Por Juan Francisco
XIV
Lo que sucedió posteriormente me gustaría expresarlo como un texto surrealista; como una aproximación a lo vivido por medio de una proyección narrativa que trasciende lo real. La verdad comienza donde la memoria no alcanza.Tú, yo, nosotros. Aquel momento. Aquel día, aquella hora. Ese lugar. Yo con mis condenadas dudas, con mi pordiosera pena por lo desconocido. Caminando por pasillos laberínticos me voy sumiendo en la inseguridad. Desciendo por aquel abismo hasta el punto acordado. Cada escalón es demasiado corto, tan minúsculo como los segundos que me separan de ti. Toco el suelo con un pie, después con el otro. Levantas la mirada. Nos miramos y un rayo rompe en cielo. Me reconoces, te reconozco. Me sudan las manos. Me duele el alma. Duele estar frente a ti con ese amargo miedo desgarrando la garganta. Camino hacia ti. Tu seriedad vuela y se posa en una sincera sonrisa. Me miras, me reconoces, me sonríes. Buena señal; pronóstico de vientos favorables. El arcoiris se abre paso y con una tierna voz me dices:
-Siéntate aquí, junto a mí.
Sigo tu voz como un ciego. Me acerco a ti con un deseo infinito por no estar ahí. Aún es tiempo, pienso en un silencio lejano. Corre y no mires atrás, sugiere una voz a mi diestra ¡Calla! refuta una fuerza interior que se muere por conocer, por desentramar aquella historia, la mía, la nuestra.
Extiendes la mano. Me ofreces un sobre blanco con letras grabadas. Me miras de nuevo. Ese par de pequeños ojos avellanados esperan una réplica, un movimiento, una confirmación. El tiempo ya no corre. El último instante se vuelve el primero y el verano no es tan caluroso como esperamos. Huele a otoño. Huele a esperanza.
-Es mi respuesta -dices y la carta llega a mi mano. Un par de alas de mosquito carmesí hacen lo imposible: llevar lo ajeno a lo propio. Tu sentir ahora está en mis manos.
Así como yo te entregué un complicado corazón tatuado con una rosa diminuta, tú haces lo propio. Me ofreces un anhelo, la pretensión por saber lo que deseas conocer por mi voz; por medio de unas palabras que confirman lo inesperado pero previsible.
Abro el sobre y sacó una carta. La desenvuelvo como si fuera una piedra preciosa, como un regalo de un universo distante. Los colores se vuelven letras, los sonidos melodías y las dudas se han marchado sobre un dragón blanquecino.
Me dices, aseguran mis ojos, que la carta es un detalle muy lindo. Mis palabras te han cautivado y desconcertado al mismo tiempo. Expresas tu desconcierto por mi abrupto enamoramiento; sentencias que eso no es posible. Se quiere lo que se conoce. ¿Cómo es que me quieres si apenas sabes mi nombre? No, no compañero. No es la forma correcta. Primero lo primero. Primero conóceme, mientras yo te conozco a ti. Así llegarás a mí por el camino que lleva al corazón, y no por aquel que desemboca en el abismo.
Ella me sonríe. Yo hago lo mismo. Es un pacto, un contrato.
La cláusula primera estipula con delicada caligrafía: Conozcámonos. La subsecuente recomienda: No nos vamos a querer todavía, porque eso es algo sagrado. La que le sigue manifiesta: Nos daremos la oportunidad de convivir e intentar. Al final, casi como un secreto que ambos desconocemos se estipula: Esta soy yo, este soy yo. Al final habrá un ambos. Y ese final llegará acompañado de un gran dolor.