Por Juan Francisco
Carmen
ha muerto. Ella lo sabe muy bien. Ya no siente el suelo en sus pies. Es casi
como si flotara. Sus manos ya no son capaces de sostener los objetos. Nadie
puede verla. Es un ser que ha dejado de existir físicamente, pero que vaga por
la tierra de los vivos sin deseos de trascender al mundo donde van las almas.
–Carmen,
debes venir conmigo –le dice una luz como la que irradia el sol–. Es tiempo que
de tu alma descanse en los jardines eternos.
Empero,
Carmen sigue su andar flotante por una calle repleta de caminantes que no
pueden verla. Le gusta perderse entre la marea de cabezas y cuerpos que vagan
por la tierra de los proletarios mortales.
–Te
estoy hablando Carmen –repite la voz con un tono más fuerte–. Es una orden celestial.
Pero
Carmen sigue su camino.
Un
par de cuadras más adelante encuentra una tienda donde venden mascotas. Prueba
suerte. Se acerca hasta una jaula en la que hay dos pequeños gatos atigrados.
Coloca su fantasmal rostro a un costado de la jaula y lleva su mano traslucida
hasta los pequeños barrotes. Los ojos de los pequeños felinos siguen el
movimiento de su mano. Uno de ellos lanza un manotazo felino al aire como
queriendo rozar aquellos dedos invisibles. Los gatitos juegan en el aire con
algo que nadie más puede advertir, con excepción de un par de perros que miran
la escena con atención. Carmen sonríe. Está feliz porque alguien, en este mundo
de ciegos, puede verla. El juego con los pequeños felinos le devuelve un poco
de vida a su ser fantasmal.
–
¡Con un demonio! –espeta la voz de los cielos, tras de Carmen–. ¡Vámonos! Tengo
miles de almas más que visitar. Me estás haciendo perder el tiempo.
Impasible, intenta acariciar las cabezas de los gatos; les agradece en silencio. Vuelve a la calle
y sigue su andar solitario. Está vez irá al cine. Hoy estrenan una película de
terror que pinta bastante bien.
–Carmen,
te estoy hablando –gruñe la luz celestial que ha venido por ella–. No te hagas
como que la virgen te habla. No juegues conmigo. No me iré hasta que vengas
conmigo.
El
sol comienza a ocultarse y en la mente de la fantasmal Carmen, solo existe una
voz: la suya. Una voz que le taladra la ficticia mente con un pensamiento
atronador. Un pensamiento que se vuelca en un sentir. Un sentir cargado de melancolía.
Carmen se dice para sí misma, mientras deja escapar un suspiro: Extraño mi vida.
