01 abril, 2021

V / Betty Pasadores

Por Juan Francisco

V

La noche dejó de ser cálida. Mi cuerpo resintió el cambio en el ambiente. Como una reacción instintiva, mis brazos se posaron sobre el pecho en un intento por retener un poco de ese calor; esa sensación que nació al rememorar la etapa de mi infancia. En ese momento, justo cuando la luna se encontraba en el punto más alto, sentí una ligera descarga eléctrica subir por mi columna hasta la nuca. Un escalofrío ante una puerta que se abría. Una puerta que dejó entrar viejos fantasmas y cicatrices de mi adolescencia. 

En el primer año de secundaria conocí, solo de vista, a una chica llamada Betty. Desconozco si ese era su nombre verdadero. Más aún, me es ajeno el motivo por el que la apodaban: “Betty Pasadores”. Quizás era el broche que se aferraba a su cabello lacio y negro, o simplemente era una palabra con doble sentido que jamás pude descifrar. 

Betty Pasadores fue la primera chica en la que puse mis ojos. No me enamoré de ella. Solo me atraía de una manera que hasta ese momento no había experimentado antes. Tuvieron que pasar muchos años para que yo entendiera lo que eso significaba.  

Ella cursaba el tercer grado cuando yo apenas había entrado a la secundaria. Era una chica bastante atractiva físicamente. Su figura era esbelta y atlética. A diferencias de otras chicas, Betty Pasadores tenía un porte que embelesaba todos los sentidos. Una buena cantidad de chicos de la secundaria tenían los ojos clavados en ella. 

Realmente no tenía una característica que la hiciera extraordinaria. Su belleza era natural y delicada; reflejaba el florecimiento de un ser que deja en el pasado la crisálida de adolescencia. El resultado era la aparición de una mariposa única a la que se le admiraba en el horizonte; a la que solo se le seguía con la mirada hasta que se perdía en la hierba del verano. 

Vi solo unas cuantas veces a Betty Pasadores. Pero esas ocasiones fueron suficientes para mostrarle cómo se transforma la mente de un ser que se desprende de la inocencia. La mente de un adolescente se configura como un pozo oscuro, solitario y sin fondo. Un lugar ominoso que alberga un fuego que únicamente la desesperación de la sexualidad puede encender. 

Ella fue mi chica ideal durante mi primer año, y ni siquiera llegó a enterarse. Fue el motivo de miles de fantasías hasta ese momento desconocidas. Fantasías que experimenta todo joven que se enfrenta a la cruel realidad del crecimiento. Ese hecho inescrutable donde la infancia muere y las dudas existenciales nacen. Incertidumbres que se enraízan con fuerza en el cuerpo de un chico con la autoestima por los suelos. Un chico que se aferra con impaciencia a la fantasía de estar junto a otro ser; un ser ajeno, inalcanzable. Ella era ese ser que estimulaba el éxtasis en mi interior; era la suma de mi inseguridad, de la soledad que me dominaba. Betty fue, es y seguirá siendo la primera inspiración con la que pude dibujar un retrato de mi adolescencia. Ella -la primera chica que despertó en mí, el deseo por alguien-, también fue quien, sin saberlo, introdujo en mi vida la sensación de angustia. 

Jean Paul Sartre consideraba a la angustia como el estado de libertad. Gracias a esa libertad tomamos conciencia de nuestro origen. Ese origen que se remonta a la nada, a ese acto donde somos arrojados al mundo. Aparecemos en este mundo sin metas ni objetivos. Somos la nada. Esa nada que es origen y final. No existe un camino preconfigurado para nosotros. Nosotros decidimos qué hacer con nuestra vida, pero no sabemos cómo. La desesperación nos sumerge de nuevo en ese estado opresivo. Luchamos por una libertad que ya hemos alcanzado pero que no nos satisface, que no llena el vacío en nosotros. Por eso nos sumimos en la angustia de nuevo, una y otra vez. 

Cuando llegué a la adolescencia construí un jardín en mi inconsciencia. Ese jardín de angustia lo cubrí con miles de flores para inyectarle un poco de vida. Sin embargo, no fue suficiente. Reclamaba algo más que vidas efímeras. Por eso levanté en él un monumento a  Betty; una efigie que representa el paso de un niño a un adolescente. Una conmemoración de la sexualidad que nació gracias al esplendor de otro ser.

En ese lugar, en ese sitio lleno de rosas carmesí, gardenias blancas y buganvillas multicolores, fue donde también erigí la figura de la primera chica de la que me enamoré. 

Betty Pasadores salió de la secundaria tan solo un año después. Las cosas ya eran complicadas para mí en ese entonces. Saber que no la volvería a ver, hizo que su cuerpo imaginario, concebido como un monumento en mi interior, se cubriera con decenas de flores. Así el recuerdo de su rostro se incrustó en lo más profundo de mi memoria. 

Entonces, cuando peor marchaban las cosas en mi vida escolar, familiar y personal, apareció Sarahí.