. Adriana era de los profesores que más empeño ponía en eso. Sin embargo, existía su contraparte. Como Jaime, el maestro de física, quien en vez de infundir los buenos ánimos, propiciaba la duda y la ansiedad ante el examen de admisión. Así me abordó un día al salir del laboratorio de cómputo luego de una práctica con un examen muestra.

- ¿Cuántos puntos sacaste? – ante mi respuesta, se mostró escéptico y me dijo tajantemente: -No te creo-.

Me dolió, me entristecí y por un momento se mermó mi confianza. Sentí rabia por poner en duda mi palabra. ¿Por qué no me creía? ¿En qué se basaba aquella desconfianza en mi respuesta? Por tres años me esmeré por mantener un buen nivel académico. Bimestre tras bimestre, Montse y yo, siempre estábamos en esa lista enmarcada afuera de la dirección que llamaban el cuadro de honor. Si bien las calificaciones no lo eran todo y lo sabía bien desde la dura autocrítica que me infringía, eran por lo menos, un pequeño aliciente para mitigar la ansiedad y fortalecer la idea de que sí podía.

La pregunta recurrente y la conversación de todos los recreos era: ¿A qué prepa te vas a ir? Iría al CCH sur. En realidad, no sabía mucho sobre aquello del bachillerato. Esta escuela era algo casi de tradición, porque ahí habían estudiado mi madre y mis primos en otros años y otros más entrarían a la par en ese año, por lo que iríamos juntos. Mis amigas y yo nos emocionábamos pensando en la posibilidad de coincidir en la misma escuela. Recuerdo cuando Meli dijo que nos iríamos al “Colegio Vacacional Sur”. Y yo, honestamente, no sabía por qué le llamaba así. Sin embargo, me sonaba gracioso cuando mencionaban que otros irían a la “Fresa 5” o al “Colegio de vas si quieres”, pero definitivamente, según mis compañeros, había que evitar el Cetis, y más aún el “Nopalep”. Y aunque no alcanzaba a entender del todo el significado de los motes e incluso el rechazo que algunos tenían por ciertas escuelas, sé que todas éstas figuraron -tal cual, en ese orden-, en mi lista de opciones de bachillerato.

Autobiografía / Capítulo XIV

 Por Carolina

XIV

Recuerdo la primera vez que la vi del otro lado del ventanal, mientras yo cruzaba el patio, cuando aún iba en primer grado. Vociferaba tan alto que las mejillas se le saturaban de un rojo encendido que la hacían lucir aún más temible. Lo único que esperaba es que no fuera ella mi profesora en los años siguientes. Definitivamente sabía que no quería lidiar con un carácter como ése… Pero el destino la tenía prevista para ser mi profesora de español en los dos últimos años restantes de la secundaria.

Adriana era una profesora gordita, alta y muy blanca que se ponía colorada con facilidad. Pero lo más peculiar de ella, era la estruendosa voz que ostentaba y que hacía resonar a varios salones de distancia. Para mi sorpresa, tan grande como su voz era el carisma, la alegría y el buen humor que ella emitía.

-“Mi voz es muy fuerte, no puedo hablar de otra forma, no los estoy regañando.” Fue la primera aclaración que hizo cuando estuvo frente al grupo y una sonrisa franca en su redondo rostro respaldaba la veracidad de aquello. Tal vez se sentía obligada a hacer aquella afirmación porque sabía que a la distancia y sin conocerla, verdaderamente se imponía.

Con ella las clases eran un verdadero gozo; su presencia llenaba el salón de otra energía y todos gustosos la recibíamos en su hora. Adriana era más que una profesora, era cercana con los alumnos, atenta, confiable y siempre con una gran sonrisa para nosotros. Fue ella quizá la única maestra con quien pude sentir un vínculo estrecho y cálido. Estaba entre el grupo de docentes memorables de nuestra secundaria 29 y obvio: entre las clases favoritas.

Un día en el tercer grado, el Instituto Latinoamericano de Comunicación Educativa, decidió hacer la grabación de una serie en nuestra escuela y por supuesto, solicitó alumnos para participar en ella. Por alguna razón Adriana me invitó a participar en aquello. Estaba muy emocionada, pero no más que asustada. Rechacé la propuesta, pues el miedo de pensar en hablar frente a una cámara me había doblegado.

Para entonces había sumado algunas nuevas amigas: Meli y Aris. Las niñas nuevas en mi clan eran más osadas y me alentaron para hacer cosas más atrevidas en ese último año, como el baile que hicimos frente a toda la escuela y el cual nos valió un segundo lugar. Yo me las llevé a la banda de guerra y por un tiempo fueron parte de aquello. Pero no se hallaron en esa actividad hasta el final de todo, como Jorge y yo.

Cuando les comenté durante el recreo lo que había sucedido con lo de la grabación empezaron a convencerme de hacerlo. Era ya el último día para decidir si participaría o no. Así, echamos la carrera hasta donde estaba Adriana. Iba convencida de que podía hacerlo aún con todo y el anegado mar de nervios. La encontramos en el obscuro pasillo de la dirección. Cuando le comuniqué mi decisión, la miré y en su gesto no había sorpresa sino una mueca de alegría disimulada como si supiera que aquello iba a pasar.