Por Juan Francisco
XX
Mi último semestre de vocacional fue el peor de todos. Tuve que pagar más de tres mil pesos en sobornos para profesores. Solo así pude egresar. En cuarto semestre tenía un promedio de 8.5; para cuando salí, había bajado a 7.8. Fui a recoger mi diploma de egresado más por obligación que por gusto. No celebré el final de mi bachillerato, no tenía nada que celebrar.
Cada integrante de la pandilla tomó caminos distintos. La mayoría se quedaron en una carrera de ingeniería. Yo quería entrar a Psicología pero terminé en Contaduría. De mis antiguos amigos solo conservo a Conan y Amaury. Los demás se fueron quedando en el olvido. Cuando cumplí dieciocho encontré el valor suficiente para mandar al demonio a todos aquellos falsos amigos. Y también la fuerza necesaria para abandonar la carrera de Contaduría y buscar una oportunidad en la UNAM.
Después de mi etapa con la Maga, conocí a dos chicas más que no tuvieron mayor importancia en mi vida. Una fue Estefanía. Una chica delgada y de cabello rizado que comenzó a hablarme de la nada, y que después de unas semanas traté como una amiga. Ella tenía manías que no logré entender. Por ejemplo: se acostaba en mi muslo mientras platicábamos. Quizás mi muslo era demasiado cómodo para el sexo opuesto, o quizás se parecía demasiado a una almohada. Cuando me saludaba me daba un beso en la mejilla, demasiado cerca de la boca. Me pedía que la cargara cuando jugueteaba sobre las bancas de la entrada de la vocacional. Por cierto, conocía a la Maga desde su etapa en la secundaria. No recuerdo el motivo, pero Estefanía detestaba a la Maga.
Estefanía tenía un pequeño detalle dentro de ella. Estaba embarazada, según ella, de un tipo extremadamente celoso y sin futuro. Lo más probable es que buscaba una compañía, un amigo, en mí. Alguien con quien platicar sin pretender algo más. Cuando salí de la vocacional no la volví a ver.
Otra chica que conocí, cuando abandoné la vocacional por la puerta que daba al nivel superior, fue Miriam.
Abandoné la carrera de Contaduría porque no me sentía cómodo. Además, no me gustaban las matemáticas ni el ambiente de esa escuela. Una mañana simplemente tomé mi mochila, salí a mitad de la primera clase, y no miré por detrás de mi hombro.
Un par de semanas después de esa decisión, volví a la vocacional para cumplir con mis últimos dos meses de servicio social. Me interesaba obtener el título como técnico en procesos industriales y unas cuantas horas de servicio social me separaban de ese logro.
Fue en esos dos meses cuando conocí a Miriam. Ella estudiaba en cuarto semestre. Era una chica demasiado astuta y carismática. Logró convencerme en más de una ocasión para que modificara su calificación en las prácticas. Trabajaba como asistente de la profesora del taller de Metrología, Yo era el responsable de repartir los instrumentos de medición y asentar las calificaciones que ella les daba a los estudiantes. Miriam vio en esto una oportunidad y comenzó a coquetearme. En aquel entonces aún extrañaba a la Maga y no deseaba saber nada de ninguna chica. Pero Miriam hizo un buen trabajo y logró que me fijara en ella, aunque fuese solo por unas cuantas semanas.
Así fue como decidí darme una nueva oportunidad y tratar de conquistar a Miriam. Por supuesto que esta vez traté de tomar la iniciativa. Ella lo percibió y comenzó a acudir al taller cada vez más arreglada y maquillada. Tenía dos años menos que yo (era menor de edad) y eso me resultó un poco incómodo. Era una chica bonita, de tez morena y ojos juguetones. Era más pequeña que la Maga y su personalidad era más extrovertida que la de ella.
En una ocasión le tocó exponer en el taller. Lo primero que hizo cuando se sentó fue buscarme con la mirada. Nos miramos y ella me saludó a la distancia mientras sonreía. Le devolví el saludo y me alejé en dirección a la bodega. La Maga seguía demasiado presente en mi vida, al menos en lo referente al dolor que puede causar una relación. Esto motivó en mí el rechazo a seguir el juego con Miriam.
En mis últimos días de servicio social le escribí una carta para decirle que me gustaba. Vieja táctica de mis tiempos de romanticismo e ingenuidad. Fui a buscarla a su salón pero no la encontré. Volví a sentir una gran inseguridad en mí, por lo que le pedí a Conan (también estaba a punto de terminar su servicio social), que le entregara la carta. Conan a diferencia de Moe me mandó al carajo de inmediato. Eso me hizo pensar, por un instante, en mí. En lo que quería para mí, en la vida que deseaba tener. No quería tener una relación ni aventura con ninguna chica, al menos no por un buen tiempo. Así que tomé una decisión.
Al día siguiente, el último de mi servicio social (aquel que tardé más de un año y medio en concluir), al salir de la vocacional, compré un par de cigarros en un puesto ambulante. Encendí uno y dejé que su humo me cegara, que me envolviera en esa falsa sensación de tranquilidad. Se consumió hasta la mitad y me detuve a mirar por última vez la vocacional. Saqué la carta que le había escrito a Miriam y acerqué la punta del cigarro a la hoja. De inmediato comenzó a quemarse. La lancé al viento mientras se iba volviendo cenizas. Los autos que pasaban a mi izquierda se llevaron las cenizas como pequeñas partículas de polvo. Saqué el otro cigarro y lo encendí con lo que quedaba del primero. Caminé en dirección al metro con un cigarro entre los dedos. A mi espalda sólo quedaban cenizas de una carta que no debió ser entregada y otra que no debió ser escrita.