03 abril, 2021

VII/ Tecozautla

 Por Juan Francisco

VII

En mi último año de secundaria, mi grupo realizó una excursión a Tecozautla, Hidalgo. Ahí hay una  atracción turística bastante interesante. En ese lugar existe un géiser y un balneario. La visita resultó divertida para todos nosotros. Nos divertimos bastante, aunque terminamos empapados por el vapor que desprendía el géiser. Todavía tengo presente la sensación del vapor mezclado con un intenso olor a azufre. Lo que más me impresionó fue que una de mis compañeras me abrazara solo para poder mojarme con su ropa empapada. Después de eso me sonrío y se alejó en dirección a otra víctima. Quizás fue su sonrisa pícara lo que causó esa sensación en mí. Fue un momento que me arrancó un suspiro.

Durante el trayecto de regreso me quedé dormido. Nadie se sentó conmigo porque todos se encontraban en la parte trasera del camión. Hacían lo que todo joven cuando no están sus padres: besos, toqueteos, albures, peleas y algo de alcohol.

Abrí los ojos a mitad del trayecto y me di cuenta que el camión se había detenido. Nos estaban bajando a todos. Desconocía el motivo. Una vez abajo, pregunté a una de mis compañeras qué pasaba. Me dijo que habían lanzado una bomba de humo dentro del camión.

No le di mucha importancia a lo acontecido hasta que me explicó que al parecer el camión tenía un sistema contra incendios. Lo que significaba que al detectar el humo, el camión se detuvo automáticamente. Por lo tanto, estábamos ahí, en medio de la nada, a la espera de que el camión funcionase de nuevo. Pero eso no sucedería hasta que no quedase nada de humo en su interior. Pasaron un par de horas para que el camión funcionara de nuevo. Todo pareció quedar en eso: una anécdota. Sin embargo, el profesor que nos llevó -que también era nuestro tutor-, ajustó cuentas con nosotros días después.

El tutor nos exigió -en la primera clase que tuvimos con él, después del incidente-, que le dijéramos quiénes habían sido los responsables de lo acontecido. Todos guardamos silencio. El profesor amenazó con hacernos reprobar a todos si no le decíamos los nombres de los que lanzaron la bomba de humo. Tengo que señalar que nuestro tutor era el peor profesor de toda la escuela. Era un tipo sin escrúpulos que creía que la disciplina consistía en humillar a los alumnos. En una ocasión le cortó el pelo a un chico frente a otros. Era una lección que teníamos que aprender: su ley era la única ley.

Como ninguno de nosotros dijo nada sobre los responsables, el tutor comenzó a pasar lista. Con cada nombre venía una sentencia definitiva. Yo era de los primeros en la lista. A todos los que me precedieron los reprobó sin dudarlo. Cuando llegó a mi nombre y me dijo que hablara, hice lo que no había hecho en mi vida hasta ese momento: levanté la voz y dije lo que pensaba.

Le dije al profesor que eso era injusto. No podía reprobar a todos por algo en lo que no teníamos que ver. Dije que no estaba de acuerdo. El profesor se molestó conmigo y me increpó. Me exigió que le diera una solución o que mejor me callara. La verdad es que yo no supe quién había sido el que lanzó la bomba de humo hasta solo unas horas antes de que el profesor nos tuviera contra la pared. Me enteré circunstancialmente. Pero no me sentía con el derecho y la fuerza para expresarlo. No estaba seguro y no tenía pruebas para culpar al responsable.

Entonces, sin que nadie lo viera venir, una de mis compañeras habló. Creo que la inspiré o le di un poco más de tiempo para que lo valorara en su cabeza. Hizo una propuesta: escribiríamos en papeles el nombre del responsable. Así todo el proceso sería anónimo. Nadie se manchó las manos abiertamente. Delataron al culpable sin mostrar la cara. Todos estuvimos de acuerdo con la propuesta.

Cada uno fue colocando un trozo de papel dentro de una bolsa con el nombre de la persona responsable del evento que nos había metido en ese problema. El resultado fue abrumador. Tres cuartas partes del grupo dieron el nombre del culpable. A eso se sumó algo evidente por sí mismo: la persona que era señalada por la mayoría del grupo no había asistido aquel día. Más pruebas no podrían requerirse para defender a alguien que estaba condenado.

Ese capítulo selló mi etapa en la secundaria. A partir de ese momento el grupo se fragmentó en sectores que consideraban lo acontecido como una traición, y otros que lo veían como algo necesario para salvar el año escolar. Nadie quería quedarse un año más en aquella secundaria. Era una posibilidad real que el tutor iba a llevar su amenaza hasta las últimas consecuencias ante el silencio del grupo.

Hubo una misa para despedir a los alumnos de tercero -de toda la generación-. Por suerte, no asistí. También se llevó a cabo un evento para celebrar el egreso de la generación; al cual, por cierto, tampoco asistí. Jamás me sentí parte de aquel grupo, de aquella generación ni de aquella escuela. Egresar para mí fue solo un proceso más en un largo trayecto que no sabía a dónde me llevaría. 

Atrás quedó el recuerdo de Sarahí -de aquella chica que creí que se llamaba así-. La primera chica que amé sin saber qué era el amor. La primera a la que le dedique un te amo en una hoja de mi cuaderno. En el abismo de la pubertad también quedó Betty-pasadores, con su belleza floreciente.

VI/ Sarahí

 Por Juan Francisco

VI

Yo era un chico demasiado tímido. No me levantaba de mi asiento a menos que fuera para ir al baño. No participaba en las clases. No me interesaba hacer nuevas amistades, ni platicar con mis compañeros. Era un estudiante promedio sin grandes aspiraciones en la vida. En ese contexto de mediocridad y baja autoestima conocí a Sarahí. 

La primera vez que la vi -de una manera fortuita y accidental-, fue cuando cayó frente a mí. Literalmente cayó a mis pies. Lo digo sin presunción. Yo caminaba por el pasillo que daba a mi salón cuando Sarahí, que corría en dirección contraria a la mía, resbaló. Su caída, al menos para mí, transcurrió en una secuencia lenta. De repente la vi recostada a menos de un metro de mí. Reía y estaba sonrojada. Yo la miré sin ningún pensamiento en la mente. Estos arribaron un par de horas después, justo cuando uno de los profesores realizaba una verborrea que me era ajena. 

Sarahí fue una estrella desconocida y ajena, pero la más significativa durante mis tres años de secundaria. Ni siquiera sé si realmente se llamaba Sarahí. Lo supuse durante el tiempo que estuve enamorado de ella. En ningún momento me di a la tarea de investigar cuál era su nombre. Para mí era Sarahí. Siempre lo fue. 

La única ocasión que estuve cerca de ella y pude escuchar su voz, fue cuando saludó a uno de mis compañeros, Omar. Casualmente caminaba y platicaba con Omar en ese momento. Sin esperarlo siquiera, Sarahí se acercó a Omar (poco después me enteré de que eran buenos amigos) y comenzaron a charlar. Aproveché ese instante y me alejé silenciosamente en dirección a los baños. Me encerré ahí y me maldije por cobarde. Más aún: me reproché por amar a alguien que no conocía ni un poco. 

Recuerdo haber llorado por la desesperación de no poder decirle lo que sentía por ella. Esas lágrimas son las que más se presentan en la adolescencia. Así uno aprende a mirar al mundo como realmente es y no como deseamos que sea.



III/ Aprendiendo a volar

 Por Jimena

III

En mi cumpleaños número 12, llegó una ola de recuerdos de esa niñez tan espectacular, es decir, aquellas mañanas con olor a tierra mojada; el ir a moler el maíz; el barrer el patio; el sentarme a la mesa para tomar mi café; desayunar y lavar los platos para después irme a la escuela. Esa rutina que tanto odiaba ahora la extraño. ¡Qué ironía de la vida!

El día de la despedida de mis seres queridos, no me dolía tanto dejarlos, si no el ser separada de uno de mis amores. Así que el último día decidí ser una niña bien. Me refiero a aplicar la famosa frase de “calladita me veo más bonita” y ese día yo sería la más bonita. Por la mañana, barrí y no desayuné. Fui a casa de mi abuela a ver a Mari, para decirle que iríamos a ver el fútbol. Me iban a llevar a la terminal a las 5 de la tarde porque el autobús a la capital salía a las 7 de la noche.

El domingo cinco de julio del 2004, mi hermana y yo compramos con el dinero que Pecho Fierro nos dio, la última nieve con sabor a tutifruti, pero con apariencia de fresa. La comimos sin miedo de que nadie nos dijera nada. Creo que la tristeza en mí y en ella se reflejaba a flor de piel. Mari, se quedaría con mi abuela materna y yo tenía que irme a vivir a la capital. El entonces Distrito Federal me daba miedo y no era para menos, pues mi “todo” se convertía en nada y mi nada en todo.

Me despedí de ella el cinco de julio con la idea de que pronto nos volveríamos a ver. Así que me despedí de mi colonia, de mis amigas y de ese chico por el cual, había días que en mi estómago se escuchaba como un sonido de moscas locas. Ese día las travesuras y los planes de niña se acabaron, en ese mismo año mi tío Pecho Fierro falleció de una cirrosis y se fue sin probar el rico sabor a alcohol.

VII/ Bonita

 Por Julio César

VII. BONITA


A la edad de 7 años mis papás habían puesto una dulcería. La cerraron cuando tenía 9 años porque comentaban que era muy absorbente, pero decidieron crear otro micronegocio sin mucha experiencia en ese ramo. Por cierto, al día de hoy siguen con el mismo negocio desde hace casi un poco más de 25 años. Incluso  en pandemia, nos rehusamos a morir y es uno de los pocos  negocios que trabajan bien y nos recomiendan en el área de Heladería. 

Al tener 11 años, mi papá regresó a la casa de un viaje de negocios. Traía una cajita de aceite y su contenido era una perrita de raza bóxer que le habían regalado de tan sólo  3 semanas de nacida. Mi papá la había escogido por ser la más bonita y al parecer la única hembra de la camada. Su cuello y pecho eran de color blanco y el cuello parecía tener  forma de collar;  patas café con blanco y la punta de la colita,  blanca. A sus hermanos los vendieron. Usted se preguntará quién era la persona que le entregó a la perrita. Fue la persona que le entregaban los pedidos a quién llamaremos Omar, quien  tenía una pareja de perros de la raza boxer. A la perrita le pusimos como nombre: Bonita.

Una cosa  que me llamó la atención,  ahorita que lo pienso, es que los perritos le ladran a gente extraña. Omar fue a la casa al año para ver algo del trabajo. Vio a Bonita,  lo grande que estaba y comentó que la estatura la sacó del papá. Bonita  se le fue encima para jugar como si fuera un miembro más de la familia. Su carácter juguetón hacia él, nunca cambió. Supongo que  por el olor que tenía de los papás o por el cariño que le guardaba, no lo sé.

Al crecer Bonita, tenía la misma estatura o un poco más grande que un macho y  el físico que tenía, también  era más corpulento que el macho de su raza. Siempre fue tranquila al salir a la calle; ignoraba a la gente. Siempre se fijaba en la persona con quien iba: ya fuera con mi papá o  conmigo. Bonita no dejaba que nadie más la sacará a pasear, siempre buscaba la manera de zafarse, pero jamás los atacaba.  Incluso, un hermano de Omar me ofreció 2 hermanitos de Bonita y un señor me ofreció dinero por ella, pero yo siempre me opuse. De todos los miembros de la familia era más apegada a mí porque la crié. Bonita partió de este mundo cuando tenía 7 años, en sus últimos días fue triste ver como sufría. Era un día común y ella simplemente se durmió alrededor de las 11:00 am y jamás despertó. Todos se pusieron tristes. Ella no pudo dar una camada para poder quedarnos con un cachorrito. Sólo  nos quedan sus recuerdos.

VI/ El lado izquierdo del cuerpo

 Por Julio César

VI

Cuando  tenía 6 años, estando con los cuates de la cuadra en la tarde, por cierto, estábamos por un lote baldío al final de la calle donde se podía pasar a la otra calle sin problemas. Hoy en día no se puede pasar porque construyeron una casa en la otra calle y pusieron una cerca en lo que queda de ese lote. Sólo se puede pasar por la calle principal.

Retomando la historia,  para mi desgracia me caí.  ¡Vaya sentada que me di! Pero no me dolió. No pasó nada grave, por si se lo preguntan. Sólo me corté con un alambre cerca de la muñeca del brazo izquierdo; se podía ver bien la carne. No hubo sangre, no hubo dolor, no hubo desesperación, no lloré. Fui a la casa para que vieran lo que había pasado, me curaron y no pasó a mayores. Han pasado los años y solo queda la cicatriz con la forma de palomita, (como referencia la palomita Nike, ustedes disculpen el comercial). Por cierto, no tengo problemas con la movilidad de la mano y los dedos.

A los 8 años, estaba jugando con los mismos cuates de la cuadra a las escondidillas. Pasábamos por el mismo lote baldío y para variar,  me caí de nuevo y me corté con un vidrio en la pierna izquierda. Para ser exactos: en el muslo izquierdo. Llegué a la casa cojeando y mostré la herida, para que me atendieran como es debido y no pasó a mayores, sólo quedó la cicatriz para el recuerdo. No había sangre que yo recuerde, simplemente una pequeña molestia.

En otra aventura de desgracias, (usted dirá, este cuate qué se trae con los accidentes), sólo les puedo decir: simplemente pasan. Meses después de la cortada de la pierna, en un juego de las escondidillas con los cuates de la cuadra otra vez, nos escondimos.  ¿Dónde fue el escondite? Fácil: en una casa en construcción enfrente de la casa. (Por cierto, la casa sigue en obra negra, hasta hoy en día.) Yo me subí al segundo piso y me colé a la azotea de la casa de atrás para que no me  viera el cuate que nos estaba buscando, pero nos encontró a todos. Para mi desgracia al bajarme, caí mal y me torcí el pie y se me inflamó.  ¡Parecía un Pie grande!  Me pregunto yo:  ¿qué tengo con mi lado izquierdo? Porque es un imán de accidentes como golpes, raspones y cortadas ¡Qué alguien me explique!

V/ La matriarca

 Por Julio César

V. LA MATRIARCA

V.- LA MATRIARCA

Al tener 5 años, murió un familiar cercano de los de mayor de edad: la matriarca de la familia de mi mamá (mi

bisabuela). En esos años vivía cerca de la casa, nada más cruzando la calle y ¡listo! En su casa tenían pollos,

guajolotes, un gato y un perro. Al gato lo recuerdo multicolor: naranja, negro y blanco en forma diagonal; los

ojos de color claro, de un azul claro. Antes de partir al más allá mi bisabuela, la visitaban muchos familiares y

algunas comadres para saludar, chismear o alguna otra cosa.


Cierto día, mis papás me pidieron que me dirigiera a tocar a la puerta, por si quería que le compraran algo. En ese momento me salió un guajolote, cabe mencionar, el animal era algo bravo y me atacó, para mi desgracia, me defendieron mis papás atacando al guajolote a puras pedradas para que me dejara y lo hizo. Lo significativo para su servilleta, es que nada más fue el puro susto. Por si se preguntaban si salió alguien de la casa, la respuesta es sí, pero después de haberse terminado la bronca y del escándalo que se hizo. A los pocos días, el guajolote estaba en la olla para ser servido en un mole delicioso, para mi desgracia no recuerdo el sabor. Lo que sí sé, es cuando te ataque un guajolote, pollo o gallina recuerden prepararlo en caldito o en mole en la versión que más les guste para que la venganza sea más sabrosa. 


Poco antes y después de que mi bisabuela partió de este mundo, algunos familiares se fueron al otro lado del río, o sea, a los Unites States, gabacho, Gringolandia o como le quieran decir y otros se alejaron un poco, en los momentos en que casi toda la familia está presente son: primero cuando alguien se va a casar; segundo cuando hay algún funeral y tercero cuando son las fechas de día de muertos. 

Como dato interesante y a mí me impresionó cuando me lo contaron, es que días antes de fallecer mi bisabuela el perrito se fue de la casa, no supieron dónde quedó o para dónde se fue. Sé que sonó como la canción de “Laura no está; Laura se fue de mi vida”, por desgracia así pasó. Con relación al gato, igualmente desapareció, a los pocos días reapareció cerca de la casa de uno de los vecinos y con los años, el gato pasó a mejor vida por la edad. Los demás animalitos los vendieron o los regalaron. Algunas de las cosas de mi bisabuela mi mamá las conservó, como un ropero, unos trastes y una máquina de coser. La casa nadie la peleó porque la había comprado un nieto.