Por Carolina
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Muchas fueron las anécdotas que durante tres años, la secundaria 29 nos regaló. Quizá una de las más peculiares fue la del día en que sus puertas se cerraron a piedra y lodo; cuando su perímetro se vio rodeado de patrullas para resguardar a todos sus alumnos. Era un ambiente tenso, el reloj siguió de frente su marcha marcando una hora ya lejana de la que se suponía debía ser la de nuestra salida. Recuerdo que ese día nadie se fue del inmueble sin compañía de sus padres o algún otro familiar.
En la calle de San Fernando, a escasos metros de nuestra ubicación, el tutelar de menores presumía con escándalo la fuga de unos de sus internos. De los cuales temían, pudiéramos sufrir un atraco. Se escuchaba entre las conversaciones de las autoridades que podrían robarnos los uniformes y mimetizarse con nosotros. Cuando por fin salí de aquel encierro, miré con curiosidad los alrededores, me cuestionaba cómo había sido posible aquella hazaña. Ante mis ojos el tutelar era realmente una fortaleza, de prominentes bardas custodiadas por una igualmente portentosa torre de vigilancia.
No fue la única historia que San Fernando presenció teniendo como protagonistas a la juventud rebelde que transitaba entre sus callejones. Fueron muchos los días en que los grillos se enfrentaron violentamente con las cucarachas; los diurnos contra los técnicos; la 29 contra la 39. A decir verdad, no recuerdo con exactitud el origen del conflicto, pero sí que los agravios se tornaron intensos. En aquellos días caminaba con cierto miedo y precaución. La herida de Mario, su brazo vendado a causa de un navajazo propinado por un alumno de la otra escuela, me había impactado demasiado. Que se encontraban en la salida para golpearse con tubos y palos eran los rumores entre las pláticas de pasillo. Pero lo que era cierto, es que de nuevo las patrullas merodeaban nuestros caminos.
“Hay que prepararnos para todo; no vengas de falda sino de pants, por si tenemos que correr.” Esta recomendación me la dio Itzel, quien fue siempre un personaje principal de escándalos en la escuela. Me sentí momentáneamente insegura ante sus palabras. Tal vez nunca había pensado que tenía que prepararme para algo así. Ella era acelerada, explosiva, siempre choqué con su carácter. Si bien yo andaba con cautela, trataba de no sumarme a su neurosis.
El callejón del empedrado era angosto, profundo, húmedo y obscuro por las bardas de adobe que aún conservaba. Fue este punto, el escenario más frecuentado para resolver los conflictos entre los alumnos de la misma secundaria. –“Nos vemos en el empedrado”. Todos sabíamos lo que esto significaba y aunque la mayoría de las veces solo eran encuentros fugaces para hacerse de palabras, siempre resultaba un espectáculo que conseguía convocar bastante gente.
La infancia se miraba ya tan lejana. Estaba yo en el proceso de una iniciada adolescencia enmarcada en estas nuevas aventuras intensas, con sus matices claroscuros, con sus notas de dolor y de alegría.