29 abril, 2021

XI / Inesperado

 Por Juan Francisco

XI

A nuestra pandilla se unieron a inicios del segundo año: David “Moe'', Arturo, “Frodo”, Alan, “Alandar” o “Niñosaurio” y Pablo, “Polivoz”. Después se unieron Rodrigo, “Conan” y Amaury (su nombre le evitó el uso de un apodo, aunque algunos lo llamaban “El desmadres”. La familia creció. En esa etapa me dí cuenta de que existían verdaderos y falsos amigos. Los verdaderos amigos permanecían contigo a pesar de las adversidades; peleabas con ellos, pero al final te brindaban la mano como una señal de perdón; confiaban en ti, a pesar de las fallas y traiciones. Los falsos amigos solo buscaban tres cosas: dinero, compañía y diversión. Te traicionan a la primera oportunidad y te abandonan cuando el barco se hunde.

Sin embargo, no era tan malo. Todo lo contrario. La vocacional y mis amigos fueron lo más valioso que tuve entre mis quince y diecisiete años. Tuve más amigos. Erik fue uno de ellos. Era una persona demasiado noble. Le agradezco por todo lo que hizo por mí. Por desgracia, cuando llegaron los nuevos amigos y los falsos amigos, lo dejé de lado. Desplazamos a grandes personas por nuestro deseo inagotable de fama y diversión.

Mis calificaciones eran mediocres. Reprobé una asignatura en segundo año, pero la pasé en extraordinario. Logré salir adelante a pesar de mi poco interés por los estudios. Todo marchaba bien, lo mejor posible, así que tomé la decisión de realizar mi servicio social a principios del tercer año. Fue gracias al servicio social que conocí a "la Maga”. Con ella llegué al cielo y me hundí en el infierno, tan solo en un año.

El servicio social lo realicé en compañía de David, Moe. Él se convirtió en mi amigo más cercano desde mediados de segundo año. Había mucha confianza entre ambos. Fue una experiencia fantástica el poder realizar el servicio social juntos. Pero fue una fatalidad al mismo tiempo. Gracias a Moe conocí a "la Maga” porque eran buenos amigos desde la secundaria.

Tan solo habían pasado dos semanas desde que iniciamos el servicio social, cuando ella le gritó a la distancia: “Huevo”. Los dos miramos en dirección hacia donde estaba aquella figura que había llamado a mi amigo. Esa fue la primera vez que la vi. Ese momento cambió mi vida en todos los sentidos.

X / Arenas Boys

 Por Juan Francisco

X

Cerré mis párpados cansados. La noche terminó por devorar mi cuerpo. Miro mi celular y marca las 11: 17. Casi es medianoche. Comienzo a caminar de regreso a casa. He pasado bastante tiempo fuera. Lo más probable es que estén preocupados por mí. Esa idea me fastidia bastante. Me gustaría creer que no hay nadie en el mundo que esté interesado en mí. Eso ha llegado a ser agobiante en mi vida: el enfermizo deseo de otros, por controlar mi vida. Me gustaría hacer y deshacer lo que yo quiera sin tener que preocuparme por lo que dirán o pensarán los demás. Aunque eso es inevitable. Somos seres sociables por naturaleza.

Esa cavilación me anima a retornar de nuevo en el tiempo. El camino es largo, así que puedo perderme de nuevo en aquellas memorias que me ofrecen una mezcla de nostalgia, de momentos felices y tristes. Doy un paso hacia adelante y mi mente me transporta lejos, muy lejos de aquella fría noche.

No logro recordar sus nombres, no el de todos. Pero sí sus apodos. Mi etapa en la vocacional fue posible gracias a “Largo”, “Cansino”, “Arena”, “Chuwaca”, “Popeye”, “Lule”, “Pequeño”, “Mike Wazowski”, “Conan”, “Amaury”, “Frodo”, “Polivoz”, “Alandar”, “Moe”, “Torero”, “Cuadrado”, “Borrego”, “Ritz”, “Ayliz”, “Chayo”, “Wisin”... Apodos que nombran a más de una decenas de personas que influyeron en mi vida para bien y para mal. Sobre todos ellos y ellas, se encuentra la Maga. Usaré un apodo, el que más me gustó de todos los que le conocí, para nombrarla. Ella es la única a la que no me atrevo a nombrar. Prefiero que ella sea “la maga”, solo eso. Una chica que fue una parte importante en mi vida durante aquella etapa. Una chica que me robó el corazón y a la que le robé el suyo.

Si en la secundaria fui todo un desadaptado social, en la vocacional fui alguien que socializaba con los ojos cerrados. Tan cerrados que no me di cuenta en qué dirección iba mi vida. Empecé como un chico solitario (llegaron a ponerme el mote “el sin amigos”) y terminé rodeado de personas que me causaron más problemas que dichas.

Comencé mi etapa en la vocacional con la certeza de que esa no era la escuela que yo había elegido, sino la que me impusieron. Yo deseaba estudiar en una preparatoria de la UNAM, pero mis padres insistieron en que la mejor opción era una vocacional. No creían que el ambiente de la preparatoria fuera benéfico para mí. Tampoco creían que yo pasara el examen con los aciertos requeridos para ingresar a la preparatoria de la UNAM. Al final saqué 99 aciertos; más que suficientes para poder ingresar a donde yo quisiera. Por desgracia, mi primera opción fue la vocacional. Me quedé en ella y lo acepté.

Las primeras semanas fueron complicadas para mí. No sabía cómo integrarme al grupo ni como hacer amigos. Me aislaba en los recesos. Buscaba los lugares más solitarios para comer y dejar pasar el tiempo. Sin embargo, ellos llegaron y mi vida cambió para siempre.

Una tarde, mientras observaba las canchas de la escuela a la distancia, llegaron tres de mis compañeros. Me dijeron que me veían todo el tiempo solo. Pensaban que sería buena idea que me uniera a ellos. Me desconcertó al principio su ofrecimiento, pero al final acepté. Realmente me sentía solo y ellos era una buena oportunidad para mitigar ese sentimiento.

Así fue como fundamos los “Arenas Boys”; un grupo variopinto que comenzó gracias a la amistad que forjé con Miguel (Arenita), Roberto (Cansino) y Francisco (Largo). Juntos formamos nuestra primera pandilla. Nos apoyamos en todo e hicimos frente a todo. Fueron como mis hermanos. Incluso, en diversas ocasiones tratamos de unirnos a los porros como una forma de ganar fama para nuestra pandilla. Por suerte eso no pasó porque en la vocacional los porros estaban casi extintos.

Contaba la leyenda que el antiguo director retó al líder de los porros dos años antes de que entráramos a la vocacional. El reto fue una pelea, la cual fue ganada por el director. Por eso, decían los pocos porros que quedaban, que ya no hacían viejas actividades como en el pasado. Eso fue una noticia maravillosa para mí. Le tenía cierto temor a las novatadas que supuestamente se realizaban a los de nuevo ingreso. Yo era una oveja demasiado tierna, una presa demasiado llamativa en aquel entonces.

Pasó el tiempo y nuestra pandilla creció. Se unieron a ella, Omar “Chuwaca” y “Popeye”. Arena era quien designaba los apodos para, no solo los nuevos miembros, sino también para toda aquella persona que se cruzaba en su camino. Omar odiaba el apodo que le puso Arena, pero al final lo aceptó de mala gana.

Por supuesto que al ser más sociable y tener buenos amigos, algo tenía que cambiar. Ese cambio fue negativo en mi desempeño académico. Bajaron bastante mis calificaciones, producto de “saltar clases”, “pintas” y visitas al billar. Comencé a beber alcohol con ellos, aunque no en el mejor lugar. Todo era tan sencillo para mí, que comencé a beber en los salones. Por supuesto, haciendo uso de una estrategia infalible: el jugo de Boing. Era fácil entrar a clases con tu jugo mezclado con vodka. Nadie se daba cuenta, a menos que tuvieras que hablar. El aliento siempre te delataba. En más de una ocasión me metí en problemas por ese tipo de comportamientos. De todos salí adelante, con bastantes remordimientos sobre mí.

Jugaba baraja y veía películas en algunas clases. Por supuesto, con el visto bueno de los profesores. Ellos también, en ocasiones, se animaban a ser parte de nuestros arrebatos de juventud. Había excelentes profesores y otros que, para ser sincero, eran bastante aborrecibles y nefastos.

Con la pandilla aprendí a comer en la calle. Salíamos a comer tacos, tortas, tamales, garnachas de todo tipo. Lo de menos era el dinero. Cuando no teníamos dinero nos cooperamos. En muchas ocasiones dividimos las tortas y compartimos el refresco. Era una convivencia fraternal y sincera. Un ritual de amistad.

Con el paso del tiempo, fui a algunas fiestas. Por supuesto que eran situaciones nuevas para mí, pero que no me despertaron mucho interés. En ellas solo me centraba en beber y disfrutar al máximo con mis amigos.

Las chicas no fueron un problema para nosotros durante aquel primer año de vocacional. La escuela, al menos en el turno vespertino, se caracterizaba por tener una población estudiantil mayoritariamente de hombres. En nuestro grupo solo había cuatro mujeres, y nosotros éramos casi cincuenta hombres. Una de ellas fue novia, desde los primeros días, de uno de nuestros compañeros, “Cabeza olmeca”. Otra, era mamá de tres hijos. La tercera era una chica por la que nadie suspiraba. Y la última, “Mulán”, fue un caso particular.

Durante ese primer año desarrollé una manía por las apuestas. Por supuesto que esa obsesión se vio sustentada por una buena suerte que me seguía. Ganaba nueve de cada diez apuestas, incluyendo volados. La clave: mentalizarme en que ganaría todo el tiempo. A mí me funcionó, hasta que perdí una apuesta contra mí mismo: la apuesta de no enamorarme de una chica mientras estuviera en la vocacional.

IX / Teresa

 Por Juan Francisco

IX

Todo lo que pasó a lo largo de esos tres años, en ese largo capítulo de mi vida, se cerró el último día de clases. Aquel momento puso punto final a mi adolescencia y a mis traspiés por la vida. El último día de clases es simbólico para la mayoría de los chicos de secundaria. Es un conteo regresivo que los presiona para recabar todo acto de valor para la memoria.

Algunos se dejaban colocar dedicatorias sobre su última playera blanca, aquella que usaron para las actividades deportivas. Otros, los más favorecidos tecnológicamente, se tomaban fotografías con todas aquellas personas que significaron algo importante para sus vidas. Finalmente, hay quienes prefieren el clásico cuaderno de dedicatorias donde quedan plasmadas frases y textos de despedida.

Si tuviste un ápice de popularidad, tienes la oportunidad de escribir en aquellos cuadernos de dedicatorias. Yo pude escribir en varios de ellos. Para bien o para mal, la mayoría de los compañeros me consideraban un buen tipo. Algunos, incluso, un buen amigo. Recuerdo a varios de ellos: Omar, Miguel, Oscar, Ariadna, Tapia (olvidé su nombre), Emmanuel, Itzel, son los únicos nombres que logro recordar.

Pero hubo alguien más. Una chica llamada Teresa. Ella me pidió que escribiera en su cuaderno. Eso hice. Entre las decenas de dedicatorias se encontraba la mía. Por fortuna, fue la última. Fue una dicha que eso fuese así porque en mi dedicatoria hacía ella plasmé una carta de amor improvisada.

Teresa era una chica guapa que no se consideraba como tal. Durante años se burlaron de ella por su nariz. No es que fuese ancha ni que tuviera dimensiones exageradas. Simplemente tenía una nariz delgada y afilada; no aguileña, sino más de tipo eslava. No obstante, mis compañeros la apodaban ”Calamardo”, una referencia que estaba de moda en aquellos años por una caricatura popular. Cada vez que le llamaban por su mote, yo notaba que Teresa se molestaba y se entristecía.

La verdad es que no la traté mucho, como a la mayoría de mis compañeros. En cambio, fue a ella a quien le mostré mis sentimientos a través de aquella dedicatoria. Por supuesto que mi texto fue anónimo. Quizás ella llegó a descubrirlo, aunque eso es un misterio para mí.

En el momento que tuve frente a mí esa hoja en blanco, tuve la certeza de lo que quería expresar. Le escribí lo que salió de mi corazón, de lo más profundo y desconocido de él. Le dije que para mí era una chica bonita, que no tenía porque preocuparse por su nariz ni por las burlas de los demás. Al final, lo verdaderamente importante era lo que ella pensaba de sí misma. Le aseguré que era una chica de sentimientos nobles que se escondían tras una máscara de indiferencia. Además, le confesé que su sonrisa era una bendición, sobre todo, para mí. Ella era una chica que, sin duda, llegaría lejos en la vida y que, estaba seguro, terminaría con un buen tipo.

Cerré mi carta con la confesión de que me gustaba en todos los sentidos. Y que, si yo hubiera sido más valiente, le hubiera pedido que fuese mi novia. Pero el tiempo se había terminado y quería despedirme de ella no sin antes decirle lo que sentía.

Al final, -recuerdo- coloqué un poema sobre la comparación entre su belleza y un jardín secreto que solo algunos pueden descubrir si miran más allá de lo aparente; un jardín capaz de dejarte sin aliento y con el corazón latiendo a todo galope.

Aún puedo ver aquellas letras sobre el papel configurándose en: "Adiós Teresa, fue un placer haberte conocido y poder admirar tu belleza. Tu admirador secreto, que te quiere en silencio". Le entregué el cuaderno aprovechando la hora de salida. Sabía que no tendría tiempo de revisarlo en ese instante. Y también estaba seguro que no volveríamos a vernos.

Hoy pienso que al escribir esa nota, no era solo a Teresa a quien se la dedicaba. Creo que era un escrito que estaba destinado a las tres chicas que fueron el motor de cambio en mi adolescencia. Un cambio que exigía que me volviese más fuerte, seguro y decidido. Si bien no logré hacerlo durante tres años, algo cambió en mí. Ese algo me impulsó a seguir adelante y no rendirme. Betty Pasadores, Sarahí y Teresa me mostraron un mundo que desconocía y que existía más allá de mí. Un universo que se mostraba con cada paso que daba. Un camino que todavía vigilan sus monumentos imaginarios, en aquel jardín de flores, colores y aromas angustiantes, y que me lleva todos los días más allá de la libertad.

III / Cabaña del señor Victor

 Por Estela

III 

Llegamos por la noche. El señor Víctor nos recogió con su camioneta en la iglesia del pueblo. Mi mamá solo tuvo tiempo de pasar por Ana, que salía de la primaria y comprar algo improvisado para hacer sándwiches y una leche de sabor chocolate. El jardín era amplio; los caminos donde pasaba el carro eran bloques rectangulares de concreto. Al entrar se veía una casa enorme: azul con detalles de tabique para contrastar. Un corral de colores con figura de venado y techo de tejas; enfrente una fuente y una base de concreto enmarcándola. Después, una palapa con láminas rojas de plástico en forma de tejado, 4 soportes de acero, una mesa grande azul y su piso de loseta roja; a un costado, un asador azul y atrás de todo esto, una cabaña blanca con techo rojo.

Cuando entramos a la cabaña, estaba vacía. Del lado derecho se encontraba la cocina y el baño; junto a él, una escalera que daba a un tapanco que ocupaba solo media casa. Del lado izquierdo había un salón grande, en la esquina se hallaba una chimenea y un sillón de madera; y casi junto a la puerta de entrada se hallaba un ropero blanco, el cual fue el primero que abrí y me encontré en él cuatro libros y un peluche del perro “Guayo” del Cubo de Donalu. Me gustaba como mi papá lo hacía bailar mientras Ana y yo cantábamos. La primera noche dormimos juntos en el tapanco. A papá no le gustó la sensación y después de ese día, ellos dormirían en un colchón, que por el día se colocaba detrás del sillón y por la noche se tendía en el suelo para hacerse la cama de mis padres.

XIII / El segundo año

 Por Julio César

XIII

JEFE DE GRUPO VERSIÓN 2.0

A los 14 años, en los primeros días del 2º grado, cambiaron de jefe de grupo. Como recordarán, su servilleta había sido el jefe de grupo del año pasado, a petición de un maestro. No me llamó la atención el porqué me cambiaron, supongo que porque fui mal líder o jefe. Eso no lo sé porque no estaba presente en esos momentos. Su servilleta respetó la decisión. Antonieta fue la elegida para el puesto de jefa de grupo, la felicité y le mencioné que tenía que llenar en unas hojitas la indisciplina. Las hojas se las pedían al jefe de grupo en servicio social y entre otras cosillas, pero Antonieta me pidió que yo llevara el registro de la indisciplina y no tuve inconvenientes al respecto, ese fue nuestro acuerdo.




ORTOGRAFIA, ¿YO?

En 2º año, por el mes de octubre, la maestra de español le pidió a su servilleta que participara en el concurso de ortografía para sacar al alumno que competiría contra escuelas técnicas. Se lo pidieron a su servilleta porque tenía una buena ortografía.

Me presentaron a una chica llamada May, con quién también participaría. Éramos los únicos de la tarde. Me presenté en el día y hora del evento, pero ella no fue. Le comenté a la maestra que no la había visto en el evento y la maestra me dijo que May no había podido llegar por cuestiones ajenas a ella, pero que sí hizo la prueba 2 horas después.

May fue a participar contra las otras secundarias técnicas del 2º año. Su servilleta preguntó porque había sido seleccionada ella para participar, la maestra le comentó a su servilleta que ambos habíamos quedado empatados en el 1er lugar. May había sido escogida por tener mejor letra. Pero a pesar de que su servilleta tenía mala letra, se entendía lo que escribía y sin faltas de ortografía. No sé en qué lugar habrá quedado May contra las otras secundarias, pero fue bueno que ella fuera. La última vez que la vi, fue hace 4 años acompañada de un niño de 4 años aproximadamente.




ESCOLTA

Ya para el mes de enero, un maestro de civismo fue a preguntar al salón quiénes tenían las calificaciones más altas del salón. Su servidor era el único chavo porque las demás eran mis compañeras. El motivo de la pregunta era para que se formara la escolta con los mejores promedios. Su servilleta no dijo nada porque no me llamó la atención, no quería porque me daba pena ser el único chamacón a lado de tantas chavas. Hubiera aprovechado el viaje para conocer a más gente.

Al año siguiente, estaban formando la escolta de chavos y su servidor estaba elegido con otros para formarla, pero como andaba medio mal en ese tiempo por un desgarre, no seguí en la preselección y me descartaron de la escolta.




ENTRE COMILLAS

Una cosa rara que pasó estando en 2º año fue que por la 3er semana de enero, a la salida de la escuela, un compañero del salón, Eduardo, me dijo que lo esperara tantito. Yo le dije que sí, que no había problema. Eduardo fue hasta donde estaba una chava del salón llamada Olivia y le habló. No me acuerdo como era exactamente Olivia, pero lo que sí recuerdo, es que era una de las chicas más bonitas del salón: color de piel morenita, cabello al hombro; su rostro no lo recuerdo. Y con un lenguaje algo florido, lenguaje opuesto al de su servilleta. Eduardo nos puso de frente y nos preguntó si queríamos salir o sea, ser novios y ese tipo de cosas. La respuesta fue sí. Pero “salir” era entre comillas, porque salíamos nada más dentro del salón y saliendo del mismo, cada quién por su lado. No me llamaba la atención salir con ella. ¡Mucho menos de mano sudada! Además yo era uno de los aplicados de la clase, le prestaba más la atención a los estudios que andar de parejita. Hoy en día, no ha cambiado mucho eso de prestar más atención a otras cosas que considero importantes que andar en pareja. Hace 1 año aproximadamente, un excompañero me comentó que ella está en el otro lado del río y creo que con familia. Me alegra que esté muy bien.

Este relato también es muy bueno.




OSO TAMAÑO MONUMENTAL

Un día, también del segundo año, le tocó a mi grupo hacer los honores a la bandera. A mí me tocó cantar el Himno Nacional enfrente de toda la escuela. Pero no se escuchó mi voz y ¡se escuchó más a pista! Su servilleta no se dio cuenta de eso, me lo comentó después, un compañero del taller. ¡Eso fue un pancho monumental, creo yo! Y ahorita que lo pienso , no me sentí mal por eso. No me volvieron a escoger para cantar el Himno Nacional. Al menos no se me olvido la letra o se la cambié como otros, así que me salvé de hacerlo de nuevo en público. Por eso, mejor lo intento en el cuarto o en la regadera, para no molestar a otros y que los perros no me hagan coro por cantar tan bonito, por tener una voz tan melodiosa como la de un tenor a quién sólo le aplaude mi soledad. ¡Gracias, querido público!

XII/ El resbalón. ¿Será acaso una canción de Los Tucanes de Tijuana?

 Por Julio César

XII

Tenía 13 años, cuando en la materia de Física, el maestro salió del salón por un momento. Comentó que iría a la dirección por unas cosas y regresaba de bolón pin pon. Por cierto, no es chisme ni nada por el estilo, el maestro del salón de junto, también salió de su salón. Hasta donde yo supe, por otras cosas. Para que no piensen mal, mal pensados.

5 minutitos después de salir los maestros, una chava del otro salón, le habló a una compañera de mi salón con señas y su servilleta pensó que le estaban hablando. Y yo le respondí. Pobre de mi ingenuidad. Tomé la decisión de salir y preguntarle qué era lo que se ofrecía. Pero dijo: -A ti no te busco.

¡Lástima, Margarito! Me sacaron la lagrimita de cocodrilo o el emoji con los ojos con lagrimitas, eso lo dejo a su imaginación. Le hablaba a otra chava que estaba a un lado de mí. ¡Imagínense mi cara! No la describo, mejor la dejo a su imaginación. A un compañero del salón le dio risa y lo perseguí. Pero, ¿qué les digo? Ahora imagínense mi desgracia al cuadrado, ¿o será a la x potencia? Porque al bajar unas escaleras, en la persecución pisé mal y me resbalé. Terminé en el piso, del lado izquierdo, aunque no me dolió cuando me levanté, me enojé más. Pero unos cuates me apoyaron y a otros le dio risa. Al final, él se escondió, no lo encontré y no pasó nada más. Para el segundo año, se cambió de escuela. Si los viera hoy en día, a lo mejor me recordarían ese día.