Por Juan Francisco
X
Cerré mis párpados cansados. La noche terminó por devorar mi cuerpo. Miro mi celular y marca las 11: 17. Casi es medianoche. Comienzo a caminar de regreso a casa. He pasado bastante tiempo fuera. Lo más probable es que estén preocupados por mí. Esa idea me fastidia bastante. Me gustaría creer que no hay nadie en el mundo que esté interesado en mí. Eso ha llegado a ser agobiante en mi vida: el enfermizo deseo de otros, por controlar mi vida. Me gustaría hacer y deshacer lo que yo quiera sin tener que preocuparme por lo que dirán o pensarán los demás. Aunque eso es inevitable. Somos seres sociables por naturaleza.
Esa cavilación me anima a retornar de nuevo en el tiempo. El camino es largo, así que puedo perderme de nuevo en aquellas memorias que me ofrecen una mezcla de nostalgia, de momentos felices y tristes. Doy un paso hacia adelante y mi mente me transporta lejos, muy lejos de aquella fría noche.
No logro recordar sus nombres, no el de todos. Pero sí sus apodos. Mi etapa en la vocacional fue posible gracias a “Largo”, “Cansino”, “Arena”, “Chuwaca”, “Popeye”, “Lule”, “Pequeño”, “Mike Wazowski”, “Conan”, “Amaury”, “Frodo”, “Polivoz”, “Alandar”, “Moe”, “Torero”, “Cuadrado”, “Borrego”, “Ritz”, “Ayliz”, “Chayo”, “Wisin”... Apodos que nombran a más de una decenas de personas que influyeron en mi vida para bien y para mal. Sobre todos ellos y ellas, se encuentra la Maga. Usaré un apodo, el que más me gustó de todos los que le conocí, para nombrarla. Ella es la única a la que no me atrevo a nombrar. Prefiero que ella sea “la maga”, solo eso. Una chica que fue una parte importante en mi vida durante aquella etapa. Una chica que me robó el corazón y a la que le robé el suyo.
Si en la secundaria fui todo un desadaptado social, en la vocacional fui alguien que socializaba con los ojos cerrados. Tan cerrados que no me di cuenta en qué dirección iba mi vida. Empecé como un chico solitario (llegaron a ponerme el mote “el sin amigos”) y terminé rodeado de personas que me causaron más problemas que dichas.
Comencé mi etapa en la vocacional con la certeza de que esa no era la escuela que yo había elegido, sino la que me impusieron. Yo deseaba estudiar en una preparatoria de la UNAM, pero mis padres insistieron en que la mejor opción era una vocacional. No creían que el ambiente de la preparatoria fuera benéfico para mí. Tampoco creían que yo pasara el examen con los aciertos requeridos para ingresar a la preparatoria de la UNAM. Al final saqué 99 aciertos; más que suficientes para poder ingresar a donde yo quisiera. Por desgracia, mi primera opción fue la vocacional. Me quedé en ella y lo acepté.
Las primeras semanas fueron complicadas para mí. No sabía cómo integrarme al grupo ni como hacer amigos. Me aislaba en los recesos. Buscaba los lugares más solitarios para comer y dejar pasar el tiempo. Sin embargo, ellos llegaron y mi vida cambió para siempre.
Una tarde, mientras observaba las canchas de la escuela a la distancia, llegaron tres de mis compañeros. Me dijeron que me veían todo el tiempo solo. Pensaban que sería buena idea que me uniera a ellos. Me desconcertó al principio su ofrecimiento, pero al final acepté. Realmente me sentía solo y ellos era una buena oportunidad para mitigar ese sentimiento.
Así fue como fundamos los “Arenas Boys”; un grupo variopinto que comenzó gracias a la amistad que forjé con Miguel (Arenita), Roberto (Cansino) y Francisco (Largo). Juntos formamos nuestra primera pandilla. Nos apoyamos en todo e hicimos frente a todo. Fueron como mis hermanos. Incluso, en diversas ocasiones tratamos de unirnos a los porros como una forma de ganar fama para nuestra pandilla. Por suerte eso no pasó porque en la vocacional los porros estaban casi extintos.
Contaba la leyenda que el antiguo director retó al líder de los porros dos años antes de que entráramos a la vocacional. El reto fue una pelea, la cual fue ganada por el director. Por eso, decían los pocos porros que quedaban, que ya no hacían viejas actividades como en el pasado. Eso fue una noticia maravillosa para mí. Le tenía cierto temor a las novatadas que supuestamente se realizaban a los de nuevo ingreso. Yo era una oveja demasiado tierna, una presa demasiado llamativa en aquel entonces.
Pasó el tiempo y nuestra pandilla creció. Se unieron a ella, Omar “Chuwaca” y “Popeye”. Arena era quien designaba los apodos para, no solo los nuevos miembros, sino también para toda aquella persona que se cruzaba en su camino. Omar odiaba el apodo que le puso Arena, pero al final lo aceptó de mala gana.
Por supuesto que al ser más sociable y tener buenos amigos, algo tenía que cambiar. Ese cambio fue negativo en mi desempeño académico. Bajaron bastante mis calificaciones, producto de “saltar clases”, “pintas” y visitas al billar. Comencé a beber alcohol con ellos, aunque no en el mejor lugar. Todo era tan sencillo para mí, que comencé a beber en los salones. Por supuesto, haciendo uso de una estrategia infalible: el jugo de Boing. Era fácil entrar a clases con tu jugo mezclado con vodka. Nadie se daba cuenta, a menos que tuvieras que hablar. El aliento siempre te delataba. En más de una ocasión me metí en problemas por ese tipo de comportamientos. De todos salí adelante, con bastantes remordimientos sobre mí.
Jugaba baraja y veía películas en algunas clases. Por supuesto, con el visto bueno de los profesores. Ellos también, en ocasiones, se animaban a ser parte de nuestros arrebatos de juventud. Había excelentes profesores y otros que, para ser sincero, eran bastante aborrecibles y nefastos.
Con la pandilla aprendí a comer en la calle. Salíamos a comer tacos, tortas, tamales, garnachas de todo tipo. Lo de menos era el dinero. Cuando no teníamos dinero nos cooperamos. En muchas ocasiones dividimos las tortas y compartimos el refresco. Era una convivencia fraternal y sincera. Un ritual de amistad.
Con el paso del tiempo, fui a algunas fiestas. Por supuesto que eran situaciones nuevas para mí, pero que no me despertaron mucho interés. En ellas solo me centraba en beber y disfrutar al máximo con mis amigos.
Las chicas no fueron un problema para nosotros durante aquel primer año de vocacional. La escuela, al menos en el turno vespertino, se caracterizaba por tener una población estudiantil mayoritariamente de hombres. En nuestro grupo solo había cuatro mujeres, y nosotros éramos casi cincuenta hombres. Una de ellas fue novia, desde los primeros días, de uno de nuestros compañeros, “Cabeza olmeca”. Otra, era mamá de tres hijos. La tercera era una chica por la que nadie suspiraba. Y la última, “Mulán”, fue un caso particular.
Durante ese primer año desarrollé una manía por las apuestas. Por supuesto que esa obsesión se vio sustentada por una buena suerte que me seguía. Ganaba nueve de cada diez apuestas, incluyendo volados. La clave: mentalizarme en que ganaría todo el tiempo. A mí me funcionó, hasta que perdí una apuesta contra mí mismo: la apuesta de no enamorarme de una chica mientras estuviera en la vocacional.