Por Juan Francisco
VII
En mi último año de secundaria, mi grupo realizó una excursión a Tecozautla, Hidalgo. Ahí hay una atracción turística bastante interesante. En ese lugar existe un géiser y un balneario. La visita resultó divertida para todos nosotros. Nos divertimos bastante, aunque terminamos empapados por el vapor que desprendía el géiser. Todavía tengo presente la sensación del vapor mezclado con un intenso olor a azufre. Lo que más me impresionó fue que una de mis compañeras me abrazara solo para poder mojarme con su ropa empapada. Después de eso me sonrío y se alejó en dirección a otra víctima. Quizás fue su sonrisa pícara lo que causó esa sensación en mí. Fue un momento que me arrancó un suspiro.
Durante el trayecto de regreso me quedé dormido. Nadie se sentó conmigo porque todos se encontraban en la parte trasera del camión. Hacían lo que todo joven cuando no están sus padres: besos, toqueteos, albures, peleas y algo de alcohol.
Abrí los ojos a mitad del trayecto y me di cuenta que el camión se había detenido. Nos estaban bajando a todos. Desconocía el motivo. Una vez abajo, pregunté a una de mis compañeras qué pasaba. Me dijo que habían lanzado una bomba de humo dentro del camión.
No le di mucha importancia a lo acontecido hasta que me explicó que al parecer el camión tenía un sistema contra incendios. Lo que significaba que al detectar el humo, el camión se detuvo automáticamente. Por lo tanto, estábamos ahí, en medio de la nada, a la espera de que el camión funcionase de nuevo. Pero eso no sucedería hasta que no quedase nada de humo en su interior. Pasaron un par de horas para que el camión funcionara de nuevo. Todo pareció quedar en eso: una anécdota. Sin embargo, el profesor que nos llevó -que también era nuestro tutor-, ajustó cuentas con nosotros días después.
El tutor nos exigió -en la primera clase que tuvimos con él, después del incidente-, que le dijéramos quiénes habían sido los responsables de lo acontecido. Todos guardamos silencio. El profesor amenazó con hacernos reprobar a todos si no le decíamos los nombres de los que lanzaron la bomba de humo. Tengo que señalar que nuestro tutor era el peor profesor de toda la escuela. Era un tipo sin escrúpulos que creía que la disciplina consistía en humillar a los alumnos. En una ocasión le cortó el pelo a un chico frente a otros. Era una lección que teníamos que aprender: su ley era la única ley.
Como ninguno de nosotros dijo nada sobre los responsables, el tutor comenzó a pasar lista. Con cada nombre venía una sentencia definitiva. Yo era de los primeros en la lista. A todos los que me precedieron los reprobó sin dudarlo. Cuando llegó a mi nombre y me dijo que hablara, hice lo que no había hecho en mi vida hasta ese momento: levanté la voz y dije lo que pensaba.
Le dije al profesor que eso era injusto. No podía reprobar a todos por algo en lo que no teníamos que ver. Dije que no estaba de acuerdo. El profesor se molestó conmigo y me increpó. Me exigió que le diera una solución o que mejor me callara. La verdad es que yo no supe quién había sido el que lanzó la bomba de humo hasta solo unas horas antes de que el profesor nos tuviera contra la pared. Me enteré circunstancialmente. Pero no me sentía con el derecho y la fuerza para expresarlo. No estaba seguro y no tenía pruebas para culpar al responsable.
Entonces, sin que nadie lo viera venir, una de mis compañeras habló. Creo que la inspiré o le di un poco más de tiempo para que lo valorara en su cabeza. Hizo una propuesta: escribiríamos en papeles el nombre del responsable. Así todo el proceso sería anónimo. Nadie se manchó las manos abiertamente. Delataron al culpable sin mostrar la cara. Todos estuvimos de acuerdo con la propuesta.
Cada uno fue colocando un trozo de papel dentro de una bolsa con el nombre de la persona responsable del evento que nos había metido en ese problema. El resultado fue abrumador. Tres cuartas partes del grupo dieron el nombre del culpable. A eso se sumó algo evidente por sí mismo: la persona que era señalada por la mayoría del grupo no había asistido aquel día. Más pruebas no podrían requerirse para defender a alguien que estaba condenado.
Ese capítulo selló mi etapa en la secundaria. A partir de ese momento el grupo se fragmentó en sectores que consideraban lo acontecido como una traición, y otros que lo veían como algo necesario para salvar el año escolar. Nadie quería quedarse un año más en aquella secundaria. Era una posibilidad real que el tutor iba a llevar su amenaza hasta las últimas consecuencias ante el silencio del grupo.
Hubo una misa para despedir a los alumnos de tercero -de toda la generación-. Por suerte, no asistí. También se llevó a cabo un evento para celebrar el egreso de la generación; al cual, por cierto, tampoco asistí. Jamás me sentí parte de aquel grupo, de aquella generación ni de aquella escuela. Egresar para mí fue solo un proceso más en un largo trayecto que no sabía a dónde me llevaría.
Atrás quedó el recuerdo de Sarahí -de aquella chica que creí que se llamaba así-. La primera chica que amé sin saber qué era el amor. La primera a la que le dedique un te amo en una hoja de mi cuaderno. En el abismo de la pubertad también quedó Betty-pasadores, con su belleza floreciente.