30 marzo, 2021

II / Fechas especiales, travesuras especiales

 Por Jimena Morales

II. Fechas especiales, travesuras especiales


La fortuna de tener y ser hermana de una niña asmática, era algo espectacularmente fuera de serie, ya que las cosas tan básicas que gozaban o les permitían hacer a las otras niñas o niños, para Mari y para mí, era una especie de fortunas conjugadas con castigos. Claro, cuando mi mamá, mi tía Emma o algún familiar nos agarraban en plena movida.

El día dos de noviembre, fecha en que se festeja a los Fieles Difuntos, para nosotras era una aventura y un plan que teníamos. El mismo que debía salir bien, para no caer en las trampas de los castigos, porqué ahí sí: no importaba si estábamos en lo privado o en lo público: no nos salvábamos de las miradas que ya se sentían como regaño. Mi mamá y mi tía, con una mirada nos controlaban y si llegaban a torcer la mejilla o a levantar una ceja, era señal de que nos esperaba castigo y chancliza segura.
El dos de noviembre, el único que no nos decía nada era el tío Pecho Fierro (ya les había contado de él). Él sabía que con el dinero que nos daba siempre comprábamos cosas, así que ese día sabíamos que él nos iba a llevar a los puestos que se instalaban afuera y a lo largo del panteón.

Mari pedía una cajeta y juegos de canicas y yo me esperaba a llegar al puesto de chucho secos que es un pan duro, cubierto de azúcar color rojo, que cuando lo mordías sentías que los dientes se te rompían, pero con un sabor muy rico. Yo pedía tres panes: uno me lo comía ahí y dos más, eran para sumergirlos en el café de la noche que me tomaría a lado del fogón.

Todo marchaba bien: Tío Pecho Fierro ya nos había comprado chucherías y nos había dado un vuelto a las dos y ya habíamos ubicado al señor de las nieves. Entonces la misión era comprarnos una nieve de fresa. Así, que nos alejamos de los ojos de mi mamá y de mi tía.

Volvimos a recorrer los puestos hasta encontrar al señor de las nieves y le compramos dos de sabor fresa, una para cada una. Cuando las tuvimos en nuestras manos, nos fuimos a sentar al descanso del panteón, ahí donde ponen a los muertitos. Mari y yo disfrutamos nuestras nieves de fresa y una vez terminadas, rezábamos para que a Mari no le hiciera daño por el asma.

Sin embargo, ese día el plan no salió como esperábamos: por la tarde cuando llegamos a la casa yo me sentí mal, me dio fiebre y tos; yo le dije a mi mamá que era por el chucho seco, pero no me creyó. Así que fue a casa de mi abuelita a preguntarle a Mari que si habíamos comido algo frío que no debíamos, Mari dijo que nada, pero mi mamá dijo que Dios nos castigaría por mentirosas.

Al día siguiente, yo seguía aún enferma. Por la mañana Mari llegó a la casa de la mano de mi abuelita y cómo me vio enferma le contó a mi mamá de la nieve. Mi mamá levantó la ceja, torció la boca, se puso la mano en la cintura, se pasó la otra mano en el cabello, se agachó y desde ahí, salió la chancla voladora hacia mi personita. Mari lloraba y yo corría por el patio para que mi mamá no me alcanzara.


Mi mamá me alcanzó porque la fiebre había causado mucha debilidad en mí. Recuerdo que me tocaron tres chanclazos y dos a Mari. Definitivamente, el plan no salió como pensábamos, pero lo que sí sabíamos, es que Dios nos había castigado por comprarle a otro señor de las nieves y no al de siempre y que las nieves estaban caducas y por eso me enfermé, ya que antes no nos habían hecho mal las nieves.

1 comentario:

  1. Hola Jimena. Me gustó mucho la anécdota que compartiste con nosotros. No cabe duda de que la chancla voladora es un clásico de la infancia. Se trata de un ritual que nos muestra a ser más cuidadosos con lo que hacemos; si nos cachan con las manos en la masa, tenemos pocas oportunidades de librar ese castigo que pasa de generación a generación (por desgracia). Entiendo lo complicado que es vivir la experiencia de una persona que padece asma; yo lo padezco. Es complicado en muchos sentidos, pero se puede salir adelante. Saludos.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.