Por Monserrat
II
Con quién estás, pero también con quien no estás. Esto lo digo por el pequeño detalle de mi miedo a la soledad. Cuando niña, siempre estuve acompañada hasta que llegué a lo que algunos pequeños lo conocen como “prisión”. En mi mente hay un recuerdo nublado conmigo siendo dirigida hacia adelante de un gran número de personitas, todas ellas vestidas con un singular color amarillo, pero yo podría jurar que era gris -y tal vez sí lo era-. Recuerdo esa línea amarilla que jamás se debía cruzar. Después, un llanto incontrolable de mi parte y todos mirándome, incluso aquel pequeño grupo marchando al centro. Ahora se entiende lo de imprudente: pero por lo menos no crucé la línea amarilla, ni siquiera para alcanzarla. En ese momento yo la odié. Yo le gritaba que no se fuera, pero no me hacía caso. Ella, la “mujer del chongo” o mejor conocida como mi tía Mari o como yo la llamo: Mary. Ella en realidad no se fue, ella era quien mantenía el lugar limpio; pero incluso estando ahí, yo me encontré sola en alguna ocasión.Conocí a mi primera maestra: Alejandra. Si he de confesar algo, es que yo la veía como la maestra Miel. Ya saben: esa linda señorita que comprendía a sus alumnos, la heroína. Pero así como había una maestra Miel, había una Tronchatoro. Sin llegar a la violencia, pero sí intimidante: con su voz grave y esa forma de vestir tan tétrica, nada que ver con su nombre: Alicia.
A veces me asustaba la idea de que estuviera observando desde un lugar secreto como ella misma dijo alguna vez. No sé cuánto tiempo pasó hasta acostumbrarme, para dejar de pensar que el lugar al que los mayores llaman “kinder” era un lugar horrible. Todavía puedo recordar mi felicidad al llegar al jardín todas las mañanas. Cada día era una aventura nueva, muy lejos de casa; bajar del transporte público, tantas cosas que ver por la ventana, en un día de invierno, tengo la imagen tan clara en mi mente de haber visto en el trayecto a “La mujer dormida”, nieve blanca y brillante, rayos de sol chocando en ella dándole una vista hermosa, la perfecta silueta de mujer, tan cerca y tan lejos, pero hermosa.
Al bajar del transporte, caminar por esa calle todavía empedrada, un tramo muy largo que en ocasiones se acortaba por un peculiar transporte: bicitaxi, le llamaban. ¿Lo conocen? Un transporte pequeño, pero que yo adoraba. No puedo explicar lo feliz que era viajando en ellos: cantaba, saltaba, miraba hacia afuera, esa era una de mis partes favoritas.
Lo siguiente era abrir la gran puerta del jardín, siempre fuimos las primeras en entrar y las últimas en salir. El aire era frío todo el tiempo, con diversos olores mezclándose en él. Frente a esa puerta, un puñado de llaves que Mary sacaba de su bolsa, quitaba el candado y las pesadas cadenas. Una rutina repetitiva, pero mi favorita: ella se preparaba con su uniforme (demasiado tierno, como yo la veía en ese entonces) y tomaba sus instrumentos de limpieza. Ahora soy un poco perezosa para ayudarle siquiera a levantar un lápiz, pero en ese entonces, yo con mi seguridad de niña, acomodaba cada salón, limpiaba las mesas y sillitas. La verdad, recordando esto, no puedo creer que yo tan pequeña fuera tan productiva. Pero no todo era aseo, recuerdo que al terminar, yo solía observar el agua caliente mezclarse con el café, buscar entre los frascos de crema para después agregarla y encontrar ese olor que tanto amaba cuando se unía al café, incluso ahora busco ese olor, pero ya no es igual, sólo tengo recuerdos muy dulces de ese tiempo. .
Tuve amigas con las que teníamos esas pláticas que sólo niñas de esa edad tienen. Pero al final del día, ellas se iban y yo me quedaba. Ellas esperaban en el salón a sus padres con sus mochilas listas, mientras yo me escapaba sin nada cuando todos se iban. Tenía que buscar algo qué hacer, pero no era difícil, era el mundo que yo misma creé, haciendo cuentas.
Habían siete jardineras, una muy diferente a la otra. Lo confieso: comparé cada jardinera con cada maestra. La más colorida, era la maestra más simpática; la de pocos colores, pero muchas flores, era mi maestra Alejandra; la oscura y con espinas era la maestra Alicia… Algo curioso es que esas jardineras justo estaban frente a los salones de cada maestra, y cuando hablo del mundo que creé, me refiero a que hice de cada jardinera, una habitación. La del fondo era la recámara, porque era donde más caían los rayos del sol y donde había más llantas coloreadas (la llanta más grande, era la cama); la siguiente jardinera que era la más oscura, era la sala. ¿Por qué? La verdad no lo sé. Quizá porque no pasaba tiempo en ella. La siguiente era la cocina y la de a lado, muy pequeña, era el jardín.
Cada día al quedarse solo el lugar, yo iba a jugar a mi casita. Si me preguntan por mi cuarto favorito, siempre fue la recámara. Era mi mundito: yo sola, recorriendo cada espacio que notaba más al estar solitario, que ya no daba miedo por las leyendas inventadas por niños traviesos o por aquella Alicia que no veía el país de las maravillas. Nunca me cansé de ese lugar o extrañé a alguien. Incluso, creo que ni siquiera podían ver lo que yo. No sólo curiosa, también con mucha imaginación.
Caminando por el estrecho pasillo de cemento, dirigiéndome hacia atrás de las aulas, donde visualmente ya no es tan bello, me detenía antes de que el césped se perdiera y mi rodilla derecha tocaba el piso, para que así mi mano izquierda tocara la roca más grande de mi jardín y la mano contraria tocara un delgado árbol. Imaginaba las mariposas detrás de mí, emprendiendo el vuelo, justo así lo recreaba. Recreaba esa escena de la película Pocahontas de Disney, al mismo tiempo que cantaba ese fragmento de la canción. ¿Han visto esa película? La protagonista le mostraba a John Smith, lo que realmente es importante: cómo todo está vivo, y creo que inconscientemente yo ya lo entendía.
Dicen que cada día es una nueva aventura. Para mí, a pesar de ser rutinario, así lo fue. Pero una aventurera, no siempre está sola. Alguna vez hubo un campamento. Y pude ver de noche mi casita, un panorama que no conocía. Recuerdo el fuego, los bombones y las salchichas asándose, el tazón de éstas últimas terminadas por mí; la búsqueda de tesoros enterrados, niños escarbando. Mi llanto al no encontrar nada, pero alguna cara desconocida me regaló parte de su tesoro. Era muy feliz, aunque de nuevo esas leyendas me atormentaron: brujas detrás de las puertas, gorilas tras los salones…
Otro día, una aventura marina, con varias tinas con agua. Me recuerdo corriendo de la mano de mi madrina Ana, o como le llamé alguna vez: mi hada madrina. No sólo era un hada. ¡Exacto! También era quien gobernaba. Globos llenos de agua y el sol contrastando con la temperatura del agua. Recuerdo esa sensación de flotar al entrar a una tina, mis sandalias haciendo ruido y al entrar al agua, convertirme en una sirena. Pero como todos los días, llegaba la vuelta a casa, no podía quedarme por siempre.
Recuerdo, en cambio, lo que sucedió después: una imagen de dos niñas entrando al salón de la maestra Lulú para limpiarlo, con sus lindas figuras, carritos, casitas… Le mostré mi casita y pasábamos la tarde juntas. Ella sólo un lustro mayor que yo, pero no se tenían que llenar esos años, no era necesario, pues yo fui muy feliz, aun más que con las niñas de mi edad.
Dicen que cada día es una nueva aventura. Para mí, a pesar de ser rutinario, así lo fue. Pero una aventurera, no siempre está sola. Alguna vez hubo un campamento. Y pude ver de noche mi casita, un panorama que no conocía. Recuerdo el fuego, los bombones y las salchichas asándose, el tazón de éstas últimas terminadas por mí; la búsqueda de tesoros enterrados, niños escarbando. Mi llanto al no encontrar nada, pero alguna cara desconocida me regaló parte de su tesoro. Era muy feliz, aunque de nuevo esas leyendas me atormentaron: brujas detrás de las puertas, gorilas tras los salones…
Otro día, una aventura marina, con varias tinas con agua. Me recuerdo corriendo de la mano de mi madrina Ana, o como le llamé alguna vez: mi hada madrina. No sólo era un hada. ¡Exacto! También era quien gobernaba. Globos llenos de agua y el sol contrastando con la temperatura del agua. Recuerdo esa sensación de flotar al entrar a una tina, mis sandalias haciendo ruido y al entrar al agua, convertirme en una sirena. Pero como todos los días, llegaba la vuelta a casa, no podía quedarme por siempre.
Hubo muchos eventos también. En algunos fui una estrella, un número... Pero igualmente fui espectadora de una obra. Trataba de una niña con su cabello ocre y un lindo vestido rojo, ella despertaba en plena madrugada y por alguna razón comenzaba a volar por el cielo nocturno, tocaba las nubes. Incluso dijo la sensación: algodón. Ahora no creo que sea así, pero en ese momento quería ser como ella: volar y ser libre. Encontrar a la mujer de hermoso vestido azul y larga cabellera, tocar esas nubes, verlas llorar de cerca... Al terminar la obra, a diferencia de mis compañeros me quedé más tiempo y la vi por segunda vez. Como ya saben, yo tenía que quedarme hasta que todo estuviera en orden.
Un día de esos solitarios, dormí en uno de los salones sin uso. Cuando desperté, estaba sola, creo que eso fue la gran causa para un miedo futuro. Las princesas son abandonadas por madrastras malas, pero en mi caso, no era mi madrastra, era mi tía y mucho menos es mala. Incluso sabiendo eso, lloré porque me había dejado aprovechando mis sueño. Salí de lo que ahora veía como un calabozo. Pero entonces la conocí: Belén, “la princesa heroína”. Casualmente ella estudiaba en la primaria de enfrente, pero su madre era la encargada de llevar alimentos a mis maestras, así que también pasaba sus tardes en el kinder. Es extraño que jamás noté su existencia hasta ese día, el día que me salvó. Ella sí lo recordaba, pero yo no.
Recuerdo, en cambio, lo que sucedió después: una imagen de dos niñas entrando al salón de la maestra Lulú para limpiarlo, con sus lindas figuras, carritos, casitas… Le mostré mi casita y pasábamos la tarde juntas. Ella sólo un lustro mayor que yo, pero no se tenían que llenar esos años, no era necesario, pues yo fui muy feliz, aun más que con las niñas de mi edad.
Un buen día llegó un acuerdo para ya no estar sola en la inmensidad de kinder: me despedí de mi casita y ahora cada tarde me iba con Belén a su casa mientras Mary terminaba su deber. Calles llenas de tierra, casas de diferentes estilos, una casita donde vivían los siete enanos. Belén me enseñó un árbol frente a su escuela, pequeño, pero inolvidable, ya que detrás de él habitaban catarinas, presagio de la buena suerte según otra cultura. Entonces me volví una exploradora buscando catarinas: rojas, azules... Quería llevarlas a casa, pero podrían perderse en el camino, sólo las tomaba sobre mi dedo para después dejarlas ir.
Observaba las diversas especies de árboles. Mi favorito era uno a cinco casas de la suya, con flores rojas que dejaban ese pigmento en las manos, rodeado por abejas y una que otra mariposa, pero nunca catarinas. Escribiendo esto me doy cuenta que más que el destino, fue el camino lo que aprecié; lo que observé, lo que me hacía infinitamente feliz. Cada detalle, cada color, cada olor impregnado en ese escenario, algo que justamente es la vida. Aunque también era maravilloso llegar.
Llegábamos a su casa y al traspasar el oscuro portal, llegaba un olor hogareño y la calidez de su hogar, una vista contrastante a la fachada, lugares de cristal a los que nunca entré, un pequeño castillo donde servían el más delicioso manjar, olor a crema de elote y chocolate con plátano. Las escaleras nos llevaron a la habitación rosa. Inevitable cruzar por la habitación desordenada, pero con una extraña organización: zapatos de época, un tocador y esa pintura que no olvidaré jamás: oscura, como toda la habitación, donde los reyes posaban elegantemente. La cortina blanca separaba la oscuridad de la luz que emanaba el cuarto de Belén: muñecas, joyas, la habitación de una princesa.
Pasábamos todas las tardes jugando con muñecas tan bellas y heroínas de su propia historia, buscando respuestas a la bruja que decía que vivía debajo de su cama, viendo películas que ni siquiera yo tenía en mi colección. Algo que siempre llamó mi atención fue esa pequeña casa en forma de cubo, que se abría desde atrás mostrando el vacío en su interior, el cual se llenaba con los pequeñísimos objetos y personajes, su temática era una escuela de música. Sólo hasta años después tuve la mía con tema de veterinaria. Ahora, sigo buscando una casa parecida.
Cada tarde creamos y recreamos historias, pero en algún momento tenía que terminar. Mis dos años en el kinder terminaron y me fui. En cuanto a ella, se quedó a terminar su primaria, iniciando así para ella la edad temida: la adolescencia.
Quizá se pregunten qué fácil sería verla, pero no fue así. Incluso hoy sigo pensando que la distancia entre mi casa y el kinder es demasiado grande. La distancia y el curso de la vida nos separaron. Nos vimos un par de veces, pero no fue hasta muchos años después que nos dirigirnos la palabra de nuevo. Aún así, siempre la vi como una princesa de verdad. Lamento no haber ido a su fiesta de quince años y sobre todo, lamento no haber estado cuando el rey pereció.
Hola Montserrat. Un relato, mejor dicho, una serie de relatos personales muy conmovedores. La facilidad con la que describes cada escenario es admirable. Le otorgas esa verosimilitud que nos lleva a ver ese mundo que describes desde la perspectiva de una niña. Vas enlazando anécdotas para demostrar que la vida está unida a la vida de otros en muchos sentidos.
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