Por Samara
La última vez que hablé con él, no le di importancia a lo que dijo ¡Si hubiera sabido que sería la última!
Había ido a la visita diaria que permitía el hospital de la Divina Providencia. Le conté que era 28 de julio y su expresión delató que no sabía que habían pasado ya, dos meses desde que entró en terapia intensiva.
Una lágrima recorrió mis mejillas mientras le ponía crema en las manos y les daba un masaje para aliviar el dolor de todos los piquetes que le habían dado desde entonces para las muestras de sangre. Él, aunque casi no podía hablar, dijo que no estuviera tan triste.
-"Yo no estoy triste, lo que más quiero es ir allá. Allá mis piernas sí van a servir".
Había perdido la movilidad en ambas piernas algunos años atrás, debido a un problema de circulación y desde entonces había tenido que dejar de hacer lo que más amaba en la vida: andar en moto; vajar a los pueblos cercanos montado en su "paloma" como la llamaba él.
Al verlo ahí, delgado y pálido, me mataba recordar lo alegre y activo que siempre había sido. Al poco tiempo de haber estado ahí, la enfermera me pidió que saliera, pues el horario de visita había terminado. Antes de irme, me dijo:
- "Pronto voy a hacer un viaje. No sé bien cuándo, pero si quieres verme, sólo asómate a la ventana, que seguramente alguna noche muy cercana me verás pasando en la paloma".
Le di un beso en la frente y me fui caminando a casa, el chipi-chipi mojaba mi ropa.
Murió al día siguiente. Han pasado dos años desde entonces y cada noche sin falta he esperado desde mi balcón a ver, aunque sea por un instante, a mi abuelo montado en su moto.
Me encantó mucho tu cuento, casi me saca una lagrima, yo habia pensado en escoger ese titulo pero no se me ocurrió nada, y tu le hayaste a la perfección, muy emotivo y tierno a la vez , tu cuento es maravilloso!
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