28 abril, 2021

IV/ Vida escolar

 Por Estela

IV


Mi tiempo había llegado: tenía que ir al Kínder. No me quisieron aceptar cuando tenía 3 años aunque a la semana sería mi cumpleaños. Ahora, con 4 años cumplidos, a los pocos días sería la más vieja de todo el salón con 5 años.

El primer día marcaría la misma rutina: nos despertábamos, desayunábamos; Ana hacia tarea y mi mamá el quehacer. De fondo la radio o su disco favorito del grupo Límite. Nos bañaba, comíamos y corríamos para la escuela. Un paso de mi madre representaban 4 pasos míos corriendo. Mi hermana entraba a la primaria y luego me dejaba a mí.

El primer día que asistí a clases, vi a niños llorando antes de entrar. Ese día hicimos figuras con plastilina. A mí me salían muy bien las lombrices. Vi a un compañero hacer una piñata con todos los adornos y me decepcioné de mis lombrices.

Después de clases, la primera en salir era yo. Mientras esperábamos a mi hermana, jugaba con mis compañeros y mis amigos que estaban en la misma situación. Luego realizábamos compras y regresábamos a la casa con un paso más tranquilo que el de la mañana.


Al segundo año de mi estancia, mi prima Laura asistió al mismo kínder que yo. Cuando se enteró de la noticia comenzó a llorar. Mi tía le preguntó el motivo de su llanto a lo que ella respondió:

- ¡No quiero ir al kínder porque me van a preguntar las tablas y yo no me las sé!






II/ La casa de la señora Sara

Por Estela

II

La estancia en ese lugar fue corto, de solo 3 meses. La casa era un contraste con aquella otra en el rancho Bardahl. Era un terreno muy reducido que antes había sido una barranca. Seguramente la señora Sara lo compró por lo barato que era o se lo adueñó. El cuarto donde vivimos tenía el techo de lámina de acero; una pared eran los cimientos de la casa contigua; el resto de las paredes eran maderas y plásticos para que no entrara el frío; el piso era de tierra e irregular. El baño era compartido con la señora Sara y su hijo. Había un retrete y una cortina como puerta. Mi mamá no nos dejaba ir solas. 

En los días soleados, mamá nos bañaba a mi hermana y a mí en una tina grande. Sentir los rayos del sol nos relajaba tanto, que daban ganas de no salir de la tina. En esa casa no había televisión, así que para nuestro entretenimiento había libros de Pulgarcito y Blancanieves o saltábamos en las camas. Hasta que un día me caí de la cama, me lastimé el labio y mi mamá no sabía si regañarme, llorar conmigo o correr al doctor. Optó por la tercera opción, pero al salir, me dijo con  voz amenazante: 

-¡Para que sigas brincando! Las camas son para dormir.


Mi papá le cortaba el pasto al patrón de mi tía Lucía. En su última visita,  el señor Víctor le había comentado a mi padre que le gustaría que nos fuéramos a vivir a su cabaña, así cuidaría del terreno y tendríamos donde vivir.