16 abril, 2021

III / Emprendiendo

Por Carolina

 III

Uno sabe que la infancia va pasando cuando el significado de los bienes,  amados en otros tiempos, queda degradado al punto de volverlos cacharros. Pero en el retorno de una imaginación portentosa y unas manos atentas, cualquier viejo juguete resurge en intensas alegrías de un dueño nuevo. 

Yo me entusiasmé tantas veces con aquellos juguetes heredados desde el desdén de mi hermano y de mis primos. El desarticulado e incompleto castillo de Grayskull, con su imponente calavera de piedra en la fachada fue de mis primeras casas de muñecas. Tenía un Batman y un dinosaurio. Y es que, en aquella etapa de mi vida, donde mi infancia florecía y la de mi hermano se desdibujaba en esa distancia de 7 años que lo ponía próximo a la entrada de la adolescencia, yo preferí  aquellos  juguetes considerados de varón, que eran la única forma para insertarme en lo que quedaba de su niñez y en lo que satisfacía mi necesidad de un compañero de juegos.

A él, esas cosas dejaron de importarle pronto;  todo quedó relegado en el fondo de una gran caja de cartón. Entonces, aun siendo una niña, pero también con otros intereses, pensé que era el tiempo de darles oportunidad en otro hogar, pues por lo menos entre nosotros no protagonizarían más historias. Una tarde cogí una pequeña mesa y un banquito y me puse en el entonces zaguán verde de nuestra casa. Mirar la calle me emocionaba, sentía que me hacía adulta  el estar sola en ese paraje. El tiempo pasaba calmoso, tal como las personas que curioseaban de reojo, pero no compraban. No sé cuántas horas habían pasado, y aunque  había logrado dos ventas que me emocionaron sobremanera, estaba lejos aún de mis expectativas de lo que era un buen negocio. 

Cuando estaba próxima a recoger el puesto, pasó lo inesperado: un cierre de lo que diríamos un cuento con final feliz. Teníamos un vecino carpintero; un señor chaparrito y de cabello chino; borrachín, pero gentil. Como si hubiera percibido mi desánimo a la distancia, se acercó desde el otro lado de la banqueta y comenzó a preguntar por el precio de varias cosas. Iba tan alegre como ebrio, transpiraba un intenso sudor con olor a alcohol, y su leve tambaleo no dejaba lugar a dudas sobre su estado. En un arrebato, dijo: “Dámelos todos para regalárselos a los niños.” Estaba incrédula, pero tremendamente feliz. Tomé con apuro la enorme bolsa negra y lo puse todo ahí. La sensación gozosa de esa experiencia fue el comienzo para impulsar otros pequeños emprendimientos.


IV/ Martín

 Por Carolina

IV. MARTÍN
Las memorias de la infancia iluminadas con sonrisas son los tesoros más puros que aguarda el corazón. No hay vínculo más honesto que el que generan dos niños cómplices de sus fantasías materializadas en juegos y alegrías. Eso teníamos él y yo. Martín y yo nos teníamos un profundo e ingenuo cariño que nos llevaba a decir, por ahí de los 4 o 5 años, que nos casaríamos cuando fuéramos grandes. Un día me regaló una pequeña y tierna imagen tallada en madera con dos pajaritos, uno rosa con velo de novia y uno azul con un sombrero de copa, con la frase:  “siempre juntos, cariño”. Éramos muy pequeños para entender que eso nunca sería posible.
Los dos nacimos en 1991, con diferencia de algunos meses. Juntos, éramos un contraste que se complementaba para mantener el equilibrio de nuestras ocurrencias. Él era osado y parlanchín, bajito, y yo seria, callada y mucho más alta que él, hasta casi después de la adolescencia. Solíamos jugar a la casita, al cinturón escondido y con figuras de los Picapiedra. Pero había cosas que ocultábamos: le gustaban los juguetes de su hermana, pero era severamente reprendido por los hombres de su casa que, con sus ideas arcaicas, lo regañaban cuando se le encontraba con una Barbie. 
Las tardes de las vacaciones de verano, eran cálidas y largas. Él la pasaba en mi casa, a donde llevaba a escondidas las miniaturas, esas casitas con muñecos chiquititos, que se perdían con facilidad en cualquier descuido. Y cuando yo iba a donde él vivía, salíamos a las calles aledañas para lanzarnos globos con agua. En nuestras aventuras más grandes, íbamos a los callejones de aquel lugar conocido como el llano. Había una cerrada donde, al fondo, estaba una casa con unos árboles enormes y un portón negro imponente donde, según él, vivía una bruja. Nos retábamos para ver quién era más valiente para llegar hasta ahí. La adrenalina nos invadía cuando, con el corazón en la mano, llegábamos hasta esa entrada, donde, por cierto, nunca vimos salir a nadie.

Un día verdaderamente tuve miedo. Yo tenía un par de muñecas arrumbadas que nunca me gustaron porque me asustaban sus caras amarillentas. Era de esas muñecas  de vestidos de encaje, de cabellos rubios y chinos, que cerraban sus redondos ojos azules cuando las acostabas. Estábamos en la sala, cuando en el rostro de Martín apareció un gesto de espanto acompañado de un “se movió la muñeca”. Su mirada clavada detrás de lo que había a mis espaldas me hizo voltear con sigilo, sólo para percatarme de que todo estaba igual. No le creí. Seguimos en nuestras cosas. De repente, gritó que la muñeca se había movido de nuevo. Sentí un estremecimiento horrible  que me hizo salir de la habitación. Luego me alcanzó apresuradamente, diciendo que ya se iba porque también ya le había dado miedo. Cuando regresé, la muñeca ya no estaba. La busqué por todos lados sin éxito. Al día siguiente la encontré detrás de la cortina. Había sido una mala broma…

Ambos teníamos mucho ingenio para planear cosas juntos, inventarnos historias y demás. Una Navidad hicimos una pastorela, donde una toalla azul en mi cabeza, fue mi manto para personificar a la Virgen. Creíamos cosas que nos mantenían a salvo, como no abrir cuando llamaban a la puerta porque era el robachicos. Nuestros juegos nos acercaban a esos anhelos que queríamos para nuestras vidas adultas: él siempre quiso ser artista de la televisión. Entonces actuábamos y cantábamos. Yo siempre quise ser maestra y la escuelita también era un juego frecuente.

Pero de repente una brecha comenzó a hacerse entre nosotros, no sé en qué instante se disolvió esa hermandad que teníamos. Íbamos creciendo a la par, pero en algún momento él fue más rápido que yo. Pasó a otros intereses, otras actitudes, otros amigos. Los juegos de la imaginación se terminaron. Pasaba el tiempo en su cuarto escuchando música, en las fiestas lo veía rara vez y hablábamos cada vez menos y la gradual llegada de las computadoras y el internet, empezó a absorberlo.  Él y yo fuimos primos inseparables en aquella niñez en la que coincidimos, nos hicimos valientes juntos y confidentes tantas veces.

 

V / A todas nos gusta Gabriel

Por Carolina  

V

Esa agitación en el pecho y ese cosquilleo en el estómago fueron la evidencia de que estaba enamorada. Estaba en quinto año de primaria cuando mirar a Gabriel me ponía colorada. Por primera vez alguien me robaba un suspiro que guardaba con discreción ante el temor de ser descubierta. Pensaba que sentir aquello no era algo propio de mi edad, pero ahí estaba ya instalada esa sensación entrometida, invasiva, que me hacía dedicarle, en mis fantasías, varias horas al día. 

Él era de esos chicos que describen como rudos, populares, amante del fútbol. Lo recuerdo en los recreos corriendo con el sudor chorreándole desde donde nacía su rubio cabello, hasta donde terminaba su pecosa nariz. Era el más alto del salón, creía que eso era bueno para mí, pues con aquello de formarnos por estaturas, podía estar cerca de él muchas veces. Un día nos emparejaron para un bailable. ¡Eso se le daba tan bien! Se decía que su padre era bailarín, y pues, en efecto: él lo hacía con una gracia natural. Yo, contrariamente, era torpe, me costaba compaginar con su agilidad.

Todas hablaban de Gabriel, había un consenso en que era el más guapo de la escuela. En los chismógrafos que corrían entre las bancas no había opción diferente a encontrar su nombre en la pregunta: “¿Quién te gusta?” Tal vez se valía de eso para vacilar a toda niña que se lo permitía. Muchas fueron sus novias, afortunadamente no me conté entre ellas. Yo era la nerd, con toda la caracterización que el estereotipo abarca, y eso me valía un trato diferenciado para bien y para mal. Y, por supuesto, la marginación de muchas actividades sociales, aunque sinceramente no era algo que me afligía. 

El “Güero, calzón de cuero”, como le decían en tonadilla de burla, era grosero, de trato tosco e irrespetuoso. Con poco tiempo de estar observando a Gabriel, esa imagen romantizada que me había hecho de él se fue desdibujando. Pero el día en que definitivamente se desmoronó esa primera ilusión infantil del amor, fue cuando una mañana en el salón de clases, en ausencia de la maestra, estaba platicando con sus amigos de quién le gustaba. “Está sentada allá”- dijo. Indiscreta y curiosa llevé la mirada hacia aquel punto, y cuando advirtió mi intromisión, me soltó una sarta de insultos.

No sé qué era más grande: si el coraje, la vergüenza, o el dolor que me había provocado su contestación. Sus palabras me habían dejado una herida; una sensación punzante, desagradable, justo en el mismo lugar donde antes le había albergado algún buen sentimiento. El incidente humedeció un poco mis ojos, pero no lo suficiente para dejarlos desbordarse. Dejó de ser alguien significativo para mí y se volvió un compañero más, tal cual, hasta el término de la primaria.