Por Tania A.
En el pequeño cuarto de Ana, cuando el mundo estaba apunto de despertar y en el horizonte se vislumbraba el fulgor ardiente del sol mezclado con el aún azul abismo de la noche, sonaba siempre una voz.
La llamaba desde lejos: ¡Ana!
El sonido se perdía en el final de la palabra como si la última a estuviera cayendo por un oscuro acantilado. Ana tenía la sensación de que ese sonido se trataba de la huella del último grito que daba su nombre.
Intentaba hacerse la dormida cuando escuchaba la voz, tenía miedo, sabía de alguna forma que no era su madre quien la llamaba en el albor. Esa hora, es una hora extraña.
Pero esta mañana recordó a su hermano pequeño dormido a su lado y decidió agarrar valentía, se dio la vuelta y….
¡Aquí, Ana!- La llamó el conejo de peluche en la esquina.
No le extrañó que le hablara un muñeco afelpado, más bien se sentía aliviada.
-¡Te llamé toda la noche! ¿Es que querías quedarte ahí?
Ana recordó vagamente haber estado en un planeta azul y ser un dinosaurio.