29 julio, 2021

Autobiografía XXVI / Elección, selección y aceptación

 Por Julio

XXVI

Cada año, a mediados de febrero, se realizaba una exposición de escuelas de nivel medio superior y superior, donde hablan acerca de la oferta educativa que ofrecen. Dicho evento se lleva a cabo en la plaza cívica municipal. Al estar en el último semestre de preparatoria, a su servilleta lo llevaron junto a otros grupos a dicha exposición.

Su servilleta pensaba que la única universidad de la región era el INSTITUTO UNIVERSITARIO ANITA LA HUERFANITA, que además, era de paga. Hoy en día, dicha universidad está cerrada. Se habla de varios motivos por la que cerró, pero desconozco las verdaderas razones y no vale la pena hablar de eso. Además, hoy en día sus instalaciones están siendo ocupadas por otra universidad de paga.

Retomando el tema y para no irme por las ramas, prosigamos. En esas exposiciones de nivel superior, supe qué universidades había en la región y en otras localidades. Por cierto, de otras localidades, su servilleta, ya las conocía. Se seleccionó como única opción, una universidad local que es un Instituto Tecnológico y como carrera elegida y sin pensarlo fue Ingeniería en Sistemas Computacionales. Y como segunda opción, la carrera de Licenciatura en Informática, por si no quedaba en la primera opción, te mandaban a la segunda.

Del salón en el que estaba, menos del 10% escogió seguir estudiando alguna carrera, ya fuera en alguna universidad en el municipio o en otra localidad. Pero algo interesante que le pasó a su servilleta es que algunos chavos del salón se juntaron para tomar asesorías de matemáticas y física para ir bien preparados al examen en la misma universidad que su servilleta. Menciono esto porque un día los encontré en un lugar donde se daban las asesorías y se me ocurrió preguntarles lo que hacían y me mencionaron lo anterior. Les pregunté si podía entrar y me respondieron que sí. Entré tarde con ellos para las asesorías, pero me capacité hasta donde pude con ellos. Para el día del examen nos tocó estar separados. Al final de esta historia, casi todos entramos a la misma universidad en las carreras que elegimos y casi todos la terminamos. En diferentes generaciones, pero las terminamos.

Autobiografía V / Adolescencia I

 Por Gabriela

V

El proceso para dejar de ser un niño y convertirte en adulto es la adolescencia y se le llama así porque se adolece de todo. ¡Y sí que me dolió! Entre tantos golpes, se te va haciendo callo. La piel se curte, te haces duro y te conviertes en adulto. ¡Y es que crecer no es fácil! Pero no todo son golpes y, pues, ¿qué sería la vida sin esos momentos que te llenan? A esos a los que llamamos felicidad.

Desde que entré a la secundaria muchas cosas cambiaron: mis responsabilidades aumentaron, los viajes con el sonido terminaron, pues asaltaron dos veces al camión y todo por envidia. Afortunadamente, todos sobrevivieron a la balacera. Y bueno... Como dije: los golpes comenzaron.

Cambiar de sistema escolar creo que fue algo bueno. Abandonar a esos profesores con favoritismos y sin amor por la vocación, cuya mejor herramienta era el maltrato físico o emocional y algunos otros, soberbios. Cambiarlos por otros excelentes docentes que me impulsaron a querer más y creer en mis capacidades, las cuales los anteriores maestros se habían esmerado en sepultar y denigrar.

Y fue aquí, en la secundaria, donde aprendí que podía hacer lo que me propusiera. Gracias a Carlos, mi maestro de matemáticas, él fue mi consejero y me dio esa confianza que me hacía falta; también me mostró que las matemáticas son muy fáciles y me enamoré de ellas. Como mencioné, no todos los maestros fueron buenos pedagogos como Carlos, que tenía la empatía y la dedicación para cada alumno. Mi maestra de química era… ¿Cómo decirlo? Un monstruo muy inteligente que me hacía sufrir y me exhibía como ejemplo ante mis compañeros. Y no conforme con eso, me sobre exigía, al punto que me llevó al colapso psicológico al decirme que era una mediocre. Por primera vez experimenté una muestra de solidaridad de mis compañeros y amigos al defenderme de su agresión. Y bueno, algo que nunca esperé, fue que ella se disculpara y me explicara porqué me exigía tanto. Porque sabía que yo podía dar más y que tenía la capacidad para sobresalir. ¿Y sabes qué? Yo le creí.



Autobiografía XXVIII / Lágrimas inesperadas

 Por Juan Francisco

XXVIII

La noche nos había alcanzado y con ella llegó un manto negruzco que lo devoró todo a su paso. Los niños jugaban con los restos de las piñatas; algunos usaban los picos como sombreros, otros los utilizaban como recipientes para sus dulces y frutas. Un par de vecinos repartía ponche en vasos de unicel. Otra vecina ofrecía café y galletas de buen tamaño con sabor a canela. Todo era alegría y convivencia. Había sido una celebración fantástica. Fue el último evento que celebramos con la comunidad. Nostálgica despedida, melancólico adiós.

Por más que me esforcé, no logré recordar los nombres de aquellos niños, con excepción de uno. Se trata de un nombre que se quedó grabado en mis memorias por lo significativo que es. Todos esos niños y adolescentes me mostraron lo valioso que puede llegar a ser el trabajo comunitario. Me enseñaron a ser paciente, a creer que todo es posible y que no hay nada más importante en la vida que ser feliz.

Los niños y las niñas corrieron entre los vecinos y nosotros. Jugaban como si no hubiera un mañana. Yo los observaba con alegría. Los niños me transmitían una sensación agradable y pacífica, a pesar de sus características travesuras. Lo cual me hace recordar una en específico.

En una ocasión, cuando llegamos a la comunidad, nos encontramos con cientos de metros de una cinta de color negro. Estaba desperdigada por todas las áreas comunes y frente a algunas de las entradas de los edificios departamentales. De inmediato vimos a varios de los niños jugando a la distancia con películas en VHS. Las lanzaban al aire y las dejaban caer. Después tomaban las cintas y las aventaban lejos de ellos. La escena era agradable y cómica. No obstante, algunos vecinos salieron a quejarse y regañar a los niños.

Los ayudamos a juntar todas las cintas y pedazos de carcasas de VHS. Así fue como descubrimos que habían sacado las películas VHS de uno de los contenedores de basura de un edificio de departamentos. Lo preocupante fue cuando los niños nos mostraron las cajas de las películas. De inmediato nos apresuramos a recoger todas las cintas y películas para depositarlas de nueva cuenta en el contenedor. Terminamos la tarea y nos alejamos a toda prisa con los niños. Las películas que estaban en la basura eran más de una docena y todas eran pornográficas. 

Pero todo aquello era parte del pasado. No volveríamos a la comunidad ni íbamos a convivir con esos niños y adolescentes de nuevo. Llegó el momento de las despedidas, de los abrazos y los agradecimientos. Varios de mis compañeros comenzaron a llorar. Yo mantuve mi mente distante de aquel momento. Odiaba, (sigo haciéndolo) las despedidas. Reprimí mis emociones y sentimientos por aquellas personas con las que habíamos convivido por un año. La experiencia había tenido sus complicaciones y dificultades, pero al final se había logrado un excelente trabajo para beneficio de los habitantes de la Unidad Habitacional.

Entonces pensé en que deseaba tener un recuerdo de aquellos niños y adolescentes. Saqué mi celular y pedí a una compañera que me apoyara para tomarme fotos con ellos. Fue una linda experiencia y aún tengo esas fotos. A veces las observo de nuevo para recordar que el mundo tiene esperanza y que su rostro es el mismo que el de aquellos niños.

Reí con ellos, los abracé, les agradecí y les deseé lo mejor en la vida. Sin embargo, había una niña muy especial para mí. Su nombre, el único que recuerdo de aquellos niños, era Nicole. Cada vez que nos veía llegar corría hacia mí y me pedía que la cargara. Nicole tenía entre seis y siete años. Jugábamos al avión o a las atrapadas. En ocasiones me contaba sobre los problemas en casa (la falta de un padre, los novios de la madre, la incomprensión de su hermana). Confiaba mucho en mí. Todos decían que parecía que era mi hija. En nuestra profesión está prohibido experimentar emociones por las personas con las que trabajamos, con las que intervenimos y a las que atendemos. Es parte del código de ética. Sin embargo, hay situaciones que rompen esas normas. Somos seres humanos y no podemos reprimir por completo un sentimiento tan puro como el cariño y el agradecimiento.

Abracé a Nicole, le dije que las cosas mejorarían en su casa y me despedí de ella con la certeza de que no volvería a verla. Ella corrió hacia donde estaba su hermana mayor, volteó y se despidió con la mano. De un momento a otro pareció recordar algo y corrió a toda velocidad en dirección a donde me encontraba. Se plantó frente a mí y me pidió que me acercara. Me puse de cuclillas y ella me dio un tierno beso en la mejilla. Me dijo: Nos vemos la siguiente semana. De nuevo salió corriendo y se marchó con su hermana.

No pude contener más mis emociones y sentimientos. Me fue imposible. Comencé a llorar desconsoladamente. Un par de compañeras se acercaron a mí y me abrazaron. Me llevaron detrás de todas las personas que seguían en la explanada. Las lágrimas se mezclaron con la fría sensación del tierno beso de Nicole y con el peso de sus últimas palabras. La mejor etapa de mi vida hasta ese momento había llegado a su fin.

No volví a ver a Nicole (mi hija temporal),43 ni a ninguno de los niños y adolescentes de la Unidad Habitacional. Deseo, desde lo más profundo de mi corazón, que hoy en día sean personas muy felices y que hayan cumplido sus sueños y metas.





Autobiografía XVIII/ El desastre que dejas

 Por Estela

XVIII

El Colegio de Bachilleres del Estado de México quedaba a las afueras de Atlacomulco, al otro extremo de mi casa. El camino me tomaba unos 30 minutos cruzar por sus calles. Me agradaba apreciar sus tintes coloniales. Su catedral, fue punto de encuentro de mis compañeros. El camino continuaba cuesta abajo y desembocaba en la estación de radio, (donde una vez Ana y yo nos ganamos 2 entradas al cine que nunca recogimos). Finalmente, terminaba con un puente peatonal largo y un sendero de piedra volcánica roja hacia la entrada de la escuela. Se sentía un aire de independencia al comprar los útiles escolares, mi uniforme rojo chillante o caminar por las calles solas y oscuras.

Al mes, ya me había hecho amiga de Wendy y de las primeras tres filas del salón. Como estudiante, estaba abajo del promedio debido a los múltiples escapes con Malinalli. Él me hacía sentir segura y nuestra relación era como tragos de vodka con jugo: dulce, apasionada y violenta al mismo tiempo. A mi parecer, se estaban formando los cimientos de una vida juntos. Hasta que…

En la época donde se obscurece antes de las 18:00, Fernando, un compañero del salón, nos hacía el favor a mí y a todo aquel que entrase en su camioneta, de acercarnos a la catedral. Malinalli observó cuando me bajé del asiento de copiloto; su expresión dibujaba furia contenida. Tuve miedo de acercarme. Él comenzó a caminar más rápido. El que me evadiera me dolió más que cualquier golpe que hubiera recibido. A los pocos días le pedí perdón por lo que había provocado y desde ese día me esperaba afuera de mi escuela para "cuidarme", según él.

En aquella escuela duré menos de un año y fui expulsada por una injusticia: un día lunes, después del receso, se realizaban los honores a la bandera. Como director de ceremonia se encontraba un amigo de Jonathan que me gustaba. Un retraso en los sanitarios causó que ya no encontrará espacio en la fila de las niñas, así que se me hizo fácil formarme en la fila de los niños. No me percaté del cuchicheo que había a mi alrededor, hasta que terminó y la directora nos mandó a llamar. Traté de apelar pero a mí no me escuchó y a los hombres no les puso ninguna sanción. Al día siguiente fue mi hermana; hablaron por un rato y después firmó mi baja. Recibí muchas críticas pero las que más me dolieron fueron las de Malinalli que contenían ese tinte pasivo-agresivo.

Mis papás decidieron que nos regresábamos al Ajusco, los 4 juntos en una cabañita de un rancho que había contratado a mi padre para cuidarlo. Regresamos justo en esos días de invierno, donde el frío te abraza y reconforta, aunque sea por un rato.

Autobiografía XVII / ¡Estás fuera!

 Por Estela

XVII

El trabajo inestable de mi papá como vendedor de globos no dejaba muchas ganancias, por lo que mi madre tuvo que buscar otro trabajo donde la paga fuera mayor a la guardería y aceptó trabajar de cocinera en un restaurante del Distrito Federal.

Sentada en mi cama vi a mi madre hacer una maleta, poner su alarma del día lunes a las 5:00 am. Contemplé la incomodidad de mi padre de sentir su ausencia y su sentimiento de no querer hacerse responsable de una tarea que según él, no le pertenece a los hombres: cuidar a sus hijas. También observé cómo la tristeza encogió a Ana; hasta el grado que intercambiamos papeles: ella tomó el rol de hermana menor. Yo me percaté de que le hacía falta más una mamá que una hermana y sin hacer casting o sin que me lo impusieran, me adjudiqué el papel de su madre y me obligué a madurar.

Desempeñé aquella actuación de manera muy improvisada: cocinando platillos que eran una abominación y en varias ocasiones obligaba a mi hermana a tragar. No era buena cocinando pero me gustaba la sensación que venía después. También, intentaba administrar el dinero que nos mandaba mi madre cada domingo. Y el tiempo, de lunes a viernes entre escuela, tareas y comidas se me iba el día; los sábados lavaba la ropa en una piedra que colocó Ana en la barda del lindero y la tendía en la unión de muchos lazos que iban de un árbol de tejocotes a un Tepozan.

Me hizo falta mi madre; sus sabios consejos, su compañía al comer. Pero sobre todo, en el último año de la secundaria, cuando a escasos días de la ceremonia de graduación, me quitaron de participar en el discurso de despedida porque la señora directora me creyó embarazada; en el momento de elegir la educación media superior.

Terminé seleccionando una opción donde la gente que conocía no estaría y el turno de la tarde, así no tendría tiempo para pensar o ver a Malinalli, pues quería arrebatar su recuerdo de mi mente. Miguel, que pronto se percató de mi soltería, me pidió que fuera su novia. Y yo acepté porque dicen que "un clavo saca a otro clavo". Al enterarse la familia de mi papá se escandalizaron, puesto que él mantenía amistades con "malas compañías", pero a mí no me interesaba. Mi atención, intriga, mente y corazón los poseía el chico de los rulos y "ojos achinados".

Fue un 23 de agosto cuando lo volví a ver en la víspera de la fiesta de San Bartolomé, vendiendo pan de feria. Mi cuerpo temblaba. Pasé un par de veces enfrente de su negocio. Quería que me hablara, que diera una explicación. Una tercera vez me hizo sentir ridícula. Mientras me alejaba, escuché su voz atrás:—¡Estela… do!—

Era normal escuchar chistes que se inventaba con mi nombre. Me abrazó y me dio un beso cálido. Su actitud era como si esos 5 meses no hubieran existido y otra vez me envolvió con su cabellera. A Miguel dejé de contestarle el teléfono y mensajes. Fue Malinalli quien terminó con él desde mi teléfono. Miguel manifestó su molestia dedicándome la canción de Amargo adiós de Inspector...

Adiós a Miguel, adiós a mi infancia, adiós a mi madre, adiós a lo que un día fui y próximamente adiós a un mal trago.

Autobiografía X / De esa agua no beberé

Por Ofelia

X

Casi por concluir el servicio social, surgió la oportunidad de trabajar en un hospital particular, pues resulta que Estivalis (compañera actual del trabajo), tiene una amiga (Reyna) en el área de investigación del hospital de perinatología. Y una mañana le habló por teléfono. Recuerdo que procesábamos en el laboratorio unas muestras de sangre, cuando entró Reyna. Nos preguntó si nos gustaría trabajar los fines de semana en el hospital, a lo cual respondimos mi compañera de servicio y yo, que sí. Posteriormente nos dijo: “Tienen que presentarse a una entrevista con la jefa Maricela, ya que es muy frecuente que falte personal el fin de semana”. Supongo que la mayoría , y más siendo jóvenes, prefieren trabajar entre semana y descansar los fines de semana.

Quien es muy sociable se va de fiesta. Lo digo, pues me tocó trabajar con una chica que literalmente, era muy fiestera: se iba los viernes o sábados a sus reuniones y terminando la fiesta se pasaba al hospital, a dormir en una salita de espera en lo que daba la hora de entrada, para checar a las 6:00 am. O sea que solo dormía como dos horas a lo mucho. Y pues claro, siendo joven uno no lo siente. A pesar de que era jornada acumulada y se trabajaba quince horas por día y lo pesado no solo era eso, cuando se juntaban los días festivos (que nos sé a quien se le ocurrió pasarlo a lunes) y se hacía más pesado trabajar 15 horas en tres días seguidos. Claro, no era muy frecuente, aunque yo lo hice por tres años.


Después me pasaron al turno de la semana (de lunes a viernes) en el horario vespertino. Trabajé en ese horario menos de un año, después se abrió una vacante en el turno mixto y por antigüedad me dieron el cambio. Pasó un año. Nunca lo imaginé, pues casi de la noche a la mañana, comencé a salir con un chico. Previo a esto, siempre intentaba hablarme. Yo siempre que me hablaba lo ignoraba. A veces recurría a mi papá y cuando pasaba con él, le decía: “Me gusta su hija”. Y él contestaba: ahí está. Me caía tan mal, que ni caso le hacía. Dice el dicho: “Nunca digas: de esa agua no he de beber”. Pasó un corto tiempo y ya estábamos viviendo juntos.

Autobiografía IX / Pinchando y ponchando venas

Por Ofelia

IX 

Concluida la carrera comencé con el servicio social. Conseguí un lugar, junto con una compañera, en el hospital de perinatología. Se suponía que serían seis meses, cosa que se prolongó casi 18 meses, debido a que el asesor externo era una celebridad en el área de nutrición, pues era autora de un libro y claro jefa del área clínica. Recibimos capacitación con los laboratoristas clínicos, ya que el proyecto era evaluar suplementación con hierro en mujeres embarazadas, nunca imaginé pinchar y ponchar venas. Claro, eso era al inicio, debido al temor y al nerviosismo de no encontrar las benditas venas. Bueno, solo fue una víctima, la cual después de dos intentos, no volvió. ¡Pues claro! Nadie o por lo menos por la mayoría no es bien recibido un piquete aunque sea por salud; es aterrador y más cuando nos ven como: “Este no tiene o le falta la experiencia”.

También aprendimos a procesar las muestras de sangre y claro era parte del proyecto, llevar el registro de cada paciente y así evitar que desarrollara anemia. Además de esto, nos estandarizaron para tomar la presión arterial, pues también como parte del estudio era monitorear a las pacientes con el fin de evitar que desarrollaran alguna complicación como preeclampsia (cuando se eleva la presión). Lo complicado no fue esto, a la hora de procesar la información, hacer el reporte, la tesina, pues a la hora de las revisiones nuestro asesor o estaba en junta o nos decía mañana; o nos hacía correcciones y al otro día lo que estaba bien, se tenía que corregir y viceversa. A pesar del tiempo prolongado, aprendí muchas cosas. De ahí se presentó la oportunidad de trabajar en el área hospitalaria, los fines de semana.