Por Carolina
III
Uno sabe que la infancia va pasando cuando el significado de los bienes, amados en otros tiempos, queda degradado al punto de volverlos cacharros. Pero en el retorno de una imaginación portentosa y unas manos atentas, cualquier viejo juguete resurge en intensas alegrías de un dueño nuevo.
Yo me entusiasmé tantas veces con aquellos juguetes heredados desde el desdén de mi hermano y de mis primos. El desarticulado e incompleto castillo de Grayskull, con su imponente calavera de piedra en la fachada fue de mis primeras casas de muñecas. Tenía un Batman y un dinosaurio. Y es que, en aquella etapa de mi vida, donde mi infancia florecía y la de mi hermano se desdibujaba en esa distancia de 7 años que lo ponía próximo a la entrada de la adolescencia, yo preferí aquellos juguetes considerados de varón, que eran la única forma para insertarme en lo que quedaba de su niñez y en lo que satisfacía mi necesidad de un compañero de juegos.
A él, esas cosas dejaron de importarle pronto; todo quedó relegado en el fondo de una gran caja de cartón. Entonces, aun siendo una niña, pero también con otros intereses, pensé que era el tiempo de darles oportunidad en otro hogar, pues por lo menos entre nosotros no protagonizarían más historias. Una tarde cogí una pequeña mesa y un banquito y me puse en el entonces zaguán verde de nuestra casa. Mirar la calle me emocionaba, sentía que me hacía adulta el estar sola en ese paraje. El tiempo pasaba calmoso, tal como las personas que curioseaban de reojo, pero no compraban. No sé cuántas horas habían pasado, y aunque había logrado dos ventas que me emocionaron sobremanera, estaba lejos aún de mis expectativas de lo que era un buen negocio.
Cuando estaba próxima a recoger el puesto, pasó lo inesperado: un cierre de lo que diríamos un cuento con final feliz. Teníamos un vecino carpintero; un señor chaparrito y de cabello chino; borrachín, pero gentil. Como si hubiera percibido mi desánimo a la distancia, se acercó desde el otro lado de la banqueta y comenzó a preguntar por el precio de varias cosas. Iba tan alegre como ebrio, transpiraba un intenso sudor con olor a alcohol, y su leve tambaleo no dejaba lugar a dudas sobre su estado. En un arrebato, dijo: “Dámelos todos para regalárselos a los niños.” Estaba incrédula, pero tremendamente feliz. Tomé con apuro la enorme bolsa negra y lo puse todo ahí. La sensación gozosa de esa experiencia fue el comienzo para impulsar otros pequeños emprendimientos.