08 julio, 2021

Autobiografía X / El empedrado

 Por Carolina 

X

Muchas fueron las anécdotas que durante tres años, la secundaria 29 nos regaló. Quizá una de las más peculiares fue la del día en que sus puertas se cerraron a piedra y lodo; cuando su perímetro se vio rodeado de patrullas para resguardar a todos sus alumnos. Era un ambiente tenso, el reloj siguió de frente su marcha marcando una hora ya lejana de la que se suponía debía ser la de nuestra salida. Recuerdo que ese día nadie se fue del inmueble sin compañía de sus padres o algún otro familiar.

En la calle de San Fernando, a escasos metros de nuestra ubicación, el tutelar de menores presumía con escándalo la fuga de unos de sus internos. De los cuales temían, pudiéramos sufrir un atraco. Se escuchaba entre las conversaciones de las autoridades que podrían robarnos los uniformes y mimetizarse con nosotros. Cuando por fin salí de aquel encierro, miré con curiosidad los alrededores, me cuestionaba cómo había sido posible aquella hazaña. Ante mis ojos el tutelar era realmente una fortaleza, de prominentes bardas custodiadas por una igualmente portentosa torre de vigilancia.

No fue la única historia que San Fernando presenció teniendo como protagonistas a la juventud rebelde que transitaba entre sus callejones. Fueron muchos los días en que los grillos se enfrentaron violentamente con las cucarachas; los diurnos contra los técnicos; la 29 contra la 39. A decir verdad, no recuerdo con exactitud el origen del conflicto, pero sí que los agravios se tornaron intensos. En aquellos días caminaba con cierto miedo y precaución. La herida de Mario, su brazo vendado a causa de un navajazo propinado por un alumno de la otra escuela, me había impactado demasiado. Que se encontraban en la salida para golpearse con tubos y palos eran los rumores entre las pláticas de pasillo. Pero lo que era cierto, es que de nuevo las patrullas merodeaban nuestros caminos.

“Hay que prepararnos para todo; no vengas de falda sino de pants, por si tenemos que correr.” Esta recomendación me la dio Itzel, quien fue siempre un personaje principal de escándalos en la escuela. Me sentí momentáneamente insegura ante sus palabras. Tal vez nunca había pensado que tenía que prepararme para algo así. Ella era acelerada, explosiva, siempre choqué con su carácter. Si bien yo andaba con cautela, trataba de no sumarme a su neurosis.

El callejón del empedrado era angosto, profundo, húmedo y obscuro por las bardas de adobe que aún conservaba. Fue este punto, el escenario más frecuentado para resolver los conflictos entre los alumnos de la misma secundaria. –“Nos vemos en el empedrado”. Todos sabíamos lo que esto significaba y aunque la mayoría de las veces solo eran encuentros fugaces para hacerse de palabras, siempre resultaba un espectáculo que conseguía convocar bastante gente.

La infancia se miraba ya tan lejana. Estaba yo en el proceso de una iniciada adolescencia enmarcada en estas nuevas aventuras intensas, con sus matices claroscuros, con sus notas de dolor y de alegría.


Autobiografía XXIII / Primeros pasos

 Por Juan Francisco

XXIII

La primera vez que visité Ciudad Universitaria sentí que mi corazón latía con gran fuerza. No se trataba de una emoción o exaltación universitaria, sino más bien era la consecución de un logro que, en los momentos más desangelados, pensé que no alcanzaría. Si bien es cierto que no entré a la Facultad de Psicología (como era mi más profundo deseo), al final logré integrarme a una generación de nacientes universitarios.

Ingresé a la Escuela Nacional de Trabajo Social (ENTS). Mi objetivo era tener un buen promedio para solicitar la modalidad de carrera simultánea. Sabía de antemano que no lograría ingresar a la Facultad de Psicología por la cantidad de aciertos tan alta que solicitan. Desde mis años de secundaria he tenido problemas (serías dificultades), para aprender matemáticas, química y física. Por lo tanto, sería una tarea sumamente compleja alcanzar los más de 90 aciertos que se requieren para estudiar Psicología en la UNAM. Al final entré a la ENTS y me dispuse a formarme como trabajador social.

El primer día de clases fue bastante curioso. Tuve que tomar una decisión que cambió el rumbo de mi vida. En ese instante no lo pensé de esa manera. Sólo el paso del tiempo me demostró lo caprichoso que es el destino. Si es que existe algo que se le parezca.

Antes del inicio del ciclo escolar tuve que acudir a dos sesiones de inducción en la ENTS. La primera sesión fue para darnos la bienvenida oficial. En la segunda nos tomaron la fotografía para la credencial y también hicimos un recorrido por las instalaciones de la escuela.

Yo no conocía CU ni Facultad alguna, hasta ese momento. Por lo que aquella escuela me pareció bastante grande y tranquila. Sus edificios siguen siendo de un tono grisáceo, sus barandales de un azul marino poco llamativo y los jardines laterales siguen tan verdes y llenos de vida como los recuerdo. Poco ha cambiado desde que ingresé hasta la última ocasión en que visité la ENTS. Quizás lo más rescatable sea la cúpula que se montó sobre la nueva (ahora ya no tanto) cafetería con sus mesas circulares y sus bancos altos. Cuando ingresé estaban construyendo el edificio D; lo concluyeron un año después. Hoy en día es un edificio más en la ENTS.

Por cierto, sus baños tuvieron una vida útil de un año. Posteriormente dejaron de funcionar las descargas automáticas de agua, los secadores automáticos de aire y los llamativos grifos de agua. Al parecer su modernismo no era apto para uso rudo. Hasta las ventanas estaban pésimamente diseñadas. Había una ventana a un lado del retrete para dejar pasar la luz y así hacer del ambiente algo más ameno. La ventana estaba fija y su altura abarcaba de la cabeza hasta las rodillas de una persona sentada cómodamente sobre el retrete. El problema, la mayor desgracia con esos baños, era que las ventanas daban hacia los pasillos de las aulas. Si querías atender tus necesidades, más de uno lo sabría. Puede que hasta te mandarán un saludos a la distancia para desearte suerte.

La administración de la ENTS solucionó el problema de privacidad al más puro estilo nacional: puso un protector de plástico sobre la ventana, así nadie te vería. Sólo cometieron un pequeño e insignificante error. Mejor dicho, una previsible omisión: colocaron la carátula de plástico opaco en la cara interior de la ventana. Después de un par de semanas de la inauguración, un desquiciado (quizás más de uno) pasó bastante tiempo despegando los plásticos de protección. El resultado de aquellas travesuras hizo necesario el uso de masking tape para pegar las mitades desprendidas. El masking es milagroso para casi todo, pero por un corto periodo de tiempo. Posteriormente, se usaron chicles, diurex, pegamento líquido y unas cuantas calcomanías. El resultado fue siempre el mismo: duraban poco tiempo o los maniáticos volvían al acecho. Era una batalla intermitente entre pegar, despegar, sostener y rezar para que nadie que te viera someterte a las exigencias del proceso digestivo.

Esta trágica desventura viene a mi memoria por dos razones: la primera es porque refleja la lógica de la vida, la cuál es: a mayor fuerza de resistencia ante las adversidades, mayor fuerza ejercen las adversidades para chingarte. La segunda se traduce en una nota tragicómica de la realidad del nivel universitario en el mundo: sin importar el nivel académico, algunos siguen comportándose como niños de primaria y secundaria.



Autobiografía XIII / Aprendizaje

 Por Jimena Morales

XIII

Todo empezó en la puerta de la preparatoria. Ahí era el punto de reunión y donde nos esperaba el camión que nos llevaría a Tecomatla al concurso de rondallas. Yo tenía que llegar a las 7 de la mañana porque como no tenía guitarra, tenía que firmar el documento de responsiva sobre la guitarra que me prestaría la preparatoria. Entonces llegué a las 6:50 am para estar atenta a todas las indicaciones. Y una vez que las escuchamos, nos dirigimos al camión.

Siempre había grupos y recuerdo perfectamente la manera en cómo nos sentamos: hasta atrás se encontraban los niños de las guitarras y los de las voces sopranos; en la parte de en medio, las niñas de guitarras y las populares del coro; después estábamos nosotras: las que no éramos excelentes y ni muy entonadas, pero las más disciplinadas. Así, nos decíamos a nosotras mismas. Este grupo se conformaba por Gris, Karla, Blanca, Elizabeth y yo.

Durante el camino se escuchaba que unos cantaban, tocaban las guitarras; otros estaban ligando y nosotras platicando. Llegando a Puebla el profe Salazar nos dijo:

-Vamos a desayunar y compren cosas para comer porque haremos 5 horas de viaje, aproximadamente.

Desayunamos quesadillas y unos se dirigieron a una tienda Oxxo. En el grupo que iba yo, no quisimos ir, solamente cooperamos para las Sabritas y los refrescos. Pasando Puebla llegó la primera prueba: me pasaron un vaso (según) de refresco, pero cuando me lo acerqué a la boca olía a licor. Entonces le dije a Gris que tenía alcohol. Gris solo me vio con una mirada de no digas nada para no parecer una soplona. A mi lado iba Marco, un chico con un cabello rizado brilloso y un cuerpo súper marcado, él estaba ahí porque era amigo de nosotras, pero antes me había tirado la onda. Yo le dejé claro que tenía novio y ya no volvió a insistir. Le tuve la confianza y le di el vaso a lo cual él sólo contestó: – Yo lo tomo y voy por más-.

Marco se fue a la parte de atrás y nos llevó una Coca cerrada y unos vasos. Durante el trayecto el profe solamente dijo: -Todo con medida. Y entonces entendí dos cosas: los prejuicios que tenían el señor ogro y mi tía, por una parte, y las decisiones que yo debía tomar durante esos momentos.

Cuando llegamos a Tecomatlan el profesor nos llevó a dos salones: en uno se quedarían las niñas y en otro los hombres. Nos mostró las colchonetas que nos tocarían, el auditorio donde comeríamos en la tarde y los baños donde nos podíamos bañar. Nosotros participaríamos al otro día a las 10 de la mañana, en el segundo grupo de participaciones. Por lo cual el profesor nos citó a las 6 de la tarde en el salón de las niñas para ensayar. Durante el ensayo todo fluyó y nos salía bien la canción Brazos de sol con la cual participamos. El ensayo duró 3 horas y después nos acercamos al espacio de las fogatas. La velada transcurrió sin más alcohol, pero cuando nos fuimos al salón, Saúl se acercó a Gris para preguntarle si nos uníamos a su grupo de fiesta en el auditorio, al cual nos unimos.

No es que fuéramos muy ingenuas, pero sabíamos que debíamos estar alerta ya que era nuestra primera vez para nosotras y sabíamos que alguna novatada nos harían. Todos empezamos a bailar unos con otros y en un descuido ya no vimos a Gris y a Saúl. Volteé a ver a las chicas y enseguida le marcamos pero no contestó. Marco enseguida nos vio preocupadas y preguntó qué nos pasaba. Le contamos la situación y nos dijo: -Les dije claramente: sin tomar y sin comer.

Nos vimos unas a otras y empezamos a buscar. Gris estaba sentada en unas escaleras y estaba algo obscuro. Estaba sola pero muy mareada, la llevamos casi arrastras al salón y Marco fue a buscar al profe. El profe mandó a buscar leche y le dimos a beber a Gris. Solo nos veíamos unos a otros. Saúl no aparecía y con el paso de las horas Gris se sintió mejor. Nos contó que Saúl le dio un vaso de agua de limón. Y dijo que solo se sintió mareada y Saúl la sacó para que tomara aire. Nos acostamos y yo solo pensaba lo culpable que me sentía en no habernos cuidado bien entre nosotras.

El profe Salazar nos citó a las 8 am. Ya debíamos estar listas y listos para participar. Ensayamos. Nadie durante el ensayo dijo nada. Nadie hablaba con nadie. Gris se seguía sintiendo mal y la mandaron al servicio médico. No participó y tampoco Saúl. Llegó el momento. Participamos, terminamos y fuimos al salón por nuestras cosas. El camión ya estaba ahí esperándonos. Gris durante todo el camino venía tomando suero. Todos seguían sin decir nada. Sinceramente yo solo lloraba. Nos veíamos unas a otras. Marco venía a lado de nosotras y Gris, a medio camino se pasó a su lugar y se quedó dormida. No comimos, no hablamos nada de nada. Llegando a la preparatoria, estaba el director y los papás de Gris y de Saúl. En resumen, a Gris la llevaron al médico y Saúl fue expulsado.

Después de dos semanas, Gris regresó a clases y entonces durante la ceremonia contó lo ocurrido. Confirmó que no había pasado a mayores, pero recuerdo sus palabras: “El enemigo puede estar en el amigo”. No dijo nada más y nos aclaró que no teníamos la culpa y ni ella. La culpa la tenía Saúl por tomar esa decisión. En lo personal me enojé con Marco porque me sentí traicionada; después lo hablamos y solucionamos la indiferencia. Conté lo ocurrido en la casa y mi tía junto con el señor ogro solo me escuchaban. Por primera vez no me regañaban solo escucharon. Al final aprendí que los riesgos están y que por más que nos cuidemos hay cosas que no podemos evitar.

Quedamos en sexto lugar. No sé ni cómo pasó eso, pero las participaciones fuera de la ciudad de la rondalla se cancelaron por un año.